La violencia como argumento

21.07.2026

MONTEVIDEO (Uypress/ JWLegaspi)- Juan Ramón Carrasco y Antonio Maeso protagonizaron, con pocos días de diferencia, dos episodios que deberían avergonzar al periodismo y al debate público. Cuando una mujer incomoda, cuestiona o simplemente hace su trabajo, todavía hay hombres que creen que la mejor respuesta es humillarla. No es carácter. No es humor. No es un exabrupto. Es violencia.

 

Hay frases que, por sí solas, retratan una época. Juan Ramón Carrasco miró a la periodista Sofía Romano y, porque ella insistía en volver a hablar de fútbol, resolvió responderle: "Esta muchacha está mal atendida".

Antonio Maeso, molesto porque Daniela Bouret lo interrumpía durante un debate televisivo, decidió ir todavía más lejos: "¿Cómo hace para hablar en su casa? ¿No la agarran a patadas? ¿No le pegan a usted? ¿No le pegan para decirle 'callate'?".

No son frases desafortunadas. No son bromas de mal gusto. No son exabruptos propios de un momento de calentura.

Son expresiones que revelan una forma de entender el poder y el lugar que ocupan las mujeres cuando participan del espacio público.

En ambos casos ocurre exactamente lo mismo. Una periodista cumple con su trabajo. Pregunta. Interrumpe cuando corresponde. Intenta reconducir una conversación. Discute. No acepta cualquier respuesta. Hace, en definitiva, aquello que se espera de una profesional.

Y la respuesta no es un argumento. Es una agresión. En el caso de Carrasco, la descalificación pasa por la sexualidad de Sofía Romano. No responde a la observación que ella le hace. No explica por qué quiere seguir hablando de otra cosa. Decide insinuar que su actitud obedece a una supuesta insatisfacción sexual. Reduce a una periodista a un estereotipo machista tan viejo como ofensivo.

No la trata como una colega. La trata como un objeto sobre el que cree tener derecho a opinar.

En el caso de Maeso, la violencia es todavía más inquietante. Porque ya no aparece la insinuación sexual sino la naturalización de la violencia física contra una mujer. La frase no admite demasiadas interpretaciones: utiliza la posibilidad de que una mujer sea golpeada como recurso humorístico y disciplinador.

No importa que luego haya pedido disculpas o que haya decidido renunciar a Buscadores y alejarse de los medios. Las disculpas son correctas y la renuncia probablemente era inevitable. Pero ninguna de las dos cosas borra lo ocurrido.

Porque el problema no es solamente Maeso. Ni solamente Carrasco. El problema es que todavía existen hombres que, cuando sienten cuestionada su autoridad por una mujer, recurren casi instintivamente al agravio de género.

No responden. Castigan. No discuten. Descalifican. No polemizan. Intentan colocar a la mujer nuevamente en el lugar que creen que le corresponde. Y eso dice mucho más sobre ellos que sobre las periodistas a las que intentaron humillar.

Hay otro aspecto que merece destacarse. En ambos episodios ocurrió algo que durante demasiado tiempo no sucedía: hubo reacción inmediata.

Sofía Romano no naturalizó el comentario. Le respondió en el momento. Le dijo a Carrasco que era un ordinario y dejó claro que ese tipo de expresiones no tienen lugar en una entrevista periodística. Alejandro Fantino también actuó con firmeza. Le pidió disculpas públicas, le dijo que se había desubicado y terminó invitándolo a retirarse del programa porque no estaba dispuesto a compartir el aire con alguien que acababa de cruzar ese límite.

En el caso de Daniela Bouret, la indignación fue inmediata y terminó derivando en las disculpas públicas y la posterior renuncia de Antonio Maeso.

Eso también habla de un cambio cultural.

Durante décadas este tipo de comentarios eran festejados como ocurrencias de hombres "de carácter", "sin filtro" o "políticamente incorrectos". Se esperaba que las mujeres sonrieran, minimizaran el episodio o demostraran que tenían "sentido del humor".

Hoy ya no. Y es una buena noticia. Porque la libertad de expresión nunca incluyó el derecho a humillar. Ni el humor consistió en degradar a quien simplemente estaba haciendo su trabajo.

Hay quienes sostienen que estas discusiones forman parte de una supuesta exageración contemporánea. Que antes estas cosas pasaban todo el tiempo.

Es verdad. Pasaban. Y justamente ese era el problema. Que durante demasiado tiempo se aceptó como normal que un hombre pudiera sexualizar a una periodista cuando perdía un debate o insinuar que una mujer necesitaba ser golpeada para aprender a callarse.

La normalidad era la violencia. Lo que cambió no fue la sensibilidad de las mujeres. Cambió -afortunadamente- la disposición de la sociedad a tolerarla.

Nada de esto implica prohibir el humor, limitar la ironía o convertir cualquier discusión áspera en un caso disciplinario.

El debate público necesita confrontación. Necesita opiniones fuertes. Necesita incluso provocación. Lo que no necesita es bajeza, insultos o machismo.

Porque cuando una mujer deja de ser interlocutora para convertirse en blanco de una agresión vinculada a su condición de mujer, el debate terminó. Queda solamente el intento de humillarla. 

Carrasco y Maeso pertenecen a ámbitos distintos, tienen trayectorias diferentes y protagonizaron episodios distintos. Pero ambos dejaron la misma enseñanza. Cuando los argumentos se agotan, algunos todavía creen que el insulto o el machismo puede reemplazarlos.

Ya no puede. Lo único que consigue es dejar al descubierto la pobreza de quien lo utiliza. Y quizá esa sea la mayor diferencia con otras épocas.

Ya no son las periodistas las que quedan expuestas. Son quienes creen que todavía pueden hablarles como si el tiempo no hubiera pasado.

Actualidad
2026-07-21T16:55:00

José W. Legaspi