ECONOMÍA / TECNOLOGÍA

Tecnofeudalismo: cuando el algoritmo empieza a administrar la realidad

11.06.2026

MONTEVIDEO (Uypress) – ¿Y si el capitalismo ya no fuera exactamente capitalismo? ¿Y si, mientras trabajamos, consumimos, buscamos información o simplemente hacemos scroll en una red social, estuviéramos alimentando una nueva forma de poder económico que no necesita que compremos nada para generar valor?

La pregunta, incómoda y provocadora, está en el centro de uno de los debates más interesantes de los últimos años. El economista griego Yanis Varoufakis lo llamó tecnofeudalismo: una mutación del sistema económico en la que las grandes plataformas digitales ya no se limitan a competir por vender productos, sino que controlan los espacios donde hoy circulan la atención, los datos, la visibilidad, el comercio y buena parte de la vida cotidiana.

La tesis de Varoufakis es fuerte: el capitalismo tradicional se apoyaba en mercados, competencia y beneficios. En cambio, la economía digital dominante estaría desplazando ese modelo hacia otro basado en plataformas cerradas, extracción de rentas y control algorítmico. Google, Apple, Amazon, Meta y otras grandes empresas tecnológicas no serían apenas compañías exitosas, sino administradoras privadas de territorios digitales donde millones de personas trabajan, compran, se informan, se vinculan y opinan.

En ese nuevo escenario, el usuario ya no es solamente cliente. Tampoco es únicamente consumidor. Es, al mismo tiempo, materia prima, fuente de datos, generador de contenido, objeto de medición y productor involuntario de valor. Cada búsqueda, cada clic, cada comentario, cada compra, cada desplazamiento del dedo sobre la pantalla alimenta sistemas que aprenden, clasifican, jerarquizan y monetizan la conducta humana.

La comparación con el feudalismo no es literal, pero sí política. En el mundo feudal, la tierra era el recurso central y quienes la controlaban cobraban rentas por permitir su uso. En la economía digital, sostiene Varoufakis, el nuevo territorio es la nube: plataformas, ecosistemas cerrados, tiendas de aplicaciones, redes sociales, buscadores, sistemas de recomendación y mercados digitales. Quien controla ese territorio cobra peaje.

El ejemplo de Apple es uno de los más citados: un desarrollador puede crear una aplicación, asumir riesgos, invertir tiempo y capital, pero para acceder a los usuarios debe pasar por una tienda controlada por una empresa que fija reglas, comisiones y condiciones. Amazon cumple un papel similar para muchos vendedores: abre el acceso al mercado, pero también regula la visibilidad, el posicionamiento, la logística, los datos y las condiciones de dependencia.

Meta, Google y TikTok agregan otra dimensión: la atención. En sus plataformas, el negocio no consiste solamente en vender productos, sino en administrar lo que vemos. El algoritmo define qué aparece primero, qué se vuelve viral, qué desaparece, qué se amplifica y qué queda sepultado. No hace falta prohibir una idea para debilitarla; alcanza con reducir su alcance. No hace falta obligar a mirar algo; alcanza con hacerlo inevitable.

Ese es quizá el punto más inquietante del debate: el tecnopoder no necesita mostrarse como censura directa. Su fuerza está en ordenar el mundo visible. Si una parte creciente de la realidad social pasa por pantallas, quien controla los mecanismos de recomendación también incide sobre la percepción colectiva. Y quien incide sobre la percepción colectiva tiene una capacidad inédita para moldear deseos, miedos, consumos y opiniones.

La economía de la atención no es una metáfora inocente. Las plataformas compiten por segundos de permanencia, por interacción, por datos y por capacidad predictiva. El valor está en capturar conducta, anticiparla y vender acceso a ella. En ese sistema, incluso el ocio produce información. Incluso la distracción trabaja.

El tecnofeudalismo, por tanto, no plantea solamente un problema económico. Plantea un problema democrático. ¿Quién decide las reglas de los espacios donde se organiza buena parte de la conversación pública? ¿Quién controla los algoritmos que determinan visibilidad? ¿Con qué criterios se monetiza la atención? ¿Qué capacidad tienen los Estados para regular estructuras privadas que operan a escala global y con recursos superiores a los de muchos países?

El debate no está cerrado. Hay quienes consideran que el concepto de Varoufakis exagera la ruptura y que seguimos dentro de una fase avanzada del capitalismo de plataformas. Otros entienden que su aporte es justamente obligarnos a mirar lo que el lenguaje económico tradicional ya no alcanza a describir: una concentración de poder basada menos en la fábrica y más en la infraestructura invisible de la vida digital.

Lo cierto es que la pregunta ya quedó instalada. Si antes el poder estaba en quien poseía la tierra, luego en quien controlaba las fábricas y más tarde en quien dominaba el capital financiero, hoy una parte creciente del poder parece concentrarse en quienes administran la nube, los datos y la atención.

En breve, UyPress abordará con mayor profundidad el libro de Yanis Varoufakis, Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, para analizar sus argumentos, sus límites y sus implicancias políticas. Porque quizá el gran debate de nuestro tiempo no sea solamente qué consumimos en internet, sino quién construye el mundo que internet nos deja ver.

Actualidad
2026-06-11T19:02:00

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