Ortodoxia Covid, muchos periodistas han encontrado un método, que seguramente les parezca suficiente y adecuado: ignorar completamente los argumentos contrarios, representando a quienes los defendemos como personas caprichosas, "naïve", y que desconocen lo que ellos llaman "la ciencia".

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La gran prensa ante la pandemia

Aldo Mazzucchelli

29.11.2020

 

Con el fin de mantener su férrea defensa de la posición globalista oficial, es decir, de la Ortodoxia Covid, muchos periodistas han encontrado un método, que seguramente les parezca suficiente y adecuado: ignorar completamente los argumentos contrarios, representando a quienes los defendemos como personas caprichosas, "naïve", y que desconocen lo que ellos llaman "la ciencia".

 

Es un viejo truco de la retórica representar falsamente los argumentos del contrario, con el fin de ganar una discusión. Si uno oculta los argumentos de la otra parte, o los representa de modo falso y deshonesto citando meramente segundos de una exposición oral para con ello pretender que la otra parte habla sin fundamento, estará ganando una carrera en la que primero le ató las piernas a su oponente con una cuerda. 

En lo que respecta a un grupo de ciudadanos que hemos sido críticos con la respuesta al virus corona desde el primer día -no particularmente en el Uruguay, sino a nivel global- la prensa y un puñado de periodistas, convertidos en los principales defensores de esa ortodoxia, vienen adoptando esa digamos "estrategia" desde hace tiempo.

Por ejemplo, cuando firmamos una carta pidiendo que el tema se discutiera a todos los niveles de modo más amplio, la respuesta de uno de ellos fue un tuit donde hacía un chiste que involucraba la idea de que "ya que en una esquina con semáforos no hay accidentes, saquémoslos". Quería decir que quienes objetamos la respuesta somos tontos que no nos damos cuenta de que el gobierno uruguayo y su GACH hicieron todo bien, y por tanto queremos cambiar ese supuesto, y mayormente autoproclamado, éxito rotundo, por algo peor.

Este periodista ni siquiera comienza a entender de qué hablamos. Nosotros -yo, al menos- no criticamos al gobierno uruguayo, ni al GACH: vemos que el gobierno uruguayo se ve obligado a actuar dentro de marcos conceptuales más amplios, que son precisamente lo que queremos discutir. Es la mentira conceptual montada para justificar la respuesta delirante global al virus corona lo que discutimos. No -al menos yo- la existencia del virus, sino la Ortodoxia Covid, y la deleznable y patética actuación de los grandes medios de comunicación, entre otros, en esta emergencia.

Pero este y otros periodistas como él, aunque no parecen entender lo que decimos, se sienten en la compulsiva obligación de comentarlo igual, porque para ellos esto del corona es una especie de guerra de posiciones, donde ellos están en contra de nosotros. Yo, en cambio, no estoy en contra de esos periodistas, ni de Lacalle, ni de los tres jefes del GACH ni de ninguno de sus científicos de segundo o tercer nivel en las comisiones que aquel coordina. No estoy en contra de la ciencia. 

Estoy en contra del uso del término paraguas "ciencia", como argumento de autoridad, para evitar el debate de argumentos.

Estoy en contra de que se ignoren, y a menudo se oculten, los argumentos de especialistas inmensamente prestigiosos -especialistas mucho, pero mucho más prestigiosos que los del GACH criollo, si es que esto es una guerra a ver quién cita a la "ciencia" más "ciencia".

Estoy en contra de que Facebook o Twitter o Google/YouTube censuren las notas que van contra la Ortodoxia Covid, y que estos periodistas, a quienes les parecen importantes detalles menores de la represión de hace 50 años, no digan una sola palabra sobre la represión de hoy ejercida contra la libre expresión, y que encima diga que de lo que nos quejamos es, infantilmente, "del tapabocas".

¿Qué parte no entiende la gran prensa de la censura de hoy?

¿En qué parte de un espíritu anida la imposibilidad de entender que defender la libertad de expresión no nos hace seguidores de Trump ni de Bolsonaro? ¿Desde cuándo hacer argumentos baratos como esos es hacer buen periodismo?

Estoy en contra de que estos periodistas nieguen que existen argumentos profundos, bien articulados, y respaldados en una notable cantidad de evidencia de primera calidad que explican por qué la Ortodoxia Covid ha sido un error. Por qué no dio los resultados esperados. Por qué sigue sin darlos, y en cambio se está usando por parte del poder a distintos niveles para hacer un ajuste de clavijas y un disciplinamiento criminal de las sociedades. Por qué constituye un crimen contra la humanidad, del cual estos periodistas van siendo, sin quererlo y modestamente, remotos y suburbiales cómplices.

Estoy en contra de que le oculten activamente a la población la existencia de argumentos serios que contradicen sólidamente la posición que ellos decidieron adoptar. Si quieren ampararse en la ciencia, ¿por qué entonces se niegan a citar a tantos y tantos científicos prestigiosos y valientes, y lo único que citan es a los organismos burocrático-políticos de la ciencia? ¿Por qué en lugar de citar científicos de verdad y abrir un debate, sólo le dan voz a los políticos de túnica? 

Políticos de túnica que han secuestrado el verdadero debate científico, que debe ser abierto, y lo han sustituido por una posición dogmática y oficial que elimina la controversia. 

Yo soy un "científico", en el sentido alemán de la palabra -no en el uso mayormente subyanqui que se le da a la expresión ahora. Cultivo las Ciencias del Espíritu. Soy, por tanto, alguien acostumbrado a fundar mis afirmaciones en la mejor investigación disponible. Contrariamente a lo que piensan los cientifistas poco educados, tengo las calificaciones para leer e interpretar información compleja en cualquier campo, aunque no sea el de mi investigación directa. Lo mismo es el caso de Alma Bolón, Fernando Andacht, de Rafael Bayce, de Hoenir Sarthou, y de muchos más de los que venimos siendo atacados por dar opiniones "raras" -pero dolorosamente fundadas- sobre este tema.

Yo no produzco investigación en ciencias biológicas, ni en estadística, ni en epidemiología, pero sí que soy capaz de leer y entender con un apreciable grado de complejidad argumentaciones en esos campos, y entender su seriedad y nivel de fundamentación bastante razonablemente. Desde luego, este tipo de afirmaciones sonarán asombrosas, y una afrenta, a periodistas poco educados, y a toda la ruidosa turba de los cientifistas de red social. Algunos de ellos se consideran científicos porque trabajan en un laboratorio, o en la "academia", o en una empresa médica. Muchos de ellos viven no de investigar abiertamente la verdad, sino de seguir protocolos cerrados, y de la construcción de su mayormente supuesto "prestigio académico" en base al cultivo de la pertenencia a grupos profesionales de presión. El sistema, que los usa, estimula la ignorancia de modo parejo a la soberbia. Sus miembros adoptan la posición del que todo lo sabe y con ello se creen con el derecho de censurar, de eliminar la disidencia y la crítica, de representar de modo fraudulento la opinión ajena con el fin de intentar destruirla. Eso no es ciencia: es lo contrario.

Esos grupos "científicos" -varios de los cuales son los que proveen las supersticiones que está consumiendo la prensa ortodoxa últimamente- son entidades deleznables -aunque todas se premian, se publican, y se abanican prestigio entre sí. Lo hacen por dinero y por poder, no por una búsqueda desinteresada de lo verdadero. Sus integrantes viven, en cambio, de la repetición compulsiva de lo que sea que entienden es la "línea oficial". 

En marzo era "los encierros, debido a la urgencia por achatar la curva"; en abril eran "los respiradores son la necesidad más urgente". Luego, cuando a los patólogos de verdad y a los médicos intensivistas de verdad les quedó claro que los respiradores no eran el centro de la respuesta adecuada, y que las curvas no se aplanaron en ninguna parte con los encierros, empezaron a hablar de otras cosas y se olvidaron de lo que nos habían dicho. 

Se olvidaron del "aplanamiento de la curva" y de todo lo demás, y ahora con el mismo entusiamo nos hablan de los "casos" y de los "asintomáticos". 

En Uruguay, donde gracias exclusivamente a la valentía inicial de Luis Lacalle Pou, que enfrentó hasta donde pudo en soledad al establishment médico local y global que lo presionaba, no se encerró al comienzo a nadie, no hubo sin embargo ninguna curva que aplanar; en los lugares como New York o Buenos Aires donde se encerró viciosamente a todo el mundo durante 9 meses, los resultados son espantosos y las curvas fueron altísimas. Los periodistas no se notifican de esos, ni de dos mil hechos más que demuestran que todo el discurso de la Ortodoxia Covid es una farsa. Ahora hablan, igual que la mayoría, de los fantasmáticos "casos". Extienden la idea de los portadores asintomáticos de SIDA, sin el más remoto fundamento, al SARS-Cov2. Esa "casemia" que tenemos ahora es la justificación de los encierros. Y es de lo que tuitean ahora todos los cientifistas de manada, que seguirán para siempre repitiendo lo que perciban como la línea dominante, aquella que los mantiene seguros en su involuntaria genuflexión vital. 

El Dr. Roger Hodgkinson, experto y reconocido patólogo canadiense, ha declarado hace pocos días en una audiencia pública en Alberta: "Quiero enfatizar que los resultados positivos de las pruebas PCR no significan, lo subrayo con caracteres fluorescentes, una infección clínica. Es simplemente alentar la histeria pública. Y todas las pruebas deben detenerse, a menos que alguien se presente en el hospital con algún problema respiratorio". Lo mismo ha afirmado el Dr. Mike Yeadon, y otra cantidad de científicos -esos sí, investigadores practicantes y no burócratas del establishment científico. Usted no leerá estas cosas en ninguno de estos grandes medios uruguayos, que no le informan a usted de la verdadera discusión, ética y humana, que estalló y sigue en curso desde marzo. En cambio, presentan al lado oficial como el único con argumentos y verdad, y al resto como "negacionistas" -trasladando a ciudadanos honestos una calificación antes reservada a los nazis que negaban el holocausto. No solo la mayoría de nuestros periodistas actúan con ignorancia (basta leer cómo escriben y se expresan): son también irrespetuosos de gente seria y con una carrera atrás.

En las ciencias médicas, como en todas las disciplinas humanas, hay muy pocas personas, una verdadera elite, capaz de generar conocimiento de modo independiente. Esa gente es la que no le debe su ética a nadie, se ha ganado la libertad de andar por el mundo diciendo la verdad sin importar que a los poderosos les duela. Saben que aunque sean "cancelados" su amor sincero a la verdad y su talento siempre los sacarán a flote. Son Sucharit Bhakdi, John Ioannidis, Martin Kulldorf, Sunetra Gupta, Michael Levitt, Knut Wittkowski, Michael Yeadon, Jay Bhattacharya, Scott Atlas, Roger Hodkinson, Sebastian Rushworth, Charles Rotter, John Lee, y muchos, muchos más. Usted no escuchará estos nombres en la prensa uruguaya. Los periodistas uruguayos, que se autopresentan como portavoces de la ciencia, ni siquiera saben que esos científicos de verdad existen.

Esta pandemia ha sido una terrible trampa, que consiguió separar a quienes sentimos que tenemos la obligación de decir la verdad de lo que vemos sin miedo de lo que ello nos haría perder, y los seguidores aterrorizados de la Ortodoxia, porque saben que si no siguen la Ortodoxia, no cuentan por ellos mismos con las armas para sobrevivir. Están muertos de miedo, producen y comunican, por eso mismo, miedo para afuera. Han bloqueado todas las salidas hacia la luz. Defienden el discurso del poder, porque el poder es su única estrategia de futuro. 

Es por eso que quieren una sociedad que ellos llaman "más colectivista", y creen que esta crisis es la gran oportunidad de ir hacia ella. Pero no es colectivista, ni más solidaria, ni más limpia: es una sociedad donde por fin no tengan que hacerse responsables de nada.

Esa postura es la postura contraria a la de un científico. Y esa postura es la postura contraria a la de un periodista. Un periodista, en mi opinión, debe defender la verdad -y en general, eso se hace contra el poder. No por capricho, sino por una razón estructural muy sencilla. Cuando el poder tiene razón, no precisa prensa: su relación con los gobernados es sana y funciona bien por sí misma. La prensa es precisa, en cambio, cuando el poder representa falsamente los hechos, con el fin de obtener objetivos que son propios del poder, y no de los ciudadanos.

Estos periodistas están, en este tema, del lado del poder, en lugar de estar del lado de los ciudadanos. Están usando todos los días los chantajes que el poder global está usando también todos los días, con el fin de aterrorizar a la población y obtener de ese modo una posición de respeto, sumándose al discurso del prepo contra la verdad -es decir, contra la ciencia abierta y discutida sin censuras. Estos periodistas, en 2020, se convirtieron en propagandistas del poder. 

Están equivocados. Cuando todo esto pase, y la verdad se sepa -y no sé cuanto tiempo pasará, ni será fácil que ceda este discurso blindado desde arriba, pero la verdad de esto se va a saber, y la exageración criminal de la respuesta va a ser clara, y el rol jugado por las distintas organizaciones globalistas que actúan siguiendo sus propios fines e intereses, sin interesarles lo que ello pueda acarrearle a la gente común en todos los países se va a ver de modo diáfano; y el rol criminal del establishment médico y de Big Pharma en esto va a ser aun más claro de lo que lo es hoy para millones en todo el mundo- cuando todo eso se aclare, verán que defendieron lo peor, en la peor crisis de la humanidad en mucho tiempo.

No digo que lo hagan por mala intención. Pero el uso de la retórica más baja para atacar sin jamás darle el respeto que merece a opiniones como la de Fernando Andacht, Alma Bolón, Rafael Bayce, Hoenir Sarthou, Marcelo Marchese, Luis Anastasía, Mariela Michel, y muchos amigos más que no tenemos nada que ganar en esto, y que actuamos exclusivamente por nuestra vocación de decir lo que creemos es verdad ahí donde lo vemos, es uno de los ejemplos del retorcimiento que representa esta pandemia en el mundo, y en el Uruguay. 

Argumentos sobran. Están publicados, en Uruguay y en el mundo. Lo que hace falta es ir a leerlos con una disposición honesta.



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