Cuentos para el fin de semana
Cuentos para el fin de semana
10.10.2014
Todos los lectores podrán hacer llegar sus cuentos hasta los días jueves a: cuentos.uypress@gmail.com
Los cuentos de este viernes son:
Dicharachero, de Yagi
Tuve un sueño, de Roberti Cyjon, publicado en el libro MALDITA SEA, Roberto Cyjon, Nautilus Rey, Montevideo, 2001.
Una tardecita, de Rodrigo Calleros
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Dicharachero
De Yagi
Dicharachero Díaz es amigo íntimo de Poca Palabra. En cuanto se juntan a comer un asado, le sale un cuento detrás del otro y Poca Palabra escucha masticando la carne y dándole al trago. Ahí si se le afloja la lengua a Poca Palabra, cuando el vino hace efecto, y sin cuidado suelta todo lo que tiene embuchado. En realida no es mucho. Cuenta del trabajo en el campo, que no es de él, de los animales que son del patrón, y del tiempo frío o calor que lo incomodan. Y entretanto arrima una brasa al asado o una leña al fuego. Ahí aprovecha Don Dicharachero, toma su vaso de vino y hace un cuento, y sigue uno tras otro hasta que vacía la botella. Ahí es cuando le grita a su mujer; dame otra Juana. Y la Juana aparece con otra botella.
En una ocasión en que llevaba ya tres botellas y la lengua se le trancaba, le gritó a su mujer que estaba lejos-¡damajuana!- Ella vino y, sin mediar palabra, le partió la botella en la cabeza. El hombre quedó tendido en el piso, Poca Palabra dio vuelta lentamente la cabeza, miró a la Juana y al Dicharachero, sacudió la cabeza y como extrañado, fue y dijo: ¡hasta dormido habla!
Al día siguiente la Juana va a la peluquería “Alegre Comadre”. En la vereda están los hermanos “el Barrilete” y el “Finito”, jugando a los trompos. Cuando ella se acerca, al “Finito” no se le ocurre otra cosa que mentarle lo que ya sabía todo el pueblo, va y dice en voz alta, pa´ que lo escuchen todos. “No te remontés Barrilete, que te bajo con una damajuana” y sale corriendo pa´ las chacras. Como es natural, ella lo escucha clarito, y le grita: “¡atrevido!, si te agarro, te mato”.
Entra seria a la peluquería, y sin saludar se sienta, le dice a la Alegre.
-Hoy haceme la permanente.
-Pero si a tu marido no le gusta-dice la Alegre.
-Al Dicharachero lo voy a curar-responde-.
“El zurdo”, el cusquito de la Alegre, que está pegado a la silla, se levanta y en sus tres patas arranca rengueando pa´ el rincón. A medio camino se detiene, da vuelta la cabeza, para la oreja derecha, larga una mirada curva a la Juana, lame del hocico un pedacito de hueso y se acurruca en su lugar.
La Nido, mujer de Poca Palabra, maliciosa como siempre, va y le dice:
- Así que ahora no vas a hacer más asados en tu casa, los tendrán que hacer todos en la mía. Eso sí avisale al Dicharachero que traiga la carne.
-La Juana da vuelta la cabeza, la ve sentada junto a la ventana, y le responde.
-MIrá si lo que hay que llevar es la carne, no te hagas problema que en casa no falta. No se cómo andan por la tuya. -Pa´ que sepas el Poca Palabra nunca me ha faltado. No sé si podés decir lo mismo del Dichara- chero que con el asunto de los cuentos, se le pegan todas las mozas del pueblo.
La Alegre que está escuchando en silencio, agarra un peine en una mano, el rulero en la otra y comienza a enroscar las puntas de los pelos de la Juana en el rulero. Se ve que sus pensamien-tos viajan quién sabe donde, peina y coloca otro rulero. Le llena a la Juana la cabeza de ruleros. A pesar que no hace calor, en su frente primero, en la cara y en el cuello después, aparece un sudor dulce, que corre hacía el escote. Y en la boca siente el sabor amargo de sus lágrimas.
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Tuve un sueño
De Roberti Cyjon
I.
Pancho fue toda la vida un hombre de trabajo. Siempre vivió en el Borro ignorando los comentarios que hacían del barrio. Él se había construido su casita a pulmón. Parte a parte, comprándolo todo con cariño, sudor y alegría. Pancho era consciente de su realidad y la disfrutaba. Teniendo trabajo, no faltando un plato de puchero o de guiso, teniendo salud la patrona y los gurises, él estaba feliz.
Para la construcción de la planchada convocó a varios vecinos. Había conseguido un tanque de doscientos litros, al que le sacó la tapa superior y lo llenó de agua el día anterior. El sábado a la tarde, descargó unas bolsas de cemento, algún metro de arena y de piedra, todo custodiado desde una carpa improvisada, donde pasó la noche. La gente era buena, efectivamente, cuando despertó no le faltó ni un gramo de material. Preparó el mate, contento con el buen clima que hacía. Uno a uno fueron llegando los vecinos solidarios con su pedido y la señora con los niños, rebosantes de alegría. Hacendosa ella, había preparado milanesas y una enorme tortilla de papas y cebollas, bien dorada. Cortada en trozos generosos, haría del almuerzo colectivo una verdadera fiesta. La damajuana de clarete estaba a buen resguardo y por compromiso de buena moral y costumbres, no la abrió ni para un pequeño sorbo. La descorcharía estando todos juntos, como en las carreras, para festejar el triunfo.
Trabajaron un domingo entero. Tres de ellos preparaban la mezcla abajo. Dos paladas de pedregullo, dos de arena, una de cemento y agua que los chiquilines reponían de la canilla a mitad de cuadra. Cuatro arriba recibiendo el balde y desparramando el material y la mujer supervisando si alguien necesitaba algo, para acudir inmediatamente en su apoyo. Algunas vecinas chusmas, de las que no faltan, caminaban cuchicheando alguna maldad, así como algún haragán, de los que también abundan, saludaba de lejos haciéndose el interesante.
Así se fue construyendo el rancho de dos piezas, cocina y baño adentro. Un castillo, todo de material y una ventana por ambiente; correctamente protegidas por rejas de rombo, que no sólo protegían, sino que además decoraban. Era una de las mejores casas. Tenía inclusive un retiro hacia el frente. Una fila de baldosas grandes llegaba desde la puerta hasta la acera, cercada por unos pastos silvestres que se esforzaban por vivir en la arena. También instalaron un banco de cemento, donde tomaban mate los domingos, viendo a la gente pasar. De noche, una lámpara iluminaba discretamente la entrada.
Los chiquilines iban a la escuela. La madre se encargaba de llevarlos y traerlos, aprovechando para conversar con otras mujeres de todo lo que surgía en sus vidas y también en la de los demás.
Durante veinte años fue foguista en la fábrica. Había entrado de peón, pues así estaba previsto. Lo que pudo avanzar en los estudios hasta los quince, fue el privilegio que heredó y siempre agradeció. Cumplida la edad de la hombría, a trabajar y ganarse el peso. Como hombre preparado, escuchaba la radio y estaba al tanto de las novedades. Se forjó rápidamente en el oficio y físico no le faltaba. Era más que un foguista, era el dueño de la caldera y habría que vérselas con él si en algún turno la maltrataban.
En el barrio había otra zona, que originaba su mala fama, pero sin duda, mucha gente decente y de trabajo vivía en la cercanía, de espaldas a toda forma de delito.
Nadie pudo prever la crisis que se avecinaba. Secciones enteras fueron cerrando, al principio de a turnos luego de a temporadas. Pancho fue quien mejor resistió el temporal, pero el día fatídico llegó. Se cerraron las puertas y la caldera se apagó.
Algo en él se quebró. No sabía vivir sin trabajar. Apeló a todos los recursos que pudo. Protestó, gritó, esperó. Hizo nuevas colas de peón y a intervalos respiró. También esas opciones comenzaron a escasear y con cada golpe sufría más profundamente.
- Qué desesperado que estoy, Lucía – comentaba a su esposa, en momentos de desazón.
- Tranquilo, Dios aprieta pero no ahorca – contestaba con ambivalente convicción.
- No puedo creerlo, me rompo el coco y no me cierra, vos sabés bien que no le tengo asco al laburo, muero un poco cada vez que hago una cola. Me siento mendigo, carajo, te juro que mataría a alguien y lo peor es que ni sé a quien.
- Pancho, escucháme bien, nadie mejor que vos sabe que la vida es una de cal y una de arena. Me tenés a mí, a los gurises, ya se va a dar. Tratá de tomarlo con más calma, escuchá un poco la radio, dale a los bítles que siempre te gustaron, distraéte un poco por favor. Cuando menos lo pienses, vas a ver que todo se arregla de nuevo – culminaba, poniéndole fuerza a sus argumentos y la mayor dosis de amor que en esos momentos le podía ofrecer.
“... Y mañana cuando seas descolado mueble viejo y no tengas esperanza en el pobre corazón, si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo, acordáte de este amigo, que ha de jugarse el pellejo pa’ ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión ...”
Apagó la radio con rabia. No soportaba ni a Gardel. Armó un Puerto Rico y salió a caminar. Necesitaba aire. Caminó calle arriba y antes de llegar al almacén, cruzó para la vereda de enfrente. Estaba fresco. Haciéndose el distraído, se levantó el cuello de la camisa, con miedo a que igual lo vieran. No sabía deber. “Puta madre, parece mentira, Dios mío”- pensó para sus adentros, avanzando a paso más ligero y un tanto encorvado hacia un costado. El cielo estaba gris y la humedad calaba los huesos sin llover. Dio vuelta la esquina, quería evitar las viviendas. Las odiaba profundamente, siempre contaminando al barrio y transformándolos a todos en delincuentes. No había noticia en la radio o en la televisión, que no los enjuiciase a todos por igual. Le tenía prevenido a los chiquilines, que si los veía por los patios de las viviendas, se ligarían una paliza sin mayor explicación. De la escuela a casa y a pelotear sólo donde la madre los pueda ver. Era media tarde, no había gran movimiento. Siguió caminando unas cuadras más y decidió volver antes de llegar al boliche.
Los vio a los tres sentados en el murito. “Manga de vagos, guachos, los agarraría del pescuezo y los haría laburar destapando wáteres con la lengua” - se dijo a si mismo, esquivando sus miradas.
- Qué haces Pancho, me enteré que andamos jodidos – le dijo uno de ellos, los otros dos esbozaron una sonrisa burlona.
Siguió caminando sin contestar, pretendiendo no darse por aludido.
- No te hagas el sordo, gil, te estoy hablando a vos o pasó un carro – prosiguió, elevando un tanto la voz.
- Son cosas mías, ¿te debo algo acaso? – le contestó a medio detenerse pero enfrentándolo con la mirada.
- No, tampoco te estoy reclamando, cara de orto, pero en vez de hacerte el malo conmigo, pensá un poquito y capáz que te puedo tirar algo.
- No gracias – le contestó, ya de espaldas y apurando el paso deseando llegar a su casa.
Calentó una caldera y se sentó a tomar unos mates. Lucía lavaba afuera, encorvada sobre la pileta. “Pobrecita, ella sí que es una mina de ley”- murmuró bajito sabiendo que no sería oído. “Y bueno hermano, largá un poco, no es tu culpa, qué diablos, ¿querés ir a fregar vos y que ella te mire? al fin y al cabo ...” Prendió de nuevo la radio.
Transcurrieron dias, semanas, meses. Hablaba poco. Trataba de no estar cuando Lucía llevaba a los niños a la escuela. Tampoco estaba a la hora de irlos a buscar. Volvía de noche y a veces tarde.
Ese día se levantó decidido. Se sentía furioso. Ella intuyó que algo tramaba. Sabía perfectamente que hacía justo un año de aquel maldito día que les cambió la vida. Dudó si preguntarle o mantenerse callada. Había aprendido a manejar sus estados de ánimo con prudencia, posponiendo siempre los propios. Alguien tenía que ser fuerte. Ella en su fuero íntimo, le rogaba fervientemente a Dios. Tenía en el bolsillo del delantal la estampita que una buena vecina le regaló. “Aguante m’hijita aguante, así es la vida y estamos hechas para esto, pa’ cocinar, parir y aguantar. El Pancho es un buen hombre, Dios los va a ayudar. Criá a los chiquilines como puedas y no le saques los ojos de encima, mirá que este barrio es de terror. Conservá siempre esta virgencita. Te juro que también pido por vos muchacha. Yo te quiero como a una hija, Lucía”- le decía la mujer en aquellas ocasiones que la veía desfallecer, sabiendo que en algún hombro tenía que llorar.
Se dirigió directamente al bar, seguramente los encontraría merodeando en las cercanías.
- Está bien, tenés razón, tiráme con algo – fue lo único que dijo, expectante de su respuesta.
- Buá, lo que no hace la inteligencia lo hace el tiempo, como decía el pastor aquel – respondió socarrón, en medio de la risotada de sus compinches.
Pancho apretó sus mandíbulas con fuerza canina. Ni se inmutó. Los miró fijo sin pestañear.
- Me parece bien. Tenés que entender que la película es otra, hermano, no es como te la contaron. Vení, vamo’ a tomar algo y charlamos – le respondió, bajándose del murito y extendiéndole la mano simulando un abrazo.
- Prefiero conversar acá – contestó esquivo, sintiendo un súbito temor y arrepentimiento.
- No rompas las pelotas, necesito tomar algo cuando hablo de negocios – insistió, los otros ya se habían adelantado.
Se ubicaron junto a la mesa y a un simple gesto, estaban todos servidos con una ronda inicial de caña en medidas generosas.
- Prestá atención, que es muy sencillo – le advirtió con rudeza el cabecilla. El Sanguijuela y Carlos tienen un asunto que arreglar. Vos nos vas a acompañar. Salimos los cuatro en el auto del Cholo. Te quiero ver acá el domingo a las doce y media de la noche en la entrada del bloque H.
- ¿A las doce y media ... de la...?- intentó verificar, incrédulo, pero fue interrumpido antes de terminar.
- Esa noche hay clásico, le vas a decir a tu mujer que a la salida fuiste a tomar algo con unos amigos – explicó secamente. Lo tuyo es más que fácil. Vamos a estacionar el auto a la vuelta y te vas a quedar parado en la esquina. Nosotros nos encargamos de lo nuestro. Lo único que tenés que hacer, es golpear en la puerta de la casa abandonada que está enfrente si ves venir a alguien. ¿Me entendiste? - preguntó mirándolo fijo. ¡¿Me entendiste, carajo?! - volvió a preguntarle, gritándole histérico.
Pancho asintió con el cabeza, intimidado, con apariencia infantil. No fueron necesarias las palabras.
- Bueno, entonces ahora andáte – agregó sin mirarlo - ¡andáte te digo, me cago en vos! - le espetó en la cara, acercándose de tal forma que Pancho tuvo que retirar su rostro del de él.
Volvió a su casa caminando lentamente, cabizbajo. Lucía había ido a buscar a los niños a la escuela. Se sentó, aturdido, en el taburete frente al primus. Quería prepararse un mate pero no pudo. Sentado en soledad, lloró. Se tomó la cabeza con ambos manos y lloró.
El vehículo se desplazó sigilosamente, como un felino. Lo ubicaron en su puesto y montó guardia con la obediencia debida. Solo, en la desolada madrugada, prestaba una atención desmesurada al profundo silencio circundante. Armó un cigarrillo con la extrema precaución de no alterar en lo más mínimo el equilibrio que lo rodeaba. No le quitaba la vista de encima a esa casa abandonada de puertas y ventanas tapiadas, que supuestamente sería su carta de salvación ante dificultades imprevistas. Sentía la sangre correr por sus venas, oía cada latido de su corazón como un golpe de tambor. Los minutos le resultaban interminables. Se sorprendió con un sentimiento de pánico, al girar violentamente por el silbido que escuchó a sus espaldas. Se zambulló dentro del auto que apenas se detuvo para esperarlo.
Atrapado en una euforia nunca antes vivida, reía salvajemente con todos ellos cuando raudamente arrancaron y volvieron a su punto de partida. Notó que el Cholo se sostenía las costillas con gestos de dolor. Vio cuando retiró su mano y estaba manchada de sangre, así como la camisa.
- Viste Carlos cómo gritaba el hijo de puta cuando te pusiste la americana - comentó el Cholo con una sonrisa, mientras fruncía el rostro sosteniéndose de nuevo su lateral.
- ¿Muy jodido el corte? - preguntó serio el Sanguijuela.
- Más o menos, ahora vamos para allá primero, va andar bien; la gozo por ese cerdo que cuando le di la última patada en los huevos ya no tenía fuerza ni para agarrárselos, ¡ja, ja, ayyy! Mierda que duele. Metéle pata Carlos, la puta que te parió.
Cuando llegaron a su destino, le dieron tres mil pesos y le dijeron que se baje, sin mediar mayor explicación.
Se quedó parado, atónito, mirando los billetes en su mano, nuevamente solo en una calle desierta. ¡Tres mil pesos! – los observaba sonriente, sin poder creerlo. Ganaba cuatro quinientos en la textil – continuó hablándose, sacudiendo la plata en un gesto triunfal. Fue un ratito – exclamaba incrédulo.
Llegó a su casa y ella dormía. Se desvistió y se acostó a su lado. Giró dormida y quedó frente a él, con ambas manos recogidas bajo la mejilla. Abrió apenas los ojos, pues creyó haberse percatado de sus movimientos. Se encontró con su sonrisa. Sin moverse, él le puso una mano sobre su hombro cálido y la besó. Se mantenía en la misma posición, ¿se trata acaso de un sueño? No, no lo era. La estaba recorriendo con candor y rodeándola con su pierna. Sintió como le levantaba el camisón y tomaba ambos senos con fuerza, a la vez que trepaba sobre ella nervioso, pues sus tiempos se agotaban. La terminó de desnudar con frenesí pero gimió tan sólo al primer contacto con su pubis tibio. Se desplomó sobre ella, todavía sorprendida. Tímidamente, lo abrazó, acariciándole la cintura con una mano y su cabellera con la otra. Miraba fijamente el techo, con el cuerpo inerte sobre sí. Cuánto tiempo ha pasado – fue lo único que atinó a pensar. Él se acostó finalmente sobre su lado, apoyando ambos manos bajo su cabeza mientras ella se levantaba al baño. Cuando volvió, ya dormía. Se quedó parada observándolo. No habían hablado ni una palabra.
¿Quién le prestaría atención a otro asesinato en la ciudad? Y más aún tratándose de ajustes entre bandas. El paso estaba dado, los acontecimientos seguirían su curso.
II.
Se miraron fijamente a los ojos frente a la mesa que los separaba. Sentados ambos en sillas de madera, ante la mirada atenta del carcelero que vigilaba. Bajaron la vista en busca de las palabras que no encontraban. Pancho mantuvo su silencio, con los ojos vidriosos.
- Según el abogado de oficio, puedo irme con los chiquilines para afuera; que me los puedo llevar, me explicó – dijo en voz suave pero decidida.
Él apretó los labios y encogió impotente y dolorosamente sus hombros. Las lágrimas ya habían establecido un curso por sus mejillas mal afeitadas. Estiró sus manos pretendiendo tomar las suyas, que sujetaban con fuerza la correa de su cartera apoyada sobre la falda
- No Pancho – dijo esquivando su mirada, a la vez que sacó algo del gastado monedero con un solo broche metálico, que ya no servía para cerrarlo. Esto es para vos, me voy .... quise ... – pretendió agregar, pero se contuvo, no pudo continuar.
Se levantó con el último resto de su espíritu quebrado, pero convencida. Acomodó la silla, para darse un tiempo de póstuma reflexión.
- Que Dios te ayude – susurró. Se alejó a paso ligero, sujetando la cartera y su abrigo con las manos crispadas.
Se quedó sentado, gimiendo en silencio con la cara oculta sobre sus brazos y manos extendidas, que alcanzaban derrotadas el borde vacío de la mesa. No escuchó la campana.
- Vamos Pancho - le dijo el robusto carcelero, sacudiéndole el hombro con cálida comprensión. Vamos – insistió, intentando levantar un bulto flácido, de lento reaccionar.
Durante sus años de condena, no fue dama, ni esclavo, ni dueño de nadie. Desde su ingreso al establecimiento, llevó consigo un pasaporte de seguridad del Cholo. Sabían ahí dentro que nadie podía tocarlo, ni atreverse. Pancho intentó primero con tareas de campo. Su buena conducta lo transformaba en el recluso ideal para los quehaceres de granja, pero no era lo de él. Optó por la panadería. Se sentía reconfortado trabajando junto al horno. Se acostumbró rápidamente al nuevo oficio y logró recuperar una rutina de trabajo y horario.
Aprendió a hornear desde lo más básico. Como en otras instancias de su vida, supo mezclar los ingredientes adecuados y ponerlos a girar en la amasadora. Estando la mezcla a punto, la tomaba con ambas manos y la depositaba con vigor sobre la enorme mesa de madera. Tenía la medida justa para separar del montón de masa, lo que sería el pancito individual. Llenaba perfectamente la cavidad de su mano derecha y rebanaba el sobrante con su índice izquierdo. La asadera metálica harinada, esperaba pacientemente que se la llenara de tantos panes como el maestro de cuadra tenía establecido. Los bollos crudos, redondeados artesanalmente a un ritmo musical, eran depositados simétricamente en su base blanquecina. Finalmente, Pancho marcaba los panes con un tenedor, como el pintor que tira la última pincelada sobre la obra culminada en el bastidor. En ese momento penetraba con maestría, la fina y larga pala de madera entre la asadera y la mesa. La introducía en el horno ardiente, a una distancia prudente del fuego. Ese era su instrumento para girarla posteriormente una y otra vez, logrando de esa manera el dorado ideal de su creación.
El mérito mayúsculo de Pancho fue establecer un rito que el establecimiento no conocía y a él se le ocurrió como algo de una sencillez elemental. Propuso a las autoridades, la posibilidad de hacerle una torta de chocolate al preso que cumpliera años. Analizaron la iniciativa con precaución, para identificar en ella los motivos y posibilidades ocultas de subversión. Llegaron a la conclusión que estaba exenta de perversidad y le dieron una oportunidad, no sin las consabidas advertencias del riesgo que podría implicar. El permiso llegó y así fue como surgió el primer bizcochuelo de esponjoso chocolate.
Con poca cosa conquistó su definitivo pasaporte de seguridad y sobrevivencia, en la soledad de su condena sin visitas.
III.
Era un hermoso domingo invernal. El sol había optado por tener un magnánimo gesto de calidez, en aquella semana de crudeza sin piedad.
Leía serenamente la Gaceta Financiera, intentando comprender las dos multimegafusiones de los días recientes. Jugaba, pretendiendo incorporar una a una las cifras de dichas operaciones, en mi calculadora de bolsillo. No había forma.
Decidí no perder esa maravillosa oportunidad y me arropé en un conjunto deportivo afelpado. Salí a caminar por la rambla, deleitándome con la vista del mar calmo y el cielo celeste.
Conocí a Pancho comprándole maní caliente y un paquete de garrapiñada.
Su prolijo carro manisero, tenía construida una vidriera frontal con dos laterales, sustentada con soportes de aluminio. La base configuraba el mostrador donde se exhibía papel de diario en cucuruchos de diferentes medidas y simétricos montículos alineados de garrapiñada. En un costado, la gran radio negra a batería, permanentemente encendida.
El horno era el cuerpo principal del carro, del cual se erigía una chimenea lateral culminada en un elegante copete cónico. La música invitaba a detenerse frente al comercio ambulante, en tanto se podía observar la producción de su variada oferta. Sin detenerse en convocar personalmente a cada transeúnte, gritaba sus servicios de forma tentadora y efectiva. Lo que más me llamó la atención fue el casete de los Beatles como música de fondo y su grito, mezcla cultural de componentes autóctonos y universales.
- .... Tuís an sháu ... – cantaba en una tonalidad baja, al compás del original – maniseerooo, calentito el maní y la garrapiñaadaaa – intercalaba más fuerte, intentando atraer clientes – aaaa, aaaaa, aaaaaa, aaaaaaaa, tuís an sháu, tuís an sháu ¡maniseeroooo!
A medida que me acercaba, lo observé detenidamente sin que él lo notase. Era alto y de movimientos lentos, con aspecto de buen hombre. Cantando y preparando su mercadería, daba la sensación de mitigar un lamento oculto, de refugiarse en una profunda rebeldía.
Me detuve frente al carro y en cierta forma lo interrumpí. Se destacaban el orden y la pulcritud. Mientras me despachaba el pedido observé la decoración de la vidriera.
En un costado, una foto de Martin Luther King, con una inscripción debajo, escrita a mano: “Tuve un sueño”.
En el otro extremo, las cuatro caras juveniles y pelilargas de John, Paul, Ringo y George.
En el centro, encajada firmemente en el perfil de aluminio, marco inferior del gran vidrio frontal, una estampita ajada y descolorida con una virgen de rostro cándido, cuyo ángulo superior estaba pegado con cinta adhesiva.
Fue así que intuí su nombre y conocí su historia. La leí en su mirada.
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Una tardecita
De Rodrigo Calleros
Mi amiga íntima (la señora Eudemia), murió trágicamente. Para siempre; como lo hace la gente seria. “Envenenamiento facial”, nos dijeron los médicos. Su cara comenzó a ponerse tensa y colorada. De a poco se hinchaba cada vez más y más, hasta que explotó en miles de pedazos. Lo traumático del tema no fue su rostro destruido ni mucho menos; fue lo sorpresivo de su muerte. Tanto a mí como a su familia nos afectó rotundamente. Sobre todo porque estábamos presentes en el momento de la explosión de su cara. Hubiera jurado que podría haber aguantado mucho más tiempo (al menos unos dos o tres días más), pero no!
Un fuerte sonido nos asustó y nos cubrimos las cabezas en un acto reflejo. Luego levantamos la vista y allí estaba ella: sangrante y sin cara. Vomité un poco como lo amerita la situación y luego llamamos a la emergencia (algo que ahora comprendo como incoherente, pues de emergencia no tenía nada ya que ella estaba muerta; pero de todas formas uno no sabe que hacer en estas situaciones y lo único que se nos ocurrió fue eso). La cuestión es que nos comunicaron que estaban en camino.
Unos treinta minutos después de haber llamado, seguíamos esperando. De puro aburrimiento (o por formalidad) nos decidimos en limpiar los pisos, paredes y todo aquello manchado por sangre. Nos costó mucho trabajo, pero al fin y al cabo, cuando llegó la emergencia teníamos todo limpito. Inclusive lo que le quedaba de cabeza al cadáver fue emprolijado meticulosamente por una de las señoras que estaba con nosotros.
Los médicos llegaron y al entender que no tenían nada que hacer, nos dieron la dirección de un lugar al que dirigirnos con el cuerpo, (no sin antes decirnos que se trataba indudablemente de un envenenamiento facial).
-Está haciendo estragos! – comentó uno de ellos al otro mientras se retiraban.
Por las dudas me toqué la cara: nada raro. Todo en su lugar.
Y nos pusimos en marcha.
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias