Batlle

Daniel Vidart

14.03.2013

Siento que es todo un desafío referirme aquí y ahora a la figura y la obra de José Batlle y Ordóñez a casi 157 años de su nacimiento.

En efecto se trata de condensar y valorar en una breve reseña    el  impacto de sus ideas y sus acciones en la creación de nuestro ser nacional contemporáneo, una entidad cuya entelequia determinante va mucho mas allá de la modernización efectiva del país, como  ha sucedido a partir del primer tercio del siglo XX, o del hombre que creó su época, como dice Vanger, o del político  por excelencia  cuyo pensamiento y cuya obra  hacen  posible la comprensión del  Uruguay en que hoy nos toca vivir , como afirmaba Carlos Rama, un tenaz  anarquista.

Antes de comenzar no viene de mas  un recuerdo personal  Yo nací en el año 1920 en Paysandú. hecho que me hace contemporáneo- pese al foso cronológico que nos separaba-  a los últimos nueve años de la vida  de Batlle. Mi padre, que fue dos veces representante nacional  del batllismo por ese departamento, solía llevarme, de niño, a las Convenciones y Asambleas  que se celebraban en el Teatro Royal. Allí conocí a Don Pepe. Me parece verlo sentado en el estrado,  erguido e imponente su  torso de gigantón, con sus manos  , abiertas como estrellas, apoyadas en las  rodillas poderosas, alborotado el cabello canoso que mesaba de cuando en cuando, calma y precisa su voz. De todo él emanaba como un aura de autoridad, una especie de halo tutelar que imponían un tácito respeto, una admiración generada por lo imponente de su figura, por  lo breve y tajante de sus conceptos, por  la   didáctica  precisión de su juicios. Y cuando regresábamos  con mi padre, el diputado batllista Loreto Daniel Vidart, a un hogar  donde la personalidad,  las ideas privadas,  las acciones  públicas y la evocación  de los hechos y dichos de aquel guía de conductas y forjador de opiniones  eran la infaltable  rutina de los largos almuerzos y las conversadas cenas, yo me sentía como una especie de minúsculo hijo espiritual del Maestro que, con su sola presencia, había cautivado mi atención y despertado mi respeto. Mas tarde, de muchacho, nutrido por lecturas humanísticas, libertario por instinto y convicción es decir anarquista como lo fuera mi padre antes de ser batllista y no colorado-   yo lo veía como al Atlas rioplatense que había cargado sobre sus hombros un país entero para recrearlo desde una  valerosa raíz oriental  que por esa época enriquecía la cepa  criolla del pueblo trabajador uruguayo con el legado carnal y cultural de un torrente de inmigrantes.

Y, a propósito, deseo recordar alguno de sus pensamientos acerca del trabajo para esclarecer ciertas oscuridades, cuando no tinieblas, imperantes en nuestros días  Decía Batlle: " Yo propongo que el trabajo sea exonerado de impuestos". " Yo creo que siendo tan beneficiosos los resultados del trabajo, no deben cercenarse las satisfacciones a quienes producen ". "El impuesto a la renta , que parece no pesar mas que sobre  los que están en las mayores alturas en la dirección de las empresas, desciende hasta los más necesitados y los reduce a la miseria" .No son estas afirmaciones  retazos arqueológicos de un clausurado contexto social  sino advertencias que gravitan en el escenario contemporáneo con el perenne sentido de la justicia conmutativa y distributiva que guiaba los fuertes pasos de aquel grande hombre, quien  ahora, a la distancia, se me antoja como  una suerte de Prometeo  político y moral, no obstante sus humanos e inevitables defectos.

 Por eso no resulta ocioso repetir un manido estribillo que, por arte multiplicatoria, propagaba a los cuatro vientos de la patria una consigna que era también el santo y seña del credo batllista: " Justicia para todos. Justicia para nosotros y para nuestros adversarios. Justicia para  nuestros hijos y los hijos de nuestros adversarios" Expliquemos esto. Batlle no definía como enemigo a quien no compartía sus ideas: solo reconocía adversarios políticos. Y al pueblo, desde el punto de vista social y cultural, lo remitía al concepto de ciudadanía, con todos los derechos y deberes que tal condición entraña.

Por mi  formación intelectual y mi trayectoria  de  investigador  de la cultura uruguaya me precio de conocer las líneas maestras de la historia nacional. Pero cuando  repaso la copiosa bibliografía  donde constan  los logros materiales, institucionales, económicos, sociales, culturales y políticos de Batlle y el batllismo, del conductor  y el equipo de hombres jóvenes, ilustrados y valientes, que lo acompañaron en  su colosal, casi increíble empresa, no puedo menos que estremecerme, que sentir una especie de vértigo ante la apretada sucesión temporal, y por ende cuantitativa, de la obra tangible e intangible del batllismo primerizo, el verdadero, el incrustado en nuestra historia como una revolución civil - y civilizadora-  de las instituciones y el pensamiento. Tras ella se desencadenó una  superior   impronta cualitativa,  esa sí intemporal, que  hizo viable a una nación tocada por  el  soplo de un  Espíritu  que , como en el Génesis bíblico, aleteaba  sobre las aguas del rio de la Plata.. Ese soplo no era otra cosa que la potencia creadora  de aquel  demiurgo que desde la meditación filosófica emprendida por un espiritualista temprano, aleccionado por  Prudencio Vázquez y  Vega, pasó a la acción. Y en este caso conviene recordar  que el  Batlle juvenil  soñaba, antes de bajar de los cielos a la tierra, con los posibles mundos habitados del espacio sideral.  Cuando mozo le hubiera gustado ser astrónomo, y a los 72 años pensó adquirir un telescopio, compra que se frustró, para recrearse con la contemplación del universo estrellado.

Pero lo humano, con sus miserias y grandezas, prontamente  lo atrajo con fuerza irresistible. Domingo Arena, su amigo y colaborador, proveniente del campo anarquista, como tantos otros de sus partidarios - ese fue tambien, como dije antes, el caso de mi padre -  así lo cuenta. "Lo que movió a Batlle a lanzarse a la política fue la indignación profunda que le produjo el predominio de la injusticia, de la crueldad, de la rapiña. Le pareció que era un deber elemental colaborar en la destrucción de aquellas situaciones ominosas. Hubiera muerto de vergüenza si se hubiera quedado inactivo e indiferente".

Y bien.  Como resulta imposible  resumir  aquí y ahora el cúmulo de  los proyectos y realizaciones que Batlle entregó a su pueblo y al acerbo institucional de una América latina aquejada por la pobreza, lastimada  por la explotación de los mas débiles y ensangrentada por la prepotencia de los dictadores, remito a los lectores  a un texto  (Manual de historia del Uruguay, varias ediciones) que dedicara Benjamín Nahum a la época batllista, claro y accesible a la vez. Entre las páginas 14 y 130, al inicio del segundo tomo, se ofrece un inventario del alucinante cúmulo de infraestructuras materiales, mesoestructuras sociopolíticas y superestructuras culturales surgidas entre los años 1905 y 1929. De hacerlo, los  jóvenes de hoy en día, y creo que tambien los que ya no lo son,  quedarán sorprendidos y quizá también emocionados ante aquel ímpetu constructivo tanto en el orden material como en el espiritual que dio alas y vuelo al ideario del primer batllismo que yo, sobreviviente de una Edad de Oro, aún proclamo como la base de mi visión humanista y  socialista del mundo y de la vida.

Por ello, porque el desarrollo temporal del drama humano tiene corsi y recorsi,  decadencias y renacimientos,  no debe descartarse que tras la historia fáctica,  o sea  la praxohistoria, sobrevenga la arquitectura ideal  de una metahistoria que algún día construiremos los uruguayos sobre los cimientos de un edificio político cuyos restos no son los testimonios marchitos  del pasado sino las simientes de un cercano  futuro, ya que el pensamiento de Artigas y el de Batlle han de ser los horcones que sostengan  ese techo ideológico.

Batlle, hombre de su tiempo, y a la vez fuera del tiempo que corre como el río de Heráclito,  creía en la libertad y en el libre albedrío  que distinguen  a nuestra especie de los otros integrantes  de la escala zoológica. Rechazaba, además, el excluyente  determinismo económico dado que, planeando sobre "el interés"  - estas son sus palabras - "la idea, la verdad, tambien apasionan al hombre". Creía  en la democrática  prevalencia  de las mayorías políticas : el partido triunfante en los comicios debe gobernar con sus hombres , sin entreverar el mazo del poder,  Del mismo modo que Nietzsche,  quien en su momento dijera " Oh voluntad de mi alma, a la que llamo destino! " , Batlle, en el primer editorial del diario El Día, por él  fundado en el año del 1886 después de la fracasada aventura revolucionaria emprendida contra el tirano Santos,  había escrito: "Siempre hay un camino abierto para los hombres de buena y fuerte voluntad".

Muchos suponen que su lucha contra los dogmas religiosos, en especial el católico, por entonces  dominante en el pais,  lo había alejado de lo sagrado, y era por lo tanto, si no un ateo, un agnóstico cabal. No obstante, en una clase dictada por Eduardo Acevedo en 1944, éste afirmó lo siguiente, ante un asombrado auditorio: " Siendo Batlle y Ordóñez presidente del Consejo Nacional de Administración, tuve que ir yo a Piedras Blancas para consultarle un punto de la Carta Orgánica del Banco de la República. Terminada la conversación le referí a Batlle, con quien yo cultivaba una vieja y afectuosa vinculación, que, en esos días, había roto muchos papeles estudiantiles, entre los que figuraba una libreta con estos títulos : Argumentos para probar la existencia de Dios, Argumentos para probar la inmortalidad del alma, Argumentos contra la divinidad de Jesús. Yo conservo - le dije - las mismas ideas que entonces. ¿Y Vd.? agregué.  Si - me contestó - algo por el estilo".

Traigo esto a cuento no como anécdota menor. El viejo deísta que, sin manifestarlo públicamente, creía en la existencia y grandeza de un orden superior que regía el universo, aunque en El Día  dios se escribía con minúscula, levantó con la argamasa  de lo numinoso, dignificando así la profanidad de la vida cotidiana, las paredes de la casa de la libertad y  a partir de ella, proyectándose al campo abierto de la política, fue el incansable predicador  de las excelencias de la democracia directa,  en lo colectivo, y de la majestad voluntarista del libre albedrío, en el fuero personal de la criatura humana.

Todos los  antecedentes aquí apenas esbozados lo indujeron a ponderar la necesidad del sufragio universal: "En las democracias, -escribió-, los desheredados son los más fuertes porque son los más". Y sin lograr imponerlo, bregó por el establecimiento del plebiscito, por la consulta a la voluntad del pueblo, colocando así, a la sombra del anarquismo que por entonces privaba en la clase obrera rioplatense, las excelencias  de la soberanía popular.

En efecto, la capacidad creadora y transformadora del pueblo como representante verdadero del  poder político  muerde aún  más fuerte que el Leviatán del  Estado. La sociedad civil es la verdadera soberana, aunque tantas veces en la historia universal de la infamia -que decía Borges- le hayan hurtado la principalía de su papel.

Este pueblo, para ejercer su poder, sostenía Batlle, debe ilustrarse, debe  ser educado y enseñado para actuar de modo eficaz en la cosa pública. De tal modo  sembró escuelas diurnas y nocturnas, multiplicó el número de liceos, especialmente en el interior del pais, capacitó a la mujer y al obrero, y, luego, como culminación del estadio pedagógico, procuró encauzar estos contingentes  así entrenados  en las filas  progresistas de su partido - una casaca colorada que siempre le quedó chica al cuerpo del batllismo-  para que las aspiraciones y necesidades populares no fueran trampeadas por las minorías oportunistas y los grupos oligárquicos.

Este partido  funcionó, gracias a su empuje de organizador y dinamizador, con conciencia  y estructura democráticas. Por ascensión capilar se inició la marcha desde las raíces, a partir del Club Seccional, aquella famosa  escuela ciudadana" cuya ausencia reclama hoy, antes que las alabanzas de la memoria, los  instrumentos estructurales y funcionales  que revivan su antigua eficacia, y cuya esencia debe ser resignificada por los Comités de Base del Frente Amplio, al que, sin partidismos, adhiero con fervor, espíritu crítico, y esperanza. Desde aquí, desde este semillero de reclamos e iniciativas populares, de capacitación y fogueo, se sube por un escalón selectivo hacia el Comité Departamental, y , tras los umbrales de este órgano catalizador, se abren las puertas del Comité Ejecutivo Nacional para, finalmente,  coronar el  delicado y osmótico sistema  con la Convención del Partido, la gran caja de resonancia  de lo múltiple que tiende hacia la unidad y de la unidad que respeta el color local, la tendencia y el matiz de lo múltiple.

¿Fue Batlle el fundado de un inicial populismo, el alfarero de una mesocracia satisfecha de su vulgaridad y sanchopancismo,   el auriga de un Estado Benefactor arrastrado por los caballos negro y blanco del mito platónico, el fabricante de una burocracia etnocéntrica, con mente de almacenero minorista, el padrino pelado de una nación sin sueños de grandeza y sí rebosante  de doradas y satisfechas medianías, como opinan los detractores y los críticos del batllismo? ¿O fue el arquitecto de La Suiza de América, del Laboratorio del Mundo, de la Utopía que se trasmuta en Paraíso de los Locos, como apunta Real de Azúa en El impulso y su freno ? En otros párrafos, este mismo autor esboza unos conceptos que definen por lo alto y sin entusiasmo, pero con  buena puntería, lo que, reflejada por el espejo de la historia, muestra la obra de Batlle y el batllismo: " Calando más hondo,  hay probablemente una serie de rasgos, difusos pero efectivos, que hacia esos tiempos reclamarán el término de  progresista para un régimen que se asiente en zona céntrica o periférica del mundo. Son, por ejemplo, el reemplazo de las estructuras militares por las civiles; de   las agrario - campesinas  por las urbanas e industriales. O la sustitución de vínculos desde lo comunitario y estamental a lo individual y contractual. O de las pautas desde lo espontáneo e intuitivo a lo racional y deliberado. O la de los valores desde lo religioso y tradicional a lo científico y moderno"

En posteriores páginas, refrenando un entusiasmo que se esconde en las entrelíneas - Real de Azúa no era batllista -,   traza  el siguiente  retrato de aquel líder que, como un mago, sacó de una raída y arcaica galera las sorpresas gratificantes de una nación vigorosa, de un Estado providente, de un inédito mediodía ciudadano, y todo ello potenciado por las recompensas  de una cultura física triunfante y una cultura espiritual creadora. Luego de  referirse en apretada síntesis a los logros de aquellos treinta años deslumbrantes, pese a las oscuridades, que nunca fueron ocasos,  impuestas por  las malandanzas de las instituciones y la veleidad de los hombres, nuestro autor expresa : "Por todo eso [lo generado por el pensamiento y la acción del batllismo] resulta insoslayable el hombre que estaba al frente de esa obra. Un hombre con calidades de político diestrísimo pero también, a la vez, con eficaz y auténtica aureola de apóstol, misional y mesiánico. Un hombre capaz de unir sin hipocresía una viva suscitación de la espontaneidad popular - estaba sin duda dotado de una honda fe en el hombre común - y el peso de una personalidad que por su misma irradiación caudillesca importaba, tal vez a pesar suyo, una coherente, autoritaria jefatura política. Y como a desgana, sofocando un movimiento interno de admiración y ternura, nuestro autor agrega este  acorde  orquestal que brota de profundis [...] aún a la distancia, suena  algo así como  una  fresca melodía creadora. "

Ahora, como anticlimax, deseo citar dos juicios que figuran en el Cuestionario Proust contestado  hace unos  años por  medio centenar de compatriotas más o menos ilustres. A la pregunta  ¿Qué reforma admiras más ? solamente dos interrogados contestaron de modo semejante. Uno fui yo. Dije, lisa y llanamente, "La de José Batlle y Ordóñez". Pero fue mas explícito, y diría que  mas incisivo aún, un intelectual contestatario, escritor  de gran prestigio en el país y en el exterior, hoy recordado y llorado como un uruguayo ilustrado e ilustre. Este respondió:" La que impulsó en Uruguay don José Batlle y Ordóñez, en educación y en desarrollo político y social". Esta respuesta, señores, fue la de  Mario Benedetti.

Advierto, para terminar, que sin la obra y la ideología de Batlle, donde la política mas de una vez quiso ir de la mano de la moral, pese a la famosa Raison d´Etat, no hubiera sido concebible este país, que mas de una vez estuvo huérfano de aquella generación de obreros del espíritu que tambien  fueron  estadistas en el mas alto sentido del término.

Hubo un estilo batllista de savoir faire, de sobriedad administrativa, de conocimiento y manejo de la cosa pública, del arte de gobernar, de destreza en el relacionamiento interno y externo, de democracia  infusa  que emparejaba por lo alto pese a las escasas tentativas de emparejar por lo bajo , de asunción popular de una conducta colectiva maleada por la dignidad y la mesura, de modestia que no era signo de  desamparo sino de sereno dominio de las situaciones, es decir, en definitiva, que en el batllismo inicial hubo hay un tono,  un sistema coherente de valores políticos y sociales que atraviesa toda la historia del Uruguay contemporáneo, sea cual fuere el partido que está en el poder, cuyas acciones y pasiones apuntan al blanco  de  una identidad nacional definida  por los aciertos y aún los humanos errores del batllismo, esa palanca política de la historia forjada por la titánica personalidad de quien fuera la más importante figura del país independiente.

Vuelvo a mi niñez, a mi juventud. Y vuelvo a sentir el grito que venía desde  los barrios pobres, desde el rescoldo irracional de los mareados y la afectividad controlada de  los lúcidos, desde  los que tenían hambre y sed  de justicia, desde  los que sentían la alegría de vivir  en el seno de un pueblo  pequeño y a su modo  poderoso, bien alimentado de cuerpo y alma, sobrio en sus ademanes y recatado en sus encuentros con el Otro. Ese grito está vivo, ha vencido la muerte de una época y el infortunio de sobrevinientes años oscuros. Yo lo repito y grito tambien a todo pecho, a todo  corazón:   

¡Viva Batlle!

 

 

Daniel Vidart
2013-03-14T13:47:00

Daniel Vidart. Antropólogo, docente, investigador, ensayista y poeta.

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