La Tierra Purpúrea: entre la hípica y la épica (Segunda parte)

Daniel Vidart

09.05.2013

Sigamos con el relato. La imposibilidad de proseguir el viaje, dado el calamitoso estado del caballo, determina la permanencia forzosa del viajero, quien, durante la segunda noche de su estada, pese a haber trasladado sus pilchas a la cocina para dormir sobre ellas, sufre esta vez el doble embate de las vinchucas y las pulgas.

No hay que sorprenderse: este tipo de torturas nocturnas era muy común en el campo de otrora  y  las anotaciones  que nos ha legado Beaumont  al respecto son por demás  elocuentes. (13)

Tienta Lamb proseguir su derrotero por segunda vez pero el  matungo  sigue en pésimas condiciones. Entonces su anfitrión le regala un caballo para que pueda continuar. Poco valían los equinos en esa época, a tal punto que el paisano más pobre tenía tropilla de un pelo. Se trata  de  un lindo animal, de buena estampa,  escarceador, especialmente elegido por el dueño para honrar a su huésped. Este transfiere entonces el basto y los demás enseres  al nuevo compañero de ruta, que es todo un flete, y sigue norte arriba.

 Viaja    por    las extensiones engramilladas de Durazno,   vadea el " pretty  River Yí " (bonito río Yi), penetra en el Departamento de Tacuarembó que por ese entonces se extendía hasta la frontera brasileña  -el departamento de Rivera fue creado, a costa de la porción  septentrional de Tacuarembó, en el año 1884-, atraviesa los "two very curiosly named rivers" (dos arroyos muy curiosamente denominados) Salsipuedes Chico y Salsipuedes Grande  para arribar finalmente a la Estancia de la Virgen de los Desamparados, al oriente del Departamento de Paysandú. Allí no encuentra conchabo, como esperaba. Policarpo Santierra de Peñaloza, el capataz - y no "Mayordomo or manager"-si bien lo recibe con  buenas  palabras solo le ofrece la decepcionante perspectiva de convertirse en un agregado más de aquel vagabonds rest", reposo o refugio de vagabundos).

Cuando Lamb concibe la peregrina idea de ordeñar una vaca chúcara, pues en la estancia no se consumía leche, se inicia  una serie  de  grotescos episodios ecuestres que terminan con un lazo ajeno cortado y un caballo corneado en el vientre. Epifanio Claro, su compañero de correría, oficia entonces de cirujano montaraz, cosiendo con crin  la herida del pobre bruto en una  operación cuyo relato  no tiene desperdicio, tanto por la habilidad del improvisado albéitar   como por el comentario final. En efecto, cuando Lamb le pregunta si el caballo vivirá con esa tremenda herida  el veterinario improvisado le    contesta con indiferencia  " ¿Y yo que sé? Yo solo me conformo  si  me allega  hasta las casas, sin importarme  si después muere". El caballo pertenecía de la estancia, y esto equivale a res nullíus, lo que es de  nadie y a la vez  de  todos. Pero  la rotura del lazo prestado obligará a Lamb a andar a las  cuchilladas con su dueño, al que hiere fieramente, desfigurándole el rostro con un terrible tajo.

No obstante la anécdota, lo que interesa retener de esta escena confirma aquel dicho del cónsul francés Baradère quien, al espantarse por el mal trato proporcionado  a los yeguarizos por los paisanos, dijo que el Uruguay era un paraíso de los jinetes y un infierno para los caballos . Esto es relativo. El flete preferido por el paisano es cuidado con esmero, se decoran las  cabezadas del recado con chepeo de plata y las riendas, el pretal y cabresto en la Argentina se le dice cabestro- también ostentan   incrustaciones  del mismo metal.

De nuevo el caballo es el protagonista de una desaforada aventura cuando los integrantes de aquella recua  de ociosos y borrachines  ingleses, cuyos descendientes andan todavía por esos y vecinos  pagos,  decide, según  se cuenta en el capítulo  V (A Colony of English Gentlemen, Colonia de caballeros ingleses) realizar una caza del zorro al estilo británico. El consiguiente alboroto y desbande del ganado vacuno atrajo la presencia del capataz de la estancia invadida quien, luego de reprochar delicadamente a los ebrios escandalosos  la espantada del ganado, les ofrece otro tipo de caza, al estilo criollo. La peonada se abalanza a todo galope sobre una manada de vacunos, los habilidosos  paisanos  enlazan, tumban  y degüellan la gorda  vaquillona elegida  y luego  esos sangrientos restos se disponen sobre el manto ardiente  de  un pequeño  infierno donde, gracias a  la  baquía  de un  grasiento y tiznado demonio -esto es, el veterano foguista de la estancia, ducho en  el arte  de preparar la carne a las brasas con leña de monte y salmuera criolla - se dora  un delicioso asado con cuero.

Cansado de los extravagantes ingleses Lamb se enhorqueta de  nuevo en  su  caballo, al que por ser regalado " no hay que mirarle el diente"  y , de a poco, sin quererlo, se deja  tentar por el íncubo del merodeo oriental, ese misterioso llamado  que obliga a los "pasianderos", como se les llamaba durante el coloniaje a los vagamundos y malentretenidos , a  errar  de rancho en rancho, de pulpería en pulpería y de estancia en estancia, teniendo por compañía la libre respiración de una naturaleza que se cuela cuerpo y alma adentro y que ,sin que  lo demande, concede  al viandante el íntimo gozo de una libertad sin límites. Lamb comienza entonces a coronar cuchilla tras cuchilla, poseído por el fatum del deambular  gauchesco que lo arrastra  por la  verde panoplia  de la penillanura. El jinete, durmiendo sobre el recado y cubierto con los  cojinillos, a cielo abierto, bajo el estrellerío, pitando su cigarro de tabaco negro, cabalgando caballos propios, regalados o robados, y en todo momento indiferente a   las celadas  del azar y la necesidad, no espera otra cosa  que  las emociones y los  lances que  habrán de depararle los islotes humanizados donde, entre  canto y cuento, se dan mutuo calor los corazones solitarios.


Un demorado regreso
Lamb decide retornar a Montevideo dando un gran rodeo por los departamentos de Minas, Rocha, Maldonado y  Canelones, ruta colmada de  peleas mortales, amoríos y embelesos pasajeros, raptos consentidos -el caso de la fuga de Demetria- y presencia acogedora de la naturaleza inmediata. Estos paisajes, ricos  en  matices y no en contrastes, hechos a la medida del hombre, nada tienen que ver con los ambientes  de los mitos antiguos donde los dioses uránicos del cielo combatían con los dioses chtónicos del planeta subterráneo.  Lamb sucumbe entonces al hechizo de la penillanura.  Si  bien supone que a lo largo de su deambular  hallará trabajo en algún establecimiento ganadero, no se arraiga ni se deja tentar por los reclamos afectivos de la posada.

El jinete errante, en vías de reencontrarse con el antepasado gauderio,  se sentirá entonces, a partir del vespertino aflojar de las riendas, tanto de su caballo como de su alma, atraído  una y otra vez  por  el perfume y el encanto de las mujeres que le salen al paso  en los socavones  hospitalarios  de las noches, cuando  comienza a pesarle el camino. De tal modo , ya bien entrado en el Departamento de Florida, rumbo a las ásperas cuchillas y serranías de Illescas y Mansevillagra, da con la bella Margarita, quien , como se cuenta en el Capítulo VII ( Love of the Beautiful , amor por lo bello) aparece bajo un sauce llorón , vecino al rancho limpio y acogedor de Batata, como si fuera un ser de otro mundo Su belleza no arrasaba como el pampero sino que tenía la dulzura de un spring wind, como la brisa  que sopla en la Primavera de Boticelli. Lamb, un muchacho lleno de bríos y sueños, custodio de una insaciable ternura, descubre con sorpresa su debilidad  ante la eterna gracia femenina, no obstante las reiteradas invocaciones a su amor por Paquita , la esposa que lo aguarda en el lejano sur. Y  es justamente en esa humilde vivienda donde el acicalado Anselmo, el tío de aquella  niña caída tal vez del lucero de la tarde, se entrevera sin remedio, naufragando en un  desopilante galimatías sin pies ni cabeza, cuando narra la compra de los nueve malacaras a Manuel el Zorro. Lamb podría haber obviado este intranscendente cuanto descabalado  episodio, concediendo mayor importancia y espacio a los sentimientos que le inspirara Margarita, la esplendorosa adolescente, pero recae  en el inevitable tema caballar, o caballuno, que como una hebra de cuero crudo, de guasca sin curtir, atraviesa  su relato de punta a punta.

Es en la casa de Batata donde aparece un extraño forastero a quien el anfitrión, con raro comedimiento, le ofrece un caballo de refresco, y es a las órdenes de este paisano,  quien dice llamarse  Marco Marcó, un falso apelativo tras el cual se esconde la persona del revolucionario Santa Coloma, perteneciente a partido blanco, que Lamb emprende una serie de aventuras que lo llevan a participar en una algarada ecuestre cuyo desastroso final da motivo a una diatriba del viajero contra el partido colorado. Dicho encono se manifiesta capítulo tras capitulo, por un motivo u otro, y siempre rodeado por un séquito de improperios: de Rivera para abajo, según Hudson-Lamb, todos los colorados son unos miserables degolladores. Esta terrible manera de despachar a los prisioneros no estaba acaparada por uno solo de los partidos tradicionales, cuyas divisas blanca y colorada aparecieron en la batalla de Carpintería: por  aquellos tiempos de guerras civiles, mal llamadas revoluciones, el degüello era el común denominador en las prácticas de ajusticiamiento o "despenamiento", si se mataba a un malherido en un encuentro armado.  En ellas participaban ambas parcialidades políticas. Cuando a Ciriaco Sosa, que andaba afanado en lo que los mazorqueros rosistas llamaban violín violón , cuchillo en mano, después de un combate, le tocó cortarle la garganta a un pariente carnal, le espetó una frase que rodó por muchos años historia abajo : tené  pacencia sobrino, que la muerte es un ratito

Durante  las andanzas  de nuestro personaje, su pasión y  curiosidad   van hilvanando un disperso archipiélagos de mujeres - la citada Margarita, Dolores, Candelaria, Cleta, Demetria, con la excepción de la fogosa matrona Toribia, quien carga a paso redoblado contra el juvenil vagabundo, espantándolo - pero el telón de fondo, que por momentos se adelanta hacia los primeros planos dejando de lado las bambalinas  de la naturaleza, a la que Lamb-Hudson es perpetuamente sensible, muestra  las artes y partes del hombre valeroso, sin yel , el que debe matar en combate sin temor a morir, para ser tenido por varonil y entero. Y ese  hombre de a caballo al cabo es lo que es yo soy el que soy tronaba Yahvé - por gracia  del equino que  va  cosiendo  con los puntos suspensivos de sus cascos los retazos emotivos  de un alma, la del jinete, que junta la hípica con la épica, que transforma las demoras  en el espacio en las pulsiones de la duración, aquella metáfora  bergsoniana  del tiempo.

Pero no se trata de un tiempo  cualquiera, sino el impuesto por los aires de marcha del caballo, por el desarrollo dinámico  del fondo paisajístico, por el proceso de aprehensión espacial de la objetualidad circundante. Desde el elevado sitial del jinete, que está más  arriba y ve y va  más lejos que  el hombre apeado, esto es, el patán que camina  a pura pata,  el peón   tributario de los dirty jobs (trabajos sucios, roñosos) consustanciales a las faenas pedestres, se trenzan las hebras de los anacronismos del  presente   con  las  anticipaciones del pasado, del sincronismo de la marcha con el isocronismo de los ritmos vitales.  Este tipo de tiempo ecuestre que  transcurre entre  los tironeos opuestos  de la morosidad y la premura -según los aires de marcha  del caballo que se estira en un trote chasquero, que galopa sin resuello, que va al paso o se desliza en la gracia rendidora  de un suave sobrepaso- confronta  el tiempo vivido por los hombres con  el tiempo congelado en los objetos a la vez que opone a la sacralidad y seguridad del pago  los peligros profanos de la travesía. Y de tal suerte, alternando refugios con intemperies, ascendiendo de lo concreto de la existencia a las abstracciones  de la esencia, el gran tiempo metafísico, herido por  la finitud   de las criaturas de este mundo, abdica ante el numinoso tiempo teológico que, como alguien dijo,  es  la paciencia de Dios.

No quisiera terminar estos apuntes sin remitir a quienes hayan leído el relato de las tribulaciones y felicidades  de Lamb en  La Tierra Purpúrea, a las páginas dedicadas por Hudson en su libro The naturalist in La Plata (El naturalista en el Plata) a las relaciones entre los montados y sus cabalgaduras.  Allí, en el cap.XXIII ( The horse and the man , el caballo y el hombre)  nuestro autor nos cuenta sus experiencias de juvenil jinete y habla largo y tendido sobre las sensaciones de libertad y plenitud, de armonía interior, de comunión cósmica, convocadas en el alma, llamemos así al patio soleado de la conciencia,  de quien cabalga. Esa conciencia a la vez lúdica y a la vez dramática   del jinete le permite vencer  el  pathos de la lejanía, reinante    en   las cuchillas y llanuras rioplatenses, merced a  la tejné virtuosa de  la equitación. El tiempo es engendrado por el desplazamiento de esa pareja móvil en el espacio a la vez que  el espacio se convierte en el espejismo planetario del tiempo. (14) Cabría agregar que si nos atenemos a los sentidos con los que la psiquis personal se comunica con el mundo exterior, los utilizados habitualmente  por  Hudson-Lamb pertenecen a la tipología del hombre táctil y acústico, distinta  a la del hombre óptico. No le atraen, como a los lakistas ingleses, la belleza lejana del  paisaje,  la melancolía crepuscular de los perfiles remotos, sino la flor que se toca - ¿quien podría olvidar aquella  verbena blanca  que pensaba ofrecer a Margarita?-, el pájaro cercano que trina, la sombra fresca del árbol bajo el cual se tiende, el secreto pulular de los insectos entre las hierbas donde recuesta  su espalda de  insaciable contemplador yacente.


Colofón
Quiero finalizar estas  páginas con el recuerdo de un amigo , ya muerto,  con el que participé en  un acto fundacional promovido por el espíritu criollo  que, pese a nuestras dispares visiones acerca del tango y los gauchos, tan intensamente nos unía. Hacia el año 1956 , invitados por el Dr. Alfredo Palacios, por entonces Embajador de Argentina en el Uruguay, Ezequiel Martínez Estrada y yo compartimos una fabulosa semana de cómplices  avenencias y vehementes disidencias, y sobre todo de  poderosa  fraternidad, cuando, alternadamente,  leímos,  glosamos y explicamos los episodios contados en La Tierra Purpúrea a un puñado de jóvenes y atentos estudiantes de la Facultad de Humanidades y Ciencias. Me acuerdo, entre otras minucias, que negué, por falta del documento probatorio o del arrastre testimonial  de la tradición- yo nací en el campo y él había  visto la luz en la argentina Bahía Blanca- la existencia  del juego  del  Pato en la Banda Oriental, hecho que Hudson afirma y Ezequiel apoyaba. Se trataba, por supuesto, de un asunto  de poca monta, de un detalle mínimo. Pero el Pato, prohibido por el Virrey Arredondo,  despreciado por Rosas y consagrado por Perón como el juego nacional por excelencia, ya no se  practicaba, según mi leal saber y entender, en la campaña uruguaya en esa época, y si durante la Colonia. Donde existen tales nebulosas folclóricas caben la luz y la sombra, la información perdida y la imaginación creadora, el aparente vacío etnográfico y la sospecha de la difusión cultural. Pero fuera de los minúsculos desencuentros  entre quien conocía a fondo los escenarios orientales por haberlos vivido y cabalgado y quien escribiera tal vez el más inteligente  y  penetrante   libro sobre aquel argentino trasterrado (15), predominó nuestra común admiración y cariño por la obra de Hudson. Juntos fundamos una utópica y disparatada República Libertaria de la Tierra Purpúrea y así quedó escrito  por Ezequiel  y firmado por ambos en un ejemplar del libro a viva voz leído y comentado que guardo como recuerdo de aquellas jornadas otoñales - corría el mes de mayo - que el sortilegio de La Tierra Purpúrea convirtió en doradas tardes de primavera.  


Referencias bibliográficas

(13) J.A.B. Beaumont. Viajes por Buenos Aires, Entre Ríos y la Banda Oriental (1826 - 1827)  Librería Hachette, Buenos Aires 1957

(14) En el citado capítulo sobre El caballo y el hombre, Hudson escribe lo siguiente: "Andar a caballo constituye siempre un ejercicio jubiloso. Las bellezas o los rasgos pintorescos del campo  se contemplan como si el jinete estuviera quietamente sentado y al igual que un río, el paisaje fluyese ante sus ojos, renovando siempre su hermosura." Y al  decir que se piensa mejor a todo galope que estando acostado, sentado o caminando supone que "eso es debido, no hay duda, al temprano aprendizaje y a la dilatada práctica, dado que en esas pampas donde contemplé la luz por vez primera  y donde desde muy pequeño me enseñaron a montar, se considera que el hombre es una especie de parásito que la naturaleza ha adaptado para  enhorquetarse en un caballo y que solamente en esa posición puede disfrutar plena y libremente de sus facultades".

(15) Ezequiel Martínez Estrada. El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson. Fondo de Cultura Económica, México, 1951

 

Daniel Vidart
2013-05-09T14:10:00

Daniel Vidart. Antropólogo, docente, investigador, ensayista y poeta.

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