Un horizonte de cuchillas (tercera nota)

Daniel Vidart

11.07.2013

Las costas en el testimonio de los primeros cronistas.

Se ha perdido el Diario de Viaje de Solís, continuado por Francisco Torres luego de la muerte de aquél en 1516, quizá en el Delta del Paraná, donde sobrevivió y se hizo hombre el grumete Francisco del Puerte,  a manos de los indios guaraníes chandules (y no charrúas como afirmara equivocadamente el padre Lozano).

De los diarios de viaje de Francisco Albo, contramaes­tre de una de las naves de Magallanes, y del pintoresco Antonio Pigafetta, se deduce que el gran marino portugués llegó hasta la altura de Colonia en enero de 1520. Escribía Pigafetta: ... encontrando allá, junto a un río de Agua dulce, a unos hombres que se llaman caníbales y comen la carne humana.

Acercósenos a la nave capitana uno de estatura casi como de gigante para garantizar a los otros. Tenía un vozarrón de toro. Mientras éste permaneció en la nave, los otros recogieron sus enseres y los adentraron más en la tierra, por miedo a nosotros. Viendo lo cual, saltamos un centenar de hombres en busca de entendernos algo, trabar conversación; por lo menos retener a alguno. Pero huían, huían con tan largos pasos, que ni con todo nuestro correr podíamos alcanzarlos. Hay en este río siete islas. Y en dicho río desemboca otro que tiene de boca 17 leguas. Río, junto al que en ocasión anterior, y por fiar demasiado, un capitán español, por nombre lohan de Solís, fue devorado por los caníbales... Relación del primer viaje alrededor del mundo, 1536.

En los primeros meses del año 1527 llega Gaboto a nuestras costas. Santa Cruz y Junco, dos participantes de la excursión, informan de la misma al historiador Fernández de Oviedo quien escribe: Ya la boca del río están los jacroas [se refiere a los charrúas], que es una gente que se sostiene de montería de venados y de otros animales llamados apareaes [apereás o conejillos de Indias]..., y también tiene esta gente muchos y buenos pescados de aquellas riberas y costas. Hay en aquella tierra unas cebolletas debajo de tierra, que es buen manjar para los naturales y aún para los españoles [¿los macachines?]...; hay raposos y corzas a manera de lebreles, como leones pardos [pumas] . Historia general y natural de las Indias, 1535.

Ya se dejan entrever los hombres, las plantas y los animales característicos  de las que serían luego las tierras uruguayas. Cuando en 1531 entra Pedro Lopes de Sousa en el río de Santa María (el de la Plata, quizá llamado por estar más allá del Cabo Santa María) dice que pasando adelante de la isla [la de Flores] descubrí un alto monte al que puse nombre monte de San Pedro [...] hasta el pie de este monte la tierra es toda rasa y muy hermosa . El Monte Vidi de la expedición de Magallanes se convierte en Monte San Pedro en la toponimia de Lopes de Sousa. En cuanto al país, al cual baja a hacer noche y abastecerse, lo describe como la tierra más hermosa y apacible que vi; nadie se cansaba de mirar los campos y la hermosura de ellos .
Cuando llega ala altura de la isla Martín García se dedica a la pesca: aquí estuve toda la noche pescando; saqué mucho pescado y ninguno era como los de Portugal: había peces de la altura de un hombre, amarillos [¿Surubíes, dorados?] y otros negros con pintas rojas [¿patíes?] los más sabrosos del mundo .

Muy poco se dice en los primeros viajes sobre la naturaleza del territorio. Los holandeses del Mundo del Plata que orillaba nuestros litorales en el 1599 mataron lobos en la isla homónima, y, a lo lejos, vieron el Monte Seredo (Montevideo). Frente a las costas de Rocha el piloto Henrich Ottsen escribe: Esta isla de Castilla (Castillos), según puede uno darse cuenta de ello mide, más o menos, dos leguas de largo; es un país llano sin matorrales ni árboles; por el norte se encuentra una colina, y la playa tiene aspecto rojizo; se ve también por el lado norte un peñasco que parece un castillo en ruinas; otras dos peñas redondeadas se alzan también por el lado sur. La tierra firme se extiende por el oeste desde donde la vista alcanza a la isla [...] en su parte media tiene aspecto blanquecino... (Corto y verídico relato de la desgraciada navegación de un buque de Amsterdam, 1603).


Hernandarias explora la tierra adentro
Hay que aguardar la expedición de un criollo, Hernando Arias de Saavedra, para que la verdadera naturaleza económica y no estética- de la tierra adentro ofrezca sus espacios a los intereses mundanos. En su carta del 2 de junio al Rey dice Hernandarias: hice una correduría y descubrimiento por los meses de noviembre y diciembre pasado en la costa de la mar y banda de los charrúas en la cual hallé muy buenos puertos y muy capaces de tener en sí y poder entrar en ellos muchos navíos deporte y en particular en un puerto que llaman sancta lucia y montevidio que será treinta leguas de esta ciudad [Buenos Aires]. Es aquella tierra muy buena y de grandes calidades de buena para poblar en ella .

En una segunda carta fechada el 2 de julio de 1608 Hernandarias reitera al Rey, que nunca le llevó el apunte, los conceptos anteriores y los amplía: ... y en suma me parece uno de los mejores puertos y mejores calidades que debe de haberse descubierto porque además de lo dicho tiene mucha leña y pueden entrar navíos muy cerca de tierra y la belleza de aquel río la tierra adentro es grande y capaz de tener muchos pobladores con grande aprovecha­miento de labranza y crianza por la gran bondad y calidad de la tierra [...] y aunque de lo dicho se deja entender cuan buenas es y las calidades de ella para poblarla hay muchas otras muy particulares como el ser buena para labores que con haberlas muy buenas en esta Gobernación ninguna iguala a aquellas porque se da todo con grande abundancia y fertilidad y buena para todo género de ganados y de muchos arroyos y riachuelos cercanos unos de otros y de mucha leña y madera de gran comodidad para edificios y estancias en que se criarán gran suma de ganados y para hacer molinos que es lo que aquí falta y todo con gran comodidad que se puede embarcar desde las propias estancias a bordo de los navíos gran suma de corambre y otros frutos de la tierra que se darán en grande abundancia .

El desmañado, reiterativo y cacofónico estilo castrense de Hernandarias no logra esconder tras sus torpes giros lo que los ojos de aquella expedición punitiva contra los indios bravos contemplaron: un país de suaves colinas empastadas, una red fluvial generosa, frondosos bosque ribereños, rinconadas fértiles, posibilidades infinitas para la ganadería, la agricultura y las pequeñas industrias movidas por molinos de agua y facilidades para el embarque de los productos. Y todo ello sustentado por un escenario  azotado por enérgicos pamperos, techado por   grandes cielos azules y regado por lluvias suficientes No se crea que Hernandarias era un benefactor desinteresado. Donde pisaran los vacunos descendientes de los arreados desde sus haciendas de Santa Fé, ese territorio  sería de su propiedad.


Aparecen los ganados
El rey no escuchó a Hernandarias y no hubo más remedio que hacer lo que aconsejaban las circunstancias, al margen de la autoridad real. Hernandarias ordena traer de sus estancias de Santa Fe, en 1611 y 1617, algunas cabezas de ganado vacuno hasta los herbazales de la Banda Oriental. Estos toros y vacas son los adelantados de la población de origen blanco. Son los verdaderos desbravadores y conquistadores de la tierra. Los futuros colonizadores, criollos y no peninsulares, tendrán, hasta en los más remotos lugares del país adentro, un asado a mano. El ganado cimarrón es la cabeza de puente de la presencia alienígena, y con ella de la cultura y la sociabilidad occidentales, en el gran potrero que unos pocos terratenientes convertirán en una inconmensurable estancia. Pero en ese potrero abierto estaban los indios, los verdaderos dueños de esos inmensos espacios.Y estos indios fueron los primeros beneficiados por esa riqueza semoviente. La caza se hizo más fácil y provechosa. Las tribus , bien alimentadas, propagaron una descendencia más abundante y mejor alimentada. Y se convierten en ubicuos y aguerridos lanceros cuando doman los baguales que provenían de aquellos pocos caballos abandonados por la expedición de Mendoza. No llegaban a medio centenar los equinos que se desparramaron por la pampa  cuando el Primer Adelantado, emprende el regreso a España,  derrotado por los indígenas y minado por la sífilis que lo mata en medio del Atlántico, al tiempo que  Ayolas e Irala remontan el Paraná con los sobrevivientes de la gran hecatombe provocada por los querandíes, guaraníes, chaná-timbúes y charrúas, quienes habían juntado  sus guerreros  para atacar y correr al invasor.

No solamente son las vacas y toros enviados por Hernandarias los representantes  alóctonos de animales domésticos que se convierten en chúcaros cimarrones en el solar de  las cuchillas. Poco después de establecidos los jesuitas en las Misiones a principios del siglo XVII las reses desprendidas  de sus estancias marchan hacia el sur tras las jugosas pasturas. De tal modo los ganados de Hernandarias al sur y los de los jesuitas al norte del Río Negro ocupan los herbazales de la Banda Oriental donde se multiplican de modo prodigioso a los pocos años de su arribo.

El ganado transforma el equilibrio ambiental primitivo. Pisotea las rinconadas, bostea en los sesteaderos, propicia el nacimiento de pastos tiernos. Sus parásitos infectan a la fauna aborigen. Los pumas, especialistas en el desnucamiento de los terneros, tal como lo cuenta los libros de Hudson, y los jaguares, aviesos y potentes, hallarán en las reses una fabulosa despensa para acallar su voracidad sempiterna. Las tribus indígenas, como ya se señaló, registran  en su metabolismo, en su cultura material y en sus escalas de valores el impacto de los ganados vacunos, a los que consideran como propios. Los jesuitas, al frente de ejércitos ecuestres de camiluchos, efectuarán grandes arreadas desde la Vaquería del Mar, situada al norte del actual departamento de Maldonado, hasta las estancias misioneras. Y un buen día la civilización del desperdicio vendrá desde la Banda Occidental del río Uruguay para iniciar, luego de su asentamiento en la nueva tierra y antes de la fundación de Montevideo, el ciclo del corambre.

 

Daniel Vidart
2013-07-11T14:04:00

Daniel Vidart. Antropólogo, docente, investigador, ensayista y poeta.

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