De la problemática a la solucionática

Esteban Valenti


Hubo una época en que los izquierdistas uruguayos salíamos de todas nuestras reuniones con la cabeza llena de planes y de tareas. Al menos de las que yo participaba. Lo admito. Teníamos la mala costumbre de querer cambiar las cosas, y entre ellas de querer cambiar el mundo, las estructuras, las sociedades, las injusticias y algunas otras cosillas.

Últimamente y en forma paulatina hemos ido cambiando nosotros, la pregunta más angustiante que nos formulamos es si por este camino dentro de “x” cantidad de meses volveremos a ganar las elecciones. Y obviamente la “x” es una cantidad variable. Y también no tengo reparo en admitir que se trata nuevamente de las reuniones en las que sólo yo participo. Y que hay otras reuniones en las que se discute de mucho más elevados objetivos y profundas cuestiones. Es posible que hasta se discuta de las próximas candidaturas y de la distribución de futuros y determinantes cargos.

Como me resulta harto aburrido insistir por esa senda que no lleva a ningún lado y menos a una reflexión seria y como no me convenzo que la actual situación del mundo sea una maravilla con la que comulgar todas las mañanas, siete días a la semana, es que voy a insistir con que de vez en cuando es bueno tratar de preguntarse sobre las cosas que  hay que tratar de cambiar. Algo, alguito.

Como mi horizonte se ha limitado bastante y ahora me conformo con aportar al cambio de mi país, me interrogo sobre mi reducido terruño. También aprendí que cambiar todo y ya, no es muy realista ni muy conveniente. Por lo tanto hay que elegir bien y hay que elegir con quien hacer los cambios y como hacerlos. Y no dar cátedra, es decir, el cambio es un aprendizaje conjunto del conjunto de la sociedad a través de los mecanismos democráticos. O no hay cambio.

Uno de esos mecanismos democráticos es el debate de ideas, es la polémica, es la discusión franca y abierta. Que comienza con las opiniones. No enterrándolas debajo de toneladas de expedientes y de explicaciones. Me largo.

Tenemos 54 meses por delante de este, nuestro segundo gobierno, luego la gente opinará de nuevo. En este periodo tenemos una oportunidad muy importante de dar un gran salto y alcanzar niveles históricos de desarrollo y justicia social que nunca tuvimos en el Uruguay, por nuestras propias condiciones, por la realidad regional e internacional. No podemos perder tiempo. Eso es lo único que no nos sobra. Se nos escurre. Las condiciones son totalmente diferentes a las del primer gobierno, en aquel debíamos salir de la crisis y construir los cimientos, ahora necesitamos edificar, en grande, ambiciosamente.

Tenemos que elegir bien cuales serán los motores del crecimiento económico, social y cultural. Yo me juego por la logística, los agronegocios, las tecnologías de la información, la biotecnología, el turismo y la infraestructura. En esos seis sectores están las claves productivas.

¿Dónde están las debilidades serias? En la capacidades profesionales que están al máximo de su tensión; en el actual aparato del Estado; en la generación y distribución energética; en asegurar un ritmo de inversiones en infraestructura; en el equilibrio territorial. En no transformarnos sólo en una fábrica y asegurar la calidad intelectual y cultural de nuestra sociedad. Es decir en no perder la batalla cultural.

¿Dónde está la principal debilidad cultural? En asegurar que la cultura sea el gran promotor del asenso social y por lo tanto integrar los elementos culturales como paradigmas y valores sociales importantes que equilibren el puro consumismo? No que lo anulen, porque es absurdo, que lo equilibren.

Si en un país de nuestras dimensiones cada estructura funciona por su lado, no tenemos la más mínima posibilidad de triunfar en esta empresa. Si por un lado actúa el gobierno con un nivel político de sus cuadros que se ha empobrecido, por culpa de nadie, sino de la realidad política mundial y de la historia; por otro la universidad que ha tejido su propio capullo alejado de la política y que por lo tanto se ha empobrecido y alejado de las cosas públicas y se dedica a describirlas y a solicitar dinero y porcentajes; por otro lado la sociedad civil que marcha por andariveles propios y autónomos; el mundo empresarial con su propia lógica. Pues marchamos alegremente hacia la parilla.

Es posible que durante un tiempo tengamos la ilusión de que es una parilla menos dramática que anteriores hogueras, con menos vanidades, con mejores porcentajes, porque las oportunidades no dejan estelas, dejan el vago sabor de haberse desperdiciado.

Ni siquiera se trata de políticas de Estado porque todos los partidos se pongan de acuerdo, porque eso se logra en estados totalitarios, necesitamos debates, diferencias, confrontaciones, chispas y centellas de ideas, lo que necesitamos son ámbitos, y ánimos de construcción que permitan avanzar y sobre todo decidir. No se gobierna esperando sino decidiendo y asumiendo riesgos.

Si alguien cree que la reforma del Estado será como una moderna Minerva de la mitología actual, que nacerá impecablemente ataviada de pies a cabeza se equivoca, habrá que cambiar contenidos y forma en simultaneo y en los lugares claves, en los puntos más sensibles, donde necesitamos que el país avance más rápido y mejor.

Necesitamos soluciones complejas y articuladas en los ejes claves de nuestras oportunidades. Si no son los que yo propongo, que se definan otros, pero que queden claro donde concentraremos el esfuerzo y que allí actúen las mejores cabezas, los mejores talentos, los más dinámicos organismos públicos, privados, académicos y de la sociedad civil.

Hay otra componente fundamental en esos ejes de desarrollo, las prioridades exteriores. Brasil es hoy la 8va economía mundial, la izquierda, el presidente Lula que gobierna el país hace 8 años ha logrado un éxito extraordinario en su gestión y seguramente – como lo demuestran todas las encuestas – y revirtiendo las tendencias iniciales triunfará la candidata del PT Dilma Rousseff. ¿Estamos valorando el significado extraordinario de ese hecho? ¿Para la izquierda latinoamericana y para nosotros?

Creo que en este continente los izquierdistas nos hemos acostumbrado a lo extraordinario. Y lo bueno es que lo hemos construido nosotros. Tenemos por delante otro mundo posible y concreto. De este lado y del otro lado de la frontera y en nuestras manos está ese mundo posible. ¿lo percibimos?

No un mundo ilusorio y lírico, son procesos llenos de dificultades, de humanas tensiones y pasiones, de errores e interrogantes, de sudores y preguntas, de barro y de flores. Pero es un mundo que nosotros hemos ayudado a construir y hemos alcanzado y que podemos cambiar y que estamos cambiando. ¿Cuánto y cómo?

Ya el hecho que podamos formularnos estas preguntas es colosal. Ser modestos no quiere decir nunca, nunca ser modestos con nuestros sueños, con nuestros objetivos, sino ser modestos ante nuestros errores, para desterrar nuestras soberbias desde el poder y ante los ciudadanos. Nada más, ni nada menos.

Seguimos siendo tributarios de la más portentosa herramienta para cambiar la materia, el trabajo y creadores libres de la fuerza más poderosa para guiar nuestra acción, nuestras ideas. Y como sigo pensando con Shakespeare que “las improvisaciones son mejores cuando se las prepara” creo que hace falta un plan, meticuloso y serio para aprovechar el tiempo. No tiene porque ser quinquenal...Es más, no tenemos cinco años.

* Artículo publicado en Bitácora el 29 de Agosto de 2010

Esteban Valenti
2010-08-30T10:23:00

Esteban Valenti.

Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)