Ateo, uruguayo, zurdo, bizco y con un parche en un ojo

Federico Filippo

13.04.2011

El del título era yo cuando tenía 8 años y acababa de llegar a Italia para iniciar con mis padres el exilio. En esos primeros días comprobé lo crueles que pueden llegar a ser los niños, tus mismos compañeritos de escuela.

Por las mañanas me levantaba y me ponía mi parche debido a mi problema de estrabismo. Sobre el parche mis lentes. Recien llegados no hablaba una palabra de italiano. En mi casa por aquel entonces se discutía mucho más sobre la Unión Soviética que sobre los pareceres de la Santa Sede, no somos una familia precisamente católica.

Para mis compañeros de clase yo provenía de un país que nunca habían escuchado ni mencionar, Uruguay, dónde es eso, me preguntaban y remataban con la frase Uruguay sempre nei guai (Uruguay siempre en lios), y risas. Sumémosle que soy zurdo de mano y de cabeza. Para colmo de males mi padre, que usó su primer jean ya pasado los 40, me obligaba a usar un precioso abrigito al estilo de los que usaban los niños rusos no bien concluida la revolución bolchevique, modelo 1917. Lo recuerdo perfectamente, grueso, largo hasta las rodillas, un tapadito de un color gris oscuro, con vetas negras y un cuello aterciopleado negro. Un a monada. Cuando no era este hermoso y juvenil sobretodo usaba otro aún mejor, abrigo inglés inspirado en el General Montgomery, Londres 1940. Había veces que con mi hermano nos sentiamos tan ridiculos que no bien doblábamos la esquina nos quitábamos el abrigo y los metiamos en nuestras mochilas, pasábamos un frio que hasta hoy recuerdo. Pero era mejor eso que soportar la burla de los compañeros o que sacarme los lentes y llevarme puesta una columna del alumbrado público de Roma. El ser zurdo, bizco y ateo no lo podía disimular.

Fue en esos lejanos días de invierno del 1977 que comprendí que para mi vida había solo 2 caminos posibles, o me convertía en un perfecto estúpido o me hacía respetar. Me había convertido en el hazme reir de la escuela, aún resuenan en mi canticos y bromas como las de decirme quatrro occhi spara pidocchi (cuatro ojos distapara piojos), o é arrivato il marziano (llegó el marziano) o ¿giochiamo ai pirati? (juguemos a los piratas)………. En lugar de deprimirme por aquellas burlas y tonterias propias de la niñez yo solía terminar en problemas, fueron suficientes un par de trifulcas y algunas trompadas bien colocadas para que el marziano empezará a hacerse respetar por sus pares. Al final terminé siendo el resultado de aquellos 2 posibles caminos, es decir, un estúpido que disimula muy bien sus debilidades para hacerse respetar por lo demás. Obviamente en este proceso evolutivo de poco más de 40 años, que terminó por definir quien soy, también intervino la educación de mis padres, la parte de herencia genética y lo que cada uno de nosotros le pone con sus decisiones o con las ideas que nos vamos armando a lo largo de la vida.

Hace poco recibí una llamada del Departamento de Recursos Humanos de la organización que me emplea. Querían charlar conmigo para evaluar y orientarme mejor en mi carrera profesional dentro de la institución. La parte final de la charla giró alrededor de mis fortalezas y de mis debilidades, me invitaron a que las indentificara y explicara por lo menos 3 debilidades y 3 fortalezas, para qué más.

Tuve que pensar un buen rato, yo no hablaba y ellos tomaban nota. Yo para mi pensaba que solo podían escribir que estaban frente a un tipo que se analiza poco, tan creido de si mismo que le cuesta encontrarse. No es que uno anda autoanalizandose muy seguido. Entonces arranqué, y comencé a comentar al panel que en cuanto a mis fortalezas consideraba que era un tipo muy poco paciente, de muy malas pulgas, y que ese carácter un tanto prepotente muchas veces era malinterpretado y me había causado muchos problemas, me cuesta escuchar. Los de recursos humanos pensaron que en realidad me había equivocado, que esas debían ser mis debilidades. No, les dije, esa es una de mis principales fortalezas. Por ser tan terco y por los problemas que eso me había ocasionado al final aprendí que tenía que esforzarme por escuchar más, de eso dependía que fuera capaz de integrarme a grupos humanos dónde necesariamente se comparten puntos de vista diferentes. Es una fortaleza para quien hace el proceso de entender que puede existir más de una verdad.

Prosiga me dijeron. Soy un obsesivo. Se miraron entre ellos, este tipo nos está tomando el pelo. No, dejenme explicarles, soy un obsesivo por los resultados, me gusta tocar las realizaciones de los proyectos en los cuales me involucro, me exijo a mi mismo por lograr cosas concretas, soy muy pragmático, voy directo al grano, todo lo que hago es pensando en la calidad del resultado. Eso hace que no le tenga miedo a prácticamente nada. Cuando pongo proa a un tema o a cualquier desafío actuo como un perro de caza, no paro hasta conseguirlo. Hubo un cierto alivio en la sala, ahora si ese tipo de obseción se parecía a una fortaleza. Esto me convertia en un tipo sumamente ejecutivo con un claro poder de mando. Y como tercer gran fortaleza destaque frente al distinguido panel que disponía de una capacidad de labia casi infinita, que de quererlo los podía convencer de lo que quisiéra, como por ejemplo, que el gol de Maradona a los ingleses en aquel famoso partido fueron los dos legítimos. Los del panel me miraban como asombrados. Y rematé mi tercer fortaleza aduciendo que a eso se le llama hoy en día “capacidad de comunicación”.

Con respecto a las debilidades, les dije que iría directo al grano, para que enrredarse, a nadie le gusta hablar de debilidades. No tengo, sostuve muy serio. Mi debilidad es creer o haber creido que no tenía debilidades, un tipo extremadamente seguro de si mismo. Soy tan bueno en lo que hago que mi mayor debilidad es la de ser muy bueno. Entenderán que esto trae algunos problemas. Comenzaron a cuchichear entre si no bien terminé de fundamentar quien yo era.

Resultado de aquella entrevista, me invitaron a que visitara un psiquiatra para evaluar si estaba loco o era un genio, al mismo tiempo me pusieron en una lista de profesionales con serias posibilidades de ascenso. Curioso. Al final terminé convenciéndolos de que soy el mismo chaval, botija o pibe que resultó a los 8 años, un estúpido que disimula muy bien sus debilidades para hacerse respetar y poder crecer.  Realmente no sé si cambiamos tanto como personas luego de dejar la niñez. 


 

 

Federico Filippo
2011-04-13T09:40:00

Federico Filippo (*)

(*) Como decía mi abuelo, "Cittadino del Mondo"

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