Las escaleras no se suben mirando hacia atrás
Federico Filippo
18.03.2012
Caminamos y avanzamos mirando al frente, trepamos con la vista puesta hacia arriba, subimos escaleras ojos en alto.
La forma de avanzar de los seres humanos no nos permite otra vista periférica que la que podemos lograr moviendo nuestro cuello, volteando de vez en cuando nuestra cabeza para escrutar por unos segundos lo que va quedando en el camino. El andar y la vista van más atentos a la meta y lo que queda atrás, por lo general, es secundario. Piénselo. Es que así estamos hechos, nos diseñaron para desplazarnos hacia adelante y para que nuestros sentidos se concentren en ello, de otra manera iríamos a los tropezones o golpes con todo aquello que se nos cruce por delante.
Esta forma de movernos y de registrar nuestra evolución debe tener algún tipo de consecuencia en cómo somos y en cómo nos organizamos como sociedades. No es de extrañarse que cuando una sociedad avanza, es decir cuando se mueve y se desarrolla, nos pueda costar el ver a todas aquellas personas que van quedando por el camino. A algunos de estos individuos los terminamos viendo porque se nos aparecen justo delante de nosotros, o porque nos lo muestran las noticias frente a nuestras narices en la TV o el periódico, o porque asoman el rostro en nuestros parabrisas del auto o se nos cruzan en la calle pidiendo algunas monedas. Para la mayoría de nosotros la evidencia y la angustia que nos puede provocar las necesidades de otros seres humanos resultan de verlas, de que literalmente se nos crucen en el camino.
No me mal interpreten, somos seres solidarios por naturaleza, pero quiero poner la atención sobre la velocidad con la cual nos movemos en la actualidad, mucho mayor a la que teníamos unas décadas atrás. Nos estamos convirtiendo en sociedades mucho menos solidarias, mucho más individualistas y consiguientemente egoístas. El solidario, el verdaderamente solidario, es aquel que por más que avanza
tiene como un reflejo natural el voltearse y detenerse, hacer algo para que el grupo avance lo más parejo posible, ayudar a que el ritmo se haga más parejo para aquellos que les cuesta alcanzar al pelotón que va al frente. Hay gente más solidaria que otra, eso también es una realidad. Porque también hay de aquellos que se voltean, se voltean, se voltean y se vuelven a voltear pero no pueden o no saben cómo detenerse a ayudar a los más retrasados. Hasta llegar a los que hacen la vista gorda, aquellos que pasan de todo, prefieren ni voltearse y solo consiguen mirar hacia atrás cuando hay algún estruendo que los alerta, algún hecho tan relevante y fuerte que los obliga a pensar que hay otros rezagados. Pero esos son un extremo que por ahora siguen siendo minoría. Por ahora.
La velocidad en el andar de nuestras sociedades se ha acelerado a tal punto que nos cuesta mucho más esto de torcer el cuello y reenfocar. La aceleración de nuestras vidas, este subir escaleras a toda prisa, ya casi sin aliento y para llegar a una cima que nunca aparece, hace que nos sea cada vez más complicado prestarle atención al grupo. Imaginémonos tener o recuperar la capacidad de detenernos por un instante y poder hacer algo relevante para los demás. Es que la brecha entre ricos y pobres, entre los que tienen y los que no tienen casi nada, se asemeja más a esta idea del movimiento, la brecha no es algo físico y estático, una especie de gran hoyo que nos separa dejando de un lado a unos y del otro al resto. Tiene más que ver con las velocidades de cada quien. Cuando pasaste al pobre el circuito del desarrollo no es circular y es muy probable que no vuelvas a verlo, a no ser que algún otro se te cruce en el camino.
La pregunta que tenemos que hacernos es hasta qué velocidad seremos capaces de llegar los que vamos al frente y si este ritmo de vértigo es realmente tan importante para alcanzar las metas que necesitamos como naciones. Las sociedades modernas quizás no deban comenzar por un debate sobre valores, principios, contenidos, ideologías o formas de organización, quizás la primera discusión que deba promoverse es sobre el ritmo correcto, aquel que nos dé tiempo para mirar atrás con mucha más
frecuencia, un ritmo con algunas paradas al costado de la ruta. Encontrar la forma de poder subir la escalera del desarrollo sin quitarle la vista a los escalones que vamos pisando, por si hay que dar una mano. Es probable que al final el proceso de desarrollo no solo sea más parejo pero al mismo tiempo mucho mejor y eficiente.
No nacimos con el don de una visión periférica de 180º en el eje horizontal y de 90º en el eje vertical como la que tienen los camaleones. Sí tenemos conciencia y capacidad para reflexionar sobre que nos conviene hacer para evolucionar hacia sociedades que nos incluyan a todos. El desarrollo en definitiva es eso, o es para todos o no es. Y esta reflexión vale más para nosotros los latinoamericanos que somos la región más desigual e injusta del planeta. Aquella que evidencia la mayor cantidad de aceleraciones y de rezagados. De vuelta, no me malinterpreten, el planteo no pasa por frenar el desarrollo o por no seguir subiendo todos los peldaños que sean necesarios en nuestro progreso. La evolución y el desarrollo no se pueden detener. Pero si debemos encontrar las formas para no dejar de mirar hacia abajo y hacia atrás.
Desconozco si los camaleones son más solidarios que nosotros debido a esa capacidad que tienen de mirar adelante y atrás al mismo tiempo, pero de lo que sí estoy convencido es de que tendríamos mejores chances de ser desarrollados si contáramos con esa capacidad que les fue reservada a otros animales.
Esta forma de movernos y de registrar nuestra evolución debe tener algún tipo de consecuencia en cómo somos y en cómo nos organizamos como sociedades. No es de extrañarse que cuando una sociedad avanza, es decir cuando se mueve y se desarrolla, nos pueda costar el ver a todas aquellas personas que van quedando por el camino. A algunos de estos individuos los terminamos viendo porque se nos aparecen justo delante de nosotros, o porque nos lo muestran las noticias frente a nuestras narices en la TV o el periódico, o porque asoman el rostro en nuestros parabrisas del auto o se nos cruzan en la calle pidiendo algunas monedas. Para la mayoría de nosotros la evidencia y la angustia que nos puede provocar las necesidades de otros seres humanos resultan de verlas, de que literalmente se nos crucen en el camino.
No me mal interpreten, somos seres solidarios por naturaleza, pero quiero poner la atención sobre la velocidad con la cual nos movemos en la actualidad, mucho mayor a la que teníamos unas décadas atrás. Nos estamos convirtiendo en sociedades mucho menos solidarias, mucho más individualistas y consiguientemente egoístas. El solidario, el verdaderamente solidario, es aquel que por más que avanza
tiene como un reflejo natural el voltearse y detenerse, hacer algo para que el grupo avance lo más parejo posible, ayudar a que el ritmo se haga más parejo para aquellos que les cuesta alcanzar al pelotón que va al frente. Hay gente más solidaria que otra, eso también es una realidad. Porque también hay de aquellos que se voltean, se voltean, se voltean y se vuelven a voltear pero no pueden o no saben cómo detenerse a ayudar a los más retrasados. Hasta llegar a los que hacen la vista gorda, aquellos que pasan de todo, prefieren ni voltearse y solo consiguen mirar hacia atrás cuando hay algún estruendo que los alerta, algún hecho tan relevante y fuerte que los obliga a pensar que hay otros rezagados. Pero esos son un extremo que por ahora siguen siendo minoría. Por ahora.
La velocidad en el andar de nuestras sociedades se ha acelerado a tal punto que nos cuesta mucho más esto de torcer el cuello y reenfocar. La aceleración de nuestras vidas, este subir escaleras a toda prisa, ya casi sin aliento y para llegar a una cima que nunca aparece, hace que nos sea cada vez más complicado prestarle atención al grupo. Imaginémonos tener o recuperar la capacidad de detenernos por un instante y poder hacer algo relevante para los demás. Es que la brecha entre ricos y pobres, entre los que tienen y los que no tienen casi nada, se asemeja más a esta idea del movimiento, la brecha no es algo físico y estático, una especie de gran hoyo que nos separa dejando de un lado a unos y del otro al resto. Tiene más que ver con las velocidades de cada quien. Cuando pasaste al pobre el circuito del desarrollo no es circular y es muy probable que no vuelvas a verlo, a no ser que algún otro se te cruce en el camino.
La pregunta que tenemos que hacernos es hasta qué velocidad seremos capaces de llegar los que vamos al frente y si este ritmo de vértigo es realmente tan importante para alcanzar las metas que necesitamos como naciones. Las sociedades modernas quizás no deban comenzar por un debate sobre valores, principios, contenidos, ideologías o formas de organización, quizás la primera discusión que deba promoverse es sobre el ritmo correcto, aquel que nos dé tiempo para mirar atrás con mucha más
frecuencia, un ritmo con algunas paradas al costado de la ruta. Encontrar la forma de poder subir la escalera del desarrollo sin quitarle la vista a los escalones que vamos pisando, por si hay que dar una mano. Es probable que al final el proceso de desarrollo no solo sea más parejo pero al mismo tiempo mucho mejor y eficiente.
No nacimos con el don de una visión periférica de 180º en el eje horizontal y de 90º en el eje vertical como la que tienen los camaleones. Sí tenemos conciencia y capacidad para reflexionar sobre que nos conviene hacer para evolucionar hacia sociedades que nos incluyan a todos. El desarrollo en definitiva es eso, o es para todos o no es. Y esta reflexión vale más para nosotros los latinoamericanos que somos la región más desigual e injusta del planeta. Aquella que evidencia la mayor cantidad de aceleraciones y de rezagados. De vuelta, no me malinterpreten, el planteo no pasa por frenar el desarrollo o por no seguir subiendo todos los peldaños que sean necesarios en nuestro progreso. La evolución y el desarrollo no se pueden detener. Pero si debemos encontrar las formas para no dejar de mirar hacia abajo y hacia atrás.
Desconozco si los camaleones son más solidarios que nosotros debido a esa capacidad que tienen de mirar adelante y atrás al mismo tiempo, pero de lo que sí estoy convencido es de que tendríamos mejores chances de ser desarrollados si contáramos con esa capacidad que les fue reservada a otros animales.
Federico Filippo (*)
(*) Como decía mi abuelo, "Cittadino del Mondo"
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias