40 segundos

Isabel Oronoz

27.02.2021

La vida humana es un enigma, pero también un dilema; la muerte lo es. La muerte es un lío.

 

La existencia humana desborda de enigmas ante los que pretendemos todo tipo de teorías, filosóficas, teológicas, sociológicas, psicológicas.

Nuestra cultura teme a la muerte y corre apresurada a través de la ciencia para vencerla. La vida, en cambio, que es el tránsito corriente del que podemos dar fe, siendo mayormente aterradora con episodios de balsámica belleza, no parece asustar. 

No se discute aquí la dimensión maravillosa de la vida, ni el milagro de su creación, ni lo circunstancial ni lo profético.

Hablamos de la muerte como opción, la muerte que en distintas circunstancias se elige: el suicidio. Si de la muerte no se habla, el tema del suicidio es tabú.

Podría conjeturarse que el suicidio es la solución de un dilema, pero todas las circunstancias son distintas, todas tienen una historia personal, emocional o política que en un punto se torna impenetrable.

Revisando las páginas de la Paho (Organización Panamericana de la Salud por su sigla en ingés) sobre el suicidio en la historia de la humanidad, me choco con dos frases que plantean el dilema del que hablábamos al principio y lo llevan a un terreno estrictamente filosófico. La una, de Séneca, "el suicidio es el último acto de una persona libre"; la otra, de Albert Camus, "el suicidio es el único problema filosófico serio".

La frase de Séneca resulta interesante si pensamos que por lo menos hasta el siglo II de la era cristiana, quienes podían ser soberanos de su cuerpo y quitarse la vida eran los hombres libres, los esclavos no podían hacerlo porque no eran dueños de su cuerpo y ese acto se consideraba como una rebelión.

Baltasar Brum (1883-1933) se inmola en la puerta de su propia casa de la calle Rio Branco 1394, pleno centro montevideano, ante la inminente llegada de la dictadura. Salvador Allende (1908-1973), se quita la vida con un fusil AK 47, regalo de Fidel Castro, el 11 de septiembre de 1973, en el Palacio de la Moneda, resistiendo el golpe militar, en pleno ataque aéreo y terrestre.

Morir antes que entregarse. Lo hizo Cleopatra para no caer en manos de Augusto, Hitler para no entregarse a las tropas aliadas, Milosevic para no testificar ante el Tribunal de la Haya, Alán García para no ser investigado.

La sociedad califica los suicidios, hay suicidios buenos, tristes y malos, para ser tan toscos y primitivos como su enunciación. Siempre son el resultado de situaciones desesperadas. Las crisis económicas se llevan varios cajones a cuestas. La crisis de 2002, por ejemplo, puso a Uruguay en el mapa, en el primer lugar de América Latina en materia de suicidios. 

Desafiar al destino quitándose la vida es una elección complicada de digerir para cualquier sociedad, para cualquier deudo; las religiones cristianas y la musulmana tampoco lo aceptan hasta el día de hoy. Aun así, algunas de ellas han flexibilizado sus formas de contemplación del hecho.

Ya en la antigua Grecia, Platón y Aristóteles hicieron sus excepciones, existían situaciones aceptables para su práctica y ya sabemos cómo murió Sócrates. Nada es lineal.

Desafiar el destino quitándose la vida constituye para algunas personas, en circunstancias límites, el último recurso, la última opción. 

La serie de la televisión británica, After Life, creada y protagonizada por un genial Ricky Gervais, una rara combinación de drama y comedia que plantea el tema del suicidio, nos hace reír y llorar, utiliza el absurdo, el sarcasmo, la ironía para decir lo esencial sin filtro. Tony (Gervais) lleva el luto por su esposa muerta de cáncer, ha perdido las ganas de vivir, el sentido de la vida, sobrevuela la idea de quitarse la vida como un haz en la manga que sabemos nunca va a usar. Da vuelta todo, hasta que la vida lo gana. A veces pasa.

Suéñame, que me hace falta, le escribía Alfonsina Storni a su hijo antes de quitarse la vida.

Las cifras de suicidios en el mundo crecen, entre los jóvenes, maduros y viejos. En los números que los estudian y aglomeran entran como causas frecuentes la depresión, los desórdenes emocionales, el aislamiento, la soledad y esa otra mala palabra, la enfermedad mental asociada a la depresión y a los trastornos depresivos.

La depresión, de acuerdo a las cifras de la Organización Mundial de la Salud, abarca a más de 300 millones de personas en el mundo, es la principal causa de discapacidad y contribuye de forma muy importante en la carga mundial general de morbilidad.

Cada año se suicidan cerca de 800 mil personas.

Más de la mitad de las personas afectadas de depresión en el mundo, no reciben tratamiento, en algunos países, más del 90% de ellas. Sea por falta de recursos, o porque el personal sanitario no está capacitado o porque las evaluaciones clínicas son inexactas o por la propia estigmatización que la sociedad concede a los trastornos mentales.

Son comunes los errores diagnósticos que van desde personas con depresión que no son diagnosticadas correctamente hasta personas que no la padecen y son diagnosticados con antidepresivos.

El mundo del pastilleo y del hablar pastoso, de las licencias psiquiátricas y el deambular sin rumbo, parece un lugar común. Hoy, que el coronavirus parece justificarlo todo, las consultas médicas telefónicas, la distancia con el paciente en la videollamada, la repetición de medicamentos y psicofármacos, el aislamiento, el incremento de síntomas de depresión en personas de todas las edades y sus consecuencias, se ha convertido en un ritual global y aceptado dentro de la normalidad que la anormalidad atestigua. 

Me suena en la mente, la voz desgarradora de Amy Winehouse (1983-2011), me suena Back to Black y la veo con su pelo negro y su estilo beehive y sus ojos pintados en exceso, todo en exceso, su delgadez, esa suerte de sincretismo de soul y jazz impregnado en su ropa, en sus tatuajes, en esa garganta cargada de alcohol que la acompañaba antes, durante y después de sus presentaciones, sus excesos de drogas, su excesiva tristeza. No sé si temía pertenecer al Club de los 27, o si quería estar ahí con Jenis Joplin, Kurt Cobain, Morrison o el propio Hendrix, todos muertos a los 27 años; lo cierto es que nunca dejó de mostrar su vulnerabilidad, su deterioro, su muerte lenta. Su último concierto en Belgrado, un mes antes de su muerte real, se puede considerar la antesala de un suicidio público ante una multitudinaria asistencia. No lo vio quien no quiso ver.

Lo cierto es que, a Amy, la que ganó 5 Grammys en una sola noche, una de las voces más sobresalientes del siglo XX, la encontraron muerta en su apartamento londinense, se había tomado 3 botellas de vodka en una noche, sola, pero eso no era una novedad para nadie, se puede decir que sus conciertos y su vida fueron un anuncio constante, porfiado y persistente de ese final. Love is a a losing game.

La muerte avisa 

Silvia Plath (1932-1963) tuvo innumerables intentos antes de intoxicarse con dióxido de carbono, Alejandra Pizarnick (1936-1972) pasó por lo mismo hasta llegar a la sobredosis de pastillas. Robert Williams (1951-2014) dejó mensajes por todas partes y recién después de su muerte los médicos descubrieron que padecía demencia con cuerpos de Lewy. Virginia Woolf (1882-1941) sufría lo que hoy conocemos como trastorno bipolar, luchó toda su vida con sus fantasmas del pasado hasta que un día llenó de piedras el bolsillo de su sacó y se tiró al río Ouse.

A finales de la Edad Media, la melancolía parecía haberse apoderado del alma de las personas, algunos como Hipócrates la llamaban la bilis negra. La desesperanza finisecular se centraba en la muerte de Dios, si después de la vida no había nada, morir era como caer solo en un abismo, y el bicho humano se desarma ante el concepto de solitud, ante su propia existencia. 

La fragilidad de la memoria nunca mantiene presente que nuestra existencia solo se justifica ante el otro, el espejo. Walter Benjamin (1882-1940) filósofo judío-alemán, crítico literario, pensador, hablaba de los mecanismos de negación y destrucción que hacemos como civilización con el paso del tiempo, con la herencia de la memoria y la experiencia. Y hacia donde nos conducía todo eso, en El Narrador, dice que el arte de narrar se nos termina, porque el aspecto épico de la verdad, es decir, la sabiduría, se está extinguiendo. La gente ya no sabe contar experiencias. Y la narración es la transmisión de experiencias, uno no se narra para sí, narra a otros, cuenta a otros. Ese es el hilo de la cosa. Y lo vamos perdiendo, como la lectura con sentido crítico, el placer de saber, de entender y comprender más allá de lo que se ve, el sentido de las cosas. 

Las nuevas formas de estar en el mundo, nos ubican en una aldea donde la gente se va quedando sola sin remedio, sin narración, nos falta encapsularlos en burbujas de plástico al estilo Space Bubble, como lo hacen en sus presentaciones The Flaming Lips.

Las redes favorecen el discurso individual, la interacción es como un interruptus del que derivan ruidos, choques y desconexiones, o no se produce nada.  Un gran pasillo Dada, eso parece, sin mayores pretensiones y salvando todas las excepciones, que las hay.

Cuando hacía radio, en el siglo pasado, abríamos los teléfonos "al aire" y la gente llamaba, algo se producía, aparentemente. Al tiempo, todos sabíamos que esa audiencia parlante y participativa, se resumía a unos pocos que estaban siempre pendientes y solos. Medir la llegada de nuestro discurso era más difícil que eso, más difícil que interpretar las cifras del rating, más difícil que el "boca a boca" y esas llamadas permanentes.

Si uno se pone un poco voyer en las redes y analiza, mínimamente los posteos, las soledades están a la vista, desnudas, mostrando y pidiendo a gritos, compartiendo frases hechas, lo privado elegido en paquete abierto a todo público. Puro stand up.

Estar solo, sentirse triste, desvalido, desesperado, desesperanzado, desprovisto, emboscado en los miedos, sin caminos que recorrer, sin la más remota posibilidad de romper esa piel que nos separa de todo, sin lograr estar con sentido propio, sin nada que te sorprenda, sin un pensamiento que construir ni un umbral donde llegar. Todo ese combo junto, de ruidos y silencios insoportables, más- menos, es tremenda depresión. 

Las razones, manifestaciones y comportamientos son variados. Le tenemos miedo a los síntomas y más miedo al catálogo; en el análisis formal del discurso, la enfermedad mental como concepto, nos separa del mundo de los otros. Enfermedad mental se asocia con locura y si bien todos tenemos una dosis importante, el dictamen médico que nos incluya, nos clasifica ipso facto, en un lugar de desecho en el que nadie quiere estar. Nos sentimos estigmatizados. 

El miedo a las palabras. El poder que atribuimos a determinadas construcciones de pensamiento nos hace creer qué si cambiamos la palabra, cambia la situación. Si en lugar de decir enfermedad mental decimos, personas con dificultades de interrelación momentánea, suena largo, lindo y no sé qué, dice, pero no dice, loco. Una mesa es una tabla que tiene por lo menos cuatro patas y que sirve para apoyar cosas. 

La palabra mesa tiene un sentido etimológico que viene del latín, pero ese no es el punto. Si resultare que decir mesa, por alguna razón que no imagino, pudiera ser motivo de discriminación para un grupo étnico o social o para quien fuere y la cambiáramos por otra palabra, por ejemplo, cazuka y ahora las cazukas fueran las mesas, ¿qué cambiaría?

La lógica indica que con el tiempo las cazukas serían igual de discriminatorias y ofensivas que cuando se decían mesas, porque es la intencionalidad en el uso de la palabra la que puede incluir una ofensa, una amenaza o violencia implícita. La palabra solo define algo. 

Puta. Mierda. Enfermedad. Pito. Playa. Mental. Hombre. Mujer. Son solo palabras. Puta tiene varios significados, puede ser el de una mujer que entrega su cuerpo a los deseos de un hombre por dinero, o puede ser una expresión de asombro o una expresión con que se intensifique el significado de otra. Para tirar la piedra del insulto, necesitamos darle a "puta" intencionalidad.

Así, de una forma primaria, podemos decir que la enfermedad mental o los trastornos mentales abarcan una serie amplia de problemas que afectan los procesos del razonamiento, el comportamiento, las emociones y la interrelación. La depresión y los trastornos bipolares son algunos de los trastornos mentales que hoy tienen mayor difusión y población en el mundo. 

Una buena forma de sacarnos el miedo a las palabras es tratar de entender de qué estamos hablando y sacarle miedo al miedo. Lincoln era bipolar, Churchill sufría de depresiones como Lady Di y una inmensa lista de millones de personas famosas y desconocidas a lo largo y ancho del mundo.  

La depresión profunda está dentro de las enfermedades mentales, porque viene de la mente, no de otra zona del cuerpo que cambiaría su definición, en lugar de tenerla en el pie, en los ovarios o en los huevos, la tienes en tu mente. Los tratamientos los hay de todas las versiones, mejores, peores y más o menos, van desde la psicoterapia a los psicofármacos, juntos o por separado tratan de ayudar al paciente a superar el problema. Igual que cuando vas por el dolor de rodillas o tu frecuente dolor de cabeza, lo intentas todo y le vas encontrando la vuelta, a veces.

La diferencia cuando sufres depresión es que necesitas apoyos, vínculos fuertes, razones para levantarte por las mañanas y porque no, encontrar la forma de soñar un poco, despierto. Encontrar la forma de reír, encontrarle sentido a la risa, reírse mucho, también de uno mismo.

Te puedes morir de risa, pero no te matarás riendo, seguro.  

Uno se despierta simplemente, no prima una decisión. Es el agujero profundo el que te aísla, el que te lleva al camino contrario, el que te hace dormir, no querer despertarte, no querer volver a ninguna parte.

Las personas tristes y solas pululan, a veces muy enfermas, los límites no suelen ser precisos, algunas sobreviven de distinta manera, vegetan como pueden, toman antidepresivos, se drogan, se alcoholizan, se prostituyen, mienten o se mienten, da igual. Los amigos escapan, la gente normal, huye. Porque alguien desestructurado, desestructura. Así que hay un destino para esos solos; quedarse más solos, rotos y sin remedio.

Aburren. Pudren. El relato común dice que todos tenemos problemas o que es fácil no asumir y hacerse el loco, o el que se te ocurra, porque seguro a alguien así conoces, conociste o te lo cruzaste y algo construiste para hacer de tu huida una buena razón.

Y un día te despiertas con la noticia que fulano o mengano apareció muerto en la bañera, o se tiró un tiro en la cama o se vació el frasco de pastillas. Y no es tu culpa. La decisión de quitarse la vida, aunque premeditada, se supone súbita y en soledad. No es un acto de locura, es algo pensado que al fin se ejecuta. Aunque te tires desde lo más alto de donde puta sea, con ojos detrás de los ojos y megáfonos y gritos, la caída al vacío viene desde la roca más oscura, recóndita y escondida e irresistible del alma. 

En Uruguay el porcentaje de hombres que se suicidan es francamente mayor que el de las mujeres, de los que deciden hacerlo el 79,4% son hombres y el 20,6% mujeres, si discriminamos por grupo etario los viejos a partir de los 65 y de 80 o más alcanza un porcentaje de hasta 38% y los jóvenes entre 20 y 29 años, así como los maduros de entre 45 y 55 años también mantienen cifras preocupantes. Lavalleja, San José y Tacuarembó tienen las cifras estadísticas más altas, siendo el ahorcamiento (63%) y el disparo con arma de fuego (20%) los métodos más usados. 

Un abrazo te salva 

Un gesto de bondad humana te quita las ganas de irte antes de tiempo. La incertidumbre de lo que vendrá sabiendo que tienes una mano o varias manos y espaldas que te apoyan, te deja permanecer, las ganas de ver la alquimia que produce el tiempo con tus seres más queridos o una alegría inesperada o un golpe bajo que te de felicidad y te devuelva las ganas, cansarte de una vez del cansancio y el hastío. A veces pasa.

A veces la muerte te sorprende despierto y caminando, y te deja seguir, hombre muerto que camina. Los estadounidenses tienen esa metáfora macabra para los sentenciados a muerte. 

A veces la muerte pierde la cuereada.

Siempre he sentido rechazo por esa euforia morbosa que le viene a la gente, esa desesperación por hacer todo tipo de demostraciones cuando ya no hay nada que hacer. No importa si la persona que se fue es popular o de a pie, como vos o como yo. Y al mismo tiempo, contradictorio como la vida, siento ante este tipo de manifestaciones, un respeto inmenso, porque están haciendo también lo que pueden, dar tributo, honrar, despedir. 

Las ceremonias de despedida a los muertos atraviesan todas las culturas, tienen connotaciones distintas según tradiciones y creencias, pero siempre reúnen y enlazan emocionalmente a las personas que las congregan.

La vida es aterradora, ya lo dije, existimos en función de los otros, nos miramos en sus espejos, usamos máscaras, hacemos lo que podemos. Elemental y sencillo, aunque de aprendizaje corto. Etiquetamos tanto y metemos tantas franquicias que nos perdemos en ese intento de entender de qué se trata.

La vida también es maravillosa y tira señales todo el tiempo. Las personas lo hacen, las plantas, los animales. Nos es más fácil la señal de roto de la "cosa" sea casa, bicicleta, auto, ropa, que enseguida corremos a buscarle solución o remiendo. Remendar almas es más complejo.

Un día volviendo a casa después de cenar, veníamos caminando y cantando felices con nuestros hijos, hasta que a una cuadra de casa nos dimos cuenta que había varios carros de bomberos y la calle estaba cortada. Un vecino que nunca conocimos y que vivía solo en el piso de abajo, un hombre mayor según dijo la policía, abrió la llave del gas y terminó con su vida.

Una actriz maravillosa, hermosa, talentosa y buena, murió de hambre hace mucho. Al rato, todos los diarios, los medios, los compañeros, los amigos, la familia, estaban de luto. Nadie supo saber en vida por donde andaba. Así que dijeron hermosas y emotivas palabras y la despidieron por todas partes, con aplauso cerrado, como se despide a los artistas. Los artistas que usan máscaras sobre máscaras.

Una chiquilina que salió en los diarios, se mató después de denunciar ser violada reiteradas veces por su padrastro y hermanos con la anuencia de su madre biológica. Después, salieron con pancartas a pedir justicia.

Una cantante maravillosa y universalmente famosa, se vació el frasco de anfetaminas y las ahogó en alcohol y luego, se sumergió en su bañera. Había llorado tanto que sus lágrimas envueltas en rímel estaban por las sábanas, la pijama, por los pisos encerados como espejos que las reflejaban, podrían haber ahogado su casa entera y hacer rodar los cuadros, los tapices, las ollas y las plantas tumbar por las escaleras, romper con furia la puerta y ganar la calle, caer como catarata golpeando rostros, pateando culos, inundando la ciudad entera y entrar al mar. 

La despedida fue inolvidable, la gente brotaba como las cucarachas en días de calor, dejaban ofrendas como en la vieja Grecia o en Sinaloa, la lloraban jóvenes y viejos y su música sigue sonando y haciendo saltar billetes en alguna parte.

El amante de alguien se puso una toalla en la cabeza y se voló los sesos. No ensució nada. Era muy prolijo. Decía que era millonario, pero estaba fundido o quizás nunca fue millonario. No importa. El día anterior le envió a la mujer que todavía amaba, una carta con la que ella todavía lo llora, un poema pedorro y un ramo inmenso de rosas amarillas. 

Son cosas que pasan lejos o la vuelta de la esquina, a veces salen en las noticias y las vemos en el sillón, sentados como los Simpson, forman parte de lo que vemos todos los días junto a los deportes, la cotización de la moneda, la bolsa, los informes políticos y económicos, el 5 de oro o la cantidad de muertos o contagiados por el virus. Vienen en el paquete.

Cuando un joven decide quitarse la vida, nos destroza el alma, porque hubiéramos querido estar ahí para tenderle la mano, para decirle que es todo cierto, pero vale la pena, hay que lograr perspectiva. Las complejas relaciones con su propio cuerpo, con su sexualidad, con su entorno, las dificultades de aceptación en la diferencia y el bullying que muchos chicos sufren en los centros educativos, en su propia casa y su ambiente, la falta de sentido de pertenencia, los hogares disfuncionales, son algunos de los tantos motivos por los que esos jóvenes terminan perdiendo las ganas de vivir y terminan en adicciones, situaciones de calle o perdiendo la vida.

Como sucedía a los antiguos con la bilis negra, la desesperanza y la soledad ganan terreno, mientras nos amarramos al ciberespacio y nos aislamos por elección o temor a lo que venga. 

¿Será que nos daremos cuenta que estamos en un punto de inflexión total? ¿Qué parte no se ve o no se entiende de este nuevo tránsito?

¿Estaremos a tiempo de darnos cuenta que somos seres gregarios, que nos necesitamos y que eso no debiera tener vuelta?

¿Será que además de las medidas de prevención, podamos ser más sensibles, más empáticos y ver al que tenemos al lado?

¿Será que la ciencia en general y la medicina en particular, salga de su Olimpo y palpe con humildad y compasión su propio Talón de Aquiles?

¿Porque no queremos hablar en voz alta del suicidio? ¿Tememos el contagio, el famoso Efecto Werther? ¿Será que creemos que lo que no se enuncia no existe?

¿Porque no tenemos datos del alto consumo y prescripciones médicas de psicofármacos, psicotrópicos en jóvenes y adultos?

¿Será normal que salgan las personas de las mutualistas con bolsas de medicamentos como si salieran del supermercado?

¿Será que hacemos lo suficiente o lo adecuado para proteger a nuestros niños y jóvenes, es decir el futuro, en la atención de los síntomas y prevención de la depresión? 

¿Capacitamos a nuestros educadores en estos temas? ¿Hacemos un seguimiento responsable de las realidades que estos jóvenes padecen?

¿Y que hay de los viejos? ¿Estamos conformes como los atendemos? El Estado tiene su parte, y ¿nosotros como sociedad, como hijos, nietos, familia, amigos?

¿Será que vivir es tan difícil, que ver que al otro le cuesta más, nos inmoviliza y corremos a nuestro lugar de confort?

¿Será que irremediablemente la biología nos hace dejar atrás todas las promesas que nos hicimos de jóvenes?

¿Será que no nos damos cuenta que somos un país demasiado pequeño para tener las cifras que tenemos de depresión y suicidios?

¿Será que tenemos que aclarar que esta columna no sugiere que el suicidio sea un arma eficaz para solucionar problemas?

¿Será que no queremos asumir que callar es una forma de consentir?

Cada 40 segundos se quita la vida una persona en el mundo. Es un problema global, de salud pública y su consideración social sigue siendo un tabú, la salud mental está en entredicho. Según datos de la OMS cerca de 800 mil personas se suicidan cada año en el mundo; el suicido es la tercera causa de muerte entre los jóvenes de entre 15 y 19 años; el 79% de los suicidios se cometen en países de ingresos bajos y medianos.

Las últimas cifras de conocimiento público sobre la realidad uruguaya respecto al tema son de 2019.

Columnistas
2021-02-27T06:57:00

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