LAS BIENAVENTURADAS
Ismael Blanco
04.04.2015
Siempre existió en mi familia y en particular entre mis seres queridos más cercanos una particular relación con la iglesia cristiana, pero muy específicamente el contacto con ciertos aspectos espirituales me fue acercado maravillosamente por las mujeres de mi familia. Una relación que no es tampoco atípica dentro de ciertos cánones de una familia de origen latina de ideología izquierdista.
El tiempo, el andar de la vida, me familiarizaron con una cierta mística, con personas, generando un puñado de anécdotas que se fueron acumulando. De esta forma me presentaron a la iglesia de forma humana, solidaria, fui aprendiendo a decantar mis preconceptos y mis incredulidades. Marxistamente comprendí que los sagrados templos podían ser contradictorios y también blasfemos, que allí también convivían los asuntos de clase, que Jesús era cotidianamente tironeado en sus diversas interpretaciones. Que podía distinguir una iglesia de los pobres, aquella que siempre fue de la mayoría pero había también de la otra, la casi exclusiva, la de los "elegidos", la de los hipócritas y de los fariseos.
Pero vengo aquí a otra cosa, a recordar a mis Bienaventuradas.
No sé si es casualidad pero tres mujeres con un mismo linaje son las que me vienen a la memoria a la hora de pensar en ciertos aspectos religiosos y lo digo por su orden a saber: mi bisabuela, mi abuela y mi madre. Tres mujeres que tenían tanto de religioso como de rebelde.
De las primeras dos descubrí que existían fechas a las que había que atender en el calendario cristiano y el viernes santo estaba cargado de solemnidad. Y también de esas primeras dos mujeres, Isolina y China, advertí con la mirada de los años que su práctica cristiana estaba imbuida de un grado importante de sincretismo, proveniente de prácticas heredadas y hasta ancestrales podría suponer, que entre muchas cosas nos permitían protegernos, de lo que para mí desconocía por aquellas épocas, como lo era la propia maldad humana , aquella que enferma y que traiciona como al propio Cristo.
Me interesa remarcar que a través de ellas mis contactos con lo religioso siempre estuvo exento de formalidades o de rituales ortodoxos o conformes a la tradición.
De mi abuela, la China, descubrí que su religiosidad era maravillosa, nunca conocí a alguien que pudiera seguir un dogma de forma tan heterodoxa. Viéndolo en perspectiva, en realidad su planteo está tan lleno de disconformidad que más que un diálogo espiritual, lo suyo se convertía en una suerte de interpelación al "superior". Con el tiempo descubrí que es algo propio del valor femenino, que existen mujeres que su espiritualidad contiene más que pedidos, apercibimientos, recomendaciones y advertencias a sus santos. Pude observar que en estas mujeres no había sumisión, resignación o cualquier actitud de acatamiento, lo suyo podía pasar del pedido al desacato y eventualmente la maledicencia y la incorrección. Se podrá criticar, pero siempre me fascinó esa tan pura honestidad cristina.
Me voy a tomar una licencia, que creo que no voy a ofender en absoluto la memoria de tan brava mujer, creo y me animo a no equivocarme, que mi abuela si tuviera un altar además de a Cristo tendría siempre en el mismo a Dimas, aquel ladrón crucificado junto a Jesús. Era imposible que pudiera separar su compromiso y su consustanciación religiosa con la problemática social y su perdón tenía la sinceridad de lo limpio y lo simple.
Su honesta prédica y su compromiso práctico fue la ruina de mi abuelo Pepe, ya que la China repetía más que el padrenuestro de la misa del cura, que su sermón favorito era aquello que "a los amigos se les respondía y se les hacía presente cuando la desgracia le llevaba a la cárcel o al hospital", esa máxima tan "escandalosa", tan adelante la llevó en su visión de la cristiandad, que la misma significó la ruina comercial de los distintos emprendimientos de mi abuelo materno y la consiguiente desheredación por falta de bienes para con sus hijos. Visto a la distancia me deja patente que la acción de mi abuela era hacer coherente consigo el verbo de la solidaridad y amor al prójimo, así la misma conllevara a la estrago económico. Nunca fue afecta a las leyes del mercado y la economía, multiplicaba los panes y los peces a puro déficit comercial. De todas maneras y hechas estas salvedades mercantilistas, lo que nos dejó a todos, fue su imagen e impronta, la de una mujer con una mirada llena de amor y ternura, una mujer que aún pasado el tiempo me permite recordarla hoy dándome un hermoso pretexto para escribir. Su casa con el paso del tiempo se convirtió en una legación de asilo permanente.
Su morada supo dar refugio a incontables. Hay quienes pueden dar testimonio que su propio lecho tenía lugar para el descanso de varios, desafiando a veces hasta las propias leyes de la física. Estoy al corriente, que supo curar la heridas de muchos, producidas por las biabas que cada vez se hacían más comunes en las comisarías y en los cuarteles.
Esta cristiana práctica no tenía ni prejuicios ni preconceptos, a tal punto que su histórica fonda familiar poseía la selecta clientela de trabajadores, obreros, afamados cantantes y artistas, buscavidas de mil profesiones, prostitutas, expresos de Miguelete y algún afamado con la distinción internacional de ser "ex" de "Villa Devoto".
Todo esto hoy sería un escándalo para los hipócritas y los come santos, aquellos que se presentan con clase distinguida, los que pretendiendo fundamentarse materialmente, procuran hacer valer su derecho a la compra de una buena parcela en el mundo celestial y otros que con iguales pretensiones pero tan solo provistos cierta utilería tienen iguales ínfulas.
Julia, era otra bienaventurada, solo conocida por mí por referencias familiares, pero de esas que son de peso, esas que sólo pueden ser acreditadas por las buenas gentes. Ella era una mujer hermosa, elegante, respetuosa y respetada, era la madrina de mi madre, dicen que su profesión era la misma de María de Magdalena, hecho éste que sólo viene al caso resaltarlo porque me ratifica la nobleza y pureza de mi ascendencia. Me consta que ella le otorgaba a mi madre-niña todo su amor de "segunda madre" y un día como cualquiera se esfumó como el viento.
La pregunta en estos tiempos en que vivimos, es la que Mateo el recaudador de impuestos, le pudo haber realizado a Jesús: ¿qué debo hacer para estar en el reino de los cielos? Y éste responde: "Dejad todo y seguidme". Cuantos de nosotros estaríamos dispuestos hoy, por nuestras ideas a dejarlo todo y seguir a un hombre, que por su calidad humana nos convenza a jugarnos el partido de la vida. Quizá no necesariamente sea hoy una pregunta con una rotunda respuesta. Quizá sólo sea una pregunta para no contestarla aún y tomarnos el tiempo, el necesario, para que antes de obtener una respuesta, reflexionarla a riesgo de obtener por estos días sólo silencio.
Pero como les venía contando, fueron tres mujeres, tres bienaventuradas que me enseñaron con delicada ternura un cierto tipo de religiosidad. Isolina vivió hasta los noventa y largos y la ironía de la vida hizo que terminara cuidando a su propia a su hija hasta el día de su propia muerte. Recuerdo que su San Jorge era casi tan grande como una pared. Vivió esta mujer, de probable origen asturiano hasta no más poder, desafiando hasta el último instante a la naturaleza.
Fue mi madre que explicaba que existía cierta alquimia que le permitía no renunciar a un Dios y ser marxista-leninista, supe después que resultaba casi un hecho natural y auténtico que provenía de su italiana forma de ver al mundo. A ella, le debo muchas cosas, pero hay una que quisiera destacar: fue con su calidez de mujer que me comenzó hablar de ciertos asuntos, que para algunos años de mi infancia me resultaban indescifrables. Sólo fue con el paso de los almanaques que lo impregnado en mi memoria tenía discernimiento, cuando convirtiéndome de niño a joven y el cuerpo era el que mandaba, advertí que sus enseñanzas iban dirigidas a como debía comportarme ante los secretos de la vida.
Por estos días hace 40 años solía ver "Rey de Reyes" y esperando el "Sermón de la montaña" con sus "bienaventuranzas" me convencía de que Jesús era el primer comunista. Por aquellos días, a pesar de los cuidados y las reservas de mis padres llegaban a mis oídos las terribles noticias de las detenciones, de las torturas y las infamias en los cuarteles, de las persecuciones y de lo que era una vida clandestina. Por aquella época sabía de que alguien llamado Álvaro Balbi, amigo de mis padres había sido asesinado y su cuerpo en un ataúd cerrado era entregado a su familia. Aún por estos días su muerte sigue impune. En mi mente de niño no podía pensar otra cosa, que mis padres y sus compañeros eran como los cristianos perseguidos, en la excelente interpretación de Jeffrey Hunter.
Era mi abuela China la que no renegaba de sus creencias ni en los momentos más terribles y ante el dolor más tremendo, que se traducía en un brutal accidente que le traería la mayor desgracia para con su hijo, me contaba que por las noches claras podía pedirle a otra mujer, la madre de su Dios, que la ayudara y ésta concediéndole su gracia, se le aparecía al centro de tres círculos despejados del más cercano cuerpo celeste. Nunca podré olvidar del apasionamiento de esta mujer al contarme su historia. Aún por aquellos tiempos sin haberme declarado un ateo convencido, me llenaba de emoción que alguien pudiera creer en algo tan puro y limpio. Me convenzo que hay palabras que se palpan al vivir, que se hacen físicas y se materializan en la carne y en el pensamiento, y atento a las palabras descubrí que la pasión puede ser tristeza pero lo que esa mujer logró en mí, fue generarme otra cosa superior: reconocer a la pasión como la total entrega por los demás. De ella tomé conmigo su pasión y su rebeldía.
Los religiosos en señal de respeto se inclinan ante su Dios, por mi parte mi reverencia en señal de afecto y amor es por estas tres mujeres: estas son mis Bienaventuradas.
Dr. Ismael Blanco