Tan Allende tan Salvador

Ismael Blanco

11.09.2015

Hace exactamente dos años estaba parado frente a la tumba de Salvador Allende. No éramos muchos los que estábamos en ese grupo, calculo que unos veinte amigos de la Fundación que lleva su nombre, íbamos con Carmen Paz, Isabel y Marcia, con Boris y Carla.

Antes de que llegáramos, ya otros habían estado realizándole un homenaje. Me dio la sensación que llegábamos unos y se iban otros. Debo decir que no tuve la impresión de que fuera una atomización de  homenajes,  sino algo peculiar, sentí que todos, cada uno a su manera, con sus estilos y expresiones venían a saludar al presidente mártir. 

Cada grupo esperaba su turno. Todos se respetaban. Descubrí que el homenaje al "Chicho" tiene algo de personalísimo. No importaba, ni se rendía ningún culto especial a quienes por razones de sangre tuvieran relación directa  con él,  ya  que entre los que llegábamos estaban sus hijas, sus nietas  y otros familiares de Allende. En realidad a los familiares tampoco les generaba incomodidad ver los otros homenajes "no oficiales", es más puedo afirmar que lo esperaban y observaban con respeto y atención,  porque cada uno a su manera, con sus palabras, con protocolo o sin el,  expresaban sus sentimientos más profundos. 

Pude palparlo, nadie se inhibía de sus discursos, ni reparaba en  las formas. Es que las formas no importaban porque hablaban con la más deshinibida pasión. Algunos hasta diría yo que lo imitaban; vestían traje oscuro como  Salvador. La mayoría de ellos eran  trabajadores, eran  mujeres y hombres dignos de un pueblo que para rendirle homenaje llevaban puesto su humilde traje proletario y algunos también lucían con igual orgullo los lentes, aquellos lentes tan propios, de armazón gruesa y negra, aquellos inconfundibles, que prácticamente formaban parte de la cara del "compañero presidente". 

Indiferentes a mi observación, atraparon mi atención  sus discursos, sobre todo por sus tonos, sus énfasis  y sus voces. En sus expresiones ardorosas y apasionadas, caí en la cuenta de que los obreros de Chile llevan al mejor orador consigo, aquel que al alma la transforman en palabra. 

Supongo que por eso Allende podía mantener ese diálogo con miles. Sin duda él era un orador de multitudes, pues hablaba desde lo más profundo del alma, donde sale lo más puro, donde se torna imposible mentir, donde se ve nítidamente si alguien es bueno y sincero, donde no hay posibilidad para la  demagogia y el populismo, donde en la multitud uno se vuelve uno mismo con otros.

En esa mañana de ese 11 de setiembre de hace dos años ya, se respiraba la primavera. Podía percibirla aún desde el cementerio General de Santiago. Sin embargo, me resulta difícil imaginarme que el 11 de setiembre de hace 42 años se pudiera percibir esa sensación. En realidad, siempre me sucede  lo mismo cuando llevo mi mente hacia ese pasado, no sólo el de Santiago en 1973, sino el de Montevideo de ese mismo año, me resultan iguales al marzo de 1976 en Buenos Aires: las imágenes se me presentan grises, o más oscuras aún, sin duda, sin  colores. Al igual que las fotografías que recorrieron el mundo, las imágenes de esos tiempos me quedaron grabadas para siempre en blanco y negro. 

En la historia de la Humanidad, como una columna fundamental que sostiene el honor y el coraje, quedará Allende en la puerta de La Moneda, mirando al cielo con su casco y su fusil,  con Urritia o "Miguel", con Rodríguez Riquelme o "Mauricio", con Danilo, retratados para siempre. Quedarán también  las imágenes terriblemente tristes de La Moneda incendiada por las abyectas y despreciables bombas de los "Hawker Hunter", quedará la resistencia del presidente, la de sus pocos compañeros, quedará para siempre la voz clara  y  decidida aún con interferencia por radio Magallanes. 

Casi como un ritual, con zurda liturgia, me amargo y me conmuevo cada mañana de los 11 de setiembre, cuando se repite año a año la voz firme, contundente y varonil de un hombre que le comunicaba a los trabajadores de Chile  que no iba a renunciar y que pagaría con su vida la lealtad de su pueblo.

En estos tiempos de ideas diluidas, de blanduras doctrinarias, de demasiada farándula, la coherencia en los momentos donde se pone a prueba de que están hechos los hombres parece un bien escaso. Es que Allende no falló y por eso será un modelo para siempre del revolucionario y también de alguien que no dudó en poner  su vida en defensa de la legalidad y las instituciones democráticas. 

Cuando pienso en él, me pregunto: ¿Qué es lo que mueve a alguien a dar su vida  por un ideal? ¿Qué clase de fuerza mueve a ciertos humanos que los impulsa a dejarlo todo en defensa de sus más profundos postulados?  ¿Qué  impulso es ese, tan fuerte, que lleve a un hombre a preferir morir antes que claudicar en sus ideas? ¿Qué impulso es ese, que  aún sabiendo que la derrota es pírrica y miserable, aún sabiendo que el vencedor es un "general rastrero", aún sabiendo que quienes lo derrotan son un conjunto de traidores sin más virtud que la brutal fuerza,  hace que alguien prefiera morirse en  la pelea cuando aún quien se presenta vencedor es indigno de esa designación? 

Pues hallé la respuesta, no en los grandes libros del pensamiento humano, no en sesudas conferencias de cientistas o analistas, no la hallé tampoco en los libros de historia. La hallé en lo sencillo, en  las  pocas y parcas, pero admito profundas palabras, de sus amigos y compañeros, las halle en Jirón, en Jorquiera y en Soto y todos repetían lo mismo, nos hablaban  que su resistencia junto al presidente Allende, cuando éste los liberó de la responsabilidad de acompañarlo hasta las últimas consecuencias estos no aceptaron, pero no lo hicieron porque no tuvieran miedo o fueran temerarios o súperhumanos, lo hicieron para poder sentirse dignos de cada uno, para sentirse coherentes, para que si sobrevivían, pudieran llevarse  un trozo de pan a la boca sin culpa ni remordimientos, pudiendo  mirar a los ojos a sus hijos, pudiéndoles hablar entonces  de la memoria. 

Siempre lo pensé, me resultaba extremadamente llamativa la enorme soledad de Salvador esa mañana del 11 de setiembre. Se dice que eran 23 los que resistieron arma en mano la infamia golpista, eran 23 y me suena a apóstoles, seguro a mártires. Sobrevivientes hubo pocos, aunque si todos salvo Allende y Augusto Olivares  no murieron en La Moneda, murieron por la tortura y en el asesinato luego de su detención. Eran los del "GAP", el Grupo de Apoyo al Presidente, no eran sus custodias, eran más que eso, eran los que por un ejemplo estaban dispuestos a morir.

 Cuando estaba frente a la tumba de Allende en un momento tomó la palabra un dirigente socialista, hijo de obreros, Osvaldo Andrade. Este hombre, de manera clara y contundente realizó una autocrítica sincera y verdaderamente izquierdista sobre como el propio partido de Allende lo dejó en la más absoluta soledad y se alejó del camino, del discurso y de la acción del Chicho. De cómo en la etapa que se quería demostrar el tránsito al socialismo a través de la institucionalidad y las elecciones libres se eligió el camino corto, ese que termina siendo tan corto que no se puede andar.

Y es más que probable que de todas formas la suerte del gobierno de la Unidad Popular estuviera echada a favor de los golpistas.

De todas formas, es fácil imaginarse la altanería y la gimoteada de los que en esos tiempos se declaraban los "preclaros" del camino revolucionario. Los que desde la izquierda y la extrema izquierda, acusaban a Allende de moderado y de lo peor, que sumados al derecha, la rosca y su fascismo arrinconaban el proyecto socialista chileno. 

Muchas explicaciones se podrán dar, muchas acusaciones de errores y de fallas también, pero lo cierto es que a las 7.30 de la mañana de aquel 11 de setiembre hasta cerca de las 2 de la tarde, sólo eran unas decenas de hombres liderados por su presidente, que al igual que ellos, armado, plantaron su última y más digna batalla. Fuera de esto lo demás terminó siendo un cuento. 

Hace días que estoy buscando si este año hay un homenaje público a Salvador Allende en nuestra ciudad. Se me ocurrió pensar que en la embajada de Chile deberían saberlo, al menos darme una orientación sobre si se preveía alguna actividad: lo único que obtuve de la voz al otro lado del teléfono fue una lamentable e infeliz respuesta: "que el embajador no está y que este año no se hace la fiesta". Ante tal grosería, además de calentarme, pensé que de todas formas alguien, o algún partido u alguna organización tendría el tiempo necesario para "sacarle el culo" a una burocrática silla,  o perderse algunos minutos de alguna pedorra y desagradable recepción, para no pasar por alto lo sucedido hace 42 años. Sin embargo, como una bendición existe un puñadito de integrantes que sostienen una comisión barrial, que cuida su plaza, y que todos los 11 de septiembre a las 11 recuerda la gesta de un hombre como pocos. Como una sentencia tragicamente humana me viene aquello de que los valientes suelen ser una minoría. Será por esto, entre otras cosas que se me representó nuevamente la soledad de Salvador, tan salvador y tan solo. 

https://www.youtube.com/watch?v=Su3tGp-feEg

Ismael Blanco
2015-09-11T14:13:00

Dr. Ismael Blanco