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La gran ficción y la verdad

Marcelo Marchese

10.07.2020

La última encuesta dada a luz reveló que la principal preocupación de los montevideanos es la dificultad para conseguir trabajo, luego, los magros ingresos, en tercer lugar, la inseguridad, y por fuera del podio, el Coronavirus.

Los medios, la OMS, los artistas convertidos en moluscos, el gobierno, la oposición y hasta el helicóptero pueden anunciarnos la muerte paralizadora, pero en algún lugar todos sabemos que primero y antes que nada, hay que comer y darle de comer a nuestros hijos.

Puede que al hombre de la calle se le escapen ciertas cuestiones de la economía, pero sabe lo suficiente como para advertir que si más de cien mil personas han perdido sus empleos en nuestro País, y más de mil millones han perdido sus empleos en el mundo, la crisis económica que se avecina será de proporciones monstruosas, y nuevos cientos de miles y nuevos miles de millones perderán su empleos.

No será nada sencillo que luego de eso los recuperen, ya que la robotización avanza, la tecnología desplaza cada vez más gente y en este panorama incierto, una sóla cosa es segura: gana la Banca, pues Uruguay ha emitido dos mil millones de dólares en bonos a causa del Coronavirus, y el Banco Mundial, graciosamente, nos ha ofrecido un préstamo de cuatrocientos millones de dólares a causa del Coronavirus.

Uno puede escuchar a toda hora a una serie de sabios que cobran su buen sueldo por amedrentarnos con todo tipo de cucos, pero las cosas que se dicen en esta vida, tarde o temprano, chocan con los hechos y se hacen pedazos.

El hecho es que veintinueve personas murieron de Coronavirus o más bien, de otras causas a las que se añadió arteramente ("aramos", dijo el mosquito) el Coronavirus, y cada una de esas muertes fue anunciada con bombos y platillos, mientras tanto, en el mismo lapso de tiempo, unas doscientos cuarenta personas se colgaron del cuello o se tiraron debajo de un camión, y una buena cantidad observa las lechugas desde abajo por no recibir asistencia médica, ya que la histeria indicaba que había que tener las camas libres, en tanto otra histeria gritaba por encima de la anterior que había que aplanar la curva y sobre estas histerias, una tercera avisaba que las próximas dos semanas serían las peores.

El hombre que ha sufrido un dolor profundo, en ocasiones, al despertar, se ilusiona pensando que ha vivido una pesadilla. Esa ilusión dura lo que un pestañeo, pues la cruda realidad se presenta en todo su esplendor y dice: "¡Ésta es la verdadera pesadilla!". Rara vez sucede en la vida de un hombre que salga a la calle y perciba que la pesadilla se ha extendido a todos los demás. En toda pesadilla hay un signo que se impone sobre todos los demás, en la nuestra, es el tapabocas.

Conviene detenerse unos instantes en el impacto de esta palabra: tapabocas. Para aquel que cree a pies juntillas en la bondad de los gobiernos, en la bondad de los organismos financieros internacionales, en la bondad de los grandes medios de comunicación, en la bondad de las empresas de medicamentos y en la bondad de los grandes filántropos que en absoluto se preocupan por acaparar todavía más riquezas, sino en los pobres desheredados de la tierra, para esa persona tan confiada, el tapabocas salvará a la humanidad y sin tapabocas, hubiera sido necesario cavar una fosa profunda como el océano para enterrarnos a todos.

Ahora, para una persona que no ha perdido los estribos y aún puede razonar, el tapabocas no es otra cosa que lo que su nombre indica: un tapabocas.

Los antropólogos no se han puesto de acuerdo en torno a qué cosa nos hizo humanos, qué cosa fue la que nos diferenció del resto de los animales. Para algunos fue el andar erguido, para otros fue el desarrollo que vivió la inteligencia gracias a transformar nuestro mundo con las manos, para los de más allá fue el dominio del fuego. Tengo para mí que el punto de inflexión fue el habla.

El habla permitió expresar complejos sentimientos y complejas ideas, y el habla permitió transmitir y atesorar lo aprendido y crear cultura. El habla no sólo explicó el mundo, el habla creó mundos. El habla fue necesaria para adorar a los dioses, y el habla fue necesaria para curar a los enfermos. El habla creó la poesía y la leyenda, y el habla por fin se hizo escritura, una forma de vencer a la muerte.

La boca es un umbral. La boca reúne el afuera y el adentro, el universo y nuestro propio universo. La boca destruye y crea. Destruye lo que nos alimenta y crea vida. Toma un aire y devuelve otro aire. Con la boca la hembra lame a su criatura. Con la boca se besa y se hace la felación y el cunnilingus. Con la boca se grita, con la boca se queja y se lamenta, con la boca se canta y con la boca se hablan palabras que destruyen y construyen. Por la boca recibimos el primer alimento y por la boca exhalamos nuestra alma.

La boca es la potencia creadora, y para crear, hay que matar. La boca tiene un maxilar superior y un maxilar inferior, pues la boca reúne el arriba y el abajo. En la boca, por fin, se encuentra la lengua con que se lame, se bebe, se come y se llama a otro animal. En todas las lenguas, la palabra "lengua" está formada por dos partes, pues la lengua es el umbral y la lengua debe atender a sus dos realidades.

Jamás el hombre ante la guerra, ante la hambruna, ante el cataclismo, ante la peste o ante el Poder silenció su boca. Silenciar la boca es silenciar nuestra potencia creadora. Silenciar nuestra boca es quitarle al cazador su arco y su flecha y quitarle al carpintero el hacha y el serrucho.

¿Qué llevó a la humanidad a dejarse taponar su fuerza vital, su aire vital y sus palabras? Aquí es donde muchos de los que se enfrentan a La Gran Ficción tropiezan y se rompen los dientes. Erigen ante la Gran Ficción una caricatura que labora para La Gran Ficción. Nadie necesita meterte a prepo un microchip si ya dominan tu mente y tu sexo. El Poder gusta de la brutalidad, pero también gusta de mecanismos sutiles, donde uno mismo sea la víctima y el verdugo. Muchos enfrentan con argumentos científicos a La Gran Ficción creada y sedimentada por esa otra ficción llamada La Ciencia. Es razonable que los científicos que se enfrentan a La Gran Ficción desplieguen sus argumentos científicos, pero es en grado sumo ridículo que los artistas desciendan al pantano de la discusión científica en lugar de hablar su propia lengua.

¿Qué llevó a la humanidad a dejarse taponar su fuerza vital, su aire vital y sus palabras? Su fe en el Poder. No es grato reconocer que los que tienen el mundo en su puño son una manga de sádicos. Asumir algo tan obvio, tan elemental, llevaría a que uno ya no debiera ser lo que es, una persona sumisa, sino alguien nuevo que se enfrenta a una infamia jamás igualada.

¿Qué llevó a la humanidad a dejarse taponar su fuerza vital, su aire vital y sus palabras? El miedo al otro y un razonable equilibrio: si uno cede todo su poder, ese poder transferido debe ser simbolizado.

Existe, sin embargo, un motivo más, el motivo crucial. Hay una idea que hace tiempo se viene inficionando en el hombre y que dice: "¡Eres malo por naturaleza, eres un virus que destruirá la vida en el planeta!" El virus tan temido, en realidad, somos nosotros mismos. La principal razón por la cual la humanidad se ha dejado taponar la boca es una antigua enemiga de la humanidad, y es la responsable de los peores sufrimientos y de las mayores limitaciones al poder de la humanidad. Su nombre es "¡Culpa!"

Cualquier interpretación de La Gran Ficción que no atienda a ese cáncer llamado culpa, será un simple errar en las sombras.

Tenemos, por un lado, el resultado de una milenaria producción de culpa que ha hecho metástasis en el cuerpo de la humanidad, y tenemos, por el otro, una inaudita y reconcentrada avaricia y maldad que impulsa a los que crearon La Gran Ficción a partir de un virus que hace años está entre nosotros.

No hace mucho se recordaba el aniversario del Golpe de Estado. Hay dictaduras que son llamativas y sacan los tanques a la calle. Hay también, dictaduras más peligrosas, pues se ejercen ante la vista de todos aunque muy pocos las perciban. Violando leyes, constituciones y el sentido común, se ha impuesto sobre nosotros la dictadura del tapabocas. No sabemos si estos avaros malvados pretenden embutirnos el tapabocas por siempre. Lo peor es que todos, unos más y otros menos, lo hemos aceptado como buenos cretinos.

La lucha en torno al tapabocas marcará el destino de la humanidad.

 



Marcelo Marchese

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias



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