Cuando el agua no calma la sed
Marcia Collazo
29.06.2012
La voz que predica en el desierto. Cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia: así rezaban, por lo menos hasta hace un tiempo, los prólogos o acápites de muchas novelas, lo cual -dicho sea de paso-, siempre me ha divertido bastante, ya que uno se imagina a algún desventurado lector encontrando en el libro el retrato de su propia vida, y sospechando que seguramente el autor ha decidido inspirarse en ésta.
Sin embargo, también existe otra frase común que viene a constituir la contracara de la primera: la realidad supera siempre a la imaginación. Y éste es el caso de la película española También la lluvia . Dirigido por la cineasta madrileña Icíar Bollaín Pérez, este filme en el que participan entre otros, Gael García Bernal, Luis Tosar y Karra Elejalde, pretende centrarse en la figura de un Cristóbal Colón enfocado desde un ángulo hasta ahora novedoso: el de una ambición desenfrenada y cierto maquiavelismo, que se desprendería ya de la primera carta que envía a la reina Isabel de Castilla desde el Nuevo Mundo, en la cual se congratula de haber hallado tan alto número de esclavos y, según espera, abundantes especias y oro.
Aparecen además en el filme los frailes Antonio Montesinos y Bartolomé de las Casas. El primero fue el ejecutor del puntapié inicial contra la mala conciencia de los colonos, al pronunciar sus incendiarios sermones en la Isla La Española y clamar que, frente a la brutal indiferencia de aquellos, él era la voz que clama en el desierto , para advertirles sobre el pecado mortal en el que están sumidos. El segundo, que se convierte tempranamente en un abnegado defensor de los indios, carga no obstante, con sus pecadillos a cuestas: se menciona en la película, por ejemplo, la sugerencia que le realizó a la Corona de traer a América negros esclavos, y sustituir de ese modo la mano de obra indígena; sugerencia que fue acogida con fervoroso entusiasmo.
Sin embargo, la verdadera originalidad de la película consiste en la superposición de varios niveles de discurso, en un despliegue polifacético de puntos de vista, de transformaciones íntimas y de reflexiones que sorprenden a los propios protagonistas.
El primer nivel de discurso es el de los españoles del siglo XXI que llegan a Bolivia; el segundo es el de esos españoles haciendo de españoles del siglo XVI; el tercero es el de la actitud de estupor de los empleados del hotel, que los escuchan hablar de conquista y de invocación a los reyes de Castilla y de Aragón, y que son -como es obvio-, indios bolivianos; el cuarto es el estupor de los propios españoles ante las violentas manifestaciones populares en las calles, que incluyen quema de neumáticos, barricadas de colchones y megáfonos; el quinto es el de la transformación que se va operando, tanto en españoles como en indios, al desenvolverse la trama del filme, que no es otra -y aquí está el verdadero meollo de la cuestión-, que la cruda y desnuda realidad de lo que aconteció efectivamente cuando Colón y sus secuaces pusieron un pie en la tierra nueva, y de lo que sigue aconteciendo hoy en día.
El que no cambia todo, no cambia nada
Más allá de tales entrecruzamientos narrativos, lo que recibe el espectador es la sensación de que, en quinientos años de historia, nada ha cambiado. Si observamos el fenómeno desde las jerarquías ontológicas y desde los instrumentos metodológicos que nos ofrece Arturo Andrés Roig, filósofo de la liberación, podríamos concluir que, a pesar de todo, ello no ha sido tan así; el ser humano latinoamericano ha acuñado historicidad y no mera temporalidad, si por temporalidad se entiende el mero transcurrir, y por historicidad el viviente ejercicio de la libertad.
Dicho de otro modo: desde una filosofía práctica, centrada en las normas que nosotros mismos nos damos en tanto sujetos pensantes, no es posible dejar de asumir nuestra propia capacidad de hacer historia. Por el contrario, el hombre y la mujer americanos deben ser conscientes de sus posibilidades de cambiar el rumbo de sus circunstancias. Lo contrario sería dejarse llevar por los acontecimientos, como un tronco a la deriva, y ya sabemos que semejante actitud no suele ser la que anima a los latinoamericanos. Sin embargo, la asunción de la historicidad no equivale a vivir en el mejor de los mundos posibles, ni a ser felices para siempre ni a terminar de una vez por todas con los viejos y nuevos problemas. La asunción de la historicidad humana significa poner de relieve al sujeto mismo, recuperando así el carácter antropológico de la filosofía, la normatividad y el saber de vida como algo prioritario, tal como expresa Carlos Pérez Zavala (*1).
Sin embargo, si el sujeto latinoamericano se pone a sí mismo como valioso, tal como postula Roig,¿cómo es posible que aún no haya conseguido mejorar su suerte? Esta pregunta encierra una falsa contradicción, puesto que, tal como ya lo señalamos, el hecho de ponerse como valioso no implica la radical transformación de la realidad externa, sino de nuestra visión del mundo como objeto.
El indio boliviano de la película "También la lluvia", que pelea por el derecho de su comunidad al agua, es un sujeto firme, que no se deja absorber o anular por el entorno, aunque exprese que él seguirá sobreviviendo, igual que todos los demás bolivianos, porque sobrevivir es lo que mejor sabemos hacer . Roig está de acuerdo con Hegel en cuanto el sujeto se convierte en un para sí ; es decir en hombres y mujeres plurales y solidarios, que viven y piensan para sí , para su pueblo o su comunidad, para su historia propia, y no para algún otro que lo niega y le retacea rango humano, como había ocurrido durante la etapa de la colonización.
En la película comentada, a lo largo del rodaje, los españoles y los bolivianos comienzan a advertir que no se trata únicamente de un guión construido en base a cosas que sucedieron hace mucho tiempo; sino que, para su sorpresa, los hilos ocultos de la trama siguen tendidos, a través de los siglos, latiendo dolorosamente, y provocando la perpetuación de una situación de invisibilidad, sumisión, dominio y padecimiento.
Vivir o sobrevivir
Los bolivianos luchan por algo tan elemental como el agua; planean conducirla a través de un canal de siete kilómetros, que no construirá la municipalidad sino los vecinos mismos, con sus propias manos, a escondidas de las autoridades. Se trata de una necesidad (que además es vital) y a la vez se trata del derecho a una libertad; el agua los hará libres, como su falta los hace esclavos. Así, libertad y necesidad no se excluyen dialécticamente. La historia misma está atravesada por permanentes situaciones de necesidad, que se manifiestan bajo la forma de problemas, es decir, cuestiones acuciantes que reclaman una solución: la libertad consiste en que esas necesidades sean asumidas, y por ende canceladas.
Los españoles que vienen a filmar a Bolivia comienzan a entrever o acaso a sospechar que, en la preparación del guión, que ellos suponen concienzuda e informada, algo muy sutil se les ha escapado; y esa sospecha surge precisamente al evidenciarse las gravísimas carencias y contradicciones de la sociedad boliviana. Ahora bien, ¿en dónde y en quiénes reside la capacidad de hacer experiencias que marquen su vida? ¿Únicamente en los bolivianos, o también en esos españoles contemporáneos, que llegan cargados de tecnología y de dólares?
Si extremáramos la pregunta, podríamos formularla de este modo: ¿acaso los españoles de España han logrado asumir completamente su propia historicidad como seres creativos y creadores?
Todo lo cual nos lleva, de la mano de Roig, a imponer una nueva dirección a la concepción filosófica de la historia, que ya no debe constituir una visión etnocéntrica y colonialista.
En la película comentada puede leerse, paso a paso, el surgimiento del a priori antropológico, ya que asistimos al proceso de autovaloración de los sujetos, que ha comenzado desde mucho antes de que llegaran los cineastas. Es más: esa autovaloración transcurre, se nutre y se fortalece aún en oposición a los intereses de éstos. Una cosa es que alguien se constituya a sí mismo como persona, y otra muy diferente es que sea reconocido como autoconciencia independiente; y eso es lo que ha venido aconteciendo a lo largo de los últimos quinientos años en América.
Sucede que a los cultores de la filosofía y del pensamiento en general, en todas sus ramas y corrientes, se les hace muy difícil concebir tales extremos, sencillamente porque la mayor parte de nuestras construcciones discursivas en la materia provienen del occidente europeo, y han sido pensadas, por tanto, no desde aparentes universalidades sino desde un enfoque eminentemente europeocentrista y colonialista. Por eso, en Roig se produce una suerte de inversión de Hegel.
Queda la esperanza de concebir a la historia y también a la filosofía, no como un proceso ya iniciado, a la manera de una gigantesca maratón en la que algunos hemos llegado tarde a la carrera, sino como una dialéctica de sucesivos comienzos y recomienzos, continuidades y rupturas, bloqueos y desbloqueos. Sólo desde esa concepción podremos llegar, no solamente a ponernos a nosotros mismos como valiosos, sino además a transformar, mediante el pensamiento crítico y la actitud creativa, una realidad que sigue siendo dura y descarnada; porque, tal como dice admirablemente el poeta cubano Roberto Fernández Retamar, a propósito de la historia y sus yerros:
Y, desde luego, no queremos (y bien sabemos que no recibiremos)
piedad ni perdón ni conmiseración,
quizá ni siquiera comprensión, de los hombres mejores que vendrán
luego, que deben venir luego: la historia no es para eso,
sino para vivirla cada quien del todo, sin resquicios si es posible
(con amor sí, porque es probable que sea lo único verdadero).
(*1) Pérez Zavala, Carlos. Arturo A. Roig. La filosofía latinoamericana como compromiso. Río Cuarto. Ediciones del ICALA. 1998
(*) Analista
Marcia Collazo
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias