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Cincuenta y dos días

Nina

23.11.2020

Se le ocurrió hojeando un volumen de tapa dura de los años ochenta. Un mamotreto marrón con letras doradas de la editorial Summa que reunía varias obras de García Márquez. Nadie podía sacarlo a uno de entre cuatro paredes mejor que Gabo.

Perderse en sus mundos mágicos, sin escuchar los -¡mamá!- o el sonido de los mensajes de los parientes, de los amigos y alguno que otro del jefe entrando en el celular. Todos, en sus respectivos encierros con una ansiedad remota desenfrenada e inoportuna. Florencia y Mateo mientras tanto seguían enganchados cada uno a su propio mundo virtual. Una dentro de un celular y el otro en la consola de juegos. Espacios a los que ella tenía acceso limitado, un poco por la edad y otro poco por verdadera falta de interés. Se preguntó cómo era posible que al poco tiempo de encontrarse todos en ese encierro pasmoso no hubieran corrido a las hojas de algún libro en busca de sosiego. Fue justo uno de esos días cuando empeñada en ocupar las rezagadas horas de la tarde, se había encontrado limpiando los tomos alineados en los generosos estantes de madera. Casi cinco metros de cedro verdadero, del que ya casi no quedaba, empotrados al costado del salón comedor. Era una combinación que siempre le había gustado, los libros y la madera. La estantería la había colocado el propietario anterior de la casa, un arquitecto al que le había tocado la penosa faena de desmantelar una vieja confitería histórica de Montevideo. Los dueños de la confitería habían querido una ambientación acorde a los nuevos tiempos. Los muy ingenuos no la vieron venir. La modernidad terminó por no querer confiterías. Las estanterías habían ido entonces a parar al caserón a alojar parte de la herencia familiar, los libros; junto a estatuillas de ébano y antiguos cacharros de barro.

 

Su padre, pertrechado en su búnker de cuarentena se había enfrascado en la colosal tarea de ordenar los suyos que eran también muchos, por orden alfabético. Imaginó El Principito entre El Capital y El Talmud y eso la hizo sonreír. Fue entonces cuando tuvo esa revelación de infantería alineada en una tupida columna de títulos. Se convenció de que si tan solo se cruzaran con alguno de los párrafos y desenredaran como quien sigue el hilo de una madeja esas tramas fantásticas, lograría destrabar el desinterés como quien saca una clavija herrumbrada. Bastaría a lo mejor una sola palabra. ¿De qué otra manera si no es en un libro podrían Florencia y Mateo cruzarse con palabras como: temblequeando, ocaso, o regañadientes? Enseguida lamentó que el ámbito más propicio en esta épica contienda se limitara a un espacio tan falto de poesía: el baño. Ese mismo día, un ejemplar de Ensayo sobre la ceguera quedó como al descuido sobre la mesada junto a la pileta aguardando lector.

Atenta a la novedad, al salir Mateo del baño lo miró anhelante. Percibiendo seguramente demasiada atención para un acto tan cotidiano, él sin entender, siguió sin decir nada. Con una mirada de sordo diría García Márquez.

Fue así que desfilaron como soldados enviados al frente, Hemingway, Asimov, Arlt, Poe, Vargas Llosa y por supuesto Mark Twain en una privada ceremonia de homenaje a sus años de joven lectora. A veces los intercalaba con alguna lectura más liviana o con algún volumen de cubierta y título llamativo. Siempre esperando un comentario, unas palabras que delataran una fisura en la indiferencia. Otras veces dejaba dos tomos en un montaje escenográfico. En algún tedioso curso de ventas había escuchado que la posibilidad de elegir impulsaba al incauto cliente. En las guerras como en las catástrofes a veces no triunfa el más disciplinado o el más valiente. El gusto no es discutible. La exposición de los libros, en esa casual vitrina de mármol blanco, recordaba las mesas de reventa de la feria de Tristán Narvaja, donde la selección tan aleatoria y casual puede hacer que Seneca se codeé con las recetas de Maru Botana o Jane Austen repose sobre el lomo del Marqués de Sade.

Dejó un libro junto a una reposera del jardín. Se percató tarde de que el cielo parecía una gran olla a presión y apenas le dio el tiempo de rescatarlo de la lluvia que cayó de golpe. Descartó a Onetti porque la realidad de una pandemia resultó tan onírica y suficientemente onettiana como para enmudecer al mundo y al mismísimo Onetti. Umberto Eco fue seleccionado para la exposición de baño. Guillermo de Baskerville, su pupilo Adso y el atormentado Salvatore esperarían pacientemente convertir el baño en una abadía. En esos momentos de retiro obligado excluyó sin dudarlo los textos religiosos. Por otra parte Florencia había usado La Biblia para alguna tarea en el liceo y ahora:"De todo árbol del huerto podrás comer; más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres ciertamente morirás" aparecía subrayado con flúo fucsia. Eso dio lugar en su momento a una gran discusión, para volver a repasar una y otra vez: - jamás tengo que subrayar un libro a no ser con lápiz-.

Otro día debatió si correspondía algún tipo de censura moral. Luego de una reflexión que la tuvo ausente y ocupada un buen rato concluyó que no comulgaba con lo políticamente correcto y a veces era necesario sacudir los cimientos para formar opinión. Un tomo algo deslucido de Lolita de Nobokov marchó hacia el sanitario un domingo a la noche. Los días pasaban y los libros también. Se imaginó los ánimos de las tropas por el piso. Los errantes literatos cabizbajos volviendo de la trinchera a ese Campo de Marte de la literatura, la estantería. Mientras preparaba la cena un imaginario Romain Rolland irónicamente en uniforme militar sentado en un banquito bajo, en un rincón de la cocina sacudía la cabeza mientras sostenía una cacharro de metal abollado rebosante de vino Pinard. Ella le recordó que era un combate de la grandeza contra la barbarie sostenido a fuerza de pluma.

Cuando los días comenzaron a hacerse más fríos recurrió a la artillería pesada de la doble fila de tomos de la mesa de luz y la cómoda. Una brigada de personajes atormentados y resquebrajados a los que les tenía especial cariño. Limpió el fino moho sobre la cubierta símil cuero verde británico de James Joyce casi disculpándose. Levi, Steinbeck, Allende, Roa Bastos.

La ciudad se había vuelto mucho más silenciosa, los ruidos de la avenida ya no se colaban por la ventana entre el bordado anárquico de las ramas peladas y el cielo gris. Algunas veces disimulaba y otras realmente se olvidaba atareada con el teletrabajo y los quehaceres que exigían en cuarentena mayor esmero. Ese miércoles casi no se dio cuenta. En un segundo plano la puerta del baño se cerró y casi inmediatamente volvió a abrirse. Con su voz de adulto nuevo Mateo gritó asomando la cabeza - ¡Mamá! ¿Dónde está el libro del baño?

Levantó la vista de la computadora y se quedó repitiendo las palabras en su cabeza. Como en una cata de tiempo, saboreó el momento para que durara. Entonces se levantó, fue hasta el lugar de la estantería donde más temprano había colocado el libro y volvió a sacarlo.

 

- ¿Mamá estas riendo o llorando?- preguntó Mateo cuando se encontraron a medio camino.

- Las dos cosas - contestó.

 

Mateo levantó la ceja derecha muy arriba como hacía siempre. Inclinó la cabeza como un cachorro queriendo ser amable y sonrió para hacerla sentir acompañada. Urgido por volver dio vuelta sobre sí mismo y partió ligero impulsándose con una mano en la pared y en la otra una edición de bolsillo de tapa blanda de El Cartero de Charles Bukowski.



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