Oh, hija infeliz de Edipo!

Soledad Platero

11.04.2012

Nunca me gustó el ejemplo de Antígona. El primer contacto que tuve con la tragedia de Sófocles se lo debo un profesor de Educación Moral y Cívica, en primer año de liceo, en plena dictadura. El hombre nos explicó, valiéndose de ese caso, la horrible contradicción que surge, muchas veces, entre el Derecho Natural y el Derecho del Estado.

Por eso, la semana pasada, cuando Leandro Grille -un columnista que admiro- me lo recordó*, pensé que valía la pena problematizarlo un poco.

Dice el relato que Creonte, rey de Tebas, prohibió que Polinices fuera sepultado y que se le rindieran honores fúnebres, por haber sido traidor a su patria. Y dice también que Antígona, hermana de Polinices, desobedeció la orden de Creonte y enterró el cuerpo de su hermano, apoyada en la convicción de que el derecho divino no puede ser avasallado por el derecho de los hombres.

Ese argumento ha sido asimilado, con el paso del tiempo, a la idea menos religiosa de que hay un derecho Natural que se contrapone, a veces, al derecho del Estado. En otras palabras, que hay razones privadas que pueden situarse por encima de la razón pública.

Tan peligroso es ese argumento que pudo ser incluido en un programa como el de Educación Moral y Cívica pergeñado por la dictadura, con el objetivo de legitimar las razones naturales que obligan, en algunos casos, a actuar contra el Estado de Derecho.

El asunto de las razones privadas es siempre resbaladizo, lo que no impide que cada vez gane más terreno, en un escenario en el que lo Público parece devaluado por sus lazos con lo burocrático, lo turbio, lo insensible o lo mafioso. Sin embargo, son las razones privadas las que nos meten de cabeza en cuestiones como la justicia por mano propia y nos enfrentan todo el tiempo a situaciones gravísimas que parecen justificarse en el dolor, en el arrebato emocional o en el mero empuje ansioso y desbordado del ajuste de cuentas.

No hace mucho, los vecinos de una niña que fue violada y asesinada en una pequeña localidad de Paysandú prendieron fuego la casa en la que la víctima había sido retenida, impidiendo así que la policía y la justicia contaran con eso que se conoce como "escena del crimen". Si los presuntos culpables no hubiesen estado presos es probable que hubiesen sido linchados por los mismo vecinos que prendieron fuego la casa, porque el dolor y la indignación parecen habilitar, últimamente, acciones violentas que nunca son menos graves ni menos feroces que la causa que las originó.

En Tulsa, una ciudad de Oklahoma, Estados Unidos, a principios de este mes, dos hombres blancos mataron a varios habitantes negros de la ciudad, porque el padre de uno de ellos había sido asesinado por un negro dos años antes. Se podrá decir que fue un crimen de racismo, pero lo cierto es que acá, en Uruguay, no son pocos los que matarían o pedirían la muerte de todos los chorros, sean del color que sean, por la sencilla razón de que saben de alguien que murió en una rapiña. Me inclino a creer que muchos crímenes de odio no son sino manifestaciones del estatuto legitimador de lo privado por sobre lo público que cada vez se instala con más fuerza en nuestra sociedad.

El mito de Antígona es un buen ejemplo, efectivamente, de los derechos personales avasallados, en ocasiones, por el despotismo del poder del Estado o por la indiferencia altiva de la Ley. Pero no veo cómo un retorno a la justicia privada podría garantizarnos un mundo menos feroz, menos despiadado o menos arbitrario.

Y no entiendo por qué nos embarcamos tan gozosamente en la reivindicación de los testimonios personales, las experiencias privadas y los reclamos de minorías o comunidades en lugar de dar la pelea por reconstruir, con la misma convicción y el mismo empecinamiento, el devaluado espacio de lo Público que tantos siglos costó concebir.

* a propósito del ejemplo homérico usado por Rosencof, y sobre el que yo había escrito una columna en Uypress el 4/4/2012.

Soledad Platero
2012-04-11T16:12:00

Soledad Platero

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