¿Cómo se hace un mundo mejor? Andrea Valenti

08.09.2026

Anoche, un viernes de invierno, vi la película brasileña Siete prisioneros, del director Alexandre Moratto.

Un drama sobre la esclavitud moderna, una de esas películas en las que no necesitas que te aclaren que la historia está basada en hechos; porque no importan los nombres, no importa dónde sea, no importa la historia de cada uno de los protagonistas. Sabes que el mundo está lleno de esas mismas historias, con otros nombres, pero con las mismas esperanzas convertidas en infierno y un mismo denominador común: la injusticia de la pobreza.

Son esas cadenas de acontecimientos y de realidades las que van forjando esas otras cadenas modernas, a veces de metal verdadero y otras invisibles, mucho más poderosas y difíciles de romper. En la película, la ciudad también es protagonista, ejemplo de esa realidad donde conviven condiciones contradictorias: a veces tan impersonal, tan inmensa, tan lujosa, tan llena de sueños y, al mismo tiempo, tan insensible, tan humana en el buen y mal sentido.

Tampoco es una de esas películas para pasar el rato. A cada minuto, las cuarenta horas y alguna más trabajadas durante la semana se sienten tan lejanas para esos otros. No es posible no imaginarse: ¿y si fuera yo? ¿Y si fueran mis hijos? Lo que no es posible es ponerse del todo en esos zapatos o pies descalzos, porque uno, si tuvo suerte, creció con soportes de todo tipo.

Me acordé entonces de otra vez en la que viendo con mi hija chica una película donde Will Smith, joven aspirante al sueño americano, tiene que dormir junto a su hijo pequeñito en el baño de una estación de metro en Nueva York. Entonces mi hija preguntó: "No entiendo, ¿por qué no llama a un tío o a un abuelo?".

Me fue imposible irme a dormir plácidamente. No porque la película tuviera imágenes exageradamente violentas, no le hacen falta, sino porque la realidad es de por sí tan injusta y el relato tan dramático e interpelante, que nuestra propia experiencia en este mundo completa la información que falta.

Cuando mis hijos eran pequeños siempre les decía que en el mundo hay más gente buena que mala. Que uno debía cuidarse para tratar de no darle la oportunidad a los malos. Pero la verdad es que uno puede tener muchas más posibilidades de cuidarse de los malos que otros. Uno puede no contar con el arma más básica, uno puede no saber leer y escribir.

A las 23:40, le pregunté a una IA desde mi celular:

"¿En el mundo hay más gente buena que mala?"

Se me ocurrió que debía definirle más claramente qué entendía por "gente mala", así que agregué:

"¿en el mundo hay más gente buena que mala? Los malos son los que entienden que le están haciendo daño a alguien y lo hacen igual. Los que se aprovechan de alguien más vulnerable".

Me contestó que en base a esa definición, "su impresión" y la de varios estudios sobre comportamiento humano sugerían que hay más gente buena que mala. 

Lo tomé como una noticia esperanzadora, aunque aclaró algo importante: la mayoría de las personas no son consistentemente buenas ni malas. Las dividió de manera bastante simple, entre quienes son predominantemente cuidadosas con los demás, quienes oscilan entre la generosidad y el egoísmo (la mayoría) y quienes utilizan deliberadamente la vulnerabilidad ajena para obtener algo.

La vulnerabilidad del otro es una frontera moral importante. No es lo mismo engañar deliberadamente a alguien que no está en igualdad de condiciones. Y hay otra salvedad todavía más importante: la instrumentalización de una persona. Cuando el sufrimiento de alguien deja de importar y pasa a ser un medio para conseguir algo.

Yo seguía pensando por qué "los malos" a veces parecen tantos. Probablemente sea porque el mal suele ser más visible que el bien. Una persona que ayuda silenciosamente a diez personas no aparece en ningún lado. Una persona que estafa a diez personas deja diez historias, diez denuncias, diez conversaciones y quizá una noticia. A lo mejor, evolutivamente, siempre nos fue más útil para sobrevivir recordar lo que nos podía hacer daño que quién nos había ayudado el día anterior.

Seguí el diálogo con la máquina y, a pesar de lo complejo del problema, ya pasada la medianoche le pregunté como si fuera el oráculo de Delfos:

¿Cómo se hace un mundo mejor?

"Creo que se empieza por aceptar una idea un poco incómoda: no podemos hacer que el mundo sea bueno, pero sí podemos hacer que sea un poco más difícil hacer daño y un poco más fácil hacer el bien."

No hace falta convertir a las personas malas en buenas. Probablemente eso sea imposible. Lo que sí podemos hacer es construir una sociedad donde la bondad tenga espacio para crecer y la crueldad encuentre límites."

Me gustó la respuesta.

Me gustó, sobre todo, la idea de lo que podemos hacer cada uno en ese pequeño territorio que controlamos. A veces parece insignificante, pero es ahí donde se construye una cultura. Al mismo tiempo, hay que hacer que el poder tenga límites. Por eso importan tanto las instituciones, las leyes, la transparencia, la educación, los controles, la justicia, los sindicatos, las organizaciones civiles, la prensa. Una sociedad inteligente no depende de que todos tengan buen corazón, construye sistemas que reduzcan las posibilidades de abusar del corazón ajeno. 

También en este caso la educación es y será siempre un pilar fundamental no solo para que los vulnerables sean menos vulnerables, sino también porque una sociedad que educa sobre reconocer que es el abuso de otros puede proteger mucho mejor a los más vulnerables

Hay una frase que se le atribuye a Einstein que en este caso, encuentro muy oportuna: "No busques ser una persona exitosa. Busca ser una persona de valor."

Y más allá de la frase, me gusta pensar el valor a partir de una simple ecuación: la diferencia entre lo que obtenemos y lo que aportamos. Significa separar el éxito de la virtud. No son la misma cosa, aunque parece que en la actualidad se confunde bastante. Quizás también el problema sea que la bondad es demasiado silenciosa y la maldad demasiado organizada. Una persona puede hacer el bien espontáneamente, pero para construir una sociedad mejor necesitamos organizar la bondad. Crear instituciones, empresas, familias, ciudades y comunidades donde comportarse decentemente no sea una heroicidad, sino la opción normal.

00:18 h: ¿qué puede hacer cada uno de nosotros y que debería hacer un gobierno para hacer un mundo mejor?

"Sí. Y creo que conviene separar dos responsabilidades muy diferentes: la del individuo y la del Estado. Un gobierno no puede fabricar buenas personas, pero sí puede crear condiciones para que la gente pueda vivir dignamente y para que hacer daño tenga límites".

No hace falta convertirse en una persona extraordinaria. Sobre lo que puede hacer cada uno de nosotros, hay algunas cosas bastante concretas y muchas veces ese algo es pequeño: escuchar, pagar justamente, cumplir una promesa, enseñar a otros, defender a alguien que no puede defenderse, dar una oportunidad. No ser tan críticos con las iniciativas ajenas cuando nosotros sabemos que podríamos hacer más. Ser responsables de nuestro propio poder, todos tenemos alguna forma de poder, no normalizar las pequeñas corrupciones y algo fundamental: participar. Votar, informarse, reclamar, organizarse, colaborar con una institución, cuidar el barrio, involucrarse en una causa. La democracia no funciona solamente el día de las elecciones. Eso también es cambiar el mundo.

¿Y qué debería hacer un gobierno?

La responsabilidad es muchísimo mayor porque el Estado tiene recursos y poder que un individuo no tiene. Entre todas las obligaciones creo que la más primaria y justa debería ser garantizar que nacer pobre no debería condenar a una persona a permanecer pobre toda su vida. Que el barrio o la situación económica de una familia no determine casi exclusivamente el futuro de un niño. Entonces volvemos a la herramienta más básica: buena educación. Probablemente sea la política pública con mayor capacidad de transformar generaciones. No solamente por impartir asignaturas y alimento, si no también debería poder generar pensamiento crítico, educación financiera, convivencia, tecnología, inteligencia emocional, conocimiento de las leyes y derechos, capacidad para reconocer manipulación y abuso, cuidado del medioambiente. Una persona educada debería tener muchas más herramientas para no convertirse en víctima, pero tampoco en victimario.

No es posible pensar en una sociedad justa sin una justicia rápida y accesible. Si una persona sabe que puede aprovecharse de otra sin consecuencias, la ley pierde capacidad disuasoria. El Estado debería conseguir que hacer daño intencionalmente sea difícil y tenga consecuencias previsibles. No necesariamente penas más duras. pero la justicia debería ser independiente, eficiente y razonablemente rápida. Un gobierno debería preguntarse permanentemente: ¿Quién no puede defenderse por sí mismo? 

Como arquitecta me es imposible no pensar en cuanto condiciona el espacio a las personas, muchas veces de forma silenciosa, en cómo nos sentimos, nos relacionamos, actuamos y aprendemos. Favorecer vivir en condiciones dignas y cuidar los espacios comunes será siempre una inversión. El barrio, las calles, las plazas y los lugares públicos condicionan nuestra relación con los demás. Un entorno cuidado, seguro y con espacios de encuentro favorece la convivencia, la confianza y el sentido de pertenencia. En cambio, un entorno deteriorado, hostil o abandonado puede transmitir la sensación de que nadie cuida de nadie. Existen varios estudios sobre como los entornos con más árboles y vegetación, entendiendo que deben ser cuidados y mantenidos, reportan menores niveles de agresión y violencia. Daría para hacer otra nota. 

 Para un gobierno los indicadores económicos como el PIB, la inflación, el desempleo, la inversión, el déficit son importantes, pero yo agregaría preguntas como: ¿Los niños están mejor que hace diez años? ¿La gente se siente más segura? ¿Puede acceder a una vivienda? ¿Tiene tiempo para su familia? ¿Puede confiar en las instituciones? ¿Tiene oportunidades, aunque haya nacido pobre? ¿Hay menos personas que se sienten abandonadas? Porque una economía es un medio, no el objetivo final.

00:45 h: resumí las conclusiones en un concepto para un gobierno y para una persona: 

"Si tuviera que escribir una especie de principio rector para un gobierno, sería:

Construir una sociedad donde una persona pueda vivir dignamente, progresar mediante su esfuerzo, equivocarse sin quedar destruida, pedir ayuda sin ser humillada y estar protegida cuando alguien intenta aprovecharse de su vulnerabilidad.

Y para cada ciudadano:

Intentar no ser la persona que hace más difícil la vida de los demás. Y, cuando podamos, hacerla un poco más fácil.

Quizás un mundo mejor no sea un mundo sin personas malas. Eso probablemente sea imposible.

Quizás sea un mundo en el que la mayoría de las personas tenga incentivos para hacer el bien, herramientas para defenderse del mal y la certeza de que, cuando alguien abuse de su poder, habrá otros dispuestos a ponerle un límite."

Eso sí me pareció un objetivo más realista. Y enorme. Mañana preguntaré como hacer más visible la bondad. Buenas noches.

 

 

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2026-09-08T13:40:00

Andrea Valenti