¿El FA adoptó la moderación como proyecto?. José W. Legaspi
18.08.2026
Hay una palabra que se ha vuelto cada vez más frecuente para describir al Frente Amplio que gobierna desde marzo de 2025: moderación.
Puede aparecer bajo distintos nombres -prudencia, responsabilidad, equilibrio, diálogo, gradualismo, realismo-, pero detrás de todos ellos hay una misma idea: gobernar sin producir demasiados conflictos, avanzar sin alterar demasiado los equilibrios y administrar las expectativas para que el cambio no termine convirtiéndose en una fuente de inestabilidad.
Nada de esto es necesariamente cuestionable. Un gobierno debe negociar, administrar restricciones y reconocer que el poder político no puede hacer todo lo que quiere. El problema comienza cuando la moderación deja de ser una táctica y se transforma en un proyecto político.
Entonces la pregunta cambia: ¿qué ocurre cuando una fuerza que nació para transformar la sociedad comienza a considerar la ausencia de conflicto como una señal de buen gobierno? Ese es uno de los dilemas centrales del Frente Amplio con Yamandú Orsi encabezando el gobierno.
La izquierda uruguaya nunca fue ajena al gradualismo. El propio Frente Amplio nació de una tradición política que entendía que las transformaciones no ocurren de un día para otro y que la construcción de mayorías es una tarea permanente. La cuestión, por lo tanto, no consiste en contraponer radicalismo y moderación como si fueran virtudes o defectos absolutos.
La cuestión es otra: "¿moderación para llegar adónde?". Una táctica moderada puede ser perfectamente compatible con una estrategia transformadora. Se puede avanzar lentamente hacia un objetivo ambicioso. Lo que resulta mucho más difícil es identificar una estrategia transformadora cuando la moderación se convierte en el horizonte mismo.
Y ahí aparece la dificultad del gobierno. El Frente Amplio volvió al poder después de cinco años de oposición con una promesa que no era solamente administrar mejor. Volvió hablando de cambio, de derechos, de desarrollo, de reducción de desigualdades y de un nuevo ciclo progresista. Pero una vez en el gobierno, la necesidad de administrar restricciones parece haber adquirido mayor fuerza que la necesidad de explicar hacia dónde se quiere llevar al país. La gestión empieza a ocupar el lugar de la política.
La prudencia, ¿es la "nueva" identidad?
El problema de la moderación permanente es que puede producir una paradoja: cuanto más se intenta demostrar responsabilidad, menos se explicita aquello que se pretende cambiar.
En política, sin embargo, las sociedades no se movilizan solamente por la eficacia administrativa. También lo hacen por expectativas, identidades, conflictos y proyectos.
Antonio Gramsci entendió esa dimensión de la política con una profundidad que sigue siendo incómoda para cualquier izquierda que pretenda gobernar únicamente desde la administración. Para Gramsci, la disputa política no consistía solamente en conquistar instituciones. Era también una lucha por construir hegemonía: lograr que una determinada concepción del mundo pudiera convertirse en sentido común y articular intereses sociales diferentes alrededor de un proyecto. La hegemonía, por lo tanto, nunca podía reducirse a la gestión del Estado.
Ese punto es especialmente relevante para el Frente Amplio actual. Porque un gobierno puede aprobar leyes, ordenar cuentas, negociar inversiones, inaugurar obras y mejorar determinados indicadores. Pero si no consigue que sus decisiones sean percibidas como partes de una dirección histórica, corre el riesgo de que la sociedad vea solamente una sucesión de medidas administrativas.
Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué significa gobernar desde la izquierda si el gobierno no logra diferenciar con claridad el país que administra del país que pretende construir?
La moderación también tiene un costo menos visible. Cuando una fuerza política evita sistemáticamente determinados conflictos, no necesariamente desaparecen las relaciones de poder que estaban detrás de ellos. Simplemente deja de disputarlas.
Esto puede observarse en la cuestión tributaria. La propuesta de gravar con un 1% al 1% más rico del país no es solamente una discusión sobre cuánto dinero puede recaudar el Estado. Es una discusión sobre quién debe financiar las transformaciones, sobre la progresividad del sistema tributario y sobre qué sectores sociales deben asumir una mayor responsabilidad en un proyecto de igualdad.
El problema político no es solamente que el gobierno haya decidido no aplicarla. Es que ni siquiera parece dispuesto a convertir esa discusión en un debate político de fondo. Eso dice algo acerca de los límites de la moderación.
Una izquierda transformadora puede llegar a la conclusión de que una determinada medida es inconveniente, inoportuna o insuficiente. Lo que no debería perder es la capacidad de discutir públicamente qué distribución de cargas y beneficios considera justa.
Porque allí aparece nuevamente Gramsci: la política no es solamente la administración de lo posible. Es también la construcción de aquello que una sociedad llega a considerar posible.
Arismendi y la política como construcción
Rodney Arismendi resulta particularmente útil para pensar esta contradicción desde la tradición uruguaya.
Su concepto de democracia avanzada no proponía simplemente una democracia institucionalmente más prolija. Era una concepción estratégica: una etapa de transformaciones capaz de articular democracia, desarrollo, soberanía y participación popular. No se trataba de abandonar la realidad por una utopía, sino de encontrar en las condiciones concretas del Uruguay las fuerzas sociales y políticas capaces de ampliar sus límites.
Ahí hay una diferencia fundamental con cierta idea contemporánea de moderación. Para Arismendi, el realismo no significaba resignarse a lo existente. Significaba partir de la realidad para transformarla. Una distinción que debería ser central para el Frente Amplio... pero hoy no está, aparentemente, en el orden del día.
Porque una cosa es reconocer que Uruguay es un país pequeño, dependiente, inserto en una economía mundial determinada, necesitado de inversión y obligado a negociar con poderes económicos nacionales e internacionales. Otra muy distinta es convertir esas restricciones en una explicación permanente de por qué determinadas transformaciones no pueden siquiera ser discutidas. La política comienza precisamente allí donde termina la descripción de las restricciones.
¿Qué queda cuando "el conflicto desaparece"?
El Frente Amplio construyó buena parte de su identidad histórica alrededor de la capacidad de organizar conflictos sociales y convertirlos en proyecto político. No siempre ganó esos conflictos. Pero los nombraba. Hoy corre el riesgo inverso: administrar los conflictos para que no alteren demasiado la gobernabilidad.
Eso puede resultar eficaz en el corto plazo. Incluso puede ser electoralmente inteligente. Pero tiene una consecuencia más profunda: desmoviliza a la propia fuerza política.
Y no es casual que el propio Frente Amplio reconozca actualmente una "carencia anímica" en parte de su militancia y problemas de coordinación entre la fuerza política y el gobierno. Si una organización política llega al gobierno y sus propios militantes comienzan a preguntarse cuál es el sentido transformador de ese gobierno, el problema no se resuelve con una mejor comunicación.
Hay una cuestión política anterior. La militancia necesita saber "para qué" se gobierna. No alcanza con decir que se gobierna mejor.
Y aparece el problema que el Frente Amplio deberá enfrentar antes de llegar a las próximas elecciones. Si el principal argumento de 2029 es que el gobierno administró mejor que sus adversarios, tendrá que responder una pregunta difícil: ¿qué diferencia histórica representa entonces volver a votar por la izquierda?
La eficiencia es una virtud de gobierno. No alcanza, por sí sola, para constituir un proyecto político. El Frente Amplio necesita recuperar una idea de futuro. Y para eso tendrá que decidir si la moderación es una herramienta para avanzar o si se ha convertido en el destino. La diferencia no es menor.
Porque si la prudencia sirve para acumular fuerzas y construir transformaciones, puede ser una virtud política. Pero si se transforma en una cultura de gobierno que evita todo conflicto sustantivo, acepta como inmodificables las relaciones de poder existentes y convierte cada límite en una razón para no avanzar, entonces la moderación ya no es una táctica: "Es el proyecto".
Y ese es, quizás, el problema más profundo que enfrenta hoy el Frente Amplio: todavía no ha explicado con suficiente claridad "qué quiere transformar, hasta dónde está dispuesto a hacerlo y qué intereses está dispuesto a enfrentar para conseguirlo".
La próxima pregunta, inevitablemente, lleva fuera de las fronteras. Porque una fuerza política también revela su identidad por la manera en que mira el mundo, elige sus socios, administra sus dependencias y defiende -o no- su autonomía.
Y allí aparece otra continuidad que merece ser examinada en la próxima columna: la política exterior.
José W. Legaspi