¿Es posible reconstruir una izquierda transformadora?. José W. Legaspi

01.09.2026

La reconstrucción de la izquierda no depende de recuperar consignas ni de endurecer el discurso. Exige volver a producir una idea de país, disputar el poder económico, democratizar la fuerza política y asumir que gobernar no es adaptarse a lo existente, sino organizar las condiciones para cambiarlo.

 

Una izquierda no se reconstruye mediante nostalgia. No alcanza con recordar la fundación del Frente Amplio, evocar a Líber Seregni o Rodney Arismendi, ni celebrar las luchas que hicieron posible la unidad.

Una tradición puede ofrecer orientación. Pero también convertirse en refugio: un lugar desde donde honrar el pasado para evitar discutir el presente.

Tampoco alcanza con acumular radicalidad verbal. Los discursos más duros pueden convivir con las prácticas más conservadoras. La cuestión decisiva no es cuánto se denuncia al capitalismo, sino qué ocurre cuando esas denuncias chocan con intereses económicos concretos.

Porque es sencillo declararse partidario de la igualdad mientras realizarla no exija alterar privilegios. Lo difícil comienza cuando redistribuir significa gravar más a quienes concentran riqueza, revisar exoneraciones, condicionar inversiones, fortalecer empresas públicas o decidir que ciertas áreas estratégicas no pueden quedar exclusivamente en manos del mercado. Ahí las palabras dejan de ser identidad y se convierten en decisiones.

Reconocer la derrota cultural

El primer paso es admitir que la izquierda sufrió una derrota cultural incluso cuando gana elecciones. Durante décadas fue incorporando como naturales conceptos elaborados por sus adversarios: que no existe política económica fuera de la confianza de los mercados; que gravar la riqueza amenaza necesariamente la inversión; que el Estado debe limitarse a corregir excesos del mercado; que toda transformación debe supeditarse a no alterar demasiado las expectativas empresariales.

La izquierda puede gobernar dentro de ese marco. Lo que difícilmente puede hacer es transformar desde él. Gramsci comprendió que la victoria más profunda de una clase dominante ocurre cuando su visión particular del mundo comienza a funcionar como sentido común.

Cuando dirigentes de izquierda descartan una reforma tributaria progresiva antes siquiera de discutirla, no responden solamente a una presión empresarial. Están aceptando que determinadas formas de acumulación han quedado fuera del territorio de lo políticamente discutible.

Reconstruirse significa romper ese sentido común. No para sustituir responsabilidad por voluntarismo, sino para volver a preguntar qué significa ser responsable.

¿Es responsable preservar intacta una estructura de concentración mientras persiste la pobreza infantil? ¿Es prudente depender indefinidamente de exoneraciones para atraer capital? ¿Quién decidió que determinadas restricciones económicas son leyes naturales mientras las necesidades sociales deben justificar permanentemente su legitimidad?

La izquierda necesita volver a formular esas preguntas sin pedir permiso.

Recuperar la política

Toda gestión moderna necesita economistas, científicos y especialistas. Pero existe una diferencia elemental: la técnica puede indicar cómo alcanzar un objetivo; no debe decidir cuál debe ser ese objetivo. Cuando el equilibrio contable sustituye a la deliberación política, las decisiones dejan de presentarse como opciones y aparecen como las únicas respuestas racionales. "No hay recursos" es el ejemplo clásico.

Porque recursos hay. La discusión es quién aporta, quién recibe, qué gastos se priorizan, qué riqueza puede gravarse y qué intereses se decide proteger.

Una izquierda transformadora necesita excelentes técnicos, pero también militantes formados, intelectuales críticos, sindicalistas, organizaciones sociales y una conducción capaz de decirle a la técnica: este es el país que queremos construir; díganos ahora cómo hacerlo posible.

Mariátegui advertía contra el "calco y copia". Uruguay necesita pensar sus propios problemas: estructura productiva, dependencia externa, concentración de la tierra, envejecimiento, revolución tecnológica, desigualdad infantil y transformación del trabajo. Eso exige conocimiento. Pero también imaginación política.

Volver a discutir la riqueza

No existe izquierda transformadora sin una política sobre la propiedad, la riqueza y el poder económico. Buena parte del progresismo terminó aceptando la distribución primaria que produce la economía para después intentar corregir sus consecuencias mediante transferencias y políticas sociales.

Son indispensables. Pero una cosa es reducir el daño producido por una estructura desigual y otra modificar la estructura que lo produce. Por eso hay que volver a discutir gran patrimonio, herencias, rentas extraordinarias, concentración de la tierra, beneficios fiscales, distribución del ingreso y apropiación de los aumentos de productividad.

El debate sobre el impuesto del 1% al 1% más rico podría haber sido un comienzo. Su rechazo mostró precisamente dónde está uno de los límites actuales. No se trata de castigar a quienes producen. Se trata de recordar que ninguna acumulación ocurre fuera de la sociedad. El capital utiliza infraestructura, energía, educación, estabilidad institucional, beneficios fiscales y mercados cuya apertura negocia el Estado.

La contribución extraordinaria de quienes acumulan extraordinariamente no es una penalización. Es reciprocidad democrática.

Un Estado que también oriente

La izquierda tampoco puede limitarse a distribuir mejor los frutos de una economía cuya dirección estratégica deciden otros. Debe discutir qué produce Uruguay, cómo lo produce, con qué tecnología, bajo qué propiedad y para qué proyecto nacional.

La inversión extranjera puede generar empleo, tecnología y capacidades productivas. También puede consolidar dependencias y capturar rentas bajo regímenes fiscales extremadamente favorables. Por eso la pregunta no es inversión sí o inversión no, es qué inversión necesita Uruguay y bajo qué condiciones.

El Estado debe poder orientar crédito, fortalecer empresas públicas, impulsar investigación, promover sectores estratégicos, asociarse con cooperativas y empresas nacionales y retener conocimiento. La transición energética, la inteligencia artificial, la biotecnología, la industria farmacéutica y la producción alimentaria avanzada no son solamente oportunidades para atraer capital. Son territorios de soberanía.

La pregunta debería dejar de ser "¿qué capital quiere venir a Uruguay?" para convertirse en "¿qué Uruguay queremos construir y qué capital sirve para ese proyecto?".

Democratizar el Frente Amplio

Nada de esto será posible sin democratizar la propia fuerza política. El Frente Amplio no puede funcionar con un esquema en el que el gobierno decide, los sectores negocian y la militancia legitima.

La "carencia anímica" no se resolverá exhortando a participar. La participación recupera sentido cuando puede modificar algo. Los comités de base deberían volver a ser ámbitos de elaboración política, también adaptados a nuevas formas presenciales y digitales. Las organizaciones sociales necesitan mecanismos de intervención programática y los representantes gubernamentales deben mantener una relación política con la fuerza que los llevó al gobierno.

No se trata de someter cada decisión del Ejecutivo a una asamblea. La contradicción no es gobierno o fuerza política. El desafío es construir una tensión democrática fecunda entre gobierno, partido, militancia y sociedad: autonomía institucional, pero dirección política compartida.

Reconstruir el sujeto del cambio

La izquierda histórica organizó gran parte de su identidad alrededor del trabajo asalariado estable. Esa sociedad cambió. Hoy existen trabajadores de plataformas, cuentapropistas, empleos precarios, jóvenes sin inserción estable, trabajadores rurales dispersos, migrantes, cooperativistas y millones de horas de cuidados no remunerados.

Eso no elimina la contradicción entre capital y trabajo. La vuelve más compleja. La izquierda debe llegar a quienes viven la explotación de manera fragmentada y muchas veces ni siquiera se reconocen como integrantes de un mismo colectivo.

Su tarea es transformar experiencias dispersas de precariedad en conciencia común. También debe articular clase, género, territorio, ambiente y propiedad, no como una suma de identidades, sino como dimensiones de una misma estructura de desigualdad.

Seguridad sin asumir el lenguaje de la derecha

La izquierda tampoco puede abandonar la seguridad. Quienes más sufren la violencia no viven detrás de muros y seguridad privada. Son trabajadores, mujeres, jóvenes y niños de los barrios populares. Pero reconocer el problema no obliga a reducir la respuesta a represión y endurecimiento penal. La contradicción correcta es otra: autoridad sin autoritarismo.

Una política de izquierda debe combinar inteligencia financiera, persecución del lavado, control de armas, profesionalización policial, recuperación territorial, transformación penitenciaria, prevención comunitaria y oportunidades reales para los jóvenes. La autoridad estatal es necesaria. Pero debe ser democrática, civil y controlada.

El conflicto no es el problema

Durante demasiado tiempo una parte de la izquierda confundió moderación con ausencia de conflicto. Pero toda transformación modifica intereses y, por tanto, genera resistencia.

Una reforma tributaria progresiva encontrará oposición. También una política de tierras, el fortalecimiento de empresas públicas o una estrategia salarial más ambiciosa. La política transformadora no consiste en evitar esos conflictos, sino en hacerlos democráticos, comprensibles y socialmente legítimos.

Si un gobierno sólo adopta decisiones que no generan resistencia significativa del poder económico, cabe preguntar: ¿qué poder está modificando?

Insisto con Arismendi. Concebía la democracia avanzada como un proceso donde cada conquista podía crear condiciones para nuevas conquistas. La correlación de fuerzas existe, condiciona y limita. Pero también puede modificarse. Una cosa es gobernar con la fuerza disponible. Otra muy distinta gobernar como si esa fuera toda la fuerza que puede existir.

Volver a imaginar

Finalmente, la izquierda necesita recuperar imaginación histórica. Una fuerza política no transforma una sociedad solamente mediante impuestos, leyes o programas sociales. Necesita ofrecer una representación convincente de un futuro diferente. Una idea de país. Un horizonte.

La derrota cultural convirtió la utopía en sospechosa, como si la madurez política consistiera en aceptar que el capitalismo constituye la forma definitiva de organización social y que sólo resta discutir cuánto puede regularse o redistribuirse dentro de él.

Pero una izquierda que acepta ese punto de partida ya ha cedido algo fundamental. Puede discutir porcentajes, políticas sociales y eficiencia. Lo que ya no discute es el horizonte. Y sin horizonte la política termina convirtiéndose en administración.

Una posibilidad, no una certeza

¿Es posible reconstruir una izquierda transformadora? Sí. Pero nada garantiza que ocurra.

El Frente Amplio puede continuar convirtiéndose en una gran fuerza de centroizquierda administradora: socialmente sensible, institucionalmente responsable y capaz de gobernar razonablemente bien, pero cada vez menos dispuesta a modificar relaciones estructurales de poder.

También puede ocurrir otra cosa. Que la militancia deje de confundir unidad con silencio. Que los sectores críticos pasen de la denuncia a la elaboración. Que aparezca una nueva generación de cuadros políticos e intelectuales. Que el movimiento sindical encuentre cómo organizar el trabajo fragmentado. Que el Frente Amplio vuelva a discutir qué país quiere construir y no solamente cómo gestionar el que existe.

Reconstruir no significa volver a 1971 ni recuperar un vocabulario revolucionario sin contenido. Significa rescatar lo esencial: unidad con dirección, organización popular, pensamiento crítico, vocación nacional y voluntad de modificar relaciones de poder.

La izquierda volverá a ser transformadora cuando deje de preguntarse solamente hasta dónde la dejan avanzar y empiece a preguntarse qué fuerza necesita construir para ampliar esos límites.

Gobernar no puede ser simplemente ocupar temporalmente el Estado. Debe significar utilizar ese poder para crear más capacidad social, democracia, igualdad y soberanía. Por eso la reconstrucción no comienza preguntando qué discurso debe adoptar la izquierda.

Comienza con una pregunta mucho más incómoda: ¿qué sociedad quiere dejar detrás de sí? Si no puede responderla, podrá seguir gobernando. Pero ya no sabrá para qué.

Y si logra responderla deberá construir el poder político, social, cultural y económico necesario para convertir esa respuesta en realidad.

Porque una izquierda transformadora no es la que proclama más fuerte que otro mundo es posible. Es la que vuelve a organizar a la sociedad para hacerlo posible.

José W. Legaspi
2026-09-01T03:36:00

José W. Legaspi