"¿Frenar todo avance?" Pablo Inthamoussu
23.08.2026
En estos días estaba leyendo un titular del diario El País y esta frase me quedó haciendo ruido en la cabeza: "frenar todo avance".
"Frenar todo avance" fue, quizás, un acto fallido. Y no es menor quién lo dijo: CERES, un centro de pensamiento y análisis. Precisamente por eso la frase merece ser escuchada: no proviene de cualquiera. La rescato de esa noticia y de ese proyecto puntual porque describe, con una claridad inquietante, una actitud frente a la vida, frente a una transformación estructural que puede cambiar radicalmente el sistema de transporte público y la calidad de vida de cientos de miles de compatriotas. Frente a una transformación de esa magnitud, este emplazamiento público a "frenar todo avance" no puede dejar de preocuparnos.
Entonces me pregunto: ¿"Frenar todo avance" podría ser una consigna? ¿O es, hoy por hoy, la consigna de ciertos sectores del sistema político, económico y empresarial y hasta de algunos ámbitos académicos e intelectuales del país?
Me lo imagino en una pancarta, en un pasacalles, en una pintada, en un muro de Montevideo:
"FRENAR TODO AVANCE".
Y ahí deja de ser una frase sobre un proyecto determinado. Empieza a formularse como una idea. Y eso es lo que me preocupa.
Porque en Uruguay conocemos muy bien la expresión "el palo en la rueda". La hemos utilizado muchas veces para describir una actitud política: trabar, demorar, impedir que algo ocurra.
Y sería injusto decir que esa práctica pertenece solamente a los demás. También nosotros, en algún momento, podemos haber caído en ella. La política tiene esas tentaciones. Cuando se está en la oposición, ya sea política o social, convertir la dificultad del gobierno en una oportunidad para golpearlo, para trabarlo, para frenarlo.
Por eso esta reflexión no pretende repartir culpas desde un pedestal. Pretende algo más sencillo: reconocer que todos podemos equivocarnos y preguntarnos si no estamos abusando del freno.
Porque una cosa es cuestionar un proyecto e incluso proponer alternativas, pero otra muy distinta es convertir el freno en una estrategia política.
Y últimamente aparecen demasiados "NO":
No a la reforma del transporte metropolitano.
No a la Rendición de Cuentas.
No a Casupá.
No al proyecto en las inmediaciones de los Bañados de Carrasco.
No al parque solar de UTE en Baygorria.
No a la guía electrónica de cargas.
No al Impuesto Mínimo Global, que finalmente se aprobó.
No a la compra de tierras para Colonización.
No a la búsqueda de petróleo.
Y seguramente la lista de "NO" es bastante más amplia.
Cada uno de estos asuntos tiene sus particularidades y merece ser discutido. No creo en los proyectos incuestionables. Gobernar también es escuchar críticas, corregir, negociar y encontrar mejores soluciones. Pero, al fin de cuentas, es tomar decisiones y resolver problemas.
Pero hay una diferencia: una cosa es discutir cómo avanzar, qué aspectos profundizar o modificar; otra muy distinta y perjudicial, convertir el freno en estrategia política.
Tenemos, además, una característica bastante uruguaya: somos capaces de hiperdiagnosticar nuestros problemas. Podemos pasarnos años diagnosticándolos, estudiándolos, discutiéndolos y volviendo a diagnosticarlos.
Pero llega el momento de buscar soluciones, tomar decisiones, invertir, transformar, asumir riesgos, avanzar... y aparece el freno.
Avanzar significa invertir, ampliar infraestructura, garantizar conectividad, generar energía, asegurar agua, transformar el transporte y la logística, construir viviendas y generar igualdad de oportunidades en todo el territorio.
Y muchas de las decisiones importantes que debemos tomar hoy no van a terminar durante este período de gobierno. Son decisiones cuyos resultados lo trascenderán y se proyectarán hacia las próximas décadas.
Por eso me parece peligroso transformar cada proyecto en una batalla cuyo objetivo sea simplemente que el otro no pueda hacerlo.
Porque quien hoy pone un palo en la rueda para perjudicar al gobierno de turno puede estar frenando una inversión cuyos beneficios recogerá el país mañana.
Ese es el verdadero boomerang de la política del "no".
Los gobiernos pasan, los partidos pasan, los dirigentes pasan, las generaciones pasan, las mayorías cambian, las prioridades cambian, los problemas cambian.
Quienes militamos por el Frente Amplio trabajamos para que nuestro proyecto vuelva a ser gobierno y pueda continuar las transformaciones en las que creemos.
Porque el gobierno no es un fin en sí mismo ni una cuota de poder que queremos conservar por el poder mismo, sino una herramienta para transformar la realidad y mejorar la vida de nuestra gente.
Queremos gobernar porque creemos honestamente que nuestro proyecto político es el que puede llevarnos al mejor Uruguay.
Y estamos seguros de que nuestros adversarios políticos, desde sus propias convicciones y con sus propias ideas, también militan porque creen que sus proyectos e ideas son las mejores para el país.
Tenemos profundas diferencias sobre el camino. Pero hay algo que debería estar por encima de esas diferencias: la pública felicidad, ese viejo concepto artiguista, que significa bienestar colectivo, desarrollo pleno, justicia social y goce material y cultural de la sociedad en su conjunto.
Y en esto vale recordar a Cacho Vidalín, entre otros, que desde una identidad política distinta a la nuestra ha demostrado más de una vez que hay asuntos en los que la concordia y el interés de las próximas generaciones deben estar por encima del interés por las próximas elecciones. Eso es lo que nos reclama nuestro pueblo: "dejen de pelear, resuelvan los problemas."
Por eso, una cosa es competir legítimamente para ganar el gobierno y otra muy distinta es pretender que al gobierno le vaya mal.
Esa vieja y embromada lógica del "cuanto peor, mejor" termina siendo, en realidad, "cuanto peor, peor": para el país.
Tenía mucha razón el presidente Tabaré Vázquez cuando decía:
"Quien no es útil en la oposición, es inútil en el gobierno".
La oposición no tiene por qué decirle que sí a todo lo que propone el gobierno, pero sí es tan responsable como éste de generar las condiciones que atraigan las inversiones al país, fundando muy bien sus críticas.
Las decisiones que tomemos -o las que frenemos- pueden marcar el país de los próximos veinte o treinta años.
Podemos discutir los proyectos. Podemos cuestionarlos. Podemos exigir que se hagan mejor. Pero si de verdad creemos que la política tiene como propósito la pública felicidad, entonces la discusión debe ir por otros andariveles, con apertura, y sobre todo, buena fé, sin que nadie se deje llevar por divisas partidarias ni intereses personales.
Porque se puede frenar un proyecto, se puede modificar, reconvertir, transformar o abandonar. Pero frente a la lógica de "frenar todo avance", la respuesta debe ser: "IMPULSAR TODO AVANCE".
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias