"Hamnet": del arte y su capacidad catártica. Andrés Vartabedian
Nominado a 8 premios Óscar, incluyendo Mejor Película, Dirección y Actriz Protagónica; ganador de los BAFTA (premios de la Academia británica) a Mejor Película Británica y Mejor Actriz Protagónica; Mejor Drama y Mejor Actuación Femenina en los Globos de Oro.
Mejor Película en los festivales de Toronto y Valladolid; decenas y decenas de reconocimientos "menores" en todo el mundo; el último Chloé Zhao recoge eventos significativos en la vida de William Shakespeare con sensibilidad, profundidad dramática y encomiable espiritualidad.
Desde el comienzo mismo del filme se nos aclara que los nombres "Hamnet" y "Hamlet" fueron utilizados indistintamente a finales del siglo XVI y comienzos del XVII en la Inglaterra de aquellos días, más precisamente en los registros de Stratford-upon-Avon, el pueblo en el que naciera el mayor escritor -para muchos- de la lengua inglesa. Eran nombres "intercambiables" de algún modo. Para quienes desconocen ciertos aspectos de la vida de William Shakespeare, ciertos sucesos que marcaron su trayectoria vital (y tal vez no estén interesados en conocerlos previo al encuentro con este Hamnet), he allí una primera pista que nos brinda Chloé Zhao acerca de lo que vendrá, un primer índice de lectura -o segundo, porque el propio nombre de la obra lo es-. Lectura como interpretación, claro está.
Ese dato proviene, y la propia película lo enuncia en esa suerte de epígrafe con la que se abre, de un artículo escrito por Stephen Greenblatt (profesor de Harvard, especialista en la obra del Bardo) en 2004 para The New York Review: "The Death of Hamnet and the Making of Hamlet" (La muerte de Hamnet y la creación de Hamlet), del que Chloé Zhao solo nos da su título. En él, Greenblatt infiere, a través del análisis de la vida y la obra de Shakespeare ("obra" tanto en su acepción de pieza concreta: Hamlet, para el caso, como en la que refiere al conjunto de sus trabajos), el vínculo que existe entre la célebre pieza teatral y ciertos acontecimientos que marcaron el devenir de los días de su autor. Y utilizo la palabra "inferencia" intencionalmente, ya que Shakespeare no dejó entre sus papeles -las investigaciones así lo establecen- una referencia concreta a ese vínculo. Vínculo que es el que retoma como verdad Chloé Zhao, basándose, no ya únicamente en los trabajos de Greenblatt, sino en la novela de homónima escrita por Maggie O'Farrell en 2020, quien además es una de las coguionistas de esta adaptación, junto a la propia directora de origen chino (Beijing, 1982; la misma de Eternals, Nomadland, The rider y Canciones que me enseñaron mis hermanos).
De todos modos, el filme no se centrará especialmente en Shakespeare, o no únicamente en él; el personaje con el rol protagónico será su esposa Agnes (con ese nombre se conoció también a Anne Hathaway, con quien se casara en 1582 cuando aún no se había transformado en un autor reconocido), una mujer que, de acuerdo al relato de Zhao, rehuía de los estándares de comportamiento de la época y que, de alguna manera, era estigmatizada por ello -poseía una particular conexión con la naturaleza, por lo que algunos la llamaban "bruja"-. William se acercará a ella como se acercará al halcón que esta posee como mascota: corriendo riesgos. Juntos los asumirán y juntos tendrán tres hijos: Susanna, Hamnet y Judith, estos dos últimos, gemelos. Su gestación y crecimiento, y el alejamiento paulatino de ellos que le impone a William su ascendente carrera, resultarán centrales en esta trama. Su cálida y omnipresente madre será quien lleve sobre sí sus cuidados y su crianza. William cargará con la culpa de su ausencia, sobre todo cuando el dolor su hunda como una daga; un sentimiento que no provendrá únicamente de su interior sino que Agnes le arrojará sobre sí con crudeza y decepción, aun desde el amor más absoluto.
Esa "presencia" materna y esa "ausencia" paterna, en materia de cuidados, no pueden resultarnos extrañas para la época, tampoco para épocas posteriores. Sin embargo, hay quienes han podido ver en este corrimiento del protagonismo hacia la figura femenina, justamente en una historia en la que se involucra nada menos que a William Shakespeare, un rasgo feminista a destacar (vale aclarar que el apelativo "Shakespeare" apenas si se menciona; en el tono coloquial en el que se sitúa el relato, su denominación corriente será "Will"). El rescate de figuras femeninas prácticamente borradas de la historia oficial sería uno de los hechos que dotaría de ese carácter al filme. Su realización y escritura llevadas adelante también por mujeres es otro detalle que se considera importante. Pero todos sabemos que esos elementos no garantizan el feminismo de una propuesta; tampoco el que no sea un varón quien encarne el papel protagónico. Probablemente, la libertad con la que Agnes vive el mundo, y lo afronta, lo sea mucho más que todo lo anterior; tampoco lo es su fuerza emocional o el sostenimiento del grupo familiar en los momentos más complejos; hemos visto esto durante centurias a nuestro alrededor y no por ello hemos concluido que se trata de una situación que reinvidica la igualdad de derechos y oportunidades entre el hombre y la mujer; de ningún modo podríamos considerar su reflejo en pantalla una condición feminista sine qua non.
En Hamnet, al fin y al cabo, y más allá de posibles pinceladas feministas, quien transforma la tragedia cotidiana en arte es un varón; quien le otorga su sentido catártico es un varón, y este es un elemento central de la obra; él es quien posee ese genio, ese talento, ante el que Agnes culmina rindiéndose. De algún modo, para el espectador, su sufrimiento -que también es el de William- adquiere trascendencia y sentido histórico a través de él. Y en el sublime final, la sublime -por lo extraordinariamente elevada- secuencia que se desarrolla durante el estreno de Hamlet en el Globe Theatre de Londres -precisa y preciosa reconstrucción de una función teatral del 1600 y del ya mítico edificio-, no haremos otra cosa que reparar en la inhabitual capacidad literaria y filosófica del Bardo, en su sentido lírico, en su sensibilidad, en su profundidad humana y metafísica, en ese don de poder poner en palabras el dolor más hondo y acuciante, y con ello transmutarlo; ese don de producir el mágico efecto de la expiación liberadora tanto en las clases altas como en las clases bajas, y tanto en el público más citadino, letrado y acostumbrado a frecuentar las artes escénicas, como en el más pueblerino, analfabeto e ignorante de lo que una representación significa. Esto último, para el caso, ejemplificado por Zhao de manera hermosa, elegante, profunda y sutil en su amada y angustiada esposa (la interpretación de Agnes por parte de Jessie Buckley realmente quedará para el recuerdo).
A través de Hamnet, volveremos a sentir que el poder de sanación del arte es verdad. Hamnet se experimenta: se sufre, se padece, se disfruta. Se siente honesta, real, auténtica. Es un dramón -en el mejor sentido del término- que se desarrolla sin prisa pero sin pausa. Los mecanismos de verosimilitud que utiliza pasan desapercibidos, y ello es lo mejor que puede sucedernos. Vivimos con los personajes, los queremos, los entendemos, les deseamos lo mejor; creemos en sus rostros, en sus sentimientos, en sus alegrías y aflicciones; los abrazamos. Los hilos del titiritero están allí, pero no reparamos en ellos. Nos sumimos en el mundo que nos plantea rápidamente y sin discutir sus mecanismos. Y todo se transforma en una gran comunidad espiritual: actores, personajes, espectadores: los de dentro de la pantalla y los de fuera. Y esto es parte de su "magia" -apelando a Agnes y su condición esotérica y mística- y de la espiritualidad con la que se desarrolla Hamnet y a la que también nosotros ingresaremos lentamente, como en un trance a partir de la reiteración de un mantra.
Ese misticismo, esa sacralidad (que no religión, probablemente porque el propio Shakespeare, habiendo abrevado tanto de la protestante como de la católica, no podría ser definido ni lo uno ni lo otro), está construida como un proceso, como un continuo a lo largo del filme; he allí parte de su seducción y su belleza. Cual pinturas, los planos fijos empleados por Lukasz Zal -director de fotografía- resaltan la composición del cuadro y la precisa ubicación de los personajes dentro del espacio, el uso del color, remedo de la paleta renacentista o barroca, busca generar en nosotros un considerable impacto visual, los interiores iluminados tenuemente, remarcando sus sombras, evocan las atmósferas de Vermeer o Caravaggio, acentuando el dramatismo y la carga emocional de la tragedia. Por su parte, las composiciones de Max Richter refuerzan la visión naturalista de Zhao a través del minimalismo y una creación más enfocada en la atmósfera a incubar que en la manipulación de nuestras emociones: sonidos musicales antiguos procesados electrónicamente, voces femeninas -sin palabras- reforzando la perspectiva psíquica de los personajes, la permisión del silencio, los acordes de la naturaleza... Todo un clima que nos subyuga lentamente y nos sumerge en la espiritualidad señalada, permitiéndonos ingresar a la apoteosis final sin prejuicios ni reparos, con absoluta entrega, como en un acto de fe, dispuestos a redimir y redimirnos en la comunión del arte.
Amén.
Andrés Vartabedian
* * * * *
Ficha técnica
Título original: Hamnet
Reino Unido/EE. UU., 2025, 125 min.
Dirección: Chloé Zhao
Producción: Sam Mendes, Steven Spielberg, Nicolas Gonda, Pippa Harris, Liza Marshall
Guion: Chloé Zhao, Maggie O'Farrell
Fotografía: Lukasz Zal
Música: Max Richter
Edición: Chloé Zhao, Affonso Gonçalves
Elenco: Jessie Buckley (Agnes), Paul Mescal (Will), Emily Watson (Mary), Jacobi Jupe (Hamnet), Olivia Lynes (Judith), Bodhi Rae Breathnach (Susanna), Joe Alwyn (Bartholomew), David Wilmot (John)
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias