“La nostalgia no es una estrategia”. Ernesto Kreimerman

26.01.2026

 

La democracia siempre estuvo en riesgo desde sus primeros días. Me refiero a la democracia moderna: el sistema político basado en la participación popular, el sufragio universal y la protección de derechos y libertades, el mismo que ha ido abriéndose camino a lo largo de los siglos. Es cierto: lo ha hecho entre tensiones y ataques feroces, en países que padecieron sangrientas dictaduras e incluso la brutalidad extrema de la Segunda Guerra Mundial. Cerca de 25 millones de soldados murieron en combate o como consecuencia de enfermedades vinculadas directa o indirectamente a la acción bélica. Sin embargo, existe consenso en que, como resultado de bombardeos, hambrunas y genocidios, fallecieron no menos de 55 millones de civiles.

Dentro de esas vergonzosas acciones y planes del nazismo, uno de los más oscuros fue la Shoá o Holocausto: en el marco de la llamada "solución final" a la cuestión judía, fueron asesinados alrededor de seis millones de judíos. En otra categoría de "indeseables" se encontraban los homosexuales: cerca de un millón de alemanes homosexuales fueron perseguidos entre 1933 y 1945. Las personas LGTB sufrieron algunos de los mayores rigores de la represión, sometidas a una persecución siniestra que recién fue reconocida oficialmente como tal hace pocos años.

Desde el punto de vista de los derechos, esa salvaje represión y discriminación inhumana significó un profundo retroceso humanista. Basta recordar que el Código Napoleónico de 1810 fue el primero en la historia en despenalizar las relaciones entre personas del mismo sexo, al considerarlas un delito "imaginario". Inspiradas en la Ilustración francesa, las legislaciones de Baviera y Hannover siguieron ese camino en 1813 y 1840, respectivamente.

Las raíces inspiradoras

Es cierto lo que aprendimos en la secundaria: las ideas básicas de la democracia hunden sus raíces en la historia profunda, en la antigua Grecia. Pero, en sentido estricto, debe asumirse que fue entre los siglos XVII y XVIII cuando el desarrollo del pensamiento y las luchas políticas y sociales dieron lugar a los fundamentos del modelo democrático en términos similares a los que conocemos hoy.
A efectos de sistematización, puede hablarse de dos grandes etapas: la de la "democracia temprana" y la de la democracia moderna. Desde una mirada amplia, y entendiendo la democracia como un sistema de gobierno que no se basa exclusivamente en la coacción, por "democracia temprana" se comprende aquel régimen en el que quien ejerce el poder -por elección o por herencia- lo hace con el consentimiento de los gobernados, o al menos de una parte significativa de ellos. En otras palabras, gobierna con el apoyo de un consejo o asamblea integrada por miembros de la sociedad, independientes del gobernante y no sometidos a sus caprichos.

La democracia temprana no incorpora el concepto de representatividad tal como lo entiende la democracia moderna, ni adopta plenamente fórmulas de democracia directa. El recuerdo de la experiencia ateniense es importante, pero suele sobredimensionarse: los varones con derechos políticos nunca superaron los 50.000.
Otra diferencia, quizás más profunda, radica en que solo la democracia moderna convive con una burocracia estatal que se ocupa de los asuntos cotidianos.

La paradoja

La paradoja de estos días es que aquella colonia inglesa que en 1776 declaró su independencia y se constituyó en los Estados Unidos proclamó el derecho de los pueblos a gobernarse a sí mismos y a disfrutar de derechos inalienables como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. En 1787, su Constitución creó un sistema de gobierno republicano y representativo, con separación de poderes y elecciones periódicas, que influyó decisivamente en las democracias posteriores.
La tragedia de este siglo es que esa gesta, acunada por los "padres fundadores" e inspiradora de generaciones enteras, hoy parece haberse extinguido. Su gobierno se ha brutalizado, su base doctrinaria ha sido devaluada y, de imperio en decadencia, ha ingresado en una fase de descomposición y primitivismo radicalmente peligrosa para la humanidad.

En medio de esa degradación institucional, marcada por arrebatos de impotencia e ignorancia, una camarilla ambiciosa y despótica avanza contra todas las bases de la democracia estadounidense. Una figura mayor de aquella democracia hoy inexistente, Martin Luther King (nacido un 15 de enero), jamás habría podido surgir en este contexto. Y no porque su lucha haya sido sencilla: la constatación de aquellos años está marcada por su asesinato y el de tantos otros, como Malcolm X. La militancia de King combinó la igualdad racial con los derechos laborales y una crítica frontal a la pobreza y al militarismo. Aquella era una sociedad atravesada por debates intensos en múltiples foros y en las calles, con cientos de miles -e incluso millones- de personas movilizadas. Una sociedad viva y participativa, pese a la existencia de bolsones antidemocráticos, racistas y violentísimos, como el Ku Klux Klan.
Pero ¿cuándo se jodió el imperio? ¿Cuándo "se rompió el orden mundial", como lo afirmó sin rodeos Mark Carney, primer ministro de Canadá? Fue claro al señalar que "no se puede vivir con la mentira del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en una fuente de subordinación". Frente a estos atropellos desembozados, lanzó un llamado solidario y rebelde: es el momento de que empresas y países se rebelen contra las grandes potencias.

El pasado no vuelve

Carney comenzó su discurso en francés en un foro donde el inglés es la lengua habitual, marcando desde el inicio un quiebre. Porque en política todo significa. "Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial", dijo. Y advirtió: "Las potencias medias, como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que integre nuestros valores: el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados. El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad".
El mensaje de Carney no se limitó a marcar límites a Trump y a sus aliados, sino que convocó a una respuesta firme y prudente: "Sabemos que el antiguo orden no volverá. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia".

Y al cerrar su intervención, eligió un camino: el de convocar a las potencias medias. "A partir de esta ruptura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esa es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de verdadera cooperación. Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de reforzar nuestra posición en casa y de actuar juntos. Este es el camino que ha elegido Canadá. Lo hemos elegido abiertamente y con confianza. Y es un camino abierto a cualquier país que desee recorrerlo con nosotros".

 

Artículo publicado originalmente en El Telégrafo, 25/01/2026. Reproducido con autorización expresa del autor.


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2026-01-26T09:00:00

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