¿La religión católica el opio de los pueblos?. Esteban Valenti

06.11.2026

«La religión es el opio de los pueblos» fue una frase acuñada por Karl Marx en su obra Contribución a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel (1843-1844). Es una definición básica y ha tenido cambios, pero las transformaciones más importantes se han producido en la sociedad, en la realidad.

 

No hay nada más alejado del pensamiento socialista que las cosas inmutables, paralizadas en la historia. La venganza es terrible: la historia se venga de ellas despiadadamente.

Yo me voy a referir en este caso a la religión católica, que afronta una crisis de vocaciones, pero que sigue siendo practicada y profesada por más de mil millones de seres humanos, y cuyo máximo representante está precisamente en nuestro país, el papa León XIV (Robert Francis Prevost) en estos días. Ya se han desatado diversas polémicas, no precisamente desde la izquierda, sino desde algunos sectores que se proclaman laicos fanáticos.

Fui católico prácticamente hasta los 13 años; luego me hice comunista y ateo, que por aquellos tiempos eran sinónimos inexorables. Desde ese instante construí una coraza de argumentos históricos y filosóficos para justificar mi definición de ateo.

Hoy, 64 años después, sigo siendo ateo y, sobre todo, de izquierda y socialista; pero hice un gran esfuerzo, incluso con las categorías básicas del socialismo -en particular las económicas, las sociales, las culturales y hasta aquellas sobre el camino al socialismo-, para entender y seguir los procesos históricos en los que fuimos, y a pesar de los cambios seguimos siendo, un elemento central. Si no hubiera hecho ese esfuerzo, seguramente ya no sería socialista.

Sin embargo, no solemos hacer lo mismo -ni yo tampoco- con nuestras definiciones sobre la religión, y en particular sobre la católica.

El ateísmo uruguayo surgió de las más ricas, prolíficas y particulares páginas de nuestra historia: el batllismo. José Batlle y Ordóñez fue un agnóstico firme y militante de la separación de la Iglesia y el Estado uruguayo. Su obra tuvo un impacto como en ningún otro país de América Latina; somos el pueblo más laico de toda esta parte del mundo. La pregunta que me formulo es: ¿hemos sido tan críticos con la religión católica como lo fuimos con nuestra propia ideología y sus múltiples vertientes?

¿Tiene alguna importancia formularse estas interrogantes o son solo el resultado coyuntural de las circunstancias?

Es cierto: la religión católica fue responsable de la Inquisición; nosotros, nada menos que del exterminio en masa del estalinismo, del maoísmo y de los Jemeres Rojos en Camboya. No quisiera hacer un concurso sobre responsabilidades históricas ante los crímenes y el exterminio. Y, aun así, sigo siendo socialista y de izquierda.

Si tengo la capacidad de entender los cambios y las mutaciones que han sufrido las ideas de la izquierda para llegar a causar esas tragedias, ¿por qué no debo o no puedo hacer lo mismo con la religión que practican millones de seres humanos, muchos de ellos compañeros de izquierda, como Lula?

György Lukács, el filósofo marxista húngaro, abordó en sus ensayos políticos y éticos -especialmente en textos como El papel de la moralidad en la producción comunista (1919)- cómo debía transformarse la moral al transitar del capitalismo al socialismo. Para Lukács, el capitalismo necesita leyes estrictas y castigos porque los intereses individuales chocan frontalmente con los colectivos. En el socialismo, al alinearse el bienestar del trabajador con el de la sociedad, las personas deberían actuar correctamente por convicción moral y solidaridad, no por miedo a la ley.

Ese pensamiento de Lukács se situaba en las antípodas de la teoría y, más aún, de la práctica autoritaria de la dictadura del proletariado; por sostener esas ideas pagó con la cárcel en un país socialista. Citamos permanentemente a Gramsci y a Rosa Luxemburgo: a uno lo encarceló el fascismo y a la otra la asesinaron las bandas de un gobierno socialdemócrata. Lukács, en cambio, pagó con el encierro en un régimen que se proclamaba a sí mismo socialista.

Los tres tuvieron algo en común: con sus dudas y sus posiciones heterodoxas sobrepasaron los límites aceptados por la doctrina oficial. ¿No fue acaso esa la causa por la que millones de personas y dirigentes comunistas de primer nivel de la Revolución de Octubre terminaron fusilados o deportados? ¿No era esa, exactamente, la función histórica de la Inquisición: establecer e imponer a sangre y fuego los límites del dogma?

¿Es la misma la religión católica actual -incluso con sus pecados institucionales mucho más recientes- que la del pasado inquisitorial?

Cuando en 1972 asesinaron en la Seccional 20 del Paso Molino a ocho obreros comunistas uruguayos, uno de los gestos más valorados por todos los militantes comunistas fue la visita a la sede central del PCU de monseñor Carlos Partelli, arzobispo de Montevideo. Aquello no fue precisamente «opio de los pueblos»: lo sentimos como un acto entrañable de piedad y de solidaridad humana frente al crimen y frente a lo que ya se estaba gestando entre civiles cómplices y militares felones.

Aquel gesto de Partelli no fue una anomalía aislada, sino el síntoma de una fractura histórica que los manuales dogmáticos jamás supieron registrar. Revelaba que, cuando la noche se cierne sobre un pueblo, la frontera real no divide a creyentes de ateos, sino a quienes justifican la opresión y la muerte de quienes están dispuestos a poner el cuerpo por la dignidad humana.

La Iglesia que parió a Camilo Torres, a los sacerdotes del Tercer Mundo, a los teólogos de la liberación, a monseñor Angelelli en Argentina o a Óscar Arnulfo Romero en El Salvador -asesinado en el altar por las balas del fascismo oligárquico- dinamitó para siempre la simplificación de que toda fe es resignación alienante. En nuestra propia América Latina, el Evangelio operó muchas veces no como anestesia, sino como trinchera y catalizador de rebeldía popular.

El verdadero desafío para un pensamiento de izquierda, si de verdad aspira a ser dialéctico y emancipador, es despojarse de su propia tentación inquisitorial. La laicidad republicana uruguaya, ese tesoro civilizatorio que con justicia reivindicamos frente a cualquier pretensión teocrática, corre el riesgo de degradarse en un catecismo invertido cuando se confunde la neutralidad del Estado con la hostilidad hacia el sentimiento religioso de las mayorías. Hay una arrogancia ilustrada que, en nombre de la razón abstracta, termina sorda a los anhelos, a las angustias y al consuelo de los trabajadores comunes.

Si la izquierda fue capaz de revisar sus propios abismos -la burocratización asfixiante, el mesianismo de Estado, la anulación sangrienta de la discrepancia- sin renunciar a la utopía de la justicia social, tiene la obligación intelectual de mirar a la Iglesia contemporánea con la misma agudeza. Una Iglesia que lidia con sus propias contradicciones éticas, pero cuya voz en el tablero global muchas veces denuncia la voracidad del capital financiero, la destrucción del planeta y el descarte de los vulnerables con más crudeza que muchos dirigentes progresistas domesticados por la gestión.

La emancipación de los pueblos no se construirá sobre la censura moral de la fe, sino sobre la convergencia ética en torno a la justicia terrenal. Quien reduce el fenómeno religioso a un mero residuo arcaico que debe ser extirpado desconoce el alma humana tanto como aquel burócrata soviético que creyó poder decretar la fraternidad por ley o por fusil. Entre el misticismo ciego y el laicismo intolerante media un espacio insoslayable: el del diálogo solidario entre todos los que, creyendo en Dios o creyendo en el ser humano, no se resignan a que el mundo siga siendo una herida abierta.

Bienvenido León XIV a esta tierra de hombres y mujeres libres. 

 

Esteban Valenti
2026-11-06T00:30:00

Esteban Valenti.

Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)