¿Morir por qué patria es vivir?. Jorge Ángel Pérez (desde Cuba)
23.01.2026
Ninguno de los 32 cubanos muertos durante la operación militar de EE.UU. en Venezuela es familiar de los Castro.
Ese día estuvo lloviendo con una insistencia pertinaz. Parecía que no cesaría la llovizna; primero era un levísimo chinchín; más tarde se hizo más intensa, pero nunca fue grosera: solo mojaba levemente los cuerpos de algunos que hacían tributos muy cordiales a los muertos.
La lluvia, dijeron algunos de los que estaban apostados en la avenida de Rancho Boyeros, no fue más allá del chinchín, fue solo una breve lloviznita que, para no pocos, resultaría cariñosa, tanto que hasta tenía la apariencia de una bienvenida a los muertos que cayeran lejos de sus casas, de sus familias. La llovizna fue suave, fue incluso gentil, y no faltará quien la vea, incluso, tierna.
La lluvia fue leve, solo un chinchín de bienvenida a unos jóvenes que murieron lejos de la patria, esos que quizá eran jóvenes hermosos y acabaron sin haber amado, como, supongo, habría dicho un amigo que ya no está. Ellos, algunos de ellos, eran muy jóvenes, tan jóvenes que no dejaron descendencia. Otros dejaron huérfanos atribulados.
Ninguno de los muertos fue un descendiente de la familia Castro, ninguno de ellos se llamaba Antonio Castro, aquel de las escandalosas vacaciones en Bodrum, Turquía. Ninguno de esos que hasta ahora he mencionado fue un combatiente internacionalista, y mucho menos colaborador en lejanas geografías. Entre los que murieran en Venezuela no aparece el nombre de Sandro Castro, ese muchacho de quien no se conoce alguna cosa que vaya más allá de la cerveza Cristal, esa a la que él, "jocoso", llama Cristach.
Hoy tampoco está encerrado en un sarcófago algún hijo de Fidel Castro, y mucho menos uno de los descendientes de Raúl. Tampoco tengo noticias de algún entenado de Miguel Díaz-Canel que estuviera cumpliendo peligrosas misiones, y tampoco cumplió misiones peligrosas alguno de esos hijastros suyos, mucho menos al que mejor conocemos por su romance con Ana de Armas.
Entre los muertos no hay un hijo de alguno de los Castro Ruz. En la lista de los occisos no está ninguno de esos que prefieren unas grandes vacaciones en Turquía, como aquellas de las que ya escribí y publiqué ya en CubaNet. Antonio fue a Bodrum de vacaciones, pero no acompañó a sus compañeros médicos en una misión en la misma Turquía.
Y Antonio no iría tampoco a Venezuela. En la lista de los occisos no aparecerá jamás algún miembro de la familia Castro. Allí no estará Mariela ni alguno de sus descendientes. Allí no estará Mariela porque ella se encarga solo de "defender" los derechos de la comunidad LGBTIQ+ si es "revolucionaria", solo si le conviene.
A nadie se le ocurriría que en esa desgracia que enluta a los cubanos aparecería el nombre de algún miembro de la familia Castro. Tampoco habrá confirmaciones de que en esa desgracia que enlutó a muchísimos cubanos aparecerá el nombre de algunos de los hijos de Miguel Díaz-Canel, y tampoco de sus entenados. Ninguno de ellos cumplió misiones internacionalistas.
Todos ellos prefieren Londres, París, Roma. Nunca cumplirán alguna misión que ponga en riesgo sus vidas. Sus mayor alarma podría ser, digamos, un paraguas roto en una tarde londinense.
Entre los muertos quizá pueda contarse a algún muchacho muy joven que ni siquiera tuvo tiempo para amar porque cumplía órdenes de un gobierno que no era el suyo. Esos jóvenes murieron allá lejos, en una Venezuela a la que jamás debieron ir. Entre los muertos no hay ningún hijo de Fidel Castro, tampoco un descendiente de Raúl.
Publicado en Cubanet, el 20 de enero de 2026
Jorge Ángel Pérez nació en Cuba (1963), donde vive, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas.
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