¿Por qué a la izquierda latinoamericana, le cuesta renovar sus liderazgos? Carlos Pérez Pereira
31.10.2026
El "recambio" de lideres en la izquierda pasa a ser un asunto determinante en la puesta en práctica de proyectos de gobiernos, en Latinoamérica. Es uno de los desafíos más difíciles que deberán afrontar esas izquierdas en los años que vienen.
Los liderazgos no surgen de la noche a la mañana. Tampoco se heredan o se designan a dedo. Quienes no se cuecen al fuego lento de la militancia política y la acción social, suelen permanecer por poco tiempo en la cima. Ejemplos abundan y los hay de derechas y de izquierdas.
Los dirigentes más firmes y mejor legitimados, se forjan en largas luchas, generalmente sindicales o ligadas a acontecimientos sociales importantes. A veces ocurren hechos que concitan la atención popular en contextos especiales, donde se abona el terreno para el surgimiento de líderes. Ahora bien: llegar puede ser fácil, la cuestión es mantenerse. La representación será precaria y siempre expuesta al escrutinio de los adherentes.
La producción de líderes lleva ínsita sus propias contradicciones. En todos los tiempos y en todos los ámbitos, han funcionado factores irracionales en el manejo de masas. La adhesión a un líder tiene mucho de emocional, de manipulación de sentimientos, de acatamiento acrítico a sus ideas y a la eliminación de contradictores de su consagración. La figura del líder se asume como el padre, el maestro, el führer (conductor), el enviado de Dios (el Mesías) y su cuestionabilidad queda derogada ante su sola mención. Su palabra es verdad revelada y la discordia es pasible de sanciones éticas o morales, que operan mediante la silbatina, el corte de palabra o la amenaza de juicio interno, como mínimo. Como máximo la expulsión y hasta la muerte o desaparición forzada. Si no hay permiso para los opositores, la presión activa la autocensura. Es la decadencia descarnada de lo que consideramos la esencia del ser democrático: la libertad de opinión sin temor a las sanciones. Sacamos una primera conclusión: la aparición de lideres es inversamente proporcional al funcionamiento de los principios de la democracia en las organizaciones políticas, sindicales, religiosas, etc. Cuanta más subordinación hay a las directivas del guía, del conductor, del padre, menos democrática es la organización que lo erige. Y hasta acá, la historia lo confirma, aún estamos ante fenómenos que son comunes tanto a la izquierda como a la derecha. Pero, como veremos, los tiempos que corren no son muy favorables a las acciones reflexivas y a las fundamentaciones de largo aliento.
Los fenómenos nuevos de las redes informáticas, colaboran en los condicionamientos. Vivimos tiempos de atención corta y de urgencias resumidas en 140 caracteres. Hay saturación de preconceptos y opiniones amasadas (en formato y contenido), para evitar el pensamiento crítico, para alimento de granjas de trolls y bots, que se multiplican a sí mismas por millones en cuestión de segundos. No pienses, actúa. Habilidades, nada de contenidos. Han proliferado los mecanismos para la reproducción de la irracionalidad también en el surgimiento de lideres políticos. Personajes ayer desconocidos, hoy irrumpen en el escenario con la misma fuerza que fogueados dirigentes. Vienen con respuestas apropiadas a las exigencias de la gente ya preparada para la aceptación de sus mensajes oportunistas. Casos hubo, en los que, en pocos meses, aparecieron personajes capaces de competir con robustos candidatos a la presidencia de países. En Latinoamérica tenemos dos casos flagrantes: Milei y De la Espriela, en Argentina y Colombia respectivamente. Las redes juegan un papel determinante en esas apariciones fulgurantes. Lo explican claro los mismos que las manejan (Laje y Cerimedo y sus granjas de trolls y bots). Flavio Bolsonaro no compitió mano a mano con Lula solo por tener el apellido del padre. También operaron las redes para instalar su nombre como candidato capaz de retar mano a mano al veterano guerrero de mil batallas. No le fue muy bien porque se topó con un gigante difícil de vencer. Pero Lula no derrotó solo a un Bolsonaro, venció a todo un sistema apalancado por el imperialismo, montado sobre millones de USD de las multinacionales que manejan los algoritmos. Ya demostraron con creces que cuentan con artillería suficiente para derribar gobiernos, proyectos e ideologías de izquierda. Si no fuera por la veteranía y la fuerza militante de Lula, la derecha hubiera arrasado, quizás en primera vuelta. Como dijo el analista Álvaro Padrón: cuando ganó Dylma, Lula estaba preso. Pero la gente votó por Lula, quien en realidad ganó CINCO elecciones no consecutivas. Una proeza que figurará en los anales de la política universal.
Hay que aceptar que la necesidad de la permanencia de los grandes lideres de la "era progresista" de los primeros años del siglo XXI, ha sido, en varios países, un escollo para el recambio. Ya nombramos al Brasil de Lula. Pero también lo vimos en Ecuador con Correa, en Colombia con Petro, en Venezuela con Chaves, en Bolivia con Evo Morales, en Argentina con Néstor Kirchner. Los primeros se formaron, crecieron, asumieron la dirección de tareas y como enormes y robustos robles, a cuya sombra los pequeños retoños tuvieron y tienen dificultades para crecer. Y Uruguay no escapa a la regla.
La propia naturaleza de la izquierda, contrasta con la utilización de recursos irracionales para la elección de sus líderes, pero no tiene otra alternativa que avanzar a contrapelo de sus propios principios. Es un desafío de la realidad, que hay que afrontar sin reservas y con mucha responsabilidad. En nuestro país, arraigados lideres de la izquierda se hicieron viejos, exigiéndose hasta los límites del agotamiento. Tabaré Vázquez, Danilo Astori y José Mujica en Uruguay, fueron como Lula en Brasil. Los tres tenían enfermedades importantes, pero las circunstancias los llevaron más allá de los límites recomendados por sus médicos y hasta por el sentido común. Escuché un conmovedor mensaje en el que una mujer, fanática de Lula, le pide perdón al conductor del PT, ganador en segunda vuelta de la más dura de las batallas que afrontó. "Perdón, compañero. Yo no quería que usted fuera el candidato, yo quería que usted descansara. A su edad, y por todo lo que hizo por nosotros, por nuestro país, usted merece descansar. Y le agradezco inmensamente que esté dando su vida, los últimos años de su vida por nosotros y por nuestros hijos y por todo el pueblo brasileño". Ese mensaje conmovedor, bien pudo ser dirigido a los tres lideres uruguayos que nombré.
En Brasil no surgió, en todos estos años, nadie capaz de sustituir a Lula, quien, con todos sus inconvenientes debió salir a dar la batalla final y más heroica de su vida. Pero eso, que admiramos como épico, denuncia que los brasileños tienen un serio problema, asimilable a los problemas de la izquierda uruguaya. Cómo conciliar la racionalidad que debe primar en los proyectos de izquierda, con el aspecto emocional, imprescindible para asumir los gobiernos progresistas, es, quizás, uno de los principales desafíos que tenemos.
Ojalá la izquierda uruguaya sepa resolver con tiempo este problema. Porque la derecha, en tal sentido, tiene más fácil las cosas. Está en su salsa. La irracionalidad, la apelación a factores emocionales, el supremacismo de clases y de razas, la inequidad estructural, la creencia en destinos manifiestos y otras estupideces ideológicas, está en la propia razón de su existencia. Y, por cualquier imprevisto, si no aparecen los lideres de recambio, no despreciarán a algún "outsider" ocasional que favorezca a sus intereses. En general, se inclinan a la derecha.
Ojalá que en este país (donde todos nos conocemos) no tengamos que enfrentar este tipo de fenómenos en los próximos meses.
Carlos Pérez Pereira
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias