¿Qué queda del proyecto histórico del Frente Amplio?. José W. Legaspi

28.08.2026

La izquierda llegó nuevamente al gobierno, pero ya no parece gobernar desde una idea reconocible de transformación. Entre la moderación convertida en doctrina, el predominio tecnocrático y los acuerdos que desdibujan sus fronteras políticas, el Frente Amplio enfrenta una pregunta que no puede responderse solamente con gestión: qué parte de su proyecto histórico permanece viva.

 

El Frente Amplio nació para algo más que administrar correctamente el Estado. No fue concebido como una asociación electoral destinada a alternarse en el gobierno con los partidos tradicionales ni como una coalición cuya principal virtud fuera ofrecer una gestión algo más sensible, eficiente u honesta. Surgió como expresión política de una acumulación histórica que aspiraba a modificar las relaciones de poder en Uruguay.

En su fundación convergieron tradiciones muy diferentes: comunistas, socialistas, demócrata-cristianos, sectores provenientes de los partidos tradicionales, sindicalistas, intelectuales, cristianos comprometidos con las luchas sociales y ciudadanos sin militancia previa.

No los unía una doctrina cerrada. Los unía algo más importante: la convicción de que el país necesitaba cambios profundos y de que esos cambios no podían realizarse sin afectar intereses económicos consolidados.

Ahí estaba el núcleo de su proyecto histórico: democratizar el poder, redistribuir la riqueza, fortalecer el trabajo frente al capital, ampliar los derechos sociales, defender la soberanía nacional y construir una sociedad en la que la economía estuviera subordinada a objetivos humanos.

La pregunta actual no es si todo aquello puede aplicarse mecánicamente medio siglo después. Sería absurdo.

Lenin dejó una enseñanza metodológica que sobrevivió largamente a las circunstancias en las que fue formulada: la política transformadora debe partir del análisis concreto de la situación concreta. Mariátegui plantearía después, desde América Latina, una advertencia complementaria: ninguna transformación podía ser "calco y copia".

Actualizar una estrategia, por tanto, no significa abandonar sus objetivos. Significa encontrar las formas históricas capaces de realizarlos en condiciones nuevas.

La pregunta es otra: ¿qué queda hoy de aquella voluntad transformadora?. Y la respuesta resulta cada vez más incómoda.

Gobernar no necesariamente significa transformar

El gobierno de Yamandú Orsi no se presentó como una experiencia de ruptura. Desde el comienzo insistió en la estabilidad, el diálogo, la previsibilidad y la ausencia de cambios bruscos. El propio Orsi descartó una "refundación" y buscó transmitir garantías a inversores, organismos financieros y principales actores económicos.

Su propuesta fue definida como una "izquierda moderna", capaz de combinar sensibilidad social con crecimiento impulsado por la inversión privada.

Ninguno de esos conceptos es ilegítimo por sí mismo. Un país necesita estabilidad, inversión, acuerdos. El problema comienza cuando los instrumentos de una estrategia terminan ocupando el lugar de la estrategia.

La estabilidad pasa entonces a significar que las reglas fundamentales de distribución de la riqueza no serán alteradas. La confianza se traduce principalmente en garantías al capital. El diálogo se transforma en una disposición permanente a negociar hacia el centro, mientras las demandas provenientes de la propia base social de la izquierda son calificadas como apresuradas, inconvenientes o fiscalmente irresponsables. Ahí aparece una contradicción fundamental.

Una izquierda que gobierna necesariamente administra lo existente. Debe elaborar presupuestos, negociar inversiones, garantizar estabilidad institucional, recaudar impuestos, gestionar empresas públicas y convivir con poderes económicos que no desaparecen porque haya ganado una elección.

Pero administrar lo existente y aceptar lo existente como horizonte son cosas radicalmente distintas.

La política transformadora reconoce los límites para intentar desplazarlos. La política adaptativa termina convirtiendo esos límites en argumentos para explicar por qué no pueden desplazarse.

Lenin comprendió perfectamente que la política real exige compromisos, negociaciones, avances y retrocesos. Ho Chi Minh desarrolló esa flexibilidad hasta convertirla en una de las características de su acción política. Pero en ambos existía algo que daba sentido a la flexibilidad: una dirección.

El compromiso era una táctica porque existía una estrategia. El retroceso podía formar parte del avance porque se sabía hacia dónde se quería avanzar.

Y esa es precisamente la pregunta que comienza a resultar difícil responder en el Uruguay actual: ¿hacia dónde quiere avanzar la izquierda?

¿Quién conduce a quién?

El gobierno celebra inversiones multimillonarias y exhibe como uno de sus logros centrales la capacidad de atraer grandes capitales. En abril de 2026, Presidencia informó proyectos por más de mil millones de dólares, entre ellos una inversión de 400 millones en Punta del Este.

Pero la cuestión decisiva no es cuánto capital llega. Es o debería ser bajo qué condiciones llega, qué beneficios recibe, qué empleos crea, cuánto valor queda en Uruguay, qué encadenamientos productivos genera y qué capacidad conserva el Estado para orientar esas inversiones hacia un proyecto nacional.

Una izquierda no se diferencia de la derecha porque rechace la inversión privada. Se diferencia por la relación política que establece con ella.

Puede recibirla como un poder al que debe adaptarse o puede integrarla dentro de una estrategia nacional que establezca obligaciones, prioridades productivas, compromisos laborales y contrapartidas sociales.

La contradicción puede formularse de manera sencilla: ¿la inversión privada está siendo incorporada a una estrategia nacional o la estrategia nacional está siendo organizada alrededor de las necesidades de la inversión privada?

No es un juego retórico. Es una discusión sobre poder. Porque el capital no llega desprovisto de intereses. Negocia impuestos, exoneraciones, infraestructura, regulaciones, condiciones laborales, tarifas, seguridad jurídica y rentabilidad.

El Estado también debería negociar desde un interés. La pregunta es cuál. Cuando esa discusión desaparece, la promoción de inversiones deja de ser una herramienta y comienza a convertirse en una ideología.

El impuesto que no debía discutirse

La o el amable lector, sí pasó por las últimas ocho o nueve columnas en este momento dirá "¿otra vez con esto?". Y la verdad que sí, sepan disculpar, pero la negativa del gobierno a considerar siquiera el impuesto del 1% al 1% más rico constituye uno de los episodios más reveladores de esta contradicción.

No se trataba de una propuesta confiscatoria. No implicaba una transformación radical del sistema económico. No suponía una ofensiva general contra la propiedad privada. Era una iniciativa limitada que pretendía obtener una contribución adicional de los sectores de mayor riqueza para financiar políticas contra la pobreza infantil.

El punto político no estaba solamente en cuánto podía recaudar. Estaba en la pregunta que obligaba a formular: en un país que concentra riqueza en la cúpula mientras mantiene a miles de niños en situaciones de privación, ¿quién debe realizar el esfuerzo extraordinario?

El gobierno decidió clausurar esa discusión antes de que comenzara. Y ahí ocurrió algo mucho más importante que el rechazo de un instrumento tributario. Se aceptó implícitamente quién tenía derecho a fijar los límites de lo posible.

Porque siempre existen límites. La cuestión política es quién los soporta. Cuando se reclama más presupuesto para políticas sociales aparece el límite fiscal. Cuando los trabajadores reclaman mejoras salariales aparece la competitividad. Cuando se propone gravar la riqueza aparece el riesgo de desalentar la inversión. Cuando se pretende ampliar la acción estatal aparece la necesidad de prudencia.

Pero resulta legítimo preguntarse por qué la restricción aparece casi siempre cuando la transformación puede afectar intereses poderosos y mucho menos cuando esos intereses reclaman garantías, beneficios o exoneraciones. Ahí la cuestión deja de ser exclusivamente tributaria. Se vuelve ideológica.

La izquierda histórica concebía la política fiscal como un instrumento capaz de redistribuir no solamente ingresos, sino también poder. Porque cobrar impuestos no es una operación contable neutral. Significa decidir quién financia la sociedad.

Por eso aquel 1% era políticamente más importante que fiscalmente. Obligaba a discutir quién posee la riqueza, quién soporta las cargas públicas y qué entiende una sociedad por justicia.

Negarse incluso a abrir esa discusión significa renunciar también a disputar el sentido común económico dominante.

Una militancia sin horizonte

El propio Frente Amplio ha comenzado a reconocer que existe un problema. El documento aprobado por su Plenario Nacional habla de una "enorme carencia anímica" en la militancia, errores de comunicación, problemas de gestión política y falta de coordinación entre la fuerza política y el gobierno.

La expresión es reveladora. Pero puede conducir a un diagnóstico equivocado. Porque una militancia puede estar desanimada porque el gobierno comunica mal. Pero también puede estarlo porque ya no encuentra claramente qué proyecto debe defender.

Y las dos cosas son completamente diferentes. No existe estrategia comunicacional capaz de sustituir una orientación política. Se pueden organizar reuniones, recorrer comités de base, enviar dirigentes al territorio, multiplicar documentos, mejorar las redes sociales y explicar mejor las decisiones.

Pero si la experiencia política de una parte de la militancia consiste en comprobar que el gobierno ofrece garantías al gran capital mientras rechaza siquiera discutir una contribución adicional de los sectores más ricos, el problema no puede reducirse a la comunicación. Es político.

Durante décadas, el Frente Amplio fue mucho más que una maquinaria electoral. Fue una cultura militante. Una red territorial. Una pedagogía política. Una comunidad de expectativas. Sus comités de base no existían solamente para repartir listas. Discutían el país, elaboraban propuestas, cuestionaban a sus dirigentes y participaban en la construcción de una conciencia colectiva. Ahí residía una parte esencial de su originalidad histórica.

Gramsci habría llamado a eso construcción de hegemonía: la capacidad de una fuerza política de producir ideas, cultura, organización y una determinada visión del mundo. Cuando esa relación se invierte y la fuerza política comienza a convertirse fundamentalmente en una estructura destinada a explicar decisiones adoptadas por el gobierno, ocurre una transformación profunda.

La militancia deja de participar en la construcción de la orientación y pasa a ser convocada para legitimarla. Debe movilizarse en las elecciones. Defender al gobierno. Explicar lo resuelto. Contener el malestar. Pero participa cada vez menos de la definición del rumbo. Entonces la llamada "carencia anímica" quizá no sea una enfermedad de la militancia. Quizá sea el síntoma de una pérdida de sentido.

Ganar el centro y perder la izquierda

El deterioro de la aprobación presidencial expresa también una parte de esta crisis. Factum registró una caída desde 37% de aprobación en el primer bimestre de 2026 a 29% en el segundo y 24% en el tercero, mientras la desaprobación aumentó hasta 56%.

Las encuestas no determinan la verdad política. Un gobierno puede adoptar decisiones necesarias aunque resulten impopulares. Incluso puede perder respaldo precisamente porque está modificando estructuras y afectando intereses.

Pero aquí aparece una paradoja. No parece que el gobierno esté pagando el costo de haber enfrentado privilegios, redistribuido radicalmente riqueza o emprendido reformas estructurales. Está perdiendo apoyo mientras precisamente procura evitar conflictos profundos.

Eso cuestiona una de las premisas fundamentales de la moderación contemporánea: la idea de que desplazarse hacia el centro necesariamente amplía la base política.

Puede suceder lo contrario. Cuando la izquierda deja de representar con claridad determinados intereses populares, no conquista automáticamente a quienes históricamente votan a la derecha.

Los sectores dominantes pueden valorar su moderación, reconocer su responsabilidad fiscal, celebrar su apertura a las inversiones y elogiar su previsibilidad. Y después votar a sus propios representantes.

Mientras tanto, una parte de la base social de la izquierda comienza a preguntarse qué diferencia sustantiva justifica su movilización.

El resultado puede ser paradójico: la izquierda abandona posiciones para ampliar su mayoría y termina debilitando su mayoría porque abandonó aquello que le daba identidad.

Lo que todavía queda

Sería, sin embargo, profundamente equivocado concluir que el proyecto histórico del Frente Amplio ha desaparecido. Permanece. Está en la memoria colectiva de miles de militantes. En el movimiento sindical. En las cooperativas. En las organizaciones estudiantiles, barriales y de derechos humanos. En sectores del propio Frente Amplio que no aceptan que gobernar consista solamente en administrar restricciones.

Y permanece también en una sociedad uruguaya que conserva una fuerte expectativa de igualdad, protección pública y justicia social.

Está asimismo en las conquistas de los anteriores gobiernos frenteamplistas: ampliación de derechos, fortalecimiento de la negociación colectiva, políticas sociales, reforma de la salud, recuperación salarial y consolidación de libertades civiles.

Nada de eso es menor. Pero un proyecto histórico no puede vivir indefinidamente de las conquistas de su pasado. Necesita producir futuro. Y quizá allí aparezca la verdadera discusión.

Arismendi, Gramsci, Lenin, Mariátegui y Ho Chi Minh pertenecieron a tradiciones, países y momentos históricos diferentes. Sería intelectualmente pobre reunirlos para fabricar una ortodoxia que ninguno habría aceptado. Pero existe una pregunta que atraviesa sus experiencias: ¿cómo transformar una realidad concreta sin confundir sus límites presentes con los límites de la historia? Mariátegui rechazó el "calco y copia". Gramsci comprendió que ninguna transformación era posible sin construir una nueva hegemonía. Lenin insistió en distinguir estrategia y táctica. Ho Chi Minh mostró que la flexibilidad solamente conserva sentido cuando existe una dirección reconocible.

Y Arismendi intentó pensar desde Uruguay una democracia avanzada entendida no como acontecimiento instantáneo, sino como proceso de acumulación, participación popular y transformación de las relaciones de poder.

Todos, desde circunstancias incomparables, partían de una convicción común: la realidad existente no era el horizonte final de la política. Ahí está quizá la diferencia fundamental con una parte de la izquierda contemporánea. El problema ya no consiste solamente en discutir cómo transformar la realidad.

Antes debemos responder algo más elemental: ¿seguimos creyendo que puede ser transformada?

La derrota más profunda

Porque existe una derrota política y existe otra mucho más difícil de percibir. Una fuerza puede perder una elección y continuar creyendo en su proyecto. Puede sufrir una derrota histórica y reconstruirse. Puede equivocarse y aprender.

La derrota verdaderamente profunda ocurre cuando las categorías del adversario comienzan a organizar nuestra propia manera de pensar.

Cuando aquello que alguna vez considerábamos relaciones históricas modificables empieza a parecernos una realidad natural. Cuando el mercado deja de ser una institución y pasa a convertirse en un límite. Cuando la inversión deja de ser un instrumento y se transforma en condición previa de toda política. Cuando la desigualdad deja de ser una relación de poder y empieza a ser administrada como problema social. Cuando la utopía se convierte en ingenuidad. Y cuando transformar comienza a parecernos una palabra excesiva.

Entonces una izquierda puede conservar sus banderas, sus canciones, sus aniversarios, sus héroes y hasta ganar elecciones. Puede seguir llamándose izquierda. Pero algo habrá cambiado en su interior.

Habrá dejado de concebir el presente como un territorio abierto a la transformación y comenzará a administrarlo como el único mundo posible. Ese es un riesgo mucho más profundo que perder una elección. Porque significa perder el futuro.

¿Qué queda entonces?

Queda mucho. Una tradición. Una base social. Una memoria. Una organización. Una acumulación democrática extraordinaria. Y, sobre todo, una posibilidad.

Pero la posibilidad no es todavía una política. Para convertirse nuevamente en política necesita recuperar algo que ninguna gestión, por eficiente que sea, puede sustituir: una idea de hacia dónde quiere llevar al país. No se trata de regresar nostálgicamente a 1971. Ni de reproducir 2005. Ni de importar experiencias revolucionarias pertenecientes a otras sociedades.

Se trata de volver a hacer aquello que permitió alguna vez construir al propio Frente Amplio: imaginar un Uruguay que todavía no existe.

Porque administrar mejor puede justificar un gobierno. Reducir desigualdades puede justificar una política. Ampliar derechos puede justificar una etapa. Pero un proyecto histórico necesita algo más.

Necesita explicar qué sociedad pretende construir. Y quizá esa sea la pregunta que el Frente Amplio todavía no ha respondido en su regreso al gobierno. No solamente qué hará durante estos cinco años. Sino para qué quiere gobernar.

Una izquierda comienza a perder su razón histórica cuando deja de concebir el presente como un terreno de transformación y empieza a considerarlo simplemente como un orden que debe administrar mejor que sus adversarios.

El Frente Amplio tiene gobierno, representación institucional, historia y una enorme acumulación social. Lo que necesita recuperar es la capacidad de convertir todo eso en dirección histórica. De volver a pensar lo posible no como una frontera que otros fijaron, sino como una frontera que la política puede desplazar. De volver a imaginar el futuro. Y de recuperar, finalmente, algo sin lo cual ninguna izquierda puede sobrevivir demasiado tiempo como izquierda: la convicción de que otro mundo sigue siendo posible.

Esa respuesta conduce inevitablemente a la siguiente pregunta, motivo de la próxima columna: ¿es posible reconstruir una izquierda transformadora?

José W. Legaspi
2026-08-28T04:56:00

José W. Legaspi