¿Ser de izquierda? Fernando Girard
22.06.2026
En las redes, en los medios, en la calle y diversos ambientes más, se hallan repetidamente dos tipos de pensamiento (y personas que tienen esos pensamientos) que desde puntos ideológicamente bastante lejanos entre sí, al menos en principio, coinciden en un tema central: cómo enseñar a ser de, y cómo debe ser la verdadera izquierda.
Pueden merecer el mayor de los respetos esas opiniones, por más que me parezcan erradas y puede que improcedentes por lo que diré al final. Ello no impide eventualmente compartir alguna de las ideas manejadas, pero el foco está más en actitudes que en hechos concretos o en sectores políticos definidos.
Obviamente es muy difícil que todos los integrantes, votantes, simpatizantes de un partido cualquiera aprueben todas las decisiones y actuaciones de ese partido y/o de las personas que en nombre del mismo eventualmente desempeñen cargos públicos o liderazgos reconocidos. La crítica y autocrítica bien entendida ha sido y debe seguir siendo parte fundamental de una organización de izquierda.
Imposible es retrotraernos al origen del binomio izquierda/derecha en la revolución francesa, además de que la 'izquierda' estaba en la 'montaña' de la Asamblea y el proceso, que comenzó antes de 1789 y murió 10 años después, es bastante más intrincado que ese binomio. Sin embargo hay unos simples conceptos que pueden caracterizarla, aunque la lista pueda tener algún término más. Justicia social, lucha contra la explotación, rescate del ser humano, igualdad, dignidad, defensa del humilde y del más débil.
Es más difícil realizar esos principios, claro. Entonces resulta relativamente sencillo para cualquiera fustigar a cualquier fuerza política que pueda, para ese cualquiera, no adherir a los mismos (o no cumplirlos con exactitud), aunque esa no adhesión pueda ser profundamente discutible y a veces muy difícil de definir en sus alcances.
Con lo que llegamos a los dos pensamientos: uno desde la ultra izquierda, en cierta forma frustrada por la dificultad de la consecución de sus metas máximas, deseando quizá el retorno a aquella izquierda tradicional y testimonial, arrinconada y sin posibilidad ninguna de cumplir ninguna de esas metas, pero adecuadamente embanderada, llena de pancartas con frases compartibles, razonables, justas, pero que resultaban sólo buenas declaraciones de principios, al menos en el corto plazo. La protesta es siempre válida, Pero vivir siempre en estado de protesta y purismo ideológico puede conducir más a una cierta autocomplacencia que a la búsqueda efectiva de los principios mencionados.
Existe claro, otro razonamiento, muy lejos de la (ultra) izquierda, y es el que recuerda constantemente las bases fundacionales de la unidad del movimiento sindical y de los sectores de la izquierda política, tanto como el pensamiento de algunos líderes, de modo que sea posible contrastar realidades, ideas y vidas de 30, 40 o más años atrás con las del presente. Pero en realidad no se pretende, obviamente, que la izquierda vuelva a sus raíces, cualesquiera que ellas sean, sino simplemente deslegitimar las realidades y personas de este presente.
Ambas argumentaciones, similares en forma, pero de contenidos muy distintos, apuntan a lo mismo: el problema del 'deber ser'. Esta izquierda de hoy no es tal. La verdadera está en cierto fundamentalismo o en una visión que desde afuera se tiene de una izquierda 'correcta'. No son despreciables ni descartables, claro. Viéndolo por la positiva, el aguijoneo político es imprescindible, siempre que no se convierta en un mero ejercicio intelectual o simple justificación de procederes. Se equivoca la izquierda 'formal', no los fundamentalistas o los extranjeros a la misma.
Pero enseñar a ser de izquierda no es tan fácil. Primero porque como tantas otras cosas en la vida, no se aprende, sino que es algo que se da en cualquier etapa de esa vida en la que uno, por razones de forma de pensar, de sensibilidad social, de indignación ante la injusticia, de hechos sucedidos y vividos, de amistades, familia, persuasión, o simple razonamiento, toma determinado camino político. Segundo, tan o más importante, porque definir el canon (que no la crítica) de determinada actitud política desde el olimpo de la pureza o la extraterritorialidad resulta forzado o al menos carece de todo sentido práctico, salvo el de lastimar.
Ciertamente, existen quienes honestamente, y sobre el borde de la zona de izquierda, más adentro o más afuera, tienen un pensamiento concreto de cómo retomar cierto camino que se habría perdido. Esto es muy respetable y por cierto, también muy nostálgico, porque el mundo del siglo XXI es muy distinto del que pariera las luchas obreras, de liberación o antiimperialistas, por más que ellas sigan siendo fuente de inspiración.
Toda opinión vale, toda crítica puede hacerse, sea o no de recibo. Pero pontificar desde fuera (o en el borde, en el 'purismo' ideológico) sobre cómo cierta colectividad política debe sentirse y actuar parece discutible. Es como si uno se pusiera a decirle a los blancos como ser realmente Wilsonistas recordando Nuestro Compromiso con Usted o recomendar a los colorados la lectura de los artículos de El Día que Pepe Batlle firmaba como 'Laura' entre otros seudónimos, para que aprecien lo que es ser auténtico batllista. O decirle a las barras de Amsterdam y Colombes como se debe sentir la camiseta correspondiente.
Y en verdad, sería un poco osado; creo que en esos tres ejemplos, no son necesarias ni clases, ni sugerencias, ni indicaciones de cómo ser y hacer. La izquierda como pensamiento y acción se vive recreando y tratando de aplicar los principios que mencionara, sin excluir propuestas o innovaciones y renovaciones. Principios que deben entenderse como rectores, lejos de los dogmas o la canonización, porque cristalizar ideas solo lleva al sectarismo y al inmovilismo.
Crítica y autocrítica son herramientas. Es necesario pues, escuchando todas las voces, incluso las que no pretenden la mejora sino la decadencia o destrucción de la izquierda, repensar lo del título. Nunca está demás, es tema abierto siempre, tanto como deben serlo nuestras cabezas.
Fernando Girard
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias