A dos puntos del 100. Federico Rodríguez Aguiar
15.10.2026
Hay algo curioso en un 98 sobre 100. Es, objetivamente, un resultado excelente. Sin embargo, muchas veces la primera pregunta no es qué hicimos bien, sino qué nos faltó para llegar al 100. Ese pequeño espacio entre ambos números dice bastante de la época en que vivimos.
Durante mucho tiempo, mejorar significaba avanzar. Hoy, en muchos ámbitos, parece significar no detenerse nunca. Una buena empresa debe crecer, innovar, aumentar su productividad, mejorar sus procesos y superar sus resultados anteriores. Un estudiante no solo debe aprobar, sino destacarse. Un profesional debe actualizarse permanentemente, adquirir nuevas habilidades y demostrar que está preparado para el próximo desafío antes incluso de terminar el actual.
La excelencia dejó de ser únicamente una aspiración y, en algunos casos, comenzó a convertirse en una obligación.
El problema no está en querer hacer las cosas bien. Tampoco en establecer objetivos exigentes. Una organización que no busca mejorar corre el riesgo de quedarse atrás y una persona que no se propone aprender puede terminar limitando sus propias posibilidades. La cuestión aparece cuando el esfuerzo por mejorar ya no tiene un punto de llegada, cuando cada logro se convierte inmediatamente en el nuevo punto de partida.
En algunas empresas esto puede verse con claridad. Un equipo alcanza los objetivos y, antes de poder reconocer el resultado, aparecen nuevas metas. Se incorpora el 100% como referencia y, una vez alcanzado, se transforma en 105. Lo extraordinario deja de ser extraordinario porque rápidamente pasa a formar parte de lo esperado.
Algo similar ocurre en la educación. Una calificación excelente puede convertirse en motivo de preocupación si no alcanza la máxima. El estudiante comienza a mirar el número antes que el aprendizaje y el error deja de ser una oportunidad para comprender qué falta aprender. Cuando toda experiencia educativa se transforma en una evaluación, existe el riesgo de que aprender termine siendo menos importante que demostrar cuánto se sabe.
También hemos trasladado esa lógica a nuestra vida cotidiana. Las redes sociales muestran resultados, viajes, proyectos terminados, carreras exitosas y versiones cuidadosamente seleccionadas de nosotros mismos. La comparación ya no se produce solamente con quienes tenemos cerca. Puede hacerse, en cuestión de segundos, con miles de personas que parecen estar siempre un paso adelante.
Quizás por eso sea necesario recuperar una idea sencilla: mejorar no significa necesariamente alcanzar la perfección.
Una empresa puede aprender de un resultado que no fue el esperado. Un estudiante puede obtener una calificación que no sea la máxima y, sin embargo, haber aprendido algo que permanecerá durante años. Un profesional puede no saber algo y descubrir precisamente allí una oportunidad para crecer.
La excelencia necesita espacio para el error. La innovación también. Y el aprendizaje, probablemente más que ninguna otra cosa.
Tal vez el verdadero problema no sean los dos puntos que faltan para llegar al 100. Tal vez sea haber olvidado mirar todo lo que ya representa ese 98.
Porque cuando el 100 deja de ser una meta posible y se convierte en la única medida aceptable, incluso un excelente resultado puede empezar a parecer insuficiente.
Y quizá una sociedad que aprende a reconocer también sus 98 no sea una sociedad menos exigente. Sea, simplemente, una sociedad con una idea más inteligente de la excelencia.
Federico Rodríguez Aguiar. Analista en Marketing, egresado de la Universidad ORT-Uruguay, con sólida formación en estrategias comerciales y desarrollo económico. Su trayectoria académica está complementada por diversas certificaciones y cursos internacionales en áreas clave como la gestión pública, cooperación internacional, y liderazgo.
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