André Janones, "el general" de Lula: cuando ganar amenaza con justificarlo todo. José W. Legaspi
31.10.2026
El creador del ejército digital de diez millones de seguidores que contribuyó a la remontada de Lula plantea una contradicción para la izquierda: la eficacia electoral no puede sustituir la ética política.
André Luiz Gaspar Janones tiene 42 años, es abogado, diputado federal por Minas Gerais y acaba de convertirse en una de las figuras más celebradas de la victoria electoral de Luiz Inácio Lula da Silva. Su mérito, reconocido públicamente por el presidente brasileño, fue organizar un ejército digital que superó los diez millones de seguidores y contribuyó a la movilización que permitió derrotar a Flávio Bolsonaro.
Janones se autodenominó general de ese ejército y reservó para Lula el grado de mariscal. El presidente aceptó el juego, participó de sus actividades y terminó agradeciéndole su contribución durante el discurso de la victoria.
Pero detrás de esa historia aparentemente exitosa existe otra, bastante más inquietante. Una historia que obliga a preguntarse cuánto está dispuesta a sacrificar la izquierda para ganar una elección y qué ocurre cuando la eficacia política comienza a convertirse en una justificación de cualquier comportamiento.
Del Partido de los Trabajadores al rechazo del PT
Janones ingresó al Partido de los Trabajadores en 2003, durante el primer gobierno de Lula. Permaneció afiliado hasta 2012. Según sus propias declaraciones, se había acercado al PT porque representaba la defensa de los trabajadores, los sectores pobres, las minorías y un Estado comprometido con la reducción de las desigualdades.
Nueve años después lo abandonó. En una entrevista con UOL, en febrero de 2022, explicó que había llegado a considerar al partido una «secta», donde la disciplina interna impedía defender posiciones diferentes de las establecidas por su dirección.
En otra intervención, sostuvo que el PT había abandonado sus banderas originales para aproximarse a los banqueros y al poder económico. No son cuestionamientos menores. Afectan dos problemas históricos de la izquierda: el funcionamiento democrático de sus organizaciones y la relación entre sus programas transformadores y los intereses del gran capital.
Sin embargo, Janones no desarrolló una alternativa política basada en esas críticas. Su trayectoria posterior transcurrió por diferentes partidos, hasta llegar a Rede Sustentabilidade, mientras construía una identidad pública cada vez más vinculada a su capacidad de intervención en las redes sociales.
En 2022 llegó a lanzar una precandidatura presidencial por Avante, pero desistió y terminó apoyando a Lula, incorporándose a su campaña digital. El antiguo crítico del PT se convirtió así en uno de sus aliados electorales.
El descubrimiento del poder de las redes
Janones había alcanzado notoriedad nacional durante la huelga de camioneros de 2018. Sus transmisiones en Facebook consiguieron audiencias millonarias y le permitieron proyectarse como una figura política ajena a los mecanismos tradicionales de organización partidaria. Ese mismo año fue elegido diputado federal.
Comprendió tempranamente que la indignación, el lenguaje directo, la confrontación y la capacidad de provocar reacciones podían transformarse en recursos políticos extraordinariamente eficaces.
No fue el primero en descubrirlo. Jair Bolsonaro había demostrado las posibilidades de construir poder mediante una comunicación agresiva, personalizada y permanentemente conflictiva. Janones desarrolló una estrategia digital desde posiciones políticas diferentes, pero utilizando algunos mecanismos semejantes de movilización.
La diferencia ideológica entre ambos no elimina la necesidad de examinar sus procedimientos.
Diez millones de soldados y un mariscal
Después de la primera vuelta del 4 de octubre de 2026, cuando Flávio Bolsonaro aventajó a Lula por más de dos millones de votos, Janones impulsó una ofensiva digital de dimensiones excepcionales.
Su canal de WhatsApp, denominado «Ejército de Lula», pasó de unas decenas de miles de seguidores a superar los diez millones en apenas tres semanas. Los participantes recibían «misiones»: compartir videos, difundir mensajes, promover etiquetas, multiplicar publicaciones e incorporar nuevos integrantes.
Janones se presentó como general. Lula fue designado mariscal. La terminología militar no era solamente una extravagancia comunicacional. Expresaba una determinada concepción de la movilización política: un conductor que imparte instrucciones y millones de seguidores encargados de ejecutarlas.
Es indudable que la iniciativa consiguió una repercusión extraordinaria. También sería incorrecto atribuirle por sí sola la victoria electoral. No existen pruebas que permitan establecer cuántos votos produjo esa movilización.
Lula ganó por una combinación de factores políticos, territoriales y electorales mucho más amplia. Pero Janones se convirtió en uno de los símbolos de la remontada. Y ahora se menciona incluso la posibilidad de que regrese al PT y asuma responsabilidades importantes en la comunicación del próximo gobierno.
Un antecedente que no puede ignorarse
Hay, sin embargo, un hecho especialmente grave en su trayectoria. En marzo de 2025, el Supremo Tribunal Federal homologó un acuerdo entre Janones y la Procuraduría General de la República en una investigación por rachadinha, una práctica que consiste en apropiarse indebidamente de parte de los recursos salariales de asesores parlamentarios.
El diputado admitió haber utilizado, durante 2019 y 2020, la tarjeta de crédito de un colaborador para pagar gastos personales que este terminaba afrontando. El acuerdo estableció el pago de 157.800 reales por concepto de reparación y multa, además de compromisos de conducta.
No se trató de una condena penal después de un juicio, sino de un acuerdo de no persecución penal homologado por la Justicia. Pero tampoco fue una acusación sin fundamento: Janones reconoció los hechos investigados.
Para una fuerza política que reivindica la defensa de los trabajadores, ese antecedente debería tener una importancia considerable. ¿Cómo conciliar la defensa de los derechos laborales con la apropiación indebida de recursos de un colaborador? ¿Puede la capacidad para conseguir millones de seguidores compensar semejante contradicción?
El problema no es solamente Janones
Durante la campaña, el Ejército de Lula también protagonizó controversias ante el Tribunal Superior Electoral. La oposición denunció la difusión de contenidos falsos y cuestionó los mecanismos utilizados para multiplicar publicaciones. El canal fue objeto de decisiones de suspensión y posteriores revisiones judiciales.
El episodio puso de manifiesto un problema que trasciende la discusión jurídica: la posibilidad de organizar a millones de personas para reproducir contenidos de manera automática, incluso sin examinarlos críticamente.
La comunicación política necesita rapidez, creatividad y capacidad de disputar espacios dominados por los adversarios. Pero ninguna de esas necesidades debería justificar la renuncia a la responsabilidad sobre lo que se difunde.
Una izquierda que combate la desinformación no puede considerar aceptables prácticas cuestionables simplemente porque ahora favorezcan a sus candidatos. Tampoco puede transformar a los ciudadanos en soldados cuya principal virtud sea obedecer instrucciones.
La diferencia entre movilizar y construir conciencia
Aquí aparece una contradicción más profunda. La izquierda nació y se desarrolló históricamente alrededor de la organización colectiva, la formación política, la deliberación y la construcción de conciencia social. Esos principios no siempre fueron respetados por sus propias organizaciones. Pero constituyen una parte fundamental de su tradición.
La política de los algoritmos funciona con otra lógica. Premia la confrontación, la simplificación, la reacción inmediata y la visibilidad personal. Un dirigente puede alcanzar millones de seguidores sin construir una organización democrática ni elaborar un proyecto de transformación.
Diez millones de seguidores en WhatsApp no equivalen a diez millones de ciudadanos políticamente organizados. Una campaña puede conseguir que millones de personas compartan un mensaje. Eso no significa que hayan comprendido, discutido o asumido conscientemente su contenido. La diferencia resulta decisiva para cualquier proyecto de izquierda.
¿Las redes movilizan al pueblo o el pueblo transforma las redes?
El ensayista argentino Diego Sztulwark introduce una distinción fundamental para comprender esta contradicción. La cuestión no es simplemente cómo utilizar las redes sociales para organizar movilizaciones, sino si esas tecnologías deben servir para administrar las emociones populares o para proyectar las experiencias y los sentidos políticos que nacen de la propia movilización.
Recuperando reflexiones de la filósofa brasileña Marilena Chauí, Sztulwark plantea que las movilizaciones verdaderamente populares producen experiencias colectivas que pueden desbordar a los partidos, a los gobiernos y a sus aparatos de campaña. Lejos de constituir necesariamente un problema, esa autonomía puede convertirse en una fuente de renovación política.
La diferencia es decisiva. Una cosa es que las redes amplifiquen la iniciativa de ciudadanos organizados, capaces de pensar, discutir y actuar por sí mismos. Otra es que millones de personas sean convocadas para ejecutar instrucciones elaboradas por un conductor digital.
No se trata de rechazar las redes sociales. Se trata de preguntarse quién dirige políticamente a quién: ¿la organización popular utiliza las plataformas para ampliar su capacidad de intervención o las plataformas terminan convirtiendo la participación en una sucesión de respuestas programadas?
La izquierda necesita dominar las nuevas tecnologías de comunicación, pero no puede confundir la eficacia para movilizar seguidores con la capacidad de construir sujetos políticos autónomos. Su objetivo no debería ser disponer de mejores generales, sino contribuir a formar ciudadanos que no necesiten obedecerlos.
El peligro de convertir la victoria en absolución
La experiencia de Janones plantea una tentación conocida: considerar que los resultados justifican los medios. Si un dirigente consigue movilizar millones de personas, sus antecedentes se relativizan. Si contribuye a derrotar a la derecha, sus contradicciones pierden importancia. Si obtiene reconocimiento presidencial, sus métodos se convierten en ejemplo.
Es una pendiente peligrosa. La izquierda necesita disputar las redes sociales. Sería absurdo abandonar esos espacios a las derechas radicales, que han demostrado una extraordinaria capacidad para utilizarlos. Pero aprender a competir digitalmente no obliga a adoptar cualquier procedimiento ni a convertir en referentes políticos a quienes alcanzan mayor visibilidad.
La eficacia comunicacional es una capacidad. La autoridad política y moral exige algo más. Exige coherencia, responsabilidad, respeto por los trabajadores y disposición a someterse al juicio crítico de las organizaciones y de la sociedad. Nada de eso puede medirse mediante seguidores, reproducciones o tendencias.
Una victoria que merece una reflexión incómoda
La reelección de Lula tiene una importancia política que trasciende Brasil. Demuestra que el avance de las derechas radicales no es irreversible y que la movilización ciudadana puede modificar escenarios electorales adversos. Janones contribuyó a esa movilización. Desconocerlo sería tan equivocado como convertirlo en el artífice exclusivo del triunfo.
Pero precisamente porque Lula ganó, la izquierda brasileña tiene ahora la oportunidad de discutir qué enseñanzas debe extraer de esa experiencia.
No todo lo que funciona electoralmente merece convertirse en doctrina política. No todos los que contribuyen a una victoria reúnen las condiciones para transformarse en modelos de conducta. Y no todos los métodos empleados para derrotar a un adversario son compatibles con la sociedad que se pretende construir.
El peligro no es que André Janones haya organizado un ejército digital de diez millones de seguidores. El peligro es que la izquierda termine creyendo que necesita generales, soldados y mariscales para hacer política.
Porque una izquierda que sustituye la conciencia por la obediencia, la organización por el seguimiento y la ética por la eficacia puede ganar una elección. Pero también puede comenzar a perder, precisamente en el momento de la victoria, aquello que históricamente justificó su existencia.
José W. Legaspi