Arismendi y la revolución como problema del presente. José W. Legaspi
03.11.2026
A más de medio siglo de su publicación, Lenin, la revolución y América Latina conserva una pregunta decisiva: cómo transformar la sociedad sin confundir la conquista del gobierno con la conquista del poder.
La reedición de Lenin, la revolución y América Latina, de Rodney Arismendi, por la Fundación que lleva su nombre, constituye una oportunidad para recuperar una de las elaboraciones teóricas más importantes del marxismo uruguayo. Pero sería un error aproximarse a esta obra únicamente como un documento histórico o como un homenaje a su autor. Su interés reside, precisamente, en que obliga a reconsiderar problemas que no han desaparecido, aunque el mundo en que fueron formulados haya cambiado profundamente.
Publicado en Montevideo en 1970 por Ediciones Pueblos Unidos, el libro reúne reflexiones elaboradas en un período de extraordinaria intensidad política. La Revolución Cubana había alterado las perspectivas de la izquierda latinoamericana; la discusión sobre las vías de la revolución atravesaba partidos y movimientos; las experiencias de lucha armada convivían con procesos de acumulación política y social que buscaban abrir otros caminos hacia el socialismo.
En ese escenario, Arismendi se propuso una tarea ambiciosa: recuperar el método revolucionario de Lenin para interpretar las condiciones específicas de América Latina. No pretendía encontrar en la experiencia rusa una fórmula universal, sino identificar las herramientas teóricas que permitieran comprender realidades diferentes.
Esa distinción es fundamental para valorar la originalidad del libro.
La revolución no admite recetas
Uno de sus aportes centrales consiste en rechazar la transformación de las experiencias revolucionarias en modelos mecánicamente reproducibles.
Arismendi parte de una convicción metodológica: las leyes generales del proceso histórico no eliminan las particularidades nacionales. La estructura económica, las relaciones entre las clases sociales, las tradiciones políticas, las instituciones, la correlación de fuerzas y las condiciones internacionales intervienen en la determinación de cada proceso revolucionario.
Al explicar cómo Lenin elaboró su teoría, Arismendi señala que estudió cuidadosamente las bases materiales y las particularidades del capitalismo ruso. Y agrega que aplicó el método marxista «en su esencia creadora, ajena al dogmatismo».
La expresión es breve, pero contiene una definición fundamental. Ser fiel a un método revolucionario no significa repetir sus conclusiones históricas, sino conservar su capacidad de investigar, interpretar y transformar una realidad que nunca permanece inmóvil.
Esta perspectiva adquiere especial importancia cuando se recuerda el clima ideológico de los años sesenta. El triunfo cubano había demostrado que una revolución socialista podía abrirse camino en América Latina, pero también había estimulado interpretaciones que convertían determinadas formas de lucha en principios estratégicos universales.
Arismendi polemiza con ese razonamiento. No desconoce el significado histórico de Cuba ni descarta las formas insurreccionales de lucha. Lo que cuestiona es la sustitución del análisis concreto por la repetición de experiencias ajenas.
Su aproximación se relaciona con una formulación de José Carlos Mariátegui: la revolución latinoamericana no podía ser un calco ni una copia, sino una creación histórica de sus pueblos.
La vigencia de esta concepción excede ampliamente las controversias de aquella época. También hoy existen tendencias a importar modelos políticos, económicos o institucionales sin considerar suficientemente las características de cada sociedad.
El método de Arismendi propone exactamente lo contrario: partir de la realidad, reconocer sus contradicciones y construir una estrategia capaz de intervenir sobre ellas.
Democracia, revolución y poder
Otro aspecto decisivo es la relación entre democracia y transformación revolucionaria. Arismendi no identifica automáticamente la vía democrática con una transición pacífica garantizada. Distingue las posibilidades que ofrecen las libertades públicas, la organización de masas y la competencia política de los conflictos que pueden producirse cuando una transformación afecta intereses económicos y sociales fundamentales.
En su análisis de Lenin, escribe que la reflexión sobre las vías revolucionarias debe desarrollarse «en el plano concreto de las realidades objetivas determinantes». La afirmación permite comprender por qué la cuestión del poder no puede reducirse a la elección de un procedimiento. Las formas de lucha, las instituciones y las posibilidades democráticas deben examinarse dentro de una estructura de relaciones económicas, sociales y políticas.
Su análisis no permite reducir la cuestión a una alternativa simplista entre elecciones e insurrección. La discusión central es más profunda: cómo se construyen las fuerzas sociales capaces de impulsar una transformación y qué obstáculos encuentran cuando pretenden modificar las estructuras del poder.
La democracia aparece, en esta perspectiva, como un terreno de lucha política y social, no simplemente como un procedimiento electoral. Esta idea contiene una tensión que merece ser examinada críticamente. La experiencia histórica posterior ha mostrado que la defensa de las libertades democráticas, el pluralismo y los derechos individuales no puede quedar subordinada a una promesa revolucionaria futura.
La historia del socialismo del siglo XX obliga a reconocer que la concentración del poder, incluso cuando se proclama ejercida en nombre de los trabajadores, puede terminar anulando su participación efectiva.
Por eso, una lectura contemporánea de Arismendi debe distinguir entre la fecundidad de su análisis de las relaciones de poder y aquellas concepciones de la organización política que necesitan ser revisadas a la luz de las experiencias posteriores.
La democracia no puede ser únicamente una vía hacia la transformación. Debe formar parte constitutiva de la sociedad que se pretende construir.
La unidad como construcción histórica
La reflexión sobre las alianzas sociales y políticas ocupa también un lugar fundamental en el pensamiento de Arismendi. Su preocupación no se limita a reunir organizaciones alrededor de un programa electoral. Se trata de identificar los sujetos sociales de la transformación, comprender sus intereses y construir una convergencia capaz de modificar la correlación de fuerzas.
La unidad, en esta concepción, tiene un contenido histórico y político. No es una suma aritmética de partidos ni una fórmula destinada exclusivamente a conquistar cargos de gobierno. En Uruguay, esta elaboración resulta inseparable del proceso que condujo a la formación de la unidad sindical y, posteriormente, del Frente Amplio.
Arismendi comprendía que ninguna transformación profunda podía realizarse mediante la acción aislada de una organización, por importante que fuera. La construcción de mayorías requería articulación social, acuerdos políticos y una perspectiva estratégica compartida.
Pero aquí aparece una cuestión decisiva: la amplitud de las alianzas no resuelve por sí misma el problema de su orientación. Una coalición puede crecer electoralmente y, al mismo tiempo, debilitar su capacidad transformadora si sus compromisos terminan desplazando indefinidamente los objetivos que justificaron su existencia.
La unidad adquiere sentido histórico por aquello que permite realizar, no solamente por su capacidad de mantenerse.
Lo que la historia obliga a reconsiderar
Sería intelectualmente insuficiente sostener que el paso de más de medio siglo ha confirmado todas las tesis de Arismendi. El derrumbe de la Unión Soviética, las transformaciones del capitalismo, la expansión de las finanzas internacionales, las nuevas tecnologías y la fragmentación de las estructuras tradicionales del trabajo modificaron profundamente el escenario que conoció.
También cambiaron las formas de participación política y las exigencias democráticas de sociedades más diversas y complejas. Algunas de las previsiones históricas del marxismo de aquella época no se cumplieron. Otras categorías necesitan ser reformuladas. La experiencia demostró, además, que la propiedad estatal de los medios de producción no garantiza por sí sola la democratización del poder.
Sin embargo, estas constataciones no invalidan el núcleo metodológico más fértil de la obra. Precisamente porque Arismendi insistía en la necesidad de estudiar las condiciones concretas, sería contradictorio convertir sus conclusiones de 1970 en verdades inmunes a la revisión.
Su pensamiento conserva interés no porque permita repetir las respuestas de entonces, sino porque exige elaborar respuestas nuevas.
Uruguay: gobernar no equivale a transformar
Es en este punto donde la lectura de Arismendi adquiere una resonancia particular para el Uruguay contemporáneo.
El Frente Amplio ha demostrado su capacidad para construir mayorías electorales, ejercer el gobierno y desarrollar políticas públicas de importante alcance social. Pero la experiencia acumulada plantea una pregunta que no puede eludirse: ¿hasta qué punto el ejercicio prolongado del gobierno ha modificado las relaciones estructurales de poder económico?
La cuestión no se resuelve contraponiendo, de manera abstracta, moderación y radicalismo. Tampoco desconociendo las restricciones fiscales, productivas e internacionales que enfrenta un país pequeño y dependiente de mercados externos. Se trata de examinar si esas restricciones constituyen problemas que una estrategia transformadora procura modificar progresivamente o si terminan convirtiéndose en los límites definitivos de su horizonte político.
El gobierno de Yamandú Orsi vuelve a colocar esta discusión sobre la mesa. La búsqueda de inversiones, el diálogo con grandes empresas y la preocupación por la estabilidad económica pueden responder a necesidades reales. Pero ninguna de esas decisiones define, por sí misma, una estrategia de transformación social.
La pregunta es qué capacidad conserva la política para orientar la inversión, redistribuir el excedente, ampliar la participación de los trabajadores y reducir las dependencias estructurales de la economía.
Incluso el debate sobre una mayor contribución tributaria del sector más rico de la sociedad permite advertir una tensión significativa: la distancia entre reconocer la desigualdad como problema y estar dispuesto a discutir los instrumentos necesarios para modificarla.
Desde una perspectiva inspirada en Arismendi, el interrogante no sería simplemente cuánto puede administrar un gobierno progresista, sino qué fuerzas sociales, qué decisiones económicas y qué proyecto político permitirían avanzar más allá de la administración de lo existente.
No se trata de atribuirle respuestas sobre problemas que no conoció. Se trata de recuperar su exigencia de pensar estratégicamente.
La vigencia de una pregunta
La reedición de Lenin, la revolución y América Latina invita a algo más exigente que la evocación de un dirigente y pensador. Obliga a distinguir entre la fidelidad a una tradición intelectual y la repetición de sus formulaciones históricas. La primera requiere estudio, discusión y creatividad. La segunda corre el riesgo de convertir el pensamiento revolucionario en una doctrina inmóvil.
Hay una expresión de Arismendi que resulta particularmente significativa. Al explicar el sentido de la revolución socialista, la presenta como una tarea concreta, «como obra de los hombres de este tiempo y no de las cosas».
Aunque escrita en otro contexto histórico, esa formulación conserva una fuerza singular. La transformación no aparece como el resultado automático de las contradicciones económicas ni como una consecuencia inevitable del paso del tiempo. Requiere sujetos políticos, organización, decisiones y voluntad colectiva. Esa es, quizá, una de las interpelaciones más actuales de su pensamiento.
Porque una izquierda puede conquistar elecciones, administrar instituciones, introducir reformas y mejorar condiciones de vida sin haber resuelto todavía cuál es su proyecto de transformación histórica.
Y acaso allí resida la pregunta más importante que plantea este libro: si la revolución es una construcción histórica consciente, ¿qué sucede cuando las organizaciones que nacieron para transformar la sociedad terminan considerando suficiente la administración de sus contradicciones?
La pregunta que Arismendi formuló hace más de medio siglo continúa abierta. Lo verdaderamente preocupante no sería que todavía no tengamos todas las respuestas, sino que hayamos dejado de formularla.
José W. Legaspi