Bielsa no merece convertirse en el culpable perfecto. José W. Legaspi
01.07.2026
La conferencia de prensa de Marcelo Bielsa, tras anunciar el final de su ciclo al frente de la selección uruguaya, dejó una imagen poco habitual en el fútbol contemporáneo.
No fue la de un entrenador aferrado a las excusas, ni la de un dirigente dispuesto a repartir culpas hacia los demás. Fue la de un hombre visiblemente golpeado, consciente de que el proyecto que imaginó no terminó como esperaba y dispuesto a asumir públicamente esa responsabilidad.
No es un detalle menor.
En tiempos donde la comunicación deportiva suele reducirse a frases hechas, lugares comunes y explicaciones destinadas a proteger la propia imagen, Bielsa eligió exponerse. Reconoció errores, habló de las concesiones que hizo a lo largo del proceso, admitió que el equipo no alcanzó los objetivos y evitó refugiarse en el azar, los arbitrajes o la mala suerte. En otras palabras, hizo exactamente lo que tantas veces se reclama a quienes ocupan cargos de conducción: hacerse cargo.
Sin embargo, apenas terminó la conferencia comenzó a construirse un relato conocido. Para algunos, Bielsa pasó de ser el entrenador que había devuelto la ilusión al fútbol uruguayo a convertirse en el responsable casi exclusivo del fracaso. Como si todo lo construido durante estos años hubiera desaparecido en noventa minutos.
Ese tipo de análisis suele ser cómodo, pero rara vez es justo. Uruguay quedó eliminado y el entrenador debe asumir la primera responsabilidad. Nadie discute eso. Los resultados forman parte del oficio y Bielsa lo sabe mejor que nadie. Pero entre reconocer esa responsabilidad y convertirlo en el único culpable existe una diferencia enorme.
Conviene recordar cómo comenzó este proceso. Cuando Bielsa llegó, la selección atravesaba un evidente agotamiento. El ciclo anterior había dejado una base importante, pero también señales claras de desgaste. El desafío consistía en renovar una generación histórica sin perder competitividad, modificar una forma de jugar profundamente arraigada e incorporar futbolistas jóvenes a un nivel de exigencia extraordinario.
No era una tarea sencilla.
Y, sin embargo, durante buena parte del ciclo pareció que Uruguay había encontrado nuevamente una identidad futbolística. El equipo presionaba alto, competía con intensidad, recuperaba protagonismo ofensivo y obtenía triunfos que devolvían entusiasmo a la gente. Las victorias frente a Argentina y Brasil no fueron casualidades. Fueron la consecuencia de una idea de juego claramente reconocible.
Eso también forma parte del balance. Pero el fútbol tiene una característica que muchas veces distorsiona cualquier análisis: su tendencia a juzgar los procesos únicamente por el resultado final. Una eliminación puede borrar meses de crecimiento, del mismo modo que un campeonato suele ocultar problemas que ya estaban presentes.
Las sociedades maduras intentan resistir esa tentación. Porque los proyectos no se evalúan solamente por cómo terminan, sino también por lo que dejan. Y aquí aparece una pregunta incómoda.
¿Qué deja Bielsa al fútbol uruguayo?
El propio entrenador respondió, desde la frustración, que no deja nada. Probablemente sea la afirmación menos convincente de toda su conferencia. Porque basta mirar la cantidad de futbolistas jóvenes que se consolidaron durante este ciclo, la discusión táctica que volvió a instalarse en el ambiente futbolístico y la intensidad competitiva que mostró la selección frente a rivales de primer nivel para comprender que algo cambió.
Otra cosa es discutir si ese cambio alcanzó para cumplir el objetivo máximo. Claramente no alcanzó. Pero una cosa es fracasar en un torneo y otra muy distinta es no haber aportado nada.
También conviene detenerse en un aspecto que suele pasar desapercibido. Bielsa fue acusado durante años de ser un entrenador incapaz de modificar sus convicciones. Sin embargo, en su última conferencia explicó precisamente lo contrario. Contó que hizo concesiones, que adaptó aspectos de su metodología y que intentó encontrar puntos de equilibrio con un grupo de futbolistas experimentados.
Es posible que esas concesiones hayan sido un error. Es posible incluso que hayan debilitado algunas de las fortalezas originales de su propuesta. Pero el dato resulta significativo porque desarma una caricatura instalada desde hace tiempo. El Bielsa inflexible terminó describiendo un proceso en el que aceptó cambiar más de lo que estaba dispuesto a reconocer públicamente.
Hay otra dimensión que merece ser considerada. El fútbol uruguayo tiene una costumbre peligrosa: construir héroes con la misma velocidad con la que fabrica culpables. Hace poco más de un año, Bielsa era presentado como el entrenador que había revolucionado la selección. Hoy, para algunos, parece ser poco menos que el responsable de todos los males.
Ninguna de las dos imágenes resiste un análisis serio. Ni era un genio infalible cuando Uruguay derrotó a las grandes potencias sudamericanas, ni se convirtió de repente en un técnico incapaz porque un Mundial terminó antes de lo esperado.
La realidad, como casi siempre, es bastante más compleja. Los procesos deportivos dependen de múltiples factores: el estado físico de los futbolistas, las lesiones, el momento de cada generación, la adaptación de los más jóvenes, las decisiones tácticas, los aciertos y los errores del entrenador, e incluso circunstancias imposibles de controlar.
Reducir todo eso a un único responsable puede satisfacer la necesidad inmediata de encontrar un culpable, pero empobrece la comprensión del deporte.
Quizás la mayor enseñanza de la conferencia de Bielsa no tenga que ver con la táctica ni con el resultado. Tiene que ver con la responsabilidad.
Pocos entrenadores de primer nivel se presentan ante la prensa para asumir un fracaso con semejante grado de exposición personal. Lo habitual es repartir culpas, señalar factores externos o proteger la propia reputación.
Bielsa hizo exactamente lo contrario. Eso no lo exime de las críticas. Pero sí merece un reconocimiento. Porque el fútbol también necesita dirigentes y entrenadores capaces de perder con la misma dignidad con la que saben ganar.
Uruguay tiene todo el derecho de debatir si el ciclo de Marcelo Bielsa fue exitoso o no. Lo que no debería hacer es caer en una práctica demasiado frecuente: destruir a quienes, hasta hace muy poco, consideraba imprescindibles.
Los procesos deportivos, como los procesos políticos o sociales, rara vez son completamente exitosos o completamente fracasados. Dejan aprendizajes, transformaciones y también errores. Negar cualquiera de esas dimensiones es renunciar a comprender lo ocurrido. Quizás dentro de algunos años, cuando desaparezca la pasión del momento, el ciclo de Bielsa pueda ser evaluado con mayor serenidad.
Tal vez entonces descubramos que aquel entrenador que se marchó derrotado dejó algo más importante que un resultado: volvió a recordarnos que el fútbol también puede ser un espacio para pensar, para discutir ideas y para asumir responsabilidades sin esconderse detrás de las excusas.
Y eso, en tiempos de simplificaciones y condenas instantáneas, no es un legado menor.
Foto: Daniel Rodríguez / adhocFOTOS
José W. Legaspi