Brasil ante las urnas: el Estado, la desigualdad y el poder. José W. Legaspi

13.10.2026

La segunda vuelta entre Lula y Flávio Bolsonaro enfrenta dos proyectos diferentes de país. Las encuestas muestran una disputa exigente para el presidente, mientras el debate sobre el Estado, los derechos sociales y la seguridad adquiere una importancia decisiva.

 

La segunda vuelta presidencial brasileña, prevista para el 25 de octubre, plantea una discusión que excede ampliamente la continuidad de Luiz Inácio Lula da Silva en el gobierno o el acceso de Flávio Bolsonaro a la Presidencia. En el fondo, lo que está en disputa es el papel que debe desempeñar el Estado en una sociedad atravesada por enormes desigualdades, qué instrumentos deben utilizarse para enfrentar la violencia y cómo se distribuyen los costos de las decisiones económicas.

Brasil llega a esta instancia con una particularidad política: un presidente que representa una larga tradición de organización sindical y políticas redistributivas enfrenta al heredero político de un expresidente que convirtió la confrontación con la izquierda y con parte de las instituciones en uno de los rasgos centrales de su movimiento. Sin embargo, reducir la elección a una confrontación entre biografías familiares o políticas sería insuficiente. Los programas de gobierno contienen diferencias concretas que merecen ser examinadas.

Las encuestas y el problema de la representación

Las últimas mediciones nacionales ampliamente difundidas presentan una competencia difícil para Lula. Datafolha, en su estudio publicado el 8 de octubre, registró 52% de los votos válidos para Flávio Bolsonaro y 48% para el actual presidente. AtlasIntel/Bloomberg, al día siguiente, informó 52,8% y 47,2%, respectivamente.

Sin embargo, una tercera encuesta, realizada por el Instituto Vox Brasil Opinião e Pesquisas y difundida el 9 de octubre, ofrece un panorama diferente. Según ese relevamiento, Lula obtiene el 44,2% de las preferencias, frente al 42,7% de Flávio Bolsonaro, una ventaja de 1,5 puntos porcentuales para el actual presidente.

Cuando se consideran únicamente los votos válidos, la relación es de 50,86% para Lula y 49,14% para Bolsonaro. El estudio, realizado mediante 2.100 entrevistas presenciales entre el 5 y el 7 de octubre, tiene un margen de error de 2,15 puntos porcentuales, por lo que ambos candidatos se encuentran en situación de empate técnico.

La diferencia entre las tres mediciones no debe interpretarse como una contradicción que invalide los relevamientos, sino como una advertencia sobre las dificultades de medir un escenario electoral polarizado. Las metodologías, la composición de las muestras y los períodos de consulta pueden producir resultados diferentes, particularmente cuando las preferencias se encuentran relativamente próximas.

Estos datos deben interpretarse con sus márgenes de error, metodologías y fechas de relevamiento. No son resultados electorales ni autorizan a presentar la segunda vuelta como resuelta. Pero contienen una advertencia política: la experiencia de gobierno y el reconocimiento histórico de Lula no se traducen automáticamente en una mayoría electoral.

El problema merece una reflexión que trasciende Brasil. Las fuerzas progresistas latinoamericanas han comprobado que ampliar derechos, sostener políticas sociales y defender instituciones democráticas no basta, por sí solo, para conservar la confianza de sectores populares que experimentan dificultades económicas, inseguridad o frustración con la política. No se trata de abandonar esos objetivos, sino de preguntarse por qué una parte de la sociedad deja de reconocerlos como respuestas suficientes a sus problemas cotidianos.

El Estado como instrumento o como problema

Una de las diferencias más visibles aparece en la economía. El programa de Lula propone mantener el marco fiscal vigente, estimular la inversión pública, desarrollar infraestructura y fortalecer la capacidad industrial. El Estado aparece como un instrumento para promover crecimiento, productividad y oportunidades sociales, aunque dentro de restricciones presupuestarias que limitan el alcance de esa intervención.

Flávio Bolsonaro propone un ajuste más profundo de la estructura estatal. Su programa contempla reducir al menos diez ministerios, establecer un nuevo techo de gastos, disminuir cargos y acelerar privatizaciones y concesiones. El candidato del Partido Liberal presenta ese programa como una vía para reducir impuestos, ordenar las cuentas públicas y estimular la actividad privada.

La cuestión que corresponde examinar es qué gastos serían efectivamente eliminados, cómo se financiarían las obligaciones sociales y qué consecuencias tendría una reducción importante de la estructura pública sobre la capacidad del Estado para prestar servicios. Una reducción administrativa puede eliminar duplicaciones o gastos innecesarios. Pero también puede debilitar capacidades indispensables. La diferencia depende de decisiones presupuestarias precisas, no de la contundencia de una consigna.

Y allí aparece una debilidad del discurso de los recortes generalizados: mientras no se identifiquen con claridad las partidas afectadas, resulta imposible evaluar si las promesas de eficiencia, menores impuestos y preservación de las prestaciones sociales son compatibles entre sí.

La política social y sus contradicciones

La discusión es especialmente significativa en un país donde millones de personas dependen de la educación pública, la atención sanitaria y los mecanismos de protección social.

Flávio Bolsonaro ha negado expresamente que pretenda eliminar Bolsa Família, Minha Casa, Minha Vida o Farmácia Popular. Incluso ha prometido mantener o ampliar algunos de esos programas. Por lo tanto, sería incorrecto atribuirle la intención declarada de suprimirlos.

La discusión real es otra: cómo conciliar esos compromisos con una reducción sustancial del gasto público y con una reforma del Estado cuyo alcance financiero todavía exige mayores precisiones. Lula, por su parte, propone ampliar la atención sanitaria, fortalecer el Sistema Único de Salud, continuar Mais Médicos, expandir Farmácia Popular y aumentar la capacidad de diagnóstico y tratamiento.

También aquí corresponde exigir respuestas sobre financiamiento, ejecución y resultados. Un programa social no puede evaluarse únicamente por su formulación: debe juzgarse por su cobertura efectiva y por su capacidad para modificar las condiciones de vida.

La izquierda brasileña enfrenta, además, un desafío propio. No puede limitar su propuesta a preservar las políticas existentes. Necesita demostrar cómo pretende elevar la productividad, mejorar los salarios, generar empleo de calidad y reducir desigualdades estructurales que sobreviven incluso a los períodos de crecimiento económico.

Seguridad: castigo, prevención y derechos

La seguridad pública constituye otra diferencia programática relevante. Flávio Bolsonaro propone clasificar a organizaciones criminales como el Primeiro Comando da Capital y el Comando Vermelho bajo categorías vinculadas al terrorismo, construir cinco establecimientos penitenciarios de máxima seguridad y reducir la edad de responsabilidad penal. Su programa también contempla medidas de endurecimiento penal y un uso más extendido de tecnologías de vigilancia.

Lula propone fortalecer la coordinación federal, crear un Ministerio de Seguridad Pública, atacar las finanzas del crimen organizado, mejorar la inteligencia policial y combinar la persecución del delito con políticas de prevención.

Ninguno de esos enfoques debería quedar exento de escrutinio. Las organizaciones criminales brasileñas constituyen un problema grave y persistente. La población tiene derecho a exigir protección, investigación eficaz y sanciones.

Pero el endurecimiento penal no demuestra por sí mismo que disminuirán los homicidios, la expansión territorial de las facciones o su capacidad económica. Del mismo modo, las políticas preventivas necesitan recursos, coordinación y resultados verificables para no convertirse en declaraciones generales.

La cuestión de fondo es cómo construir seguridad sin debilitar las garantías constitucionales y cómo evitar que el sistema penitenciario continúe funcionando como un espacio de reproducción del poder criminal.

Democracia y relaciones institucionales

La confrontación también alcanza al funcionamiento de las instituciones. La trayectoria del bolsonarismo está vinculada a una relación conflictiva con el Poder Judicial y con sectores del sistema político. Flávio Bolsonaro plantea modificaciones en el equilibrio institucional y cuestiona lo que considera una intervención excesiva de los tribunales sobre las decisiones de los representantes electos.

Es una discusión legítima en cualquier democracia constitucional, siempre que se reconozca que las mayorías electorales y los límites constitucionales cumplen funciones distintas y complementarias. La autoridad de un gobierno proviene de las urnas, pero su ejercicio está sometido a controles, derechos y procedimientos.

La democracia no consiste únicamente en determinar quién gobierna. También establece cómo puede gobernar y qué límites no debe sobrepasar. Lula, a su vez, tiene la responsabilidad de defender esos principios sin convertir las discrepancias institucionales en una confrontación permanente que profundice la desconfianza ciudadana.

El desafío político de Lula

El acto realizado el domingo 11 en la avenida Paulista, con una importante movilización de simpatizantes, mostró la voluntad de la campaña de Lula de recuperar presencia en las calles y conectar con sectores juveniles. El presidente reconoció allí la necesidad de escuchar a los jóvenes y permitirles participar en las decisiones políticas.

Esa afirmación señala un problema que afecta a buena parte de las izquierdas latinoamericanas: la distancia entre las organizaciones que construyeron sus identidades durante las luchas democráticas y sociales del siglo pasado y generaciones que viven otras experiencias laborales, culturales y políticas. La memoria histórica continúa siendo importante, pero no sustituye la necesidad de formular un proyecto de futuro.

La segunda vuelta brasileña permite observar, además, una contradicción frecuente en las democracias contemporáneas. Mientras las demandas de protección social persisten, crece también el atractivo de discursos que presentan al Estado como un obstáculo para el desarrollo. Resolver esa tensión exige mucho más que una disputa de consignas.

Una elección que interpela a América Latina

Brasil no es solamente la mayor economía sudamericana. Sus decisiones influyen en la integración regional, el Mercosur, las relaciones comerciales, la política ambiental y el posicionamiento internacional de América Latina. Por eso, la discusión sobre el futuro brasileño tiene consecuencias que van mucho más allá de sus fronteras.

El programa de Lula apuesta por la inversión pública, la protección social y una intervención estatal orientada al desarrollo. El de Flávio Bolsonaro propone una reorganización económica con mayor énfasis en la reducción del aparato estatal, el ajuste del gasto y el endurecimiento de la seguridad. Ambos proyectos deben responder por sus costos, su viabilidad y sus efectos concretos.

Para Lula, el desafío inmediato es explicar por qué las políticas que defiende necesitan continuidad y qué cambios introduciría para responder a las insatisfacciones que muestran las urnas y las encuestas.

Para Flávio Bolsonaro, el desafío es precisar cómo financiaría sus compromisos sociales mientras propone reducir el gasto y modificar significativamente la estructura del Estado.

La segunda vuelta no debería convertirse en una competencia por determinar quién administra mejor los temores de la sociedad brasileña. Merece ser una discusión sobre qué país puede construirse, con qué recursos, mediante qué instituciones y para beneficio de quiénes.

Porque la pregunta decisiva no es solamente cuánto Estado necesita Brasil, sino qué Estado, al servicio de qué proyecto de desarrollo y con qué capacidad real para transformar una sociedad profundamente desigual.

José W. Legaspi
2026-10-13T03:33:00

José W. Legaspi