Brasil: entre los errores de Lula y el proyecto de Bolsonaro. José W. Legaspi

10.10.2026

La segunda vuelta enfrenta dos proyectos políticos distintos, pero también revela una crisis de representación. Ni los errores del PT explican por sí solos el resultado ni el temor al bolsonarismo resuelve las contradicciones de la izquierda.

 

La segunda vuelta presidencial brasileña plantea un problema que excede largamente la elección entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro. Obliga a discutir qué sucede cuando un gobierno progresista, después de haber recuperado el poder en nombre de la democracia y la justicia social, descubre que una parte considerable de la sociedad está dispuesta a entregárselo a sus adversarios.

El resultado del 4 de octubre no admite simplificaciones. Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos válidos y Lula el 45,16%. Son más de dos millones de votos de diferencia, pero apenas 1,87 puntos porcentuales. Ninguno consiguió la mayoría necesaria para ganar y ambos deberán volver a enfrentarse el 25 de octubre.

La distancia es pequeña. Su significado político, no. Sería equivocado explicar ese resultado exclusivamente por los errores de Lula y del Partido de los Trabajadores. También sería equivocado concluir que, porque la alternativa es el bolsonarismo, las contradicciones del gobierno dejan de tener importancia.

La política no funciona de esa manera. Una elección compara proyectos, trayectorias, intereses y expectativas. Pero, sobre todo, pone a prueba la relación entre lo que los partidos prometen, lo que efectivamente hacen y lo que la sociedad cree que harán.

Dos proyectos que no son equivalentes

La candidatura de Flávio Bolsonaro representa la continuidad de un movimiento que sobrevivió a la derrota electoral de Jair Bolsonaro en 2022, a su posterior condena por la tentativa golpista y a la pérdida de su habilitación electoral.

No se trata simplemente de una derecha conservadora que propone administrar de otra manera la economía. El bolsonarismo ha construido su identidad alrededor de una confrontación con instituciones democráticas, de una concepción punitiva de la seguridad pública y de una estrecha identificación con las corrientes internacionales de la derecha radical.

Flávio procura combinar esa herencia con una imagen de mayor previsibilidad institucional. Su campaña propone reducir el gasto público, flexibilizar regulaciones económicas y laborales, fortalecer la respuesta represiva frente al delito y modificar aspectos del funcionamiento político brasileño.

Lula representa una orientación diferente. Su gobierno reivindica la protección social, el papel del Estado, los programas redistributivos, la defensa del multilateralismo y una política exterior que procura preservar márgenes de autonomía frente a las grandes potencias.

Esas diferencias tienen consecuencias concretas para los trabajadores, las empresas, las instituciones y la inserción internacional de Brasil.

Sin embargo, reconocerlas no obliga a idealizar al PT. Una comparación rigurosa debe examinar tanto las políticas realizadas como las propuestas pendientes y las contradicciones de ambos sectores.

El problema que Lula no consiguió resolver

El gobierno de Lula recuperó programas sociales y buscó reconstruir capacidades estatales debilitadas durante la administración anterior. Pero gobernó condicionado por una correlación de fuerzas adversa en el Congreso, por compromisos fiscales y por una estructura económica en la que el capital financiero conserva una influencia considerable.

La dificultad no consiste únicamente en determinar cuánto pudo hacer. Consiste en preguntarse si consiguió convencer a una mayoría social de que su gobierno estaba transformando las condiciones de vida.

La inflación percibida, el endeudamiento familiar, el costo de los alimentos, la inseguridad y las desigualdades regionales pueden pesar electoralmente más que los indicadores macroeconómicos favorables.

También existe una contradicción política de mayor profundidad: cuando una fuerza de izquierda administra con prudencia una economía profundamente desigual, puede terminar siendo juzgada por los resultados de un orden que no consiguió modificar sustancialmente. No basta con explicar que las restricciones son reales. Hay que demostrar qué se hizo para modificarlas.

El PT enfrenta además un problema generacional. Lula continúa siendo su principal figura, su mayor referencia histórica y su articulador político más eficaz. Pero esa fortaleza personal revela también la dificultad del partido para producir nuevos liderazgos y renovar su relación con sectores de la sociedad que no vivieron sus grandes conquistas políticas.

El bolsonarismo, en cambio, ha demostrado capacidad para transformar una identidad familiar en una organización política de alcance nacional.

La segunda vuelta no empieza de cero

Los resultados del primer turno muestran una polarización extraordinaria. Los dos candidatos reunieron más del 92% de los votos válidos, dejando un espacio reducido a las alternativas.

Augusto Cury, del partido Avante, obtuvo cerca del 2,9%; Renan Santos, de Missão, aproximadamente el 2,25%; y Ronaldo Caiado, del PSD, alrededor del 2,18%.

Pero en una elección tan ajustada esos porcentajes adquieren una importancia decisiva. Cury anunció su apoyo a Flávio Bolsonaro mediante un acuerdo programático. Los posicionamientos de las restantes candidaturas, sus dirigentes y sus electores también forman parte de la disputa, aunque ningún respaldo partidario garantiza una transferencia automática de votos.

A ello se agrega una cuestión probablemente más importante: los ciudadanos que no eligieron a ninguno de los candidatos. Casi seis millones de brasileños concurrieron a las urnas, pero votaron en blanco o anularon su sufragio. Fueron 2,3 millones de votos en blanco y 3,67 millones de votos nulos. En conjunto representaron el 4,77% de los votos emitidos, una cantidad más de dos veces y media superior a la diferencia entre Lula y Flávio Bolsonaro.

No constituyen un bloque político homogéneo. Entre ellos puede haber ciudadanos que rechazan a ambos candidatos, electores desencantados con la política, personas que expresan deliberadamente su protesta y otras que simplemente cometieron errores al votar. Pero tampoco pueden considerarse irrelevantes.

Una segunda vuelta obliga a tomar una decisión diferente de la primera. Desaparecen las candidaturas alternativas y la elección se concentra en dos proyectos. Algunos de quienes votaron en blanco o anularon su sufragio pueden mantener esa posición. Otros podrían decidirse por uno de los finalistas.

La cuestión fundamental consiste en determinar qué motivos podrían modificar su conducta. Para Lula, el desafío es recuperar la confianza de quienes reconocen las conquistas sociales del PT, pero no encuentran razones suficientes para respaldar nuevamente su gobierno. Para Flávio Bolsonaro, consiste en ampliar su apoyo más allá del electorado que ya se identifica con el movimiento fundado por su padre.

Ninguna de esas posibilidades puede darse por descontada. La primera encuesta Datafolha posterior a la elección registró un 5% de personas dispuestas a votar en blanco o anular su sufragio en el balotaje, además de un 1% de indecisos. El dato indica que persiste un espacio de electores sin una preferencia afirmativa, aunque no permite establecer cuántos son los mismos que votaron en blanco o nulo el 4 de octubre.

A ello se agregan los más de 33 millones de ciudadanos que no concurrieron a votar, equivalentes al 21,08% del padrón. No son categorías intercambiables: quien se abstuvo enfrenta una decisión distinta de quien participó y rechazó las opciones disponibles. En una elección tan ajustada, la movilización de una pequeña fracción de esos electores podría modificar sustancialmente la distribución de los votos válidos.

Hay aquí una enseñanza política que trasciende a Brasil. La polarización puede concentrar casi todos los votos válidos entre dos grandes alternativas y, simultáneamente, dejar fuera de esa disputa a millones de ciudadanos. La pregunta no es solamente hacia dónde podrían desplazarse esos votos. Es también por qué tantos brasileños no encontraron una candidatura que mereciera su respaldo.

Brasil y la disputa por la autonomía

Existe otra dimensión que no debería quedar subordinada a las controversias internas. Brasil es la mayor economía de América Latina, un actor fundamental del Mercosur y un país cuya política exterior influye sobre las relaciones regionales con Estados Unidos, China y Europa.

Lula ha defendido una estrategia de autonomía relativa, participación en los BRICS y diversificación de vínculos internacionales. Flávio Bolsonaro propone una aproximación más estrecha a Washington y comparte posiciones con Donald Trump en materia de seguridad y política internacional.

No significa que una eventual administración bolsonarista pueda transformar automáticamente a Brasil en un país subordinado a Estados Unidos. Las relaciones económicas con China, los intereses empresariales brasileños y la propia dimensión del país imponen restricciones materiales.

Pero las orientaciones presidenciales importan. Pueden modificar prioridades diplomáticas, negociaciones comerciales, acuerdos de seguridad y posiciones frente a conflictos internacionales. Para Uruguay, esas decisiones no serían ajenas. Afectarían el funcionamiento del Mercosur, las condiciones de acceso al mercado brasileño y los márgenes de negociación internacional.

El dilema de la izquierda latinoamericana

La elección brasileña vuelve a mostrar una dificultad que atraviesan la izquierda y el progresismo regionales. Durante décadas, buena parte de la izquierda construyó su legitimidad alrededor de la promesa de transformar estructuras sociales injustas. Una vez en el gobierno, debió administrar economías dependientes, Estados fiscalmente restringidos y sistemas políticos fragmentados.

El problema aparece cuando la administración termina desplazando a la transformación como horizonte político. Antonio Gramsci comprendió que ninguna fuerza puede conservar una dirección política duradera apoyándose exclusivamente en la gestión del poder. Necesita construir una hegemonía social y cultural: una interpretación convincente de la realidad y una expectativa compartida de futuro.

Esa construcción no se sustituye con programas asistenciales, aunque estos sean necesarios. Tampoco con una apelación permanente a los peligros de la derecha. La izquierda necesita explicar qué sociedad quiere construir y mediante qué decisiones concretas pretende hacerlo.

El caso brasileño también obliga a reconocer que el bolsonarismo no puede entenderse únicamente como una reacción de los sectores económicamente privilegiados. Su implantación entre trabajadores, sectores medios y grupos populares exige analizar problemas de seguridad, representación, identidad y expectativas que el progresismo no siempre ha sabido interpretar. Reducir esos votantes a una categoría moral impide comprender el fenómeno.

Después del 25 de octubre

El resultado de la segunda vuelta resolverá quién ejercerá la Presidencia, pero no eliminará las contradicciones que la elección ha puesto de manifiesto. Si Lula continúa gobernando, deberá enfrentar la pregunta de cómo convertir una eventual nueva legitimidad electoral en capacidad de transformación, con un Congreso difícil y una sociedad dividida.

Si Flávio Bolsonaro llega al poder, habrá que examinar cómo se traducen sus propuestas en políticas concretas y qué límites institucionales encuentra su proyecto. En cualquiera de los dos escenarios, Brasil seguirá enfrentando desigualdad, violencia, dificultades productivas y una intensa disputa por la orientación del Estado.

La enseñanza para la izquierda latinoamericana es más exigente que una defensa electoral de sus gobiernos y más profunda que una enumeración de sus fracasos. No alcanza con demostrar las contradicciones del adversario. Pero tampoco se comprende una elección ignorando qué propone ese adversario y qué consecuencias podrían tener sus decisiones.

La democracia exige comparar alternativas. La izquierda, además, necesita recuperar una capacidad que no debería haber perdido: la de ofrecer un futuro reconocible, posible y distinto del presente.

José W. Legaspi
2026-10-10T04:17:00

José W. Legaspi