Brasil partido en dos: el poder que decidirá entre Lula y Bolsonaro. José W. Legaspi

06.10.2026

Brasil no salió de las urnas simplemente dividido. Salió convertido en un enorme tablero de negociación.

 

Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos válidos y Luiz Inácio Lula da Silva el 45,16%. Apenas 1,87 puntos los separaron y más del 92% de los brasileños que emitieron votos válidos eligieron a uno de los dos. Bolsonaro consiguió 56,1 millones de votos y Lula 53,8 millones.

Podría suponerse entonces que queda muy poco por disputar y es exactamente al revés. Ese pequeño territorio electoral que quedó fuera de ambos candidatos puede resultar decisivo porque detrás de sus escasos votos aparecen algunas de las mayores maquinarias políticas de Brasil: PSD, MDB, União Brasil, Progressistas y Republicanos. Gobernadores, alcaldes, senadores, diputados y estructuras territoriales que durante el primer turno pudieron mantenerse relativamente alejados de la batalla presidencial ahora deberán decidir hasta dónde comprometerse.

Y ninguno de los dos candidatos llega ante ellos como un desconocido. Esa es quizá la clave para entender las tres semanas que conducen al balotaje del 25 de octubre.

Un Brasil que cambió de color

El primer problema de Lula está en el mapa. Bolsonaro ganó en 15 estados y el Distrito Federal. Lula solamente en 12. El presidente conservó la extraordinaria fortaleza histórica del PT en el Nordeste y venció también en Pará, Amazonas y Amapá, pero Bolsonaro dominó el Sur, el Centro-Oeste y el Sudeste.

Hay un dato todavía más inquietante para el PT: 714 municipios que Lula había ganado en 2022 pasaron ahora a Bolsonaro. Minas Gerais y Tocantins también cambiaron de lado. Lula conservó 2.665 municipios que había ganado cuatro años atrás; Bolsonaro mantuvo para el PL otros 2.191 conquistados entonces por su padre.

No es solamente una elección presidencial. Hubo también una expansión territorial de la derecha. Los aliados de Bolsonaro eligieron gobernadores en diez estados en primera vuelta, frente a cinco aliados de Lula. Entre los territorios gobernados por aliados del candidato del PL aparecen São Paulo, Minas Gerais, Paraná y Rio Grande do Sul.

Lula necesita, por tanto, modificar el mapa del domingo. Bolsonaro necesita consolidarlo. Pero para hacerlo ambos deberán entrar en un territorio donde las ideologías importan, aunque no necesariamente mandan.

Lula y el centro: cuatro años de convivencia

Lula posee una ventaja peculiar frente a algunos de esos partidos: ha gobernado con ellos. Su tercer gobierno se construyó desde 2023 mediante una ampliación progresiva hacia fuerzas del centro y del Centrão. União Brasil tuvo presencia ministerial; dirigentes del MDB, PSD y otras fuerzas mantuvieron relaciones institucionales, presupuestales y territoriales con el Palacio del Planalto.

Eso no convirtió a esos partidos en lulistas. Construyó algo diferente y probablemente más útil en Brasil: relaciones. El PSD es el ejemplo perfecto. El partido de Gilberto Kassab presentó a Ronaldo Caiado como candidato presidencial, pero está lejos de constituir una organización políticamente homogénea. Hay sectores nordestinos próximos a Lula y dirigentes de otras regiones mucho más inclinados hacia Bolsonaro.

Por eso su primera decisión después de las elecciones fue reveladora: neutralidad nacional y libertad para que cada estructura estadual decida. El PSD salió además fortalecido de las urnas: eligió 44 diputados federales, dos nuevos senadores y cinco gobernadores en primera vuelta.

Para Lula, la neutralidad del PSD puede ser casi tan importante como un apoyo formal. Le permite negociar gobernador por gobernador. Su campaña ya mira hacia dirigentes del PSD y del MDB, intentando recuperar antiguos aliados y sumar respaldos territoriales. Entre los nombres considerados aparecen Eduardo Leite, Raquel Lyra y dirigentes estaduales de ambas fuerzas.

El MDB presenta una lógica semejante. Su histórica capacidad para convivir con gobiernos diferentes vuelve mucho más importante el comportamiento de sus dirigentes regionales que una declaración nacional. La estrategia de Lula parece entonces bastante clara: evitar que el centro político brasileño se transforme en un bloque bolsonarista. No necesita necesariamente conquistarlo entero. Puede alcanzarle con dividirlo.

Bolsonaro y una proximidad diferente

Flávio Bolsonaro llega ante esos mismos partidos desde otro lugar. Sus vínculos más importantes no provienen de cuatro años de gobierno compartido, sino de la proximidad histórica de buena parte de la centroderecha con el gobierno de su padre.

El caso más evidente es el PP. Ciro Nogueira fue nada menos que jefe de la Casa Civil de Jair Bolsonaro. No estamos, por tanto, ante dos mundos políticos desconocidos que comienzan a dialogar después de las elecciones. Existe una relación previa y profunda.

Algo parecido sucede con Republicanos. El partido respaldó a Jair Bolsonaro en 2022 y gobierna São Paulo con Tarcísio de Freitas, una de las figuras más poderosas de la derecha brasileña.

Pero existe una diferencia importante: la relación de esas fuerzas con Jair Bolsonaro no se trasladó automáticamente a Flávio. Republicanos mantuvo distancia durante el primer turno y la relación entre su conducción y el candidato presidencial del PL ha sido fría. União Brasil y PP tampoco ingresaron formalmente en su coalición. Ahora el 47% cambia la conversación.

La federación União Brasil-PP ya comenzó a dar señales de aproximación a Bolsonaro. Ciro Nogueira aparece inclinado hacia su candidatura y la negociación incluye incluso cuestiones que exceden ampliamente la Presidencia: União Brasil pretende preservar el espacio de Davi Alcolumbre en la conducción del Senado.

Ahí aparece el verdadero Centrão. No pregunta solamente quién será presidente. Pregunta cómo será distribuido el poder.

Bolsonaro preparó el terreno

Flávio tampoco llegó a esta instancia con las manos vacías. Aunque no consiguió construir una gran coalición nacional para el primer turno, hizo algo políticamente inteligente: apoyó candidatos al Senado pertenecientes a ocho partidos diferentes -MDB, PP, PSDB, PSD, Podemos, Republicanos, União Brasil y Novo-.

Esos respaldos pueden leerse ahora como puentes construidos anticipadamente. Su problema consiste en transformar esos puentes territoriales y la afinidad ideológica de buena parte de la derecha en apoyo presidencial efectivo.

Lula enfrenta el desafío contrario: convertir las relaciones institucionales construidas durante cuatro años de gobierno en resistencia al alineamiento de esos partidos con Bolsonaro. Es una diferencia fundamental.

Bolsonaro necesita que la proximidad ideológica se transforme en coalición política. Lula necesita que la convivencia política se transforme en coalición electoral.

Los votos que no tienen dueño

Después están los candidatos realmente menores. Augusto Cury, de Avante, Renan Santos, de Missão, y Ronaldo Caiado se negaron hasta ahora a declarar su voto para la segunda vuelta. Los tres cuestionaron la polarización. Renan Santos fue además particularmente duro con Bolsonaro. Caiado quedó sujeto a la decisión de un PSD que finalmente optó por la neutralidad.

Romeu Zema representa otra situación. Su partido, Novo, pertenece claramente al espacio liberal y anti-PT y Zema reafirmó después de las elecciones su oposición al PT.

Pero tampoco aquí funcionan las matemáticas simples. Los votos de Cury no pertenecen a Cury. Los de Caiado no pertenecen al PSD. Los de Renan Santos no pueden colocarse automáticamente en la columna de Bolsonaro sólo porque provienen de un candidato situado a la derecha.

La segunda vuelta brasileña tendrá precisamente esa peculiaridad: quedan relativamente pocos votos disponibles, pero son votos sin propietario.

Dos estrategias opuestas

El mapa permite imaginar con bastante claridad qué intentará hacer cada campaña, aunque no permita anticipar su resultado. Bolsonaro necesita conservar su dominio en Sur, Centro-Oeste y Sudeste, mantener Minas Gerais, aprovechar la estructura de los gobernadores aliados y penetrar algo más en el Nordeste.

Lula necesita preservar su extraordinaria ventaja nordestina, recuperar terreno en Minas Gerais y reducir diferencias en São Paulo y otros grandes centros del Sudeste. Pero simultáneamente se desarrollará otra elección, mucho menos visible. Será la elección de los despachos.

La de Kassab y el PSD. La de Ciro Nogueira y el PP. La de União Brasil. La de Republicanos y Tarcísio. La del MDB. La de gobernadores recién electos y alcaldes capaces de movilizar estructuras locales.

Allí no se negociarán solamente votos. Se discutirá el Congreso, ministerios, presupuestos, presidencias de las cámaras, relaciones con los estados y, finalmente, las condiciones políticas bajo las cuales deberá gobernar quien gane el 25 de octubre.

Por eso el pequeño espacio que quedó entre Bolsonaro y Lula es engañoso. Electoralmente representa menos del ocho por ciento.

Políticamente representa mucho más.

José W. Legaspi
2026-10-06T04:46:00

José W. Legaspi