Cartas de Beatriz*. Javier Claure C.

17.02.2026

El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros los que las jugamos. Arthur Schopenhauer.

He leído tus cartas
en un día nublado de octubre
y has vuelto
como una antorcha olímpica caída a mí tejado
con el fin
de anudar tu signo zodiaco con el mío
de ser la compañera de mis andanzas
y en las horas
de quemantes aguas destiladas
mil veces tu presencia se adentró
en los reinos del silencio
la luna lloraba, por defecto, sin consuelo
el sol marchitado contra el desierto infinito
y en las hojas del calendario
jamás cayó el fruto maduro
te faltaba casi nada
para ser cometa de años luz
y bajo el cielo gris
he guardado celosamente
tu dolor en la lluvia
y tú has acumulado mi dolor
gota a gota
milímetro a milímetro
en tu corazón
partido por los años
y los puntos cardinales degollados.

Me hablas
de tus aflicciones
de tus miedos
de tus conflictos internos
de una eterna melancolía
y de sueños inconclusos
aseguras
que has cargado una cruz pesada
que el arrepentimiento
es tu desayuno
y que eres
la destructora de tu propia felicidad
dominar la vía crucis
ha sido tu secreto cotidiano
y en la inmensa anchura
entre tú y yo
San Valentín nunca colgó un lucero
en nuestras pesadumbres
en nuestros caprichos
en nuestros desaciertos
y en nuestra inmadurez.

Si tú me escribes así
será porque los besos más tiernos
temblaron en nuestros labios
la sazón de tu cuerpo desnudo a media luz
la noche perdida
entre tu ombligo y el mío
tú misma eras un destello
en las cuencas de mis ojos

la clorofila de nuestro amor

la hierba buena de cada día.

Ayer no más parece
que tú y yo
pedíamos al cielo
detener nuestra estrella
para buscar
la imagen perfecta del amor.

¿Recuerdas, Beatriz, bajo qué constelación
nos amamos?

Si tú respondes a mi pluma
será porque solías visitar
el camarote de mi navío solitario
sin muros
sin rebotes de ventanas
ni testigos
navegábamos lado a lado
en medio de algoritmos
de pirámides
de axiomas
y cuando se trenzaban las velas del barco
surgían ecuaciones de quinto grado
y entre sacudones de la proa
jugábamos tú y yo
a sacar la raíz cuadrada
de nuestras más íntimas locuras
humedad de mar
que tantas veces se repitió.

Y en el ir y venir de los años
inventé un color para tus sombras
un idioma para hablarte
y escribí este poema
en los muros
más amplios del universo.

Al fin y al cabo
las noches que dormía contigo
no tuve otros sueños
ni tuve otros pensamientos
y te amé como se ama
a la mujer inocente de proceder fiel
para hacerte imperecedera junto a mí
fuiste el rocío de mi jardín
agua cristalina
que goteaba por el vástago
cuando tu piel y la mía
sabían dulce
en la textura de nuestra relación
ahora que estás lejos
doblo tu última carta
para salir
de este atisbo existencial
y nuevamente te veo partir
con ese silencioso llanto
bajo tus párpados de terciopelo.

 

*El poema pertenece al último poemario del autor que se titula ¿De qué espejo está hecha la vida?

 

Javier Claure C.

 

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2026-02-17T11:54:00

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