Charo Laitano: la memoria de una generación imprescindible. José W. Legaspi

20.09.2026

Charo Laitano perteneció a una generación que pagó un precio por sus ideas, resistió a la dictadura y siguió militando en democracia sin hacer de la política una carrera.

 

Hay personas cuya muerte no puede medirse solamente por el vacío que dejan entre quienes las quisieron. Hay vidas que pertenecen también, de alguna manera, a la memoria colectiva. Charo Laitano fue una de ellas. Se va una mujer de izquierda. Pero decir solamente eso sería decir demasiado poco.

Se va una integrante de una generación uruguaya que aprendió que las ideas podían tener consecuencias terribles. Una generación para la cual militar no era construir una imagen, acumular seguidores, obtener un cargo o administrar una carrera. Era tomar partido. Y tomar partido podía significar perder la libertad, el trabajo, los afectos, los mejores años de la juventud.

Charo fue presa política, es decir, perteneció a una generación que conoció el precio de sus convicciones. Y que siguió haciendo política después. Porque sobrevivir a una dictadura no convierte necesariamente a nadie en demócrata. Tampoco haber sufrido garantiza lucidez para siempre. La grandeza de determinadas trayectorias está en otra parte: en haber atravesado una experiencia brutal sin convertir el dolor propio en patente de superioridad moral.

La democracia volvió y Charo continuó militando. No desde los grandes escenarios. No como una de esas figuras cuyos nombres terminan confundidos con la organización a la que pertenecen. Su huella pública muestra otra clase de militancia: la de quien permanece, discute, firma, organiza, participa y vuelve a empezar.

En 2019, entrevisté a Charo para Agencia Uypress era una de las referentes de Banderas de Líber y participó en la construcción de la corriente seregnista que acompañó a Mario Bergara; integró la lista a Diputados de la 2603 y fue una de las oradoras en su presentación en la Huella de Seregni.

Y siguió militando desde las bases. En las elecciones internas frenteamplistas de 2021 fue candidata por la Coordinadora L de Montevideo: obtuvo 853 votos y terminó proclamada suplente por las bases.

No parece un dato extraordinario y precisamente por eso lo es. Porque habla de alguien que, después de décadas de política, todavía aceptaba someterse a una elección de base, integrar una coordinadora, discutir en una reunión, juntar voluntades y ocupar el lugar que le correspondiera. Sin exigir que su pasado le reservara automáticamente un asiento en primera fila. Hay allí una manera de entender la militancia que lentamente se nos está yendo.

La generación que no preguntaba qué lugar le tocaba

Charo perteneció a una izquierda que podía discutir ferozmente consigo misma porque todavía consideraba que las ideas importaban.

Su trayectoria posterior la ubicó en una tradición claramente seregnista. Incluso en 2023, en medio de una controversia dentro de Banderas de Líber, su firma apareció en una declaración que reivindicaba una democracia de "profundo contenido seregnista". No es un detalle menor.

Seregni representó para una parte de la izquierda uruguaya algo bastante más profundo que una referencia histórica: una determinada concepción de la política. Unidad sin unanimidad. Disciplina sin obediencia ciega. Convicciones firmes sin necesidad de convertir al adversario en enemigo.

Quizás por eso la trayectoria pública de Charo muestra también algo que hoy resulta especialmente valioso: la capacidad de no encerrar la conciencia dentro de las fronteras partidarias.

En 2021 firmó, junto con numerosas personalidades uruguayas provenientes de la izquierda, la cultura y la sociedad civil, una declaración reclamando libertad y democracia en Nicaragua.

Es una pequeña señal de algo mucho mayor: los derechos humanos pierden su sentido cuando solamente se defienden frente a quienes piensan distinto.

Charo es sinónimo de Mujer. Procuradora. Militante. Frenteamplista. Seregnista. Ex presa política. Pero todas las enumeraciones posibles nunca alcanzan para explicar una vida. Porque finalmente queda aquello que no figura en las listas electorales ni en los documentos partidarios: las reuniones interminables, las discusiones, los compañeros que se fueron antes, las derrotas, las reconciliaciones, las campañas electorales que terminaron bien y las que terminaron mal. La obstinación de seguir creyendo que reunirse con otros para cambiar alguna cosa continúa teniendo sentido.

Ese capital invisible es el que desaparece cada vez que muere alguien como Charo. Y con ella está desapareciendo físicamente la generación que construyó buena parte de la izquierda uruguaya contemporánea.

Y desaparece una cultura. Aquella en la cual militar significaba entregar tiempo sin preguntar primero cuál sería la recompensa. Aquella en que un comité podía importar tanto como un despacho. Aquella en que la política era también amistad, discusión, solidaridad y pertenencia.

Sin idealizarla. Porque también sabemos que aquella izquierda, la nuestra, cometió errores, cultivó dogmatismos, padeció sectarismos y muchas veces confundió certezas con verdades eternas. Pero tenía algo formidable: creía que el mundo podía cambiarse. Y estaba dispuesta a pagar costos personales por intentarlo.

Ese es quizás el diálogo que las nuevas generaciones deberían mantener con mujeres como Charo Laitano. No para imitarlas. El Uruguay de hoy no es aquel Uruguay y la izquierda tampoco puede vivir contemplando fotografías amarillentas de sí misma.

La memoria sirve únicamente cuando interpela al presente. Por eso compañeras como Charo deben ser recordadas discutiendo, militando, defendiendo sus convicciones, equivocándose también, y volviendo a discutir.

Porque las organizaciones políticas pueden conservar sus nombres, sus banderas, sus locales y hasta sus canciones y, sin embargo, perder lentamente aquello que alguna vez les dio sentido. Las personas como Charo recuerdan que antes de las estructuras estuvieron los seres humanos. Antes de los cargos estuvieron las convicciones. Y antes de que la izquierda llegara al gobierno hubo miles de hombres y mujeres que la sostuvieron cuando pertenecer a ella no otorgaba poder alguno y, en determinados años, podía costar la libertad.

Charo Laitano fue una de esas mujeres. Ahora se fue. Y tal vez la mejor manera de despedirla no sea decir solamente que murió una veterana militante. Es comprender que cada vez que muere alguien como Charo se nos va también una pequeña parte de la historia de cómo llegamos hasta aquí.

José W. Legaspi
2026-09-20T02:52:00

José W. Legaspi