Comer a ciegas no es comer. Jorge Ángel Pérez (desde Cuba)

27.02.2026

Comer a ciegas no es comer: es sufrir, es molestarse. Comer a ciegas provoca los enfados más sonoros, esos que te hacen gritar tan alto que todo el barrio podría escuchar un “Abajo el comunismo”.

 

Recuerdo con mucha frecuencia a una vecina que ya no está, que se fue para siempre, pero a la que aún evoco cantando a voz en cuello, entonando melodías que funcionaban como correlato de la realidad cubana. Mi vecina cantaba lo mismo a la vida que a la muerte, a la felicidad y también a las tristezas más desgarradoras.

Siempre encontraba un motivo para ponerse a cantar. Aparecía una letra, una melodía que le servía como referente de lo que vivíamos. Con sus canciones exponía las evidencias de nuestro triste existir, incluso de nuestras muertes. Ella lograba que viéramos lo que muchos no podíamos -o no queríamos- ver.

Cantaba a lo más tierno, pero también sacaba a la luz las realidades más crueles. Atendía a lo brutal y, al mismo tiempo, a esos afectos escasos y raros que aún sobrevivían. Con claridad mostraba lo que ofrecían los múltiples y tristes escenarios cubanos, y les cantaba.

Hacía visibles las verdades más duras y, en los últimos meses, ponía el ojo en la oscuridad cerrada, en esa negrura absoluta a la que nos ha condenado ese gobierno comunista. Por eso me pregunto cómo cantaría ahora. Me la imagino frente al plato de comida, con los cubiertos en la mano, preguntándose: ¿Dónde puse la cuchara? ¿Dónde están los frijoles y el arroz? Tengo sed y no veo el agua. Me atraganto, me ahogo, me muero...

Y es que comer a ciegas no es comer. La comida -decía mi abuela- entra por los ojos, igual que el amor. Es muy triste comer a oscuras, tragar sin ver lo que se lleva a la boca. En la penumbra del comedor, de la casa entera, se pierde el control de todo: del vaso con agua que, con un leve golpe, se vuelca y moja el arroz, aguando los frijoles que estaban ricos, espesos, pero que se desgracian, aunque hayan costado caros, muy caros.

Comer a ciegas no es comer: es sufrir, es molestarse. Comer a ciegas provoca los enfados más sonoros, esos que te hacen gritar tan alto que todo el barrio podría escuchar un "Abajo el comunismo". Y también podría oírlo el mismísimo presidente del CDR, ese chivato siempre dispuesto a denunciar.

Comer a oscuras puede terminar con un policía tocando a la puerta, pidiendo el carné de identidad, poniendo las esposas y metiéndote a la fuerza en el carro patrullero. Comer en Cuba, en medio de tanta oscuridad, puede traer conflictos largos y dolorosos.

Y cuando regreses de la estación de policía, la comida que quedó sobre la mesa quizá esté ya en el suelo, contaminada por un ratón que entró por el resquicio más mínimo y que puede transmitir una enfermedad peligrosa, llevarte al hospital, incluso a la muerte, al cementerio, donde nunca encontraré la cuchara ni el tenedor. "Comer a ciegas no es comer", eso diría un cantante que, creo, responde al nombre de Leo Dan.

Publicado en Cubanet, el 26 de febrero de 2026

Jorge Ángel Pérez nació en Cuba (1963), donde vive, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas.

Foto: Un apagón en Cuba / CubaNet

 

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2026-02-27T01:52:00

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