Cómo mejorar la salud colectiva. Homero Bagnulo, Carlos Vivas

10.08.2026

La experiencia vasca con su programa de detección precoz del cáncer colorrectal.

La medicina ha cambiado profundamente en las últimas décadas. Hoy resulta impensable incorporar un nuevo medicamento, una técnica quirúrgica o un procedimiento diagnóstico sin demostrar previamente que aporta un beneficio real para los pacientes. La llamada medicina basada en la evidencia nos enseñó que las buenas intenciones no alcanzan: las decisiones deben sustentarse en pruebas sólidas y en una evaluación rigurosa de sus resultados.

Paradójicamente, esa misma exigencia no siempre se aplica con igual intensidad a las políticas sanitarias. Sin embargo, ellas también modifican la vida de miles de personas, movilizan importantes recursos económicos y comprometen durante años la organización de los sistemas de salud. Si exigimos evidencia para incorporar un nuevo tratamiento, ¿por qué habríamos de ser menos rigurosos cuando se trata de programas dirigidos a toda una población?

La respuesta no consiste únicamente en controlar si las actividades previstas se cumplen. La evaluación moderna persigue un objetivo mucho más ambicioso: aprender. Aprender qué funciona, qué obstáculos limitan los resultados, qué aspectos requieren corrección y cuáles merecen consolidarse. En este enfoque, evaluar deja de ser un mecanismo de fiscalización para convertirse en una herramienta de mejora continua.

Esta forma de entender la evaluación ha transformado la educación, la industria, la gestión empresarial y, más recientemente, la calidad asistencial y la seguridad del paciente. Ha permitido sustituir la cultura de la búsqueda de culpables por otra orientada al aprendizaje organizacional. La pregunta deja de ser "¿quién se equivocó?" para transformarse en otra mucho más útil: "¿qué podemos aprender para hacerlo mejor la próxima vez?".

Las políticas sanitarias no deberían ser una excepción.

El programa de pesquisa del cáncer colorrectal ofrece un excelente ejemplo para reflexionar sobre esta cuestión. Uruguay figura desde hace muchos años entre los países con mayor incidencia y mortalidad por esta enfermedad, una realidad que justifica plenamente el desarrollo de estrategias de prevención y diagnóstico precoz. Como ocurre en numerosos países, nuestro sistema de salud promueve el screening mediante el test inmunoquímico de sangre oculta en materia fecal dirigido a personas sin síntomas.

La decisión está respaldada por abundante evidencia científica. Pero una vez que el programa comienza a funcionar surge una pregunta diferente y probablemente más importante: ¿está alcanzando los resultados que justificaron su implementación?

Una investigación publicada recientemente en JAMA Network Open aporta una valiosa oportunidad para responder esa pregunta. El estudio analizó durante veinte años la evolución del programa organizado de screening del País Vasco, una de las experiencias más consolidadas de Europa. Los investigadores comprobaron una marcada reducción de la mortalidad por cáncer colorrectal, especialmente entre las personas comprendidas en la edad objetivo del programa, al tiempo que la mayoría de los tumores detectados mediante el screening fueron diagnosticados en etapas tempranas, cuando las posibilidades de curación son considerablemente mayores. (1)

Sin embargo, el principal interés del estudio no radica únicamente en esos resultados. Su mayor aporte consiste en mostrar que el éxito del programa depende mucho menos del test utilizado que de la calidad con que se organiza todo el proceso. El examen representa apenas el primer eslabón de una cadena que incluye la identificación de la población objetivo, la invitación a participar, el procesamiento de las muestras, la realización oportuna de la colonoscopia cuando el resultado es positivo, el tratamiento de las lesiones detectadas y el seguimiento posterior. La experiencia vasca demuestra que cuando esa cadena funciona de manera coordinada es posible obtener beneficios sostenidos para la población. (2)

Esta constatación conduce a una reflexión más amplia. Con frecuencia evaluamos las políticas sanitarias por el número de actividades que generan: cuántos estudios se realizan, cuántas consultas se brindan o cuántas personas son convocadas. Son indicadores necesarios, pero claramente insuficientes. Lo verdaderamente importante es saber si esas actividades están modificando los resultados en salud que motivaron la creación del programa.

En otras palabras, no alcanza con medir cuánto hacemos; debemos medir cuánto cambiamos.

La experiencia del País Vasco invita inevitablemente a mirar hacia nuestro propio sistema de salud. Uruguay dispone de un programa nacional de pesquisa, profesionales altamente capacitados y una cobertura sanitaria prácticamente universal. Son fortalezas indiscutibles. Pero la existencia del programa no debería ser el punto final de la discusión, sino el punto de partida para formular nuevas preguntas.

¿Conocemos cuál es la participación efectiva de la población objetivo? ¿Sabemos cuántas personas completan la colonoscopia después de un resultado positivo? ¿Disponemos de información sistemática sobre los tiempos de espera, la calidad de los procedimientos, la etapa en que se diagnostican los tumores o la evolución de la mortalidad desde la implantación del programa? Más importante aún, ¿publicamos periódicamente esos indicadores para que los profesionales, los responsables sanitarios y la ciudadanía puedan valorar objetivamente los resultados alcanzados?

Responder estas preguntas no implica desconfiar del programa. Por el contrario, constituye la mejor manera de fortalecerlo. Ninguna política pública mejora por el simple transcurso del tiempo; mejora cuando incorpora información confiable sobre sus fortalezas y sus debilidades y utiliza ese conocimiento para corregir su rumbo.

Esta reflexión trasciende ampliamente el cáncer colorrectal. Vale para las campañas de vacunación, los programas de prevención cardiovascular, las estrategias de cesación del tabaquismo, las políticas de salud mental o cualquier otra intervención destinada a mejorar la salud colectiva. Todas ellas persiguen objetivos socialmente valiosos y todas ellas utilizan recursos que la sociedad aporta con la expectativa de obtener mejores niveles de salud.

Precisamente por eso merecen ser evaluadas con el mismo rigor con que evaluamos un nuevo medicamento o una nueva tecnología diagnóstica. Pero también con el mismo espíritu científico: no para confirmar nuestras convicciones, sino para aprender de la experiencia y mejorar las decisiones futuras.

En definitiva, la evaluación no es un acto de desconfianza hacia las políticas públicas; es la forma más responsable de cuidarlas y de hacerlas mejores. Si la medicina basada en la evidencia transformó nuestra manera de tratar a los pacientes, quizá haya llegado el momento de que una gestión sanitaria basada en la evidencia transforme también la manera de diseñar, implementar y perfeccionar las políticas públicas. Evaluar, después de todo, no es controlar: es aprender.

Nota elaborada con el apoyo de herramientas de IA generativa de lenguaje, bajo supervisión y edición de los autores.

Referencias

  1. Bujanda L, Val B, Portillo Villares I, Idigoras-Rubio I, Banales JM, Gutierrez-Stampa MA, et al. Colorectal cancer mortality following an organized fecal immunochemical test-based screening program. JAMA Netw Open. 2026;9(8):e2626951. doi:10.1001/jamanetworkopen.2026.26951.
  2. Ladabaum U. The impact of screening on colorectal cancer mortality. JAMA Netw Open. 2026;9(8):e2626848. doi:10.1001/jamanetworkopen.2026.26848.

Homero Bagnulo y Carlos Vivas
2026-08-10T10:07:00

Dres. Homero Bagnulo; Carlos Vivas