Conectados y dóciles: la economía que lucra con tu atención y empobrece tu vida. José W. Legaspi
15.05.2026
Hay una tentación cómoda —y bastante inútil— de reducir todo a una queja generacional: los jóvenes están absorbidos por el celular, ya no miran a los ojos, ya no aman como antes.
Esa escena, repetida hasta el cansancio, sirve más para tranquilizar a quienes la enuncian que para entender lo que realmente está pasando. Porque el problema no es el celular. Es el modelo de poder que lo organiza.
Detrás de la pantalla hay actores concretos, con intereses muy claros. No es una abstracción difusa: es un puñado de corporaciones tecnológicas -Meta, Google, ByteDance- que han construido uno de los negocios más rentables de la historia a partir de una materia prima específica: la atención humana.
Plataformas como Instagram, TikTok o YouTube no son espacios neutrales de interacción. Son infraestructuras diseñadas para capturar, retener y monetizar tiempo. Cada segundo que alguien permanece desplazándose en la pantalla es valor producido. Cada interrupción evitada, cada notificación que logra reenganchar al usuario, es una victoria económica.
El negocio no es que la gente se comunique. El negocio es que no se desconecte.
Y ahí aparece el primer interés concreto: cuanto más tiempo pasás dentro del sistema, más datos generás, más publicidad consumís, más predecible te volvés. Un usuario que apaga el celular para encontrarse con otro cuerpo es, desde esta lógica, un usuario improductivo.
Pero no es solo una cuestión de tiempo. Es una cuestión de forma de vida.
Estas plataformas no solo capturan atención: moldean comportamiento. Ajustan lo que se ve, cuándo se ve y cómo se responde. Premian la inmediatez, castigan la pausa, estimulan la reacción constante. Y eso tiene efectos directos sobre la manera en que se construyen los vínculos.
El deseo -que necesita tiempo, incertidumbre, incluso frustración- entra en fricción con un entorno que ofrece gratificación permanente. El otro deja de ser un misterio a descubrir y pasa a ser un perfil a consumir, evaluar o descartar. La lógica del mercado penetra en la intimidad sin pedir permiso.
Y eso no es accidental.
Hay un segundo nivel de intereses, más amplio, que conecta esta dinámica con el funcionamiento general del capitalismo contemporáneo. Un sujeto fragmentado, hiperestimulado y permanentemente ocupado es un sujeto más dócil. Con menos capacidad de concentración, menos tiempo para la reflexión, menos disposición para el conflicto colectivo.
No es que alguien se siente en una sala a planificar "cómo evitar que la gente se ame". Es algo más eficaz que eso: un sistema que, al maximizar el consumo y la conexión permanente, termina erosionando las condiciones mismas que hacen posible los vínculos profundos.
En ese sentido, la captura de la atención no es solo un negocio. Es también una forma de gobierno.
Gobierno sin coerción directa, sin necesidad de prohibir.
Gobierno a través del hábito, de la dependencia, de la dificultad creciente para desconectarse.
Y ahí es donde la idea de "domesticación" empieza a tener sentido, pero no como un plan secreto sino como un resultado estructural. Un ecosistema donde todo empuja en la misma dirección: estar conectados, disponibles, distraídos.
Mientras tanto, el cuerpo queda en segundo plano.
No porque haya una moral conservadora que lo reprima, sino porque hay un mercado que lo desplaza. El beso no genera datos. El encuentro no es monetizable en tiempo real. El silencio compartido no produce métricas. En cambio, la interacción mediada sí: se puede medir, optimizar, vender.
Entonces no es que el amor, el sexo o el deseo desaparezcan. Es que pierden centralidad en un entorno que no los necesita.
Y en ese punto, la crítica moral a los jóvenes se vuelve funcional al sistema. Porque desvía la atención de los verdaderos actores hacia los usuarios. Se señala el síntoma y se oculta la estructura.
No son "ellos" los que eligieron este mundo.
Son quienes lo diseñaron, lo financiaron y lo expandieron.
Y la pregunta, entonces, ya no es qué les pasa a los jóvenes. La pregunta es qué tipo de sociedad produce sujetos cada vez más conectados... y cada vez menos disponibles para el otro.
Porque quizás el problema no es que el deseo haya desaparecido. Quizás el problema es que, en este modelo, el deseo -cuando no se puede capturar, medir ni vender- empieza a sobrar.
José W. Legaspi