Crecer para transformar: El desafío económico y político del gobierno de Orsi. Gerardo Amengual

11.09.2026

La pérdida de apoyo ciudadano es una señal de alerta: sin inversión, crecimiento y empleo no habrá recursos suficientes para transformar; pero sin resultados concretos que mejoren la vida de la gente, tampoco habrá confianza ni esperanza en el cambio.

 

La caída de la aprobación del gobierno y del presidente Yamandú Orsi no debería analizarse exclusivamente como un problema de popularidad, ni mucho menos como una fotografía electoral circunstancial. Es una señal política que merece ser atendida porque expresa, entre otras cosas, una disminución de las expectativas de una parte de la ciudadanía respecto de la capacidad del gobierno para producir cambios perceptibles en su vida cotidiana.

Tampoco sería correcto establecer una relación mecánica entre la popularidad presidencial y las decisiones de inversión. Los inversores no deciden únicamente en función de una encuesta. Analizan la estabilidad institucional, la seguridad jurídica, la situación fiscal, las reglas de juego, los costos, la productividad, el acceso a mercados, las perspectivas de crecimiento y la capacidad de un país para sostener políticas en el tiempo.

Uruguay conserva fortalezas importantes que debemos cuidar. Sin embargo, la confianza también constituye un activo económico. Cuando las expectativas sobre el futuro comienzan a debilitarse, cuando empresas y familias postergan decisiones y cuando la sociedad percibe que el crecimiento no llega o que sus resultados no se traducen en mejoras concretas, comienza a generarse un problema que trasciende cualquier encuesta de opinión pública.

La economía también se construye con expectativas

La inversión necesita certezas, pero también necesita expectativas. Nadie invierte pensando solamente en el Uruguay de hoy. Se invierte pensando en el Uruguay de los próximos cinco, diez o veinte años.

Por eso, el gobierno necesita transmitir con claridad cuál es su proyecto de desarrollo, qué sectores productivos considera estratégicos, cómo piensa aumentar la productividad, qué papel tendrán las pequeñas y medianas empresas, cómo se promoverá la innovación y qué condiciones ofrecerá Uruguay para captar inversiones nacionales y extranjeras que generen empleo de calidad.

No alcanza con administrar correctamente las variables macroeconómicas. Eso es imprescindible, pero no suficiente. Un gobierno de izquierda necesita además demostrar hacia dónde quiere conducir al país. Porque cuando no existe una percepción clara del rumbo, la prudencia puede comenzar a confundirse con inmovilidad.

Sin inversión no hay desarrollo sostenible

La izquierda no debería tenerle miedo a la palabra inversión. Necesitamos inversión privada, inversión pública, inversión nacional e inversión extranjera. Necesitamos empresas que produzcan, innoven, exporten y generen trabajo.

La verdadera discusión ideológica no debería ser inversión sí o inversión no. La pregunta debe ser: ¿qué inversión queremos y para qué modelo de desarrollo?

Queremos inversiones que incorporen conocimiento y tecnología, que desarrollen proveedores nacionales, que generen empleos de calidad, que respeten los derechos laborales, que contribuyan al desarrollo territorial y que permitan agregar valor a nuestra producción.

También necesitamos fortalecer a las Pymes, que constituyen una parte fundamental del tejido productivo y social del Uruguay. El desarrollo económico no puede concentrarse únicamente en grandes proyectos. Debe llegar a las pequeñas empresas, a los comercios, a las cooperativas, a los productores familiares, a los emprendimientos y a cada territorio del país.

El riesgo de un círculo negativo

Existe un riesgo que el gobierno debería evitar: bajo crecimiento puede significar menor inversión; menor inversión, menor creación de empleo; menor creación de empleo, menos oportunidades y menores expectativas. Cuando la ciudadanía no percibe mejoras, aumenta la frustración.

La frustración deteriora la confianza en el gobierno y reduce su capital político. Y un gobierno con menor capital político tiene mayores dificultades para impulsar las transformaciones que necesita el país.

Ese círculo debe romperse. No solamente con comunicación. Se rompe fundamentalmente con resultados.

Crecer, ¿para qué?

Desde una perspectiva de izquierda existe una pregunta imprescindible. No alcanza con decir que Uruguay tiene que crecer. Tenemos que explicar para qué queremos crecer.

Queremos crecer para reducir la pobreza infantil; para generar fuentes de trabajo y mejores salarios; para que nuestros jóvenes encuentren oportunidades en Uruguay; para mejorar la educación, la salud y la vivienda; para cuidar a nuestros adultos mayores y garantizar jubilaciones y pensiones dignas; y para reducir las desigualdades sociales, territoriales, de género y raciales que todavía persisten.

En definitiva, queremos crecer para que la riqueza que genera el país pueda transformarse en bienestar colectivo. Ese debería ser el diferencial de un proyecto progresista.

Porque crecimiento sin distribución puede mejorar las estadísticas económicas sin transformar la vida de quienes más lo necesitan. Pero también debemos asumir que sin crecimiento sostenido será mucho más difícil distribuir riqueza, financiar derechos y sostener políticas sociales en el tiempo.

El tiempo demográfico también corre

Hay además una realidad estructural que Uruguay no puede seguir postergando. Nuestro país atraviesa un acelerado proceso de envejecimiento de su población. En las próximas décadas habrá proporcionalmente menos personas en edad de trabajar y más adultos mayores. Esto significa que una población activa relativamente menor deberá sostener una estructura social, sanitaria y previsional cada vez más exigente.

Por eso, discutir hoy sobre inversión y crecimiento no es solamente discutir sobre la coyuntura económica del gobierno de Orsi. Es discutir sobre qué Uruguay podremos sostener dentro de veinte, treinta o cuarenta años.

Si tendremos menos trabajadores en relación con una población envejecida, esos trabajadores necesariamente deberán producir más valor. Y para conseguirlo Uruguay necesita aumentar sustancialmente la inversión, la productividad, la incorporación tecnológica, la capacitación y la generación de empleos de mayor calidad.

La baja inversión de hoy puede convertirse en menor productividad mañana; la menor productividad en menor crecimiento; y el menor crecimiento en enormes dificultades para financiar la protección social de las próximas generaciones. Por eso, el costo de no actuar puede ser mucho mayor que el costo político de asumir determinados riesgos.

Uruguay debe atreverse a buscar inversión

Uruguay es un país pequeño. No dispone de un mercado interno capaz, por sí solo, de generar la escala necesaria para producir un salto sustancial de inversión y crecimiento. Necesitamos mirar al mundo. Y eso supone una política exterior pragmática, inteligente y soberana.

China representa una enorme oportunidad. Uruguay debería profundizar esa relación y procurar transformar el vínculo comercial existente en una relación mucho más intensa de inversión productiva. Infraestructura, logística, energías renovables, agroindustria, industria, tecnología, economía digital y servicios constituyen algunas de las áreas donde pueden explorarse oportunidades.

¿Está esto libre de riesgos? Por supuesto que no. La creciente competencia estratégica entre China y Estados Unidos obliga a Uruguay a actuar con inteligencia. Profundizar nuestra relación económica con China no debería significar deteriorar nuestra histórica relación con Estados Unidos ni sustituir una dependencia por otra.

Uruguay debe relacionarse con China, Estados Unidos, la Unión Europea, Brasil, el Mercosur y todos aquellos mercados capaces de aportar comercio, tecnología, conocimiento e inversión. La política exterior de un país pequeño no puede construirse desde la lógica de elegir entre potencias. Debe construirse desde la defensa del interés nacional.

El mayor riesgo también puede ser no arriesgar

Gobernar implica administrar riesgos. Pero existe un error frecuente: considerar que mantener las cosas como están constituye la alternativa más segura. No necesariamente.

Cuando un país envejece, tiene baja natalidad, una futura reducción de su población económicamente activa, dificultades para incrementar sostenidamente su productividad y niveles insuficientes de inversión, no hacer nada también constituye una decisión. Y probablemente sea la decisión más riesgosa de todas.

Uruguay necesita construir una verdadera estrategia nacional de desarrollo que trascienda un período de gobierno. Debemos preguntarnos qué país productivo queremos dentro de veinte años, qué sectores vamos a desarrollar, dónde conseguiremos las inversiones necesarias, qué infraestructura requiere ese desarrollo, cómo aumentaremos la productividad, cómo incorporaremos tecnología sin dejar trabajadores por el camino, cómo fortaleceremos nuestras Pymes y cómo lograremos que el crecimiento se distribuya.

Estas preguntas deberían formar parte de un gran debate nacional. Porque existe una responsabilidad que trasciende al actual gobierno, al Frente Amplio y a la oposición: tenemos una responsabilidad con las generaciones que todavía no nacieron.

La confianza se construye con resultados

La caída de la popularidad presidencial debe ser interpretada como una advertencia y no como una condena. Existe tiempo político para modificar percepciones, pero ese tiempo debe utilizarse.

La confianza ciudadana no se recuperará solamente explicando mejor lo que hace el gobierno. La comunicación es importante, pero ninguna estrategia comunicacional puede sustituir indefinidamente la ausencia de resultados visibles.

La gente necesita comprobar que su esfuerzo tiene sentido. Necesita encontrar trabajo, sentir que su salario alcanza, acceder a una vivienda, tener esperanza de que sus hijos vivirán mejor y comprobar que existe un gobierno que sabe hacia dónde quiere llevar al Uruguay.

El frente amplio también tiene una responsabilidad

Este desafío no corresponde exclusivamente al presidente Orsi ni al equipo económico. También interpela al Frente Amplio.

Un partido de izquierda no puede limitarse a acompañar administrativamente a su gobierno. Debe aportar ideas, debate político, vínculo con la sociedad y capacidad para interpretar las demandas de quienes representa.

Debe escuchar a los trabajadores, empresarios, Pymes, cooperativas, organizaciones sociales, jóvenes, jubilados y sectores más vulnerables. Y cuando sea necesario debe discutir, proponer y señalar caminos. No para debilitar al gobierno, sino precisamente para fortalecerlo.

La lealtad política no significa silencio. También significa tener la capacidad de advertir a tiempo cuando algo necesita corregirse.

Recuperar la esperanza

El principal desafío del gobierno no consiste entonces en recuperar algunos puntos en las encuestas. Eso será, eventualmente, una consecuencia. El verdadero desafío es recuperar expectativas.

Que quien quiera invertir encuentre razones para hacerlo en Uruguay. Que quien tiene una pequeña empresa sienta que puede crecer. Que quien busca trabajo encuentre oportunidades. Que un joven pueda imaginar su futuro en nuestro país. Que una familia trabajadora perciba que su situación puede mejorar. Y que quienes votaron por un proyecto de izquierda vuelvan a sentir que existe un horizonte de transformación.

Uruguay necesita estabilidad, responsabilidad fiscal y seguridad jurídica. Debemos cuidarlas porque constituyen patrimonio del país. Pero también necesita audacia, inversión, crecimiento, innovación, empleo y distribución.

No existe contradicción inevitable entre responsabilidad económica y transformación social. El desafío político consiste precisamente en unir ambas cosas.

Porque sin inversión no habrá crecimiento suficiente; sin crecimiento será mucho más difícil distribuir; sin distribución no habrá transformación; y sin transformación, una fuerza de izquierda corre el riesgo de perder aquello que constituye su principal razón de ser: la esperanza de construir una sociedad más justa.

Hay momentos en la historia de los países en los que el mayor riesgo no consiste en equivocarse intentando cambiar. El mayor riesgo consiste en llegar demasiado tarde.

Gerardo Amengual es integrante de la Dirección Nacional de SER, lista 141 - Frente Amplio.

Foto: Mauricio Zina / adhocFOTOS

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2026-09-11T04:56:00

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