Cuando EEUU bombardea Venezuela y secuestra a Maduro ataca a toda América Latina. José W. Legaspi

03.01.2026

Finalmente, el presidente Donald Trump accedió a la solicitud de la premio Nobel de la Paz, la venezolana María Corina Machado y decidió intervenir militarmente en Venezuela bombardeando Caracas, sus alrededores, además de Aragua y La Guaira, capturando al presidente Nicolás Maduro.

 

Trump anunció que el Ejército de su país capturó al presidente de Venezuela durante una operación de ataque a gran escala efectuada esta pasada noche en territorio venezolano."Maduro y su mujer han sido trasladados fuera del país", anunció el mandatario estadounidense en su cuenta de Truth Social.

Nada de esto ocurre por sorpresa. Cuando un imperio declara ilegítimo a un gobierno, financia a su oposición, impone sanciones que destruyen la economía y se arroga el derecho de decidir quién puede gobernar, la violencia directa deja de ser una posibilidad y pasa a ser una etapa.

Y aquí es necesario ser tajantes: sin importar las características del gobierno de Nicolás Maduro, sin importar las críticas -muchas y atendibles- que puedan formularse a su deriva política o institucional, esta agresión no es contra una figura ni contra un régimen, sino contra un país soberano y, más profundamente, contra América Latina como región. Porque lo que Estados Unidos castiga no es un estilo de gobierno, sino la pretensión -siempre intolerable para el imperio- de decidir sin tutela.

Atacar a Venezuela es disciplinar a la región. Es advertir que ningún país latinoamericano tiene derecho efectivo a controlar sus recursos, definir una política exterior autónoma o salirse del libreto geopolítico impuesto. Hoy es Venezuela; mañana puede ser cualquiera. En ese sentido, la agresión reactualiza la Doctrina Monroe no como reliquia histórica, sino como práctica viva.

Frente a este escenario, Uruguay no puede ser un actor inocente ni un espectador neutral. El silencio del sistema político uruguayo -y en particular del progresismo que supo reivindicar la soberanía latinoamericana- es ensordecedor. Se habla de "preocupación", de "llamados al diálogo", de "no escalar el conflicto". Se evita cuidadosamente nombrar al agresor. Pero cuando hay explosiones atribuidas a una potencia extranjera, no hay dos partes equivalentes. Hay un país atacado y un imperio que ataca.

La diplomacia uruguaya, si sigue refugiándose en un legalismo abstracto y una neutralidad cómoda, terminará alineándose de hecho con el agresor. Porque no denunciar una agresión imperial es contribuir a su normalización. No condenar el ataque es aceptar el precedente. Y ese precedente también vale para Uruguay: si se legitima que Estados Unidos castigue a Venezuela, se legitima que pueda hacerlo con cualquiera.

Más grave aún es la actitud de amplios sectores del Frente Amplio, que alguna vez hicieron del antiimperialismo una seña de identidad y hoy lo tratan como un exceso retórico del pasado. En nombre de una supuesta madurez política, se abdica de principios elementales. Se critica a Venezuela con dureza -muchas veces repitiendo el libreto mediático- mientras se omite casi por completo la responsabilidad de Estados Unidos. Esa asimetría no es casual: es política.

Uruguay, país pequeño y dependiente, debería saber mejor que nadie lo que implica vivir en un continente bajo amenaza permanente. Sin embargo, opta por el silencio prudente, por la ambigüedad calculada, por no incomodar al poder. Esa actitud no es realismo: es renuncia a la soberanía regional.

Defender a Venezuela hoy no es defender un modelo idealizado ni un liderazgo cuestionable. Es defender el derecho de América Latina a existir políticamente. Es afirmar que ningún país del continente merece ser saboteado o atacado por no obedecer. Es entender que cuando explota una bomba en Venezuela, tiembla todo el mapa latinoamericano.

Las explosiones no solo destruyen infraestructura: desnudan posiciones. Obligan a elegir entre la comodidad del silencio o la incomodidad de la denuncia. Uruguay también está siendo interpelado. Callar hoy es aceptar que mañana el castigo pueda tocar a la puerta propia.

Estados Unidos no busca democracia ni derechos humanos. Busca disciplinar, castigar y advertir. Venezuela es el escenario; América Latina, el objetivo estratégico. Y frente a eso, no hay equidistancia posible: o se está del lado de la soberanía de los pueblos, o se termina -por acción u omisión- legitimando al imperio.

José W. Legaspi
2026-01-03T08:18:00

José W. Legaspi