Cuando la falta de información desnuda lo que realmente nos importa. Fernanda Blanco

30.12.2025

El anuncio de estos días sobre los cambios en el FONASA dejó en evidencia varias cosas al mismo tiempo. Una de ellas es indiscutible: hubo un problema serio de comunicación, y esa responsabilidad recae en el presidente. En políticas públicas sensibles, la información clara, completa y oportuna no es un detalle; es parte del contenido mismo de la decisión. Cuando eso falla, se habilita la confusión, la especulación y el malestar.

Pero lo que ocurrió después -y lo que sigue ocurriendo hoy- dice tanto o más que el error inicial. En ausencia de información precisa, el debate no se ordenó en torno a preguntas colectivas sobre el sistema de salud, su sostenibilidad o su capacidad redistributiva. Por el contrario, lo que emergió con fuerza fue otra cosa: el dinero. Cuánto se pierde. Cuánto se deja de recuperar. Cuánto impacta en cada bolsillo individual.

El peloteo de críticas, ironías y reproches que se instaló desde ayer no puede explicarse únicamente por la mala comunicación. Si ese fuera el problema central, el reclamo habría derivado en una exigencia clara de mejores explicaciones, de correcciones, de mayor transparencia. Sin embargo, buena parte del ruido parece alimentarse de un malestar más concreto y menos confesado: que la medida, aun mal explicada, toca intereses personales, aunque sea en montos menores.

En ese contexto, apareció un argumento recurrente: la necesidad de marcar distancia para "no ser obsecuentes". Nadie discute que la obsecuencia empobrece la política y vacía el pensamiento crítico. El problema surge cuando esa consigna se transforma en una coartada que evita otra discusión, mucho más incómoda: desde qué lugar se critica y qué es lo que realmente está en juego. No toda crítica es automáticamente valiosa por el solo hecho de existir, ni todo cuestionamiento a un gobierno progresista implica una defensa del interés general.

La falta de información, paradójicamente, terminó funcionando como un espejo. Al no haber datos claros, muchos discursos se ordenaron espontáneamente alrededor de lo que más duele perder: el beneficio propio. Y en espacios que se reivindican como sensibles a la igualdad y a los derechos, ese corrimiento del eje debería alarmarnos.

Tan revelador como las críticas fue el silencio de quienes no comparten esa lógica pero eligieron no confrontar. Callar no fue un gesto de tolerancia ni de prudencia; fue una forma de habilitación. Porque cuando el debate se reduce al cálculo individual y nadie lo discute, lo que se consolida no es una mirada crítica, sino una ética mezquina.

Si la falta de información expuso algo, no fue solo un problema de comunicación. Expuso hasta qué punto estamos dispuestos a defender lo colectivo cuando no nos conviene, y cuán rápido algunos principios se diluyen cuando el costo es personal. Ahí está el verdadero problema. No en el tono del anuncio, sino en el espejo que nos devolvió.


Fernanda Blanco

Columnistas
2025-12-30T20:19:00

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