Cuando la inteligencia artificial empieza a pensar por nosotros. Homero Bagnulo y Carlos Vivas
15.09.2026
Hay una pregunta que probablemente nos vamos a hacer cada vez con mayor frecuencia: ¿qué lugar queremos que ocupe la inteligencia artificial en nuestras vidas? La pregunta parece especialmente relevante cuando la IA comienza a entrar en terrenos que hasta hace poco considerábamos exclusivamente humanos: la educación, las relaciones personales, la toma de decisiones y, de manera particularmente sensible, la salud.
El tema adquiere otra dimensión cuando se lo relaciona con un fenómeno que tampoco es nuevo, pero que parece adquirir una importancia creciente: la soledad no deseada. Un estudio realizado en España en 2026 por la Fundación ONCE y la Fundación AXA muestra que la soledad no deseada y los problemas de salud mental mantienen una relación estrecha. Ambos problemas afectan especialmente a las mujeres y a los jóvenes: más del 30% de los menores de 30 años presentan algún problema de salud mental, diagnosticado o no, mientras que la prevalencia de soledad no deseada alcanza al 23,2% de las mujeres y al 16,6% de los hombres.[1]
No se trata de trasladar automáticamente esos datos a Uruguay, pero sí de reconocer que estamos ante un fenómeno que también nos concierne. Un estudio de la Asesoría General en Seguridad Social del BPS advertía ya en 2023 que la soledad no deseada puede aparecer en cualquier etapa de la vida y que no debe confundirse simplemente con vivir solo: se trata, fundamentalmente, de una experiencia subjetiva. El mismo trabajo señalaba que, en Uruguay, la soledad entre las personas mayores constituye una preocupación relevante y que sus consecuencias pueden tener implicancias importantes para la salud.[2]
En ese contexto, resulta comprensible que muchas personas busquen nuevas formas de compañía, orientación o simplemente alguien -o algo- con quien conversar. La tecnología puede contribuir a mantener vínculos, ampliar redes sociales y facilitar el acceso a determinados apoyos, especialmente para quienes tienen dificultades de movilidad o de acceso a otras personas. Pero el mismo estudio español advierte que un uso pasivo o compulsivo de los recursos digitales puede reforzar el aislamiento y afectar negativamente el bienestar emocional.
La inteligencia artificial generativa introduce aquí una diferencia importante. Una red social conecta, al menos potencialmente, con otras personas. Un chatbot conversa directamente con nosotros. Está disponible a cualquier hora, responde inmediatamente y puede adoptar un tono comprensivo, paciente y aparentemente interesado. No se cansa, no nos interrumpe, no nos juzga y, sobre todo, puede producir la impresión de que entiende lo que nos está pasando.
Los datos recientes muestran que esto ya está ocurriendo. La American Psychological Association (APA) encuestó en 2026 a más de 1.200 psicólogos estadounidenses que trabajan directamente con pacientes. El 77% afirmó haber atendido pacientes que utilizaban IA, el 39% había tratado con pacientes que la empleaban para autodiagnosticarse, el 33% señaló que la utilizaban como ayuda para el tratamiento y el 35% dijo que algunos pacientes recurrían a ella como un profesional adicional de salud mental.[3] (APA)
No todos estos usos son necesariamente negativos. La propia APA reconoce que la IA puede ayudar a organizar pensamientos, preparar preguntas para una consulta, practicar ejercicios aprendidos con un profesional o explorar perspectivas alternativas. El problema aparece cuando una herramienta diseñada para producir respuestas lingüísticamente convincentes comienza a ocupar, en la percepción del usuario, el lugar de alguien que evalúa, interpreta y decide.[3]
La preocupación de los psicólogos no es menor. El 97% de los encuestados por la APA manifestó temor a que los chatbots puedan reforzar comportamientos negativos o ideas delirantes; el 94% consideró que los sistemas actuales carecen de la capacidad necesaria para tratar problemas de salud mental con suficiente matiz y el 89% expresó preocupación por la posibilidad de que puedan favorecer conductas de autolesión. Además, el 83% consideró que el uso de IA para realizar determinadas tareas puede contribuir a reducir las capacidades de pensamiento crítico.
Aquí aparece una cuestión que excede ampliamente a la psiquiatría o la psicología. Una respuesta puede ser correcta y, sin embargo, resultar inadecuada para una persona determinada. Puede contener información verdadera pero estar aplicada a un contexto equivocado. Puede incluso ser falsa y estar redactada con tanta seguridad que el usuario no tenga motivos inmediatos para dudar de ella.
Uno de los ejemplos más extremos aparece en un caso ocurrido en Estados Unidos. En 2026, el Consejo de Medicina de Pensilvania demandó a Character Technologies por lo que consideró ejercicio no autorizado de la medicina. El supuesto profesional no era una persona: era un chatbot llamado Emilie. La descripción de su plataforma la presentaba como "MédIca Psiquiatra. Usted es su paciente".[4]
El caso resulta particularmente ilustrativo porque Emilie no se limitaba a conversar sobre salud mental. Ante un investigador que manifestó sentirse triste, vacío, cansado y sin motivación, planteó la posibilidad de una depresión y ofreció gestionar una evaluación. Cuando se le preguntó si podía determinar si una medicación podía ser útil, respondió que estaba dentro de sus atribuciones como doctora. El chatbot llegó incluso a afirmar que poseía un título médico, años de experiencia profesional y una licencia para ejercer, proporcionando un número de licencia de Pensilvania que era falso.
No hace falta llegar a un caso tan extremo para que aparezca el problema. En salud mental, además, la frontera es particularmente difícil de establecer porque la conversación misma forma parte del acto terapéutico: preguntar por los síntomas, interpretar lo que una persona dice, explorar sus pensamientos y proponer determinadas conductas son elementos que pueden formar parte de una intervención clínica. ¿En qué momento una conversación deja de ser información y empieza a parecerse a una práctica médica?
La pregunta también tiene una dimensión jurídica. En Uruguay, la Ley Orgánica de Salud Pública establece que nadie puede ejercer la medicina sin el título habilitante correspondiente y considera ejercicio ilegal el tratamiento de enfermedades mediante actos reservados a quienes están habilitados por el Estado.[5] El Código Penal, por su parte, sanciona a quien se atribuya títulos académicos o ejerza profesiones para cuyo desempeño se requiere una habilitación especial.[6]
Pero sería un error convertir esta cuestión jurídica en el centro del problema. El desafío es mucho más amplio. Una herramienta puede no presentarse explícitamente como médico, psicólogo o psiquiatra y, sin embargo, comportarse de una manera que lleve al usuario a depositar en ella una autoridad que no posee. Del mismo modo, colocar al final de una pantalla la advertencia "esto no sustituye la consulta con un profesional" no necesariamente neutraliza una interacción que, en los hechos, se comporta como una consulta.
Por eso la responsabilidad no puede recaer exclusivamente sobre quien utiliza la herramienta. También corresponde preguntarse qué responsabilidad tienen quienes la diseñan, quienes la comercializan y las organizaciones que deciden incorporarla a sus procesos. Un reciente artículo publicado en The BMJ propone justamente mirar el problema desde allí: una IA confiable no depende solamente de que sus respuestas sean técnicamente correctas, sino también de la integridad con que las organizaciones la adoptan, implementan, evalúan, gobiernan y comunican.[7]
Los autores identifican diversas señales de alarma: privilegiar resultados rápidos sobre evaluaciones rigurosas, reducir controles de seguridad, seleccionar solamente los resultados favorables y exagerar las capacidades de una tecnología. Y advierten sobre una idea que parece tranquilizadora pero que puede resultar insuficiente: mantener a un médico "en el circuito" no garantiza por sí mismo que la utilización de la IA sea segura. La responsabilidad no puede transferirse simplemente al profesional que recibe el resultado de un sistema que otros decidieron incorporar.
Uruguay acaba de dar un paso concreto en esa dirección. El Ministerio de Salud Pública anunció que comenzará a registrar los proyectos de inteligencia artificial utilizados en los servicios de salud. El denominado Registro Nacional de Proyectos de IA será obligatorio para los prestadores que utilicen estas herramientas y permitirá al Ministerio conocer qué aplicaciones están funcionando, formular observaciones, solicitar modificaciones e incluso impedir determinados usos.[8]
La posición anunciada por el MSP resulta especialmente interesante porque no parte de rechazar la inteligencia artificial. Por el contrario, reconoce que ya existen aplicaciones en áreas como la imagenología y que ASSE utiliza telesonografía y equipamiento de ecografía con sistemas de IA en distintos puntos del país. Lo que se busca establecer es otra cosa: que la tecnología funcione como apoyo y no como sustituto del profesional, y que las decisiones sanitarias relevantes mantengan la intervención de una persona con la formación adecuada.
El MSP también anunció la creación de una comisión de ética, IA y salud para analizar los casos que planteen dudas, además de un plan nacional de capacitación para quienes utilicen estas tecnologías. La idea expresada por el Ministerio es particularmente clara: puede haber intervención de la IA antes, durante o después de un proceso sanitario, según el servicio, pero debe existir una persona en ese proceso y la responsabilidad debe permanecer en un ser humano.
La discusión vuelve así al punto de partida. No se trata de elegir entre inteligencia artificial o inteligencia humana, sino de determinar cómo deben relacionarse ambas. Una herramienta puede ayudarnos a detectar, clasificar, comparar, sugerir o anticipar; puede mostrarnos alternativas que no habíamos considerado y hasta ayudarnos a formular mejores preguntas. Pero la información no es juicio, una explicación no es necesariamente una interpretación clínica y una respuesta convincente no es necesariamente una respuesta correcta.
Quizás por eso el desafío más importante no consista solamente en desarrollar sistemas cada vez más inteligentes, sino en aprender a utilizarlos sin renunciar a nuestra propia capacidad de evaluar. La inteligencia artificial puede ser una extraordinaria herramienta precisamente cuando nos ayuda a pensar mejor, no cuando consigue que dejemos de hacerlo.
Porque el riesgo más profundo quizá no sea que una máquina piense por nosotros. Quizá sea que nos resulte demasiado cómodo dejar de pensar.
Nota elaborada con el apoyo de herramientas de IA generativa de lenguaje, bajo supervisión y edición de los autores.
Referencias
- Fundación ONCE, Fundación AXA. Estudio sobre Soledad No Deseada y Salud Mental en España 2026. Madrid: Fundación ONCE/Fundación AXA; 2026.
- Núñez I, Sanguinetti P. Un acercamiento al tema de la soledad. Comentarios de Seguridad Social. 2023;98. Asesoría General en Seguridad Social, Banco de Previsión Social, Uruguay.
- American Psychological Association. Patients are bringing AI to therapy: Highlights from the 2026 Chatbots and Mental Health Survey. Washington, DC: APA; 2026.
- Amir R, Ravitsky V, Cohen IG. The limits of unauthorized practice in regulating mental health AI. Hastings Center Bioethics Forum. 2026 Aug 19.
- Uruguay. Ley Nº 9.202. Ley Orgánica de Salud Pública. Arts. 13, 15 y 16. IMPO.
- Uruguay. Ley Nº 9.155. Código Penal. Art. 167: Usurpación de títulos. IMPO.
- Tilburt J, Montori VM. We can, but should we? Red flags for hasty, low integrity AI integration into healthcare. BMJ. 2026;394:e100589. doi:10.1136/bmj-2026-100589.
- Frugoni J. El MSP exigirá desde setiembre registrar los proyectos de IA que se utilicen en servicios de salud. Búsqueda. 10 set 2026.
- Ministerio de Salud Pública. Ordenanza Nº 6590: Agencia de Vigilancia Sanitaria del Uruguay y la implementación de inteligencia artificial (IA). Montevideo: MSP; 2026.
Dres. Homero Bagnulo; Carlos Vivas