Cuando las raíces son futuro. Federico Rodríguez Aguiar
26.03.2026
Hay un Uruguay que parece lejano. Un país de madrugadas frías, de silencios largos y de trabajo constante, donde el día comenzaba antes de que el sol asomara y terminaba cuando la tarea estaba cumplida. Sin embargo, ese Uruguay no ha desaparecido. Persiste, de alguna manera, en lo que somos.
En La Cruz, corazón rural del departamento de Florida, ese mundo no era una idea: era la vida misma. Allí, el trabajo marcaba el ritmo de los días y cada oficio tenía un sentido claro dentro de un entramado que funcionaba con precisión.
En ese universo, los oficios no eran solo ocupaciones: eran la estructura misma de la vida. El alambrador no solo trabajaba con postes y piques: ordenaba el territorio. El domador no solo amansaba caballos: construía un vínculo profundo con el equino. El esquilador, con su ritmo, acompañaba los ciclos productivos en cada marcha de la comparsa. El puestero, en la distancia, sostenía la presencia humana en los rincones más apartados.
El herrero daba forma al metal golpe tras golpe no muy lejos de la fragua, mientras el tropero conectaba sendas y huellas, trasladando ganado a través de caminos que hoy apenas imaginamos. El guasquero, con paciencia, transformaba el cuero en elementos esenciales, donde la utilidad y la destreza artesanal se encontraban.
Al cerrar los ojos y viajar en el tiempo, podemos ver y recordar a tantos y tantas. Al cabañero -el "Hermano Cabañero", al decir de Bimbo-, en contacto permanente con los animales, cuidando la sanidad y el desarrollo de la majada con una dedicación que combinaba conocimiento, observación y compromiso diario.
A la cocinera, en la estancia o en el hogar familiar... cómo no nombrar a la Máma Vieja, organizando la vida cotidiana y sosteniendo con su trabajo a propios y ajenos. Al ordeñador, en la rutina silenciosa de cada amanecer o atardecer, marcando el pulso de una actividad que no admitía pausas; y de eso sabía mucho Francisco.
A Rosa, llegando a la bodega con las preciadas fichas en cada vendimia; y a Demetrio y Ramona, entre charlas y tareas, en ese ir y venir cercano al chalet del capataz.
Escribo sobre estos oficios no desde la distancia o la imaginación, sino desde la memoria: en mi propia familia, esas manos, saberes y momentos fueron parte de la vida cotidiana.
Ese entramado de tareas fue mucho más que una forma de producción. Fue una escuela de valores: responsabilidad, esfuerzo, conocimiento práctico, respeto por los tiempos de la naturaleza y por la palabra dada. Todos conocemos ejemplos de este tenor.
Hoy, el Uruguay es otro: tecnológico, integrado al mundo mediante tratados comerciales, con dinámicas productivas modernas y nuevos desafíos. Pero sería un error pensar que esa transformación borró lo anterior. Por el contrario, gran parte de la solidez que hoy distingue al país -su vocación de hacer, su identidad de esfuerzo, su capacidad de adaptación- encuentra su origen en aquel mundo rural, en un entramado de miles y miles de trabajadoras y trabajadores, desde Bella Unión hasta La Paloma, o desde Río Branco hasta Nueva Palmira.
Tal vez, en tiempos de cambios acelerados, la clave no esté únicamente en mirar hacia adelante, sino también en entender de dónde venimos. No por nostalgia, sino por convicción.
Volver a las raíces no es mirar atrás: es reconocer en nuestra historia el impulso para llegar más lejos. Con la tradición de los mayores, nuestro país tiene hoy la oportunidad de transformar esa fortaleza en desarrollo sostenido y en una proyección global construida, día a día, paso a paso.
Federico Rodríguez Aguiar. Analista en Marketing, egresado de la Universidad ORT-Uruguay, con sólida formación en estrategias comerciales y desarrollo económico. Su trayectoria académica está complementada por diversas certificaciones y cursos internacionales en áreas clave como la gestión pública, cooperación internacional, y liderazgo.
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