Cuba: Cuando el bloqueo no explica todo y el antimperialismo sustituye el pensamiento crítico. José W. Legaspi
02.06.2026
La pasión política tiene una virtud y un peligro. La virtud es que nos impide ser indiferentes frente a las injusticias. El peligro es que, a veces, nos lleva a explicar el mundo mediante una única causa, una sola narrativa, una sola verdad capaz de responderlo todo. Y créame, amable lector, hace mucho trato de alejarme de ese peligro.
He leído con atención el extenso artículo de Josué Veloz Serrade sobre la situación cubana. Lo hago desde una posición que considero necesario explicitar desde el comienzo: rechazo el bloqueo estadounidense, considero que constituye una política criminal y comparto la convicción de que Cuba ha sido sometida durante décadas a una presión económica y diplomática que ningún país debería soportar.
Precisamente por eso creo necesario discutir algunos aspectos centrales de su planteo.
No porque minimice la responsabilidad histórica de Estados Unidos en la crisis cubana, sino porque me preocupa una tendencia cada vez más frecuente en ciertos sectores de la izquierda: la sustitución del análisis político por una explicación única y totalizante donde todo queda reducido a la acción del imperialismo.
El problema de las explicaciones totales es que terminan funcionando como dogmas. Y los dogmas rara vez ayudan a comprender la realidad.
No tengo ninguna dificultad en repetir, volver a repetir y afirmar algo elemental: el bloqueo estadounidense constituye una agresión histórica contra Cuba. Fue y es condenado reiteradamente por la comunidad internacional y ha generado y genera daños económicos, financieros y humanos profundos. Quien pretenda analizar la situación cubana ignorando ese hecho simplemente está falseando la realidad.
El texto de Veloz describe con detalle esa naturaleza agresiva del bloqueo y la pasividad de muchos gobiernos que se declaran solidarios con Cuba. En buena medida tiene razón. Sin embargo, a medida que avanza su argumentación ocurre algo llamativo: desaparece Cuba como sujeto político.
Quedan Estados Unidos, Rusia, China, los BRICS, el imperialismo, la geopolítica y los equilibrios internacionales. Pero la sociedad cubana, sus tensiones, sus conflictos, sus debates y sus contradicciones terminan ocupando un lugar secundario.
La crisis aparece entonces como una consecuencia casi exclusiva del asedio externo. Y allí surgen las preguntas incómodas.
Si el bloqueo explica todo, ¿cómo explicamos los problemas políticos internos de Cuba? ¿Cómo explicamos la ausencia de pluralismo político? ¿Cómo explicamos que las organizaciones sociales funcionen subordinadas al aparato estatal? ¿Cómo explicamos la creciente distancia entre las estructuras de dirección y buena parte de la sociedad cubana? ¿Cómo explicamos la concentración de decisiones en una reducida estructura partidaria y estatal? ¿Cómo explicamos las dificultades para que existan mecanismos efectivos de control popular sobre quienes gobiernan ¿Cómo explicamos la creciente distancia entre buena parte de la ciudadanía y las instituciones políticas?
Porque una cosa es afirmar que el bloqueo agrava todos los problemas de Cuba -afirmación que comparto- y otra muy distinta es sostener que todos los problemas de Cuba nacen exclusivamente del bloqueo.
Son dos tesis diferentes. La primera es razonable. La segunda resulta insuficiente.
Hay algo más profundo detrás de esta discusión. Durante buena parte del siglo XX una parte de la izquierda desarrolló una lógica defensiva comprensible. Frente a las agresiones externas, las conspiraciones, los golpes de Estado y las intervenciones militares, toda crítica interna era vista como una potencial herramienta del enemigo.
Pero el problema aparece cuando esa lógica deja de ser coyuntural y se transforma en una cultura política permanente.
Entonces la crítica deja de ser considerada un instrumento de fortalecimiento revolucionario para convertirse en sospecha. El debate deja de ser una necesidad y pasa a verse como una amenaza.
La discrepancia se vuelve un problema y el problema es que esa actitud, útil quizás en determinados momentos históricos, terminó convirtiéndose en una forma de inmovilismo intelectual.
La solidaridad dejó de ser acompañamiento crítico para transformarse en obediencia ideológica.
Y allí aparece una contradicción evidente. El artículo denuncia correctamente la hipocresía de las grandes potencias cuando hablan de democracia mientras aplican sanciones económicas o promueven intervenciones militares. Sin embargo, parece incapaz de aplicar el mismo criterio exigente a las formas de ejercicio del poder dentro de Cuba.
No se trata de negar las conquistas de la revolución. Nadie que observe honestamente la historia cubana puede desconocer el impacto de la alfabetización, la salud pública universal, el internacionalismo médico o la resistencia frente a décadas de hostilidad estadounidense.
Pero tampoco podemos ignorar que una revolución no vive eternamente de sus méritos pasados, por el contrario, debe someterse periódicamente al juicio de su propio pueblo.
La cuestión central no es si Cuba resiste. Cuba ha resistido durante décadas. La cuestión es qué tipo de sociedad emerge de esa resistencia y quiénes participan efectivamente en la toma de decisiones sobre su destino.
La unanimidad comienza a confundirse con la unidad. Es precisamente allí donde muchas experiencias socialistas encontraron algunas de sus mayores dificultades.
No porque fueran derrotadas únicamente desde afuera. Sino porque también desarrollaron mecanismos internos de reproducción burocrática que limitaron la participación popular que originalmente pretendían expandir.
Por eso me parece importante recuperar una tradición marxista latinoamericana distinta de la que aparece implícitamente en el artículo.
Pienso en Rodney Arismendi cuando afirmaba que la construcción socialista no podía reducirse a la administración estatal ni a la centralización del poder. Para Arismendi, la cuestión decisiva era la ampliación constante de la democracia popular y de las formas de participación de las masas en la conducción de la sociedad.
No era un problema secundario. Era una cuestión estratégica.
Porque el socialismo no se justifica únicamente por sus objetivos declarados sino también por los medios políticos que emplea para alcanzarlos.
Si la participación popular se debilita, si los mecanismos de control desde abajo desaparecen o si la crítica queda subordinada a la razón de Estado, si el pueblo deja de ser protagonista y se convierte únicamente en objeto de conducción, algo esencial del proyecto emancipador comienza a deteriorarse, comienza a perder parte de su contenido original.
Por eso resulta insuficiente responder a cada crítica invocando la amenaza imperial. El imperialismo existe. Es real. Opera. Condiciona. Pero no reemplaza la necesidad de examinar las decisiones tomadas por las propias direcciones políticas.
Y esta reflexión no es anticomunista. Es exactamente lo contrario. Parte de la convicción de que el socialismo necesita más democracia y no menos. Necesita más protagonismo popular y no menos. Necesita más discusión colectiva y no menos.
El artículo de Veloz sostiene que muchos gobiernos progresistas han abandonado a Cuba. Puede ser. Pero surgen otras preguntas igualmente relevantes:
¿Qué ocurre cuando la solidaridad internacional termina exigiendo silencio sobre los problemas internos?
¿Qué ocurre cuando la defensa de una revolución se transforma en la defensa automática de sus estructuras de poder?
¿Qué ocurre cuando la crítica es interpretada siempre como hostilidad?
En ese punto la solidaridad deja de ser un acto político consciente para convertirse en adhesión. Y la adhesión nunca ha sido una herramienta particularmente útil para transformar la realidad.
Defender a Cuba hoy implica combatir el bloqueo. Pero también implica reconocer que la crisis actual tiene dimensiones económicas, sociales y políticas que no pueden atribuirse exclusivamente a Washington.
La izquierda latinoamericana cometió demasiadas veces el error de elegir entre dos caricaturas igualmente pobres: el anticastrismo reaccionario o la idealización acrítica.
No estamos obligados a elegir entre esas dos opciones. Existe una tercera tradición. La de quienes reconocen las conquistas históricas de la revolución, denuncian la agresión imperialista y al mismo tiempo sostienen que ningún proceso emancipador puede quedar exento del examen crítico.
Sin consignas obligatorias. Sin silencios impuestos. Y sin olvidar que la emancipación, para seguir siendo emancipación, debe incluir siempre la libertad de cuestionar.
Porque el futuro del socialismo no depende de convertir a Cuba en un mito intocable. Depende que podamos discutirla con honestidad, aprender de sus conquistas y también de sus errores.
Esa discusión no debilita a Cuba. Por el contrario. Es probablemente una de las pocas maneras de pensar seriamente su futuro.
José W. Legaspi