Cuba al borde del derrumbe, mientras Rusia resuelve Ucrania y China prepara Taiwán. José W. Legaspi

09.01.2026

La crisis venezolana —y su impacto directo sobre Cuba— no puede comprenderse plenamente si no se la inserta en un trueque geopolítico implícito que estructura el orden mundial actual.

 

La relación entre Venezuela y Cuba lleva más de dos décadas sosteniéndose como un eje simbólico y material del "proyecto bolivariano" en América Latina. Sin embargo, lo que hoy ocurre en Caracas no es una simple fase de deterioro: es una crisis sistémica con efectos colaterales profundos que podrían acelerar -si no precipitar- la caída del régimen cubano.

Hace pocos días una operación militar de Estados Unidos resultó, entrega mediante, en la captura del presidente Nicolás Maduro en Caracas, provocando quizás (el tiempo dirá) una ruptura o un "adecuamiento" del orden político chavista. Esta intervención fue justificada por la Casa Blanca como parte de una estrategia para "restaurar la democracia", maquillaje que intenta de tapar el único motivo: asegurar el acceso a las inmensas reservas petroleras venezolanas. Una vez más, la democracia y el narcotráfico son meras excusas. Alcanza con recordar la "existencia de armas de destrucción masiva" como excusa para invadir Irak, o una supuesta "primavera árabe" (que nunca fue primavera) para destruir Libia y se comprobará que las administraciones cambian pero el libreto es básicamente el mismo.

La captura de Maduro ha introducido una transición política forzada, dejando a Venezuela en un limbo institucional mientras el gobierno interino asume el poder bajo la supervisión de Estados Unidos y bajo presión para expulsar agentes extranjeros (China, Rusia, Cuba).

Incluso antes de este episodio, el país petrolero más rico del mundo se debatía en una profunda recesión estructural: producción petrolera reducida, colapso de PDVSA, inflación galopante y fuga masiva de población. El Fondo Monetario Internacional proyectó una contracción de la economía con depreciación del bolívar y regreso de la hiperinflación en 2025, sumado a la pérdida de ingresos petroleros críticos.

Estos elementos no solo limitan la capacidad operativa del Estado, sino que debilitan el instrumento principal de la política exterior venezolana: el petróleo.

Desde 2000, Venezuela ha sido el principal proveedor de petróleo a Cuba, suministrando crudo a precio preferencial a cambio de "servicios" profesionales (médicos, militares, técnicos, fuerzas de seguridad), constituyendo una especie de "sistema de trueque político". 

Incluso con la crisis venezolana previa, Cuba dependía de alrededor de 30.000 barriles diarios, suficientes para más de la mitad de sus necesidades energéticas. Si ese flujo se corta, el impacto sería devastador: Escasez de combustibles para transporte, alimentos y servicios básicos, aumento de la inflación y deterioro de bienes esenciales y colapso de servicios públicos y potencial aumento de migración forzada. 

Cuba enfrenta una "policrisis" crónica: importaciones de petróleo en caída, infraestructura energética obsoleta y un sector productivo incapaz de generar divisas suficientes para comprar combustibles en el mercado internacional. Sin apoyo venezolano, ningún sustituto -ni México, ni Rusia, ni el mercado global- podría sostener el nivel de importación necesario.

La alianza Caracas-La Habana no fue solo económica: fue un eje ideológico que sirvió de anclaje político para ambos regímenes en un contexto de aislamiento regional y sanciones occidentales. La caída o debilitamiento brusco de uno de los pilares (Venezuela) desestabiliza al otro (Cuba) no solo materialmente, sino simbólicamente: Cuba perdería no solo recursos, sino legitimación narrativa ya que Venezuela funcionaba como prueba viviente -para sus élites politizadas- de que un modelo socialista alternativo podía resistir.

El regreso precipitado de cubanos desde Venezuela -asesores, militares y técnicos- sin el soporte económico que los sustentaba podría convertirse en una dinámica de inestabilidad interna en la isla, especialmente si la población enfrenta más escasez y se intensifican tensiones sociales ya presentes por la inflación y falta de libertades.

En fin, esta convergencia de crisis energética, económica y social puede acelerar procesos de deslegitimación del régimen cubano sin necesidad de intervención militar.

Venezuela y Cuba ya no son meramente aliados, sino dos economías y estructuras de poder profundamente interdependientes. La crisis venezolana -politizada, económica y militarizada- está acelerando de manera dramática la vulnerabilidad cubana porque: Cuba pierde su principal apoyo energético y financiero, no tiene alternativas de sustitución eficientes, y su propio modelo económico está agotado y sin reservas para absorber un choque tan abrupto.

Lo que antes fue un apoyo recíproco se transforma en una herencia de crisis: el colapso de Venezuela no solo deja a Cuba sin recursos, sino que precipita un choque que podría desbordar las capacidades de supervivencia del sistema político y económico cubano tal como existe hoy.

Escenarios futuros probables 

1) Recalibración sin confrontación abierta

En este escenario, Rusia y China evitan una confrontación militar directa con Estados Unidos pero intensifican acciones diplomáticas, económicas y estratégicas para mantener influencia sin escalar el conflicto internacional: Rusia lanza una campaña diplomática para contrarrestar la narrativa estadounidense: apoya oficialmente al gobierno que considere legítimo (como el interino o incluso sectores chavistas) en foros multilaterales y critica el uso de fuerza. Continuará proclamando resistencia al "neocolonialismo" y a la intervención, defendiendo la soberanía de Venezuela; sin embargo, lo hará principalmente con declaraciones políticas y apoyo en instituciones internacionales como la ONU y China, profundamente interesada en su reputación como socio económico confiable, refuerza sus críticas diplomáticas al movimiento estadounidense y presiona para que se respete la legalidad internacional. Buscará canalizar tensiones a través del Consejo de Seguridad y la Asamblea General de la ONU, promoviendo la no-intervención y llamando al respeto de la soberanía.

No hay envío masivo de tropas ni apoyo armado explícito, aunque ambos países podrían seguir brindando soporte técnico o económico discreto a aliados venezolanos que resistan cambios percibidos como impuestos desde fuera

Cuba puede orientarse a un eje diplomático más estrecho con Rusia y China, buscando apoyo en foros internacionales y acuerdos bilaterales que compensen la pérdida de Venezuela. Venezuela, bajo control de fuerzas favorables a la transición, puede negociar reestructuración de su deuda con China y Rusia, evitando confrontaciones duras, pero con pérdidas claras de autonomía estratégica para ambos aliados.

2) Competencia estratégica endurecida

Este escenario supone que la rivalidad entre Estados Unidos, Rusia y China se intensifica en múltiples frentes, provocada por el choque en Venezuela: Rusia opta por tácticas de contrapeso no convencionales: ciberataques a intereses estadounidenses, operaciones encubiertas de apoyo a grupos que se oponen al gobierno intérprete, y despliegue limitado de "consultores" militares o equipamiento defensivo a países aliados cercanos (Cuba, Nicaragua). Estas acciones tendrían como objetivo demostrar que Moscú aún puede operar lejos de Europa y Asia. China, aunque reacia a un conflicto abierto, podría aprovechar la crisis para acelerar su agenda de desdolarización y expansión de su infraestructura en la región (por ejemplo, acuerdos comerciales en yuanes, nuevos acuerdos energéticos con otros países latinoamericanos, tren interoceánico San Pablo-Lima, etc). También es posible que imponga presiones económicas indirectas contra empresas estadounidenses o sectores vinculados a la política exterior estadounidense como represalia simbólica. 

En este caso, la economía de Venezuela podría transformarse en un terreno de competencia económica china-estadounidense, donde Washington busca atraer a las empresas petroleras tradicionales y Beijing busca salvaguardar sus inversiones energéticas previas, mientras que Cuba podría volverse campo de maniobras estratégicas, con Moscú o Beijing ofreciendo paquetes de alivio económico o inversiones para contrarrestar la pérdida del apoyo venezolano, aunque sin garantías de revertir el deterioro económico interno.

3) Realineamientos estratégicos y pivote hacia nuevos bloques

Aquí se produce una reestructuración más profunda de alianzas globales, impulsada por la evidencia de que los regímenes autoritarios tradicionales (como los de Maduro o La Habana) ya no son pilares seguros sin recursos económicos propios:

Rusia y China promocionan un "eje multilateral alternativo" basado en BRICS y otros foros globales. La posible incorporación de países como Cuba al grupo ampliado (como socio o asociado) sería un gesto simbólico hacia alianzas fuera del orden occidental; esto implica ofrecer acceso preferencial a financiamiento, tecnología o mercados. Y al mismo tiempo Moscú puede promover un bloque de países críticos del orden occidental que se opongan a la intervención estadounidense, potenciando cooperación política y económica (no militar) entre América Latina, África y Asia.

En este contexto Cuba podría obtener membresía o estatus especial en estructuras como BRICS, lo que le daría acceso a créditos, inversiones y un espacio geopolítico distinto al tradicional bloque occidental-hegemónico. Y Venezuela, aunque debilitada internamente, podría convertirse en un caso testigo de cómo los países intentan inserciones múltiples para garantizar cierto resguardo de soberanía sin dependencias exclusivas.

Factores transversales que moldearán estos escenarios

El petróleo sigue siendo el eje de poder regional. Si Estados Unidos consolida control sobre la producción venezolana, esto reducirá la capacidad de China para usar el petróleo como herramienta de influencia comercial o monetaria.

La prioridad estratégica de Rusia en Europa y Asia (especialmente Ucrania) limita su capacidad de actuar en el Caribe con fuerza militar directa. China, por su parte, prioriza la estabilidad económica y evita confrontaciones de alto riesgo que podrían afectar su crecimiento interno.

Sin una economía fuerte propia, Cuba necesitará realinear su enfoque hacia cooperación regional con otros países latinoamericanos y con actores globales como China o incluso la Unión Europea, si quiere evitar el aislamiento económico total.

El verdadero intercambio: América Latina por Ucrania y Taiwán

La crisis venezolana -y su impacto directo sobre Cuba- no puede comprenderse plenamente si no se la inserta en un trueque geopolítico implícito que estructura el orden mundial actual. Más allá de los discursos sobre soberanía, legalidad internacional o multipolaridad, Rusia y China operan bajo una lógica de prioridades territoriales: su margen de maniobra en regiones periféricas como América Latina está subordinado a su libertad de acción en sus zonas de interés vital inmediato.

Para Moscú, Ucrania no es un conflicto más, sino el núcleo de su proyecto de reconfiguración del espacio postsoviético y de su condición de potencia global. En ese marco, América Latina -incluyendo Venezuela y Cuba- no constituye una prioridad estratégica equivalente, sino un teatro secundario de presión simbólica contra Estados Unidos, la capacidad rusa para sostener aliados lejanos está materialmente limitada por el esfuerzo militar, económico y político concentrado en Europa oriental, y cualquier escalada real en el Caribe o en Sudamérica implicaría una dispersión de recursos que Moscú no está en condiciones de asumir sin poner en riesgo su objetivo central.

En términos concretos, esto significa que Rusia puede denunciar, protestar y respaldar discursivamente a Caracas o La Habana, pero difícilmente esté dispuesta a pagar el costo de una confrontación directa con Washington en su "patio trasero" si eso compromete su margen de maniobra en Ucrania.

En otras palabras: Venezuela y Cuba son fichas negociables, mientras que Ucrania no lo es.

Para Beijing, la ecuación es incluso más clara. Taiwán es el eje histórico, político y simbólico de la soberanía china, y cualquier cálculo global se subordina a ese objetivo de largo plazo. Desde esta perspectiva China necesita evitar conflictos secundarios que puedan justificar una coalición occidental más dura en el Indo-Pacífico, una confrontación abierta con Estados Unidos en América Latina no ofrece beneficios equivalentes a los riesgos que implica para su agenda asiática, y el apoyo a Venezuela o Cuba se inscribe más en una lógica de preservación de inversiones, imagen de socio confiable y oposición retórica al intervencionismo, que en una voluntad real de sostener regímenes al borde del colapso.

Beijing prioriza estabilidad, previsibilidad y control del tiempo histórico. Intervenir activamente en la crisis venezolana -o asumir el costo de sostener a Cuba indefinidamente- podría acelerar un escenario de confrontación prematura con Washington en el Estrecho de Taiwán, algo que China procura evitar mientras consolida superioridad tecnológica, económica y militar regional.

Así, Cuba y Venezuela no son líneas rojas para China. Taiwán sí.

La consecuencia de esta jerarquización estratégica es clara: Estados Unidos dispone de mayor libertad de acción en América Latina que Rusia o China en sus respectivas periferias inmediatas, Moscú y Beijing, aunque cuestionen el accionar estadounidense, carecen de incentivos reales para escalar el conflicto en el hemisferio occidental, y el debilitamiento del eje Venezuela-Cuba ocurre, en parte, porque sus aliados globales no están dispuestos a defenderlos al precio de comprometer sus objetivos centrales.

Esto no implica una derrota inmediata del bloque ruso-chino, sino una administración fría del conflicto global: se cede terreno en zonas secundarias para ganar tiempo y espacio en los escenarios decisivos.

Desde esta óptica, la situación cubana se vuelve aún más frágil ya no puede contar con Venezuela como sostén material. No constituye una prioridad estratégica para Rusia y no es una causa existencial para China.

El régimen cubano queda así atrapado en una soledad estructural, sostenido más por inercias históricas y control interno que por alianzas internacionales sólidas. La crisis venezolana no solo acelera su deterioro económico, sino que expone crudamente el límite de la solidaridad geopolítica en un mundo regido por intereses duros y jerarquías estratégicas.

La caída -o transformación forzada- de Venezuela y la posible descomposición acelerada del sistema cubano no son anomalías del sistema internacional, sino productos coherentes de una reconfiguración global.
En ese mundo, Rusia pelea por Ucrania, China prepara Taiwán y América Latina vuelve a quedar relegada a escenario secundario, donde las lealtades ideológicas pesan menos que los cálculos estratégicos.

La crisis venezolana de 2026 - con la captura de Maduro y la reconfiguración de poder en Caracas - no es un episodio aislado: es un punto de inflexión en la competencia estratégica global entre Estados Unidos, Rusia y China, con consecuencias profundas para Cuba.
Los futuros posibles pueden ir desde un reajuste diplomático moderado hasta una competencia estratégica intensificada o incluso la construcción de nuevos bloques de cooperación internacional. En todos ellos, el destino de Cuba y su supervivencia política y económica dependerán no solo de la reconfiguración en Venezuela, sino también de cómo respondan y negocien Rusia y China su posición en un sistema internacional cada vez más polarizado.
La caída parcial o acelerada de ambos regímenes -venezolano y cubano- estaría entonces influenciada tanto por condiciones internas como por estos equilibrios de poder globales en disputa.

José W. Legaspi
2026-01-09T07:51:00

José W. Legaspi