Cuba: el bloqueo como relato y “la aristocracia” que nació de la revolución. José W. Legaspi

29.03.2026

Durante más de seis décadas, el gobierno de Cuba ha construido una explicación total para sus fracasos: el bloqueo impuesto por Estados Unidos.

 

La fórmula es conocida, repetida y políticamente eficaz. Si faltan alimentos, es el bloqueo. Si la electricidad falla, es el bloqueo. Si los jóvenes emigran masivamente, también lo es.

El problema no es que el bloqueo y embargo no existan. El problema es que se ha convertido en una religión política destinada a evitar una verdad más incómoda: el sistema cubano no solo sufre presiones externas, también padece una dirigencia que dejó de vivir como el pueblo al que dice representar.

La revolución que abolió las clases... y creó otra

El relato revolucionario prometía terminar con las élites. Sin embargo, con el paso del tiempo emergió una nueva capa privilegiada: la burocracia política y militar vinculada al Estado. No acumula riqueza visible como las burguesías clásicas, pero posee algo más determinante en un sistema cerrado: acceso.

Acceso a divisas, a viajes, a bienes escasos, a circuitos de consumo vedados para el ciudadano común. Mientras el cubano promedio enfrenta apagones prolongados, inflación descontrolada y una escasez crónica de alimentos y medicamentos, la elite revolucionaria vive en una realidad paralela cuidadosamente invisibilizada.

No es una desviación del sistema. Es su resultado lógico.

La contradicción se vuelve imposible de ocultar cuando aparecen los propios descendientes del liderazgo histórico. Fotografías y registros difundidos en redes mostraron a Antonio Castro Soto del Valle, hijo de Fidel, en 2015 viajó desde Grecia a Turquía en su yate privado de 50 metros de largo y fue retratado mientras disfrutaba de unas vacaciones junto a una comitiva de 12 personas para las que alquiló lujosas habitaciones. 

Algo similar ocurre con Sandro Castro, nieto de Fidel, cuya exposición en autos de lujo, fiestas y consumo ostentoso terminó de quebrar la imagen austera que el discurso oficial intentó sostener durante décadas. En 2021 generó una nueva polémica al publicar un video que mostraba cómo manejaba un Mercedes Benz en una carretera vacía mientras le habla a la persona que lo filma: "Papi, miren lo que toca pap. Porque tú sabes que nosotros somos sencillos, pero de vez en cuando hay que sacar los jugueticos que están en casa", dice, conocido además por ser propietario de distintos bares en La Habana, que suelen ser frecuentados por la élite cubana. Este tonto descendiente de la familia Castro le pide a su acompañante que filme el tablero del auto, que muestra la velocidad a la que está conduciendo: "Miren qué lindo cómo esto va a 140 (kilómetros por hora), caballero. Esto es cosa gorda, mi gente, para que no se equivoquen", agrega.

Esa no fue la primera vez que Sandro Castro se vio envuelto en una controversia de esta naturaleza. En 2019, en medio de una aguda escasez de combustible, publicó una foto de su auto con el tanque lleno.

Este nuevo video generó una indignación prácticamente generalizada en las redes sociales. Muchos de los usuarios que interactuaron con las distintas publicaciones que se hicieron eco del video criticaron a Castro, resaltando el contraste con las precarias condiciones en las que vive la gran mayoría de la población de la isla.

En diciembre de 2024, Sandro Castro celebró su cumpleaños "por todo lo alto" en el bar EFE, en La Habana. El dato, en apariencia anecdótico, adquiere otra dimensión cuando se lo sitúa en su contexto: la isla atravesaba un nuevo episodio de crisis energética, con amplias zonas del país sumidas en apagones debido a la salida de funcionamiento de la Central Termoeléctrica Felton y otras unidades generadoras. Mientras millones de cubanos enfrentaban la penumbra, la escasez y la paralización de su vida cotidiana, el evento se desarrolló sin restricciones visibles, con electricidad, bebidas importadas y consumo suntuario.

No se trata únicamente de un exceso individual. Lo que este episodio expone es una estructura de desigualdad profundamente arraigada, que desmiente uno de los pilares simbólicos del relato oficial de la Revolución: la supuesta eliminación de las diferencias de clase. La escena es, en sí misma, una síntesis brutal de esa contradicción: de un lado, la mayoría social sometida a privaciones crecientes; del otro, una élite político-familiar que accede a circuitos de consumo vedados para el resto.

El propio Sandro Castro se definió como "un joven cubano revolucionario" y defendió su "derecho" a celebrar como "un joven normal, común y corriente". Esa afirmación no es ingenua: revela la existencia de dos normalidades. Una, restringida, materialmente limitada, donde la vida cotidiana está marcada por la escasez, los apagones y la incertidumbre. Otra, invisible en el discurso oficial pero plenamente operativa en la práctica, donde ciertos sectores vinculados al poder viven en condiciones de acceso, circulación de divisas y consumo que los separan radicalmente del resto de la sociedad.

La reacción de los organizadores del evento refuerza esta lógica. Cuando se les recordó, en redes sociales, la existencia de más de mil presos políticos en la isla, la respuesta fue tajante: "Aquí no estamos hablando de política, estamos hablando de fiesta". La frase no es menor. Es, en realidad, la expresión más cruda de un mecanismo de disociación que caracteriza a las élites: la capacidad de sustraerse de las condiciones generales del país mientras se invoca, retóricamente, la unidad y el sacrificio colectivo.

Más aún, la afirmación de que "el país se puede hundir, pero nosotros estamos celebrando la fiesta" funciona como una declaración involuntaria de principios. Allí donde el discurso oficial insiste en la épica del bloqueo, la resistencia y la igualdad, la práctica concreta revela una jerarquización social que opera sin controles efectivos. No es casual que el propio Sandro Castro haya señalado que el bar EFE le pertenece y que todo se desarrolla "dentro de la legalidad". En un sistema donde las instituciones de control no alcanzan a quienes forman parte del núcleo de poder, la legalidad se vuelve, en los hechos, un atributo flexible, aplicado de manera desigual.

La referencia a Fidel Castro no es secundaria. La legitimidad histórica de la Revolución se construyó, entre otros elementos, sobre la promesa de una sociedad sin privilegios heredados. Sin embargo, lo que hoy se observa es la consolidación de una élite que no solo accede a bienes y servicios diferenciados, sino que además reproduce lógicas de herencia y pertenencia propias de las clases que el propio proceso revolucionario decía haber superado.

En este sentido, el problema no es moral en un sentido estrecho -no se trata únicamente de juzgar la ostentación en medio de la pobreza-, sino político y estructural. La existencia de estos privilegios no es una anomalía: es el resultado de un sistema que concentra poder sin mecanismos efectivos de rendición de cuentas. La desigualdad en Cuba no aparece como un residuo del pasado prerrevolucionario, sino como una forma específica, contemporánea, producida al interior del propio modelo.

Por eso, cuando Sandro Castro se presenta como un "joven normal", la frase adquiere un carácter revelador. Es normal, sí, dentro de una minoría que ha naturalizado el acceso diferencial, la impunidad y la desconexión respecto de la vida material de la mayoría. Pero esa normalidad no es la del pueblo cubano. Es la de una casta.

Y es precisamente en esa distancia -entre el discurso de igualdad y la realidad de privilegio- donde la Revolución deja de ser una promesa y se convierte, para millones, en una experiencia de desigualdad que ya no puede ocultarse.

No es, finalmente, un problema moral individual. Es un problema político: cuando los herederos de una revolución igualitaria viven como élites globales, el relato deja de ser creíble.

El bloqueo en un nuevo contexto internacional y las aperturas que nunca cambiaron el sistema

En los últimos años, la relación entre Cuba y Estados Unidos ha atravesado oscilaciones sin resolver su núcleo de conflicto. Tras el deshielo impulsado durante la administración de Barack Obama, el endurecimiento bajo Donald Trump reinstaló sanciones clave.

El gobierno de Joe Biden introdujo ajustes parciales -como la flexibilización de remesas y ciertos canales migratorios-, pero sin desmontar la estructura central del embargo. El resultado es un escenario híbrido: sin apertura real, pero tampoco con una ruptura total del vínculo.

En ese marco, el bloqueo sigue siendo un factor concreto de restricción económica. Pero también sigue siendo funcional al poder interno: permite explicar la crisis sin reformar el sistema.

A lo largo de décadas, el embargo no fue completamente estático. Hubo momentos en los que desde Estados Unidos se insinuaron aperturas o distensiones. Y, en más de una ocasión, la respuesta de Fidel Castro fue preservar el control antes que habilitar transformaciones profundas.

Durante la administración de Jimmy Carter, se abrió un primer canal de diálogo con oficinas de intereses en ambos países. Sin embargo, el proceso se quebró rápidamente en medio de tensiones internacionales y la crisis migratoria del Mariel.

Tras la caída de la Unión Soviética, en los años noventa, el escenario parecía propicio para redefinir el vínculo. Washington dejó entrever posibles flexibilizaciones, pero La Habana optó por resistir sin modificar la estructura política, incluso en medio del colapso económico del "Período Especial".

Más adelante, bajo Bill Clinton, hubo señales parciales de distensión que volvieron a frustrarse tras episodios que reactivaron el conflicto.

El momento más significativo llegaría con Barack Obama, cuando la normalización diplomática abrió una oportunidad histórica. Pero incluso entonces, el gobierno cubano evitó avanzar en reformas políticas sustantivas, priorizando la estabilidad del sistema por sobre una apertura que pudiera erosionar el control interno.

El patrón es claro: cada vez que el conflicto externo se afloja, la necesidad de cambio interno se vuelve más visible. Y es precisamente ahí donde el sistema se repliega.

Una crisis que ya no se puede ocultar: El bloqueo como cortina ideológica

La Cuba actual atraviesa una de las peores crisis desde los años noventa. Cortes eléctricos diarios, caída de la producción, deterioro del sistema sanitario y un éxodo migratorio histórico -con cientos de miles de cubanos saliendo de la isla en los últimos años- configuran un escenario de agotamiento estructural.

Las protestas del 11J marcaron un punto de inflexión: por primera vez en décadas, el malestar social se expresó de forma masiva y visible. La respuesta estatal, basada en detenciones y control, evidenció los límites de un sistema que ya no puede sostenerse únicamente en la épica revolucionaria.

El embargo norteamericano sigue siendo denunciado -con razón- en foros internacionales. Pero dentro de la isla cumple otra función: actúa como cortina que impide discutir la desigualdad real creada por el propio sistema.

El discurso oficial exige sacrificio permanente al pueblo mientras la dirigencia vive fuera de ese sacrificio. La austeridad se vuelve una obligación colectiva, nunca una práctica del poder.

Así, el bloqueo deja de ser solo una política exterior hostil y pasa a convertirse en un recurso interno de control político: una explicación infinita que absuelve a quienes gobiernan.

De revolución a administración del poder: el problema ya no es solo el bloqueo

El liderazgo de Fidel Castro pudo sostenerse durante décadas apoyado en la épica histórica y en logros sociales reales. Pero la continuidad bajo Miguel Díaz-Canel muestra un fenómeno distinto: una legitimidad que ya no proviene de la revolución, sino de su administración burocrática.

La revolución dejó de ser un proyecto. Se convirtió en estructura. Y toda estructura busca perpetuarse.

El drama cubano contemporáneo no reside únicamente en la presión externa ni exclusivamente en la crisis económica. Reside en la distancia moral entre quienes gobiernan y quienes sobreviven.

Cuando los dirigentes piden resistencia mientras sus familias viajan, consumen y viven con estándares globales, el discurso antiimperialista pierde densidad ética. Ya no suena a defensa nacional; suena a coartada.

Porque el verdadero problema del poder en Cuba no es el embargo. Es la pérdida de legitimidad. Y esa es una crisis mucho más peligrosa que cualquier sanción externa.

Cuando un sistema necesita que su pueblo crea más en una amenaza extranjera que en su propia experiencia cotidiana, lo que está en juego no es la soberanía: es la credibilidad del régimen.

El día en que el cubano promedio deje de explicar su vida en función del bloqueo y empiece a explicarla en función de sus gobernantes, el equilibrio político de la isla cambiará de forma irreversible.

Porque las revoluciones no caen cuando son atacadas desde afuera. Caen cuando dejan de ser creídas desde adentro.

Y en ese punto, ya no hay relato que alcance, ni enemigo externo que alcance, ni épica que pueda salvar lo que el propio poder vació.

 

José W. Legaspi
2026-03-29T07:25:00

José W. Legaspi