Cuba: sexo, pobreza y el nuevo modelo de vivienda. Jorge Ángel Pérez
01.04.2026
A Cuba se le piensa, y desde muchos puntos del planeta, como el lugar ideal para gozar, como si Cuba fuera una gran cama, una cama espléndida y llena de goces, y tanto es así que nuestro mapa podría ser, sencillamente, la representación de una cama, de un lecho amoroso
Un cuerpo podría despertar innumerables deseos en cualquier parte, lo mismo en la calle tumultuosa que en el sitio más abierto, y también en el que resulta ser más profundo. Muchas veces escuché decir que cuando las hormonas se alborotan es preciso atenderlas y dar curso a esos deseos que nos asisten y que, incluso, nos acosan y, lo que podría ser aún peor, nos obcecan, nos revuelven las hormonas y muchas veces terminan enfermándonos. Nuestra sexualidad se ha convertido en un mito, y crecen las especulaciones, y hacen ejército los especuladores.
La "generosa" sexualidad de los cubanos es, más que todo, un mito, una fábula, una narración que sale del muy reconocido crecimiento del ejercicio de la prostitución. Cuba es un país visitado por turistas que vienen desde un allá lejanísimo, desde un muy largo allende los mares, para enredarse con algunos de los más bondadosos cuerpos nacidos, crecidos y fortalecidos en esta isla.
A Cuba se le piensa, y desde muchos puntos del planeta, como el lugar ideal para gozar, como si Cuba fuera una gran cama, una cama espléndida y llena de goces, y tanto es así que nuestro mapa podría ser, sencillamente, la representación de una cama, de un lecho amoroso. A Cuba muchos la piensan como la cama magnánima; una cama de hotel habitada por cuerpos desnudos, cuerpos sudorosos que huelen a sexo todo el tiempo.
Cuba, insisto, puede ser vista como una cama de hotel, y también es la cama que no se tiene y que se busca en otros espacios, en sitios abiertos a los que solemos llamar "la manigua redentora", esa que también es vista como una cama lujuriosa en la que se huele y se jadea el placer sobre la yerba y los deseos. Cuba es el cuerpo que se tiende lo mismo en la cama generosa que en la yerba que crece en nuestros campos.
Cuba no es ese país que es amado por esa cosa a la que todavía insisten en llamar revolución. Cuba, para cubanos y también para sus visitantes y turistas, es la que se construye, la que se goza sobre la cama. Es doloroso, pero este país huele a sexo tarifado, ese sexo que se cobra y que se paga; y en esa toma y daca se reconocen también los tan supuestos desenfrenos en la sexualidad de sus hijos, en ese sexo que se cobra y que parece erigirse sobre la fuerza del dinero.
Nuestra isla huele a sexo negociado, a sexo interesado. Cuba es un país de sexo, de ese sexo que exhibe la dulzura de caña. Cuba es, para muchos, un país de amantes apasionados y sudores dulces, un sudor que huele a caña, aunque ya no tengamos cañas ni la dulzura de la caña de antaño. Cuba está por convertirse también, y no lo dudemos, en un contenedor hecho con materiales ferrosos y también con otros elementos a los que no he conseguido ponerles nombre porque no logré averiguar, porque en Cuba se hace muy difícil conocer los materiales con los que se arma un contenedor, un continente para la vida.
No sé con cuáles materiales se fabrica un contenedor, porque tampoco tengo internet desde hace días y no he podido averiguar cuáles son sus componentes. Y todo este embrollo tiene que ver con esas casas que, al parecer, darán cobijo a quienes no tienen vivienda, a quienes la perdieron después de los vientos de los tantos huracanes que nos azotan, y con más fuerza tras el paso de ese huracán terrible, el más monstruoso de todos los que hemos vivido, ese que se llama revolución y, algunas veces, comunismo.
Y ahora las casas no precisarán de cemento ni de arena. Solo se harán necesarios esos cajones hechos con materiales ferrosos, y quizá hasta lleguen a creer esos "constructores" del comunismo que lo más importante será el techo, que no es necesario colmar de losas el suelo. En lo adelante, los "sin casa" tendrán un techo, que es lo más trascendente, lo sustancial; lo demás es puro lujo. Lo demás será en suspiros... y sobre todo en calores infernales, y mucho más a la hora de enredarse los cuerpos desnudos cuando se alboroten las hormonas en el interior de esos contenedores que, en lo adelante, podrían ser el único refugio de quienes perdieron sus casas, el mejor sitio para entregarse al sexo. Lo demás será volver a la manigua redentora para conquistar la casa...
Publicado en Cubanet, el 31 de marzo de 2026
Jorge Ángel Pérez nació en Cuba (1963), donde vive, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas.
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