CUENTOS PARA EL FIN DE SEMANA
Cuentos para el fin de semana
04.07.2014
Todos los lectores podrán hacer llegar sus cuentos hasta los días jueves a: cuentos.uypress@gmail.com
Los cuentos de este viernes son:
La muerte del cisne, de Esteban Valenti
Guisantes para tu zapato de princesa, de Raúl Caritat
La muerte del cisne
De Esteban Valenti
Del libro Insomnios
Sudaméricana – Radom House
El olor a bosta se sentía a dos cuadras. Buena señal. Dobló por la calle Bacacay y desde allí se podían ver los carruajes haciendo fila frente al teatro Solis para dejar a sus pasajeros. Incluso había alguno de esos ruidosos vehículos a explosión que comenzaban a circular por las calles de Montevideo espantando hombres y bestias.
Era una noche de gran gala, los vestidos de seda y de gasa, las estolas de pieles, los frac y los esmoquin llenaban la explanada. El tiempo no acompañaba el estreno. Caía una fina garúa y algunos prevenidos sacaron a relucir sus negros paraguas. Se veía, esa noche el lleno sería total.
Marcos Gianelli hizo la cola, mostró su abono y algún viejo empleado del teatro lo reconoció y lo saludó a la distancia. Otros tiempos. Solo si lo observaban con mucha atención podrían notar que la solapa de su esmoquin no brillaba como correspondía y que sus zapatos acharolados y sus polainas tenían demasiados kilómetros recorridos. De todas maneras conservaba ese porte altivo de bailarín y al menos el echarpe blanco de seda era relativamente nuevo. Habitualmente no se perdía los estrenos y en esa oportunidad no quería por nada del mundo estar ausente en esa gala. Estrenaban el lago de los cisnes una compañía de ballet italiana en gira por esta zona sur del planeta. Habían cruzado el Río de la Plata y de aquí regresarían a la península.
Gianelli tenía su pase gastado de los muchos años de utilizarlo. Desde que se había retirado tenía todo el tiempo del mundo a su disposición. Esa noche no sólo lo movía el ritual de no perderse una función, sino la curiosidad. Había leído sobre la obra de Piotr Ilich Tchaikovsky de sus primeros fracasos, del poco entusiasmo del público moscovita en el estreno en el teatro Bolshoi y de su consagración tardía, doce años después de su aparición en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo con la nueva coreografía de Marius Petipa y de Lev Ivanov. Tchaikosky había muerto dos años antes de ese resonante éxito de su obra. Ahora se estrenaba en Montevideo. Gianelli que en su larga carrera había acompañado algunos elencos españoles por sus giras, incluso bailando en Madrid y Barcelona, tenía una enorme curiosidad por la obra.
Se acomodó en la platea, como siempre con el tiempo suficiente para observar y ser observado por los asistentes, para saludar con leves inclinaciones de su cabeza canosa. No había sido un gran bailarín, pero era uno de los muy pocos artistas que había integrado una compañía extranjera y había bailado en más de diez teatros en seis países. Tenía guardados prolijamente en su apartamento de la calle Ituzaingó los recortes de varios diarios y revistas con las críticas sobre la actuación de la compañía. En algunas hablaban de él. Las más implacables hacía tiempo que habían sido desechadas. Mantenía el porte, sobre todo en sus visitas al teatro. La forma de caminar inconfundible de un bailarín clásico, su espalada recta y su cabeza erguida. A su edad era todo un esfuerzo.
Se colocó los impertinentes y leyó el programa y dejó que esos minutos mágicos que preceden a la oscuridad, a la soledad compartida con cientos de personas concentradas en el escenario para aspirar una bocanada de emociones, de imágenes de notas lo transportara a otro mundo, a su viejo y entrañable mundo del ballet.
Se apagaron las luces, el pesado telón de terciopelo comenzó a subir y a descubrir una escenografía bastante rudimentaria, adaptada a último momento para las dimensiones de ese escenario. El castillo pintado en un lienzo era demasiado alto, el recorte le hacía perder liviandad, sutileza. Estaba apoyado en sus ventanas, su alta torre tocaba el techo, el jardín en los que la reina madre de Sigrifido llegaba a la fiesta lo habían arrollado un poco burdamente. Los bailarines lucían algo cansados en el primer acto. Gianelli pensó que en el cuarto serían un verdadero desastre. Les faltaba nervio, dramatismo. El aplauso al finalizar el primer acto fue realmente tímido. La melancolía de Sigrifido no convenció a nadie. Incluso hubo murmullos en la sala.
El vals de los cisnes fue algo más despierto, reaccionaron, hasta se podría decir que comenzó un duelo sordo entre los bailarines, que venían de un discreto éxito en Buenos Aires y se sintieron tocados por el público de ese pequeño puerto casi desconocido a orillas del sur, de todos los sures de América que se había demostrado muy exigente. Mucho más exigente de lo esperado.
Sobre todo el malvado mago Rothbart estaba más dotado para generar rechazo y hasta odio en el público que la pastosa melancolía de Sigifrido. Todo cambió radicalmente con Odette, era de otro mundo, de otra dimensión, de una pasión y una fuerza diferente. Bailaba para ella. Era un cisne flotado sobre las aguas de un lago encantado y aleteando sobre un público que se dejó atrapar no sólo por su trágico encantamiento, sino por su cintura imposible, por sus pies que no tocaban el suelo, por sus brazos y sus manos que se había hecho alas. Todas las miradas se concentraron en Odette, como si estuviera siempre solo ella sobre las tablas, sin otra escenografía que su silueta blanca, vaporosa recorriendo la imaginación más que el espacio. Se fundió con la música, se hizo inseparable. Cuando el acto terminó se hizo un largo silencio, a todos les costaba aceptar que debían volver al teatro, a la realidad, a esas luces que diluían lentamente, tenuemente la estela blanca que había pasado por sus vidas como un ave tan frágil. Todos a su manera le habían jurado amor eterno a Odette. Después estalló un aplauso. Largo muy largo y sostenido.
Gianelli ni siquiera se levantó de su butaca para estirar las piernas, ni le cruzó por la mente moverse, quería atesorar esas imágenes inseparables de las notas, el rostro de niña maquillada, las piernas y los brazos volando en ese reducido espacio hasta transformarlo en un lago, en un bosque y sobre todo en un amor imposible, en un hechizo.
El ya había elegido, no la esposa del príncipe, sino el amor imposible de su vida de bailarín. Aspiraba el sopor del teatro repleto, de las luces de gas que recalentaban el ambiente y se agitaba con la sola idea de que la vería de nuevo a Odette, hecha cisne, hecha vuelo y dolor.
Fue tanta la indignación de Gianelli con el barón Rothbart pero mucho mayor con Sigrifrido por haberse confundido, por haber elegido a Odile como su futura esposa, por no reconocer el amor supremo. No aceptaba el hechizo, para el no habría fuerza que le nublara la vista. Odette era única, inconfundible. El sueño de su pasado de bailarín, el amor de su soledad austera, entre cuatro paredes, con el brasero de carbón en un rincón de su apartamentito, con el único rescoldo de su vida actual. No lo perdonaría. Cuando el príncipe se da cuenta de su terrible error y corre desesperado hacia el lago, Gianelli no soporta más, se levanta al finalizar el tercer acto y sale. Deja detrás otra salva de aplausos interminable. Recorre el pasillo, el fuaie y sale a la calle. Algunos carruajes ocupan ya sus lugares, los caballos comen su ración dentro de las bolsas, un guardia civil zapatea para combatir el frío.
Gianelli no cruza la calle, no sigue hacia el norte, hacia su apartamento, dobla hacia la rambla, se levanta el cuello del esmoquin el pelo totalmente cano se le alborota por el viento que viene del río, o del mar. Ya no camina tan erguido lleva la carga de su frustración, de su bronca, de su derrota. No quiso quedarse al último acto. Sabe que nunca podrá bailar con Caterina Parma, con Odette, nunca podrá declararle su amor imposible, levantarla entre sus brazos en un paso osado que venza hasta las leyes de lo posible para el cuerpo humano, para el espacio, para el baile. Recorre las dos largas cuadras hasta llegar al borde del agua. Imagina, trata de imaginar el final. No lo conoce, espera un final feliz, el perdón de Odette a Sigifrido, el reencuentro, la derrota del barón Rothbart, el final triunfal.
En ese momento en el teatro se levanta el telón y comienza el cuarto y último acto. A orillas del lago los cisnes aguardan a Odette. Todo es tristeza, melancolía. Pero en su versión pobre, básica. Hasta que ella entra desperada y nuevamente el teatro vibra, el público se desespera. Es tan frágil, tan hermosa, tan tenue que la entrada de Rothbart reclamando el regreso de los cisnes tensa el ambiente. Los enamorados quieren romper el hechizo. En vano. Toda su pasión y su amor nada pueden contra la fuerza del maleficio. Ni siquiera la increíble ligereza de Odette logra vencer al mal. Odette y Sigifrido se lanzan al lago y mueren ahogados. Sólo ese sacrificio supremo del amor logra destruir y matar al Barón y liberar a los otros cisnes.
En ese preciso instante, cuando las aguas figuradas del lago devoran a los amantes y la música los acompaña en ese viaje final, Gianelli simplemente da un paso al frente y su cuerpo se hunde sin ninguna resistencia en el río revuelto, marrón y tormentoso.
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Guisantes para tu zapato de princesa
De Raúl Caritat
Del libro 134 años después
«Quédese tranquila, Doña, es mercadería de primera, especial para el Uruguay. Alguna pequeña molestia siempre va a tener porque es un calzado nuevo y las cosas nuevas ocasionan esa especie de pregunta con incertidumbre: ¿no me habrá jodido este muchacho?, pero recuerde que siempre hay que caminar sin apuro. Cualquier cosita, se deja aparecer sin problema ninguno.
¡Dos menos!», suspiraba cuando algún comprador quedaba cautivado con la posibilidad de estrenar para las fiestas tradicionales un calzado australiano, especialmente importado para los indefensos consumidores uruguayos. Lupy aún no había vuelto en sí desde aquel 16 de diciembre cuando Joselito le dejó en la Avenida Agraciada y en pleno desorden, 11.001 zapatos de cuero de canguro para llenar la raída vitrina y el depósito de la zapatería de la calle 8 de Octubre.
Todas las modalidades de la compraventa habían recorrido su ahora escorado cuerpo.
El rigor del oficio lo sufrió al iniciarse, cuando tuvo que golpear innumerables puertas ofreciendo Cursos de Latín Antiguo y de Sánscrito Ortoxo. Si bien poseía cualidades sobresalientes de vendedor: sinceridad en sus ojos, no tenía barriga, las canas no formaban parte del decorado de su cabellera, carecía de barba, poseía todos sus dientes, caminaba en forma erecta, uñas cortas y limpias; sus ofertas callejeras quedaron como recuerdo detrás de una puerta junto con un amor ligero, plegado sobre los fríos escalones de mármol.
Los cambios fueron significativos cuando se dedicó a la operación comercial desde el interior de un negocio. La actitud del vendedor en un local es más pasiva, bastando alternar el cruce de manos adelante y atrás del cuerpo para cumplir con gran parte de la labor. El terreno ya está demarcado y ocupado. El futuro comprador llega y se enfrenta a una situación incierta y de riesgo donde se desconoce por completo el resultado final de su posible transacción.
Siempre aplicó algunas de las normas del reglamento no escrito de los vendedores desde el interior de un establecimiento: 1- Toda persona que ingrese a un local comercial, tiene que llevarse algo. 2- Ese algo puede ser: Igual a lo que buscaba, parecido, distinto o totalmente diferente. No importa cuán grande sea el grado de parentesco con su idea original. 3- La venta es buena si se retira con una mercadería diferente a la que venía a buscar, si lo hace con algo similar, es regular. Si la cosa es idéntica, es indudablemente una mala venta.
Los resultados fueron estupendos, aunque en varias oportunidades el consumidor se retiró de la tienda con artículos jamás supuestos: cubos en lugar de pelotas, polleras por pantalones, videos a cambio de televisores, lápices por plumones, estufas por ventiladores, cartón por madera.
Inclinar el fiel de la balanza a novias o a cónyuges a su favor, sobre la correcta elección y compra de las prendas masculinas, en cambio, no resultó fácil. La mirada atenta y desconfiada por parte de las acompañantes puso en riesgo en más de una oportunidad la futura venta. Las damas, al internarse en los probadores con los maniquíes vivientes generaban una inestabilidad innecesaria en la concreción del negocio. Al salir de los minúsculos receptáculos con ellos, tomaban dos o tres pasos de distancia y observaban intermitentemente la ropa ofertada en la vidriera, la del vendedor y el resultado en el sujeto. Persuadir a una mujer de que la vestimenta que admira es adecuada y bella, difiere de la aprobación de la que porta el individuo, que se encuentra parado en medio del establecimiento con cara de desgracia. Ésta aumentaba proporcionalmente con las opiniones del sujeto, ya que evolucionaban en un intercambio para nada comercial entre ellos que, generalmente concluían con una frase lapidaria de la mujer: «hacé lo que quieras, total el ridículo lo vas a hacer vos». No se podía luchar contra 'eso'. Perdió varias comisiones, innumerables ventas, el brillo de sus ojos y suficientes quilos.
Cambió para el rubro de ropa de damas exclusivamente.
Lo que Lupy creía una tarea menos complicada, derivó en una batalla cotidiana con los reales dueños de las prendas femeninas: diseñadores de sexualidad intermitente y, consiguientemente con estados de ánimo inconstantes y veleidosos como las formas de un caleidoscopio. Antes de comenzar la jornada laboral consultaba en qué fase se encontraba la inconstante luna. A medida que se aproximaba la fase de cuarto menguante la vida se iba desinflando con el pasar de las horas y «todo el fuego que tengo adentro se me va apagando», le confesaba uno de los modistos cuando le enrulaba con una mano el pelo de la nuca y le levantaba el bulto con la otra. El día de luna nueva era una incertidumbre mayúscula. Los cuarto creciente también lo desconcertaban ya que no encontraba argumentos para acompasar los sentimientos de los ases de la costura que solían revolotear atontados frente a las incisivas luces de los aparadores. Afortunadamente, en los primeros seis meses del año 1999 los días de ñoquis coincidieron con el período de luna llena. «Sin duda no tengo la fina sensibilidad con que inducen a las mujeres a colocarse ropas de diseño ligero», cavilaba Lupy. Interpretar a los altos costureros para damas, supone comprender el alma femenina con lógica masculina: combinación explosiva que los contradictorios saben timonear en los oleajes de marejadas turbias, plagadas de oscilaciones inestables producto de los flujos no reales de sus libidos.
«En este medio, son mayoría», se decía mientras miraba el trozo de género que portaba una dama anoréxica con forma de astilla. No pudo descubrir qué es lo que induce a una joven fémina a que camine por la pasarela dejando de lado su salvaje condición biológica, poniendo en duda su existencia, disfrazando sus formas básicas con batilongos insulsos, pantalones sin talla, blazers anchurosos y con sogas en los cabellos. La aceptación social de los productos elaborados por estas exquisitas mariposas, acompañado de chirridos agudos, quedaba relegada al triste mecanismo de las consecuencias del camino escogido por sus genes, más que por el resultado de sus creaciones.
Lo echaron una tarde cualquiera cuando consolaba en el probador a una zagala con larga estatura. Lupy no le pudo negar un bocado a esa dama que, parada sobre sus inestables miembros de jirafa, temblaba por la carencia de alimento para realizar el elemental metabolismo. La diástole y sístole de su desgraciado corazón no acompasaba sus pasos. Sus ojos estaban hundidos en un pozo ciego, manos lánguidas, pelo indisciplinado. «No es tan fashion como un breve platillo de sushi, pero con esto y un trago de vino podés realizar ejercicios aeróbicos por la rambla completamente desnuda en pleno mes de julio y el seguro de vida junto con tus preocupaciones, se ahogarán entre las diminutas olas del estuario».
Le ofreció una flauta de pan dividida en mitades iguales con mortadela y morcilla salada. La bolsa de leche no tuvo oportunidad de mostrársela. La entrada intempestiva de uno de los dueños del establecimiento impidió que se comiera el envoltorio. Ella encaró la calle con el estómago lleno y con la bolsa de leche en la cartera. Lupy se quedó con la satisfacción del deber cumplido, pero con su alma derruida. Sus energías positivas se habían alojado en las sedas de los ajuares que supo compartir con damas de plástico. No encontró argumentos para interpretar la supuesta incomprensión que tienen los modistos de gestos apaste lados: la sensibilidad que ellos dicen profesar no es más que la magnificencia de chispas bien dirigidas a un público selecto donde confluyen dinero, cigarrillos lights y el chuco grandilocuente, rotulado en las academias de moda como RR.PP.
Los espejos de su vivienda eran una niebla, las medias rotas, los calzoncillos raídos, las canillas tenían pérdidas constantes, el desorden del ropero era mayúsculo, zapatos sin lustre, jabones sin espuma, los marcos de los cuadros observaban su desequilibrio con rubor, la escoba hibernaba junto a los trastos viejos de la cocina. Al entrar a la casa una tarde cualquiera, su perro Crisantemo le astilló una pantorrilla lanzándole un gruñido lastimero, expresándole su congoja ante su estado. ”Ya no tenés el olor de cuando nos conocimos. No sos el mismo siempre”, pareció decirle el can.
Nuevamente tuvo que cambiar de derrotero. Se cambió los calzoncillos, compró medias de varios colores, embolsó sus camisetas perdigonadas, salió beneficiado en el lavadero de la esquina de su casa con el sorteo de un viaje, constituyéndose en el cliente de la semana. Perfumó el hogar, lustró sus zapatos, los championes vieron nuevamente la espuma en sus interiores, los vidrios refulgieron nuevamente y la luz del día volvió a anidar en cada rincón del habitáculo. Los cuadros equilibraron sus garabatos, las camisas volvieron a tener todos sus botones y del pozo negro emergía perfume a lavanda.
Pasó a la venta de zapatos. Al principio le costó memorizar los códigos de los diferentes calzados pero a la cuarta jornada llegó a tenerlos contra el piso. El abanico de productos y de compradores se había ampliado y eso contribuía a que las jornadas se hicieran ligeras y entretenidas. La vista tenía ahora un horizonte sensiblemente mejor, los oídos no sufrían con los chirridos de sus anteriores jefes, sus manos acariciaron otras texturas; se inhalaba otro aroma.
El día en que conoció a Mónica Clarisa, había comenzado más temprano que de costumbre: Crisantemo lo despertó con un lengüetazo húmedo en el rostro, a las cinco y treinta y dos de la mañana. El agua de la ducha tenía la temperatura ideal, el jabón tamaño perfecto, el azúcar exacto para el café. La deposición del sabueso se ejecutó sin el menor esfuerzo para el esfínter del animal. Su camisa preferida le extendió las mangas desde el despojador, los zapatos aguardaban con las medias incluidas, el pantalón sin ninguna arruga, las ventanas quedaron abiertas y la puerta de salida a la calle quedó semi entornada.
«Lupy, ¿no le alcanzás a la señorita un 96 barra 69, treinta y cinco?», le ordenó el Jefe. Era el único par que quedaba con ese código. 96 barra 69: color marrón en degradé, taco pimienta, contrafuerte ligero. Sentada y cruzada de piernas, aguardaba sin apuro el zapato similar al relojeado en la vitrina del establecimiento. Lupy extrajo el zapato de la caja, lo separó del papel y lo viró en un solo meneo. Presentado estaba el mocasín derecho ante el pie de la princesa.
- “Si es tan amable ..”, le dijo sin mirarla a la cara.
- “Encantada”, contestó ella introduciendo su extremidad en el botín ofrecido por el vendedor.
- “Tiene voz de polvo”, se reflexionó Lupy, en tanto que le ofrecía el compañero para el otro pie.
Cuando ella descruzó la pierna y posó el pie izquierdo sobre su mano, Lupy quedó enmudecido.
Poseía talón de amante: redondo, suave, carismático. La pelusilla de su pubis se dejaba traslucir a través de la prenda interior y el aroma a jengibre de su vulva realizaba piruetas en sus narinas, proyectada en panorama envidiable. Mientras elevaba la vista hacia los ojos de la compradora, recorrió lentamente sus muslos. Todos los músculos en su lugar como pincelados por un artista del Renacimiento. Cintura de festejo. Ombligo amistoso.
- “Te invito a cenar. Cocino yo”.
- “No soy vegetariana y tengo buen diente”, replicó ella.
- “Te espero a las diecinueve y diecinueve en casa”.
- “Ahí estaré”.
Una vez que partió la dama con sus zapatos color otoño, a Lupy lo asaltó la siguiente pregunta: «¿Qué hago de comer?». Raulito, su amigo de la infancia, que casualmente deambulaba por el lugar, tranquilizó al engendro de príncipe valiente. «Tenés que ser original. Si la invitas a comer los platillos que Puglia recomienda por la televisión, estás perdido. Sorprendela con un guiso de lentejas, pero no con la clásica receta del libro del Crandon, tengo una especial para este tipo de ocasiones». Lupy tomaba nota de cada detalle con la ilusión del marinero que se afeita mientras divisa a lontananza las siluetas irregulares de la ciudad a que se aproxima. Cuando hubo de dictarle los condimentos, su pocas veces recordado compañero de escuela le trasmitió algunos edictos: »No te olvides de la buena música: bailar es la frustración vertical de un deseo horizontal y contribuye de manera decisiva a la concreción de algo superior. Para estos casos es fundamental contar con Tom Waits, en particular el CD The Early Years. Volumen dos, sin la canción número seis. No actúes como un boy scout: un niño vestido de estúpido comandado por un estúpido vestido de niño. Manejate con criterio de empresario y realizá trabajo en equipo ya que tenés la posibilidad de echarle la culpa a otros, en este caso a ella. No prejuzgues a la dama hasta que esté desnuda. No la definas como a una ninfómana: no sabes si desea tener solamente sexo contigo. Tampoco la catalogues como mujer fácil, no es sencillo discernir si ostenta la moral sexual de un hombre. Dejala pastar. En tu casilla de correo electrónico encontrarás un cocimiento afrodisíaco que tenés que verter en la olla luego de apagar el fuego. Reposo activo durante tres minutos».
Bañó y perfumó a Crisantemo. Quedó bravísimo, parecía de porcelana. «Se me fue la mano con tu ducha, encandilás Crisantemo, ¡encandilás!. Ya no tenés el olor de cuando nos conocimos. No sos el mismo siempre. Date una vuelta manzana, perdé un poco de brillo y de paso, avisá a la perrada que esta noche no golpeen la puerta», le dijo con un nerviosismo que no pudo ocultarle a su amigo.
Dos velas, dos copas, grappa con limón de entrada, rosado abocado de salida. Mesa sin mantel.
A las diecinueve y diecinueve Mónica Clarisa traspasó la puerta entreabierta.
«¡Que puntualidad!», le dijo Lupy, al tiempo que se arrodillaba y le besaba la mano.«Tengo hambre», respondió. Mirando el primus con la olla repleta de lentejas, contestó el galán: «A esto todavía le falta un poco. ¿Querés tomar algo?». «¡Grappa! En vaso», solicitó rauda.
Cruzaron miradas con Crisantemo. Éste levantó las cejas como señal de cuidado.
«Chin-chin, ¿porqué brindamos?», preguntó al anfitrión. «Porque esté rica la comida y que sea abundante».
Gruñó el animal y partió a su rincón.
«Sentate»-. «Gracias».
El taburete en mejor estado para ella, el de la pata de menos para él. Uno enfrente del otro. Sólo el primus con la olla repleta de lentejas los separaba.
«Tengo calor». «Yo también».
Se miraron a los ojos y sorbieron otro poco de alcohol. Ella se quitó el chalequito ridículo color mertiolate.
«¿Querés picar alguna cosita?». «No, espero el plato principal».
El faldín de ella se iba escurriendo lentamente. Se quitó uno de sus zapatos.
«Me aprieta un poco», dijo ella. «Eso es normal. Alguna pequeña molestia siempre vas a tener porque es un calzado nuevo. ¿Querés que te haga un masaje en el pie?», contestó el galán.
En la mismísima posición de un zapatero legendario, recibió el pie lacerado de la dama. El primus mantenía borboteando a las lentejas. Comenzó por el pie, siguió por la pantorrilla y culminó en el muslo. Encorvado sobre su columna vertebral, no midió el riesgo: estaba a punto de deglutirse a la presa de un solo bocado.
Los torsos se inclinaron hacia adelante. Sus bocas de fuego se estaban encontrando. Los ojos entornados como un amante de telenovelas, sumado al alcohol que corría por sus venas, multiplicado por el vapor de la olla, conspiraron contra sus intenciones. Ávido por poseerla, el mundo se le vino a los pies. Una de las tres patas del taburete que lo sostenía se derrumbó y todo el cuerpo de él con el muslo de ella en las manos se columpió hacia el caldero desbordante de guisantes.
El dictamen médico fue escueto: «Mano y brazo derecho del caballero con quemadura de segundo grado, falo inyectado. Luxación de clavícula para ella, estómago vacío, zapato inutilizable. Perro educado. Lentejas por doquier».
Una vez que el galeno hubo de retirarse, Crisantemo levantó la pata y tiró un chorrito en el zapato de la princesa que yacía junto a su compañero de inclinación similar.
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias